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Lectura sobre Lecturas: Arte contemporáneo mexicano en el Museo Amparo

Lecturas de un territorio fracturado - Fotografía por Job Melamed
Lecturas de un territorio fracturado – Fotografía por Job Melamed

por José Luis Dávila

De a poco, desde hace años, me fui inmiscuyendo en el arte contemporáneo a modo de espectador y, más tarde, cuando consideré haber adquirido el conocimiento mínimo necesario para pasar a la acción de expresar las razones de mi gusto, empecé a escribir sobre los museos que visitaba, los artistas, las experiencias con la pieza y las personalísimas reflexiones que, aunque redunde, me provocaban las reflexiones de los otros. Y mientras más veía, más quería pensarlo, comentarlo, apropiarlo. Porque, en gran medida, para eso es el arte: entender en uno algo que se genera desde la obra con el fin de cuestionar lo que nos rodea y establecernos desde un punto crítico.

Quizá esa sea la razón que más me atrajo. Mucho más cuando hay arte mexicano que se ocupa de desarrollar ese tipo de cuestionamientos sobre la identidad, la violencia, las convenciones sociales y morales, las creencias religiosas, o incluso del mismo acto creativo. El arte contemporáneo mexicano es una geografía híbrida que debe ser explorada a fondo, meticulosamente, con el interés que merece. Por ello, creo que es un gran logro la nueva muestra Lecturas de un territorio fracturado, la cual expone parte de la colección del Museo Amparo en un esfuerzo por dilucidar los cómos y qués que provienen desde la década de los 90’s y se topan con la actualidad.

Lecturas, curada por Amanda de la Garza y Cecilia Delgado, encuentra su hilo conductor en la concatenación de estilos y crea pasajes que se cuentan a sí mismos dentro de las salas, puentes que se establecen no para conectar tiempos ni lugares, sino ideas que se concretan en la experiencia de aquél que los recorre.

Es, pues, un ensayo hecho exposición, una argumentación sobre las preguntas que el arte arroja en México y posibilita conclusiones latentes, aunque no unívocas, que buscan ser desentrañadas. Una exposición para debatir y comentar, para acercarse al arte contemporáneo mexicano con la curiosidad justa que me recordó los motivos por los cuales me he quedado en esta línea de gusto estético y que, estoy seguro, despertará el gusto de todos los que se acerquen a ella.

Isaac Julien: el capital y sus divertimentos

por José Luis Dávila

El acelerado ritmo de los inversionistas, los banqueros, los corredores de bolsa, contadores, rings de teléfonos, papeleo, montañas de papeleo, todos ellos en esfuerzo conjunto para hacer real al dinero, para hacerlo también virtual; generar y desaparecer, un vaiven, casi tan bien armado como una pieza de Morricone, o mejor aún, un ensamble de jazz en un club nocturno de New York, donde al final del día se toma una copa, se respira, se dejan los pies fuera de los tacones y las corbatas liberan el cuello. Pero a la mañana siguiente, todo de nuevo. Y nosotros, en verdad creemos ser sólo espectadores, creemos que estamos fuera del juego. Pero no. También marchamos en sus términos. Somos una sociedad encadenada, para bien y para mal –sin que uno sea contrario realmente del otro–, a los valores económicos. Al capital y sus divertimentos.

Kapital, de Isaac Julien, en el Museo Amparo - Fotografía por Jessica Tirado
Kapital, de Isaac Julien, en el Museo Amparo – Fotografía por Jessica Tirado

La anterior es una premisa casi burda en comparación  a cómo lo expone Isaac Julien con sus films Playtime y Kapital, presentados a modo de díptico en las salas del Museo Amparo. Julien propone la exploración cinematográfica como un medio para el entendimiento de cuestiones que llevan más de siglo y medio desarrollándose en conceptos formadores de los sistemas políticos y comerciales del mundo. Conceptos que han provocado tanto épocas de abundancia como guerras y divisiones sociales. Conceptos que ahora se muestran y usan indiscriminadamente, restándoles su significado original, al tiempo que adquieren otros que se les atan ya por honestos errores, ya por malinterpretaciones premeditadas.

Playtime, de Isaac Julien, en el Museo Amparo - Fotografía por Jessica Tirado
Playtime, de Isaac Julien, en el Museo Amparo – Fotografía por Jessica Tirado

El trabajo de este artista es una forma de acceder a la experiencia audiovisual de problemáticas que parecen lejanas, pero si se reflexionan, son aplicables a hechos que nos conciernen como parte de eso que se suele denominar “aldea global”, en la cual estamos sin que nadie nos pidiera opinión, pero de la que nos beneficiamos también. Julien expone, pues, el mundo de matices que referencian la actividad económica actual, e invita a una introspección de ese mundo, un análisis propio (y creativo) del rumbo socioeconómico en el cual nos encontramos.

La canción de la bolsa para el mareo, de Nick Cave

Nick Cave - Imagen pública
Nick Cave – Imagen pública

por Lo Hiancia Pez

Las leyendas tradicionales australianas (donde no faltan dragones, ciénegas tenebrosas, ambientes enrarecidos), la fe católica anglicana familiar (redención y condena, carnalidad y espiritualidad, etc.) y la cultura libresca de sus padres (él, profesor de literatura; ella, bibliotecaria), fueron el fertilizante para la imaginación poderosa, deshinibida, arriesgada, inclemente, lúcida, de un joven rockero amante de las historias, de un adulto escritor de relatos colmados de imaginería (Y el asno vio al ángel, La muerte de Bunny Munro, novelas), acostumbrado por carácter a beber con intensidad los detalles de la vida de veras (paisaje, música, figuraciones, gente, aburrimiento, emociones, drogas, amistad, sacralidad, pérdida, amores, charlas, hijos, trabajo, comida).

“¡El verdadero artista es el sueño comunicartivo!
¡El artista carroñero es la pesadilla que te contacta!
¡El verdadero artista está en el presente y es del presente!
¡El artista carroñero vive en la memoria y en la historia!”

A los 58 años Nick Cave exhibe una energía exhuberante, un ego sosegado, una sensibilidad que le ayuda a empatar con el público. Es adorado como dios del rock, conoce las posibilidades de su genio a más de 40 años de carrera en la música y la literatura, se sabe un sobreviviente de los excesos. De gira, de una ciudad a otra, está acostumbrado a las asociaciones mentales entre conciertos, con apenas oportunidad para pequeños paseos por calles y alrededores en los que reelabora el pasado, ensaya temores, recrea extrañamientos (“soy una casa encantada que aúlla y jadea llena de recuerdos”). Se permite correr para llegar a tiempo al camerino donde lo entrañable (su cotidiano) se solidifica y transparenta al shokear con la evanescencia del ensueño realista (las divagaciones) en que se transportaba hacía unos minutos; de recoger una pequeña dragoncita moribunda bajo un puente; de enviar pensamientos apasionados y crueles a su esposa al otro lado del mundo; de idear una nueva canción de la que enorgullecido sabe criticar los dislates —las obsesiones que los críticos y fans exaltados magnifican; divertimentos, oficio y modo de vida; su vida de veras está en otra parte, podemos verla y oírla en pantalla, leerla en el libro…

La canción de la bolsa para el mareo, de Nick Cave - Portada
La canción de la bolsa para el mareo, de Nick Cave – Portada

La canción de la bolsa para el mareo (Sexto Piso, 2015) fue lanzado paralelamente al documental 20,000 days on Earth, ambos compuestos de biografía y ficción; es una especie de diario, cuentario y crónica de gira donde le habla también a su público con la sencillez de quien ha sabido perseverar en la parábola de su niñez: “No se avergüencen de su necesidad de crear, es la parte más bonita de sus corazones. El mito es la verdadera historia. No dejen que les digan que no hay monstruos. No dejen que los hagan sentir idiotas porque son felices jugando con su linterna en la oscuridad.”

Capítulos unitarios componen el libro de pastas duras, hojas gruesas y coloridas con el facsímil de las bolsas para el mareo donde Cave escribió los borradores. Los textos, breves, son mezlca de motivos o impulsos inmediatos (la habitación, un malestar físico, el día de descanso) con asociaciones más o menos afortunadas (“me chernobileó el traje hasta el punto de provocarme náuseas”), siempre enriquecidos por el temple equilibrado con rudeza punk y refinamiento de artista culto; el autor aparece mediante vivencias reales o creadas y la reminiscencia de alguien cercano a él (padres, esposa, compañeros de su legendaria banda); surge la emoción, la inercia es imparable, un clímax inesperado y preciso antes del final.

Nick Cave - Imagen pública
Nick Cave – Imagen pública

Pocas semanas después de la presentación del libro y el documental en la Ciudad de México, a mediados de julio de 2015, un hijo gemelo de Cave murió al caer por un acantilado en Brighton, Inglaterra. Inexperto, traía dentro una dosis de LSD. Su padre es un veterano retirado del consumo de heroína. Un recuerdo en el documental y en el libro atribuido a sus padres (la memoria comunitaria, el tono de leyenda o de presagio) resulta tremendo: “sobre el niño que había muerto saltando desde el puente del tren. […] Sobre todo me acuerdo de eso.”

Leer este libro con fondo de las canciones de Nick Cave and The Bad Seeds (de preferencia I the best… My favorite songs) en espera de que ocurra la coincidencia, el milagro…

Ghostbusters (2016): El innecesario remake

por Juanito Pereira

Seamos realistas, esta película desde su anuncio estaba destinada al fracaso. Esto no tiene nada que ver con el casting, pudieron haber puesto a cuatro personajes principales totalmente distintos y de cualquier manera esta película no hubiera sido buena. ¿Por qué? Pues porque la película original ha tenido más de 30 años para ganar adeptos – muchos la hemos visto una y otra y otra vez – al igual que todos recordamos a Bill Murray, Dan Aykroyd y compañía, en infinidad de roles que los han convertido en parte de nuestros actores favoritos. Ghostbusters (2016) no es una película buena, pero tampoco puedo decir que sea mala. Dicho esto, la trama de este intento de remake no me terminó de convencer. Es bastante enredado, aburrida a veces, y se traba mucho queriendo utilizar terminología ‘fantasmologica’ con un disque enfoque científico, que en lugar de ser chistoso, resulta bastante tedioso, pues es usado hasta el cansancio.

La primera hora de la película no me resultó aburrida, aunque trata de copiar muchas cosas que la original hizo, esta no termina por dar explicación a preguntas como: ¿De dónde sacan el dinero para sus inventos, para la renta, para pagarle al recepcionista, etc? -Porque he de decirles que en toda la película, sólo atrapan a un maldito fantasma y ni le cobran al dueño del lugar. – ¿¡Material radioactivo para los proton-packs!? -¡Claro, en 2016 debe ser muy fácil conseguir plutonio en la tienda de conveniencia más cercana!-

Ghostbusters (2016) abusa del uso de las Imágenes Generadas por Computadora (CGI siglas en inglés). Termina cayendo en el mismo error cometido por películas tales como Independence Day: Resurgence y Jurassic World. ¿Acaso los cineastas no han entendido que para que una película luzca de lo más lindo, deben de combinar efectos prácticos con CGI? J.J. Abrams nos enseñó en Star Wars episodio VII que la mezcla de ambas es la que da los mejores resultados, y deja satisfecha a la audiencia. Los fantasmas no dan miedo, se ven muy para niños por todos los colores tan burdamente brillantes que utilizaron para crearlos. Es como ver a Electro, de The Amazing Spiderman 2, una y otra y otra vez. Pero al ver que Sony produce este film, no me sorprende en lo más mínimo.

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Ninguno de los personajes resulta ser ampliamente chistoso. Los roles que interpretan las actrices Kate McKinnon y Leslie Jones son los más destacables. Sin embargo, los avances de la película nos entregan las mejores bromas y esto termina por afectar el flujo de la película. Melissa McCarthy no me convence como una actriz de comedia, siempre parece que sobreactúa sus papeles. ¿Quieren ver una película donde es chistosa? Vean St. Vincent, donde aparece al lado de Bill Murray, en esa película su rol no es el de ser una mujer graciosa, sino seria, pero al ser un film bien escrito, el resultado es positivo.

No hay mucho más que pueda decir de Ghostbusters (2016). Es una película innecesaria, con actuaciones muy planas, sobrecargada de efectos especiales, y con cameos de los actores de la película original que resultan ser una desgracia y una vergüenza. Si no tuviera una subscripción mensual al cine que me deja ir a ver cuántas películas yo quiera, creo que no pagaría por haberla visto. Denle tal vez una checada cuando salga en Blu-Ray o formato digital. Mejor vayan a ver Finding Dory, esa sí es una secuela entretenida.

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Ghostbusters y la absurda obligación de ser incluyente

por E. J. Valdés

Ya es por todos sabido que la nueva cinta de Ghostbusters, a estrenarse en julio, ha atraído un odio como no se había visto en los años recientes del cine. Hoy por hoy, el primer avance que mostrara Columbia Pictures es el más denostado de cuantos se pueden encontrar en YouTube, y la conversación en torno al mismo está tan caliente como las llamas del infierno: los detractores, por un lado, dan por hecho que la película será un fiasco, e incluso youtubers como James Rofle han llamado a boicotearla, mientras que otros tantos usuarios afirman que no se puede juzgar la calidad del producto por un avance y que hay que esperar a verla para emitir un veredicto.

Ghostbusters - Imagen pública
Ghostbusters – Imagen pública

También se ha dicho bastante sobre la decisión de los productores de relanzar la franquicia con un equipo conformado por mujeres, y es justo este punto el que me trae a escribir estas líneas: muchos defensores de la cinta sostienen que la reacción al avance ha sido machista, que todo aquel al que le desagrada es un misógino que no tolera ver a un cuarteto de féminas hacerse de los uniformes y los proton packs. Absurdo; a todos ellos les diría que antes ya hubo una chica en las filas de los Cazafantasmas: Kylie Griffin, en la serie animada Extreme Ghostbusters (la cual, por cierto, sí servía como secuela a las dos cintas originales).

No, el coraje de los fans hacia esta nueva producción no tiene que ver con un conflicto de género, sino con lo que el estudio y el director han hecho con una de la franquicias más queridas del cine y la animación; Ghostbusters y su secuela de 1989 fueron comedias brillantes, mientras que la nueva… Vaya, parece cualquier otra película de Melissa McCarthy, con un humor tan burdo y simplón que hasta da pena.

Ghostbusters - Imagen pública
Ghostbusters – Imagen pública

Sin embargo, ha poco me topé con un comentario que sí denosta al elenco femenino, y éste fue escrito por una mujer. Pero no se emocionen, pues la que pudiera escucharse una opinión interesante es en realidad una de las más estúpidas que me he topado al respecto: Janessa Robinson, de The Guardian, afirma que la cinta no es incluyente porque no hay mujeres latinas, asiáticas y nativas americanas en el equipo. También señala racismo implícito en el personaje de Leslie Jones, pues no sólo es la única Cazafantasmas afroamericana, sino que es la única que no tiene un grado académico. Me queda claro que Robinson no ha visto las películas anteriores, pues, si no me falla la memoria, en el equipo original también había un solo integrante afroamericano (Ernie Hudson) y éste, a diferencia de sus compañeros, no era un científico. Y tengo la certeza de que nadie llamó racistas a Dan Aykroyd ni a Harlod Ramis, ni les reclamó la ausencia de Cazafantasmas filipinos, iraquíes o salvadoreños. Y eso fue porque ellos escribieron así a los personajes. Punto. Tal parece que hoy toda película debe tener una cuota de minorías para ser socialmente aceptable.

Según lo razona Robinson, era obligación de los escritores inventar a una Cazafantasmas latina, a una Cazafantasmas asiática, a una Cazafantasmas india, a una Cazafantasmas lesbiana, a una Cazafantasmas musulmana, a una Cazafantasmas madre soltera, a una Cazafantasmas adolescente embarazada, a una Cazafantasmas vegana y a una Cazafantasmas transgénero para que todos se vieran representados. ¡Qué estupidez!

Ghostbusters - Imagen pública
Ghostbusters – Imagen pública

Lo peor del asunto es que tal parece que opiniones como la suya son las que ahora regulan a Hollywood, pues no sólo una queja de Will Smith puso en jaque la última ceremonia de los Academy Awards, sino que ahora hay movimientos que pujan porque el siguiente James Bond sea interpretado por una mujer o porque en la próxima entrega de Star Wars se revele que Poe Dameron es homosexual. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cuál es el problema con aceptar a los personajes como los escribieron sus creadores? Considero que ellos no tienen la obligación de dar gusto a todo mundo, porque si así fuera, yo quiero que revivan Beverly Hills Cop con un actor blanco en lugar de Eddie Murphy, o que hagan de nuevo The Fresh Prince of Bel-Air con una chica rubia en lugar de Will Smith. ¿Cuánto apostamos a que eso no sería llamado inclusión?

Quiera Júpiter que esta Era del absurdo en el cine en pos de la inclusión termine antes de que nos llegue el remake de El Padrino con una afroamericana lesbiana en el papel de Vito Corleone, o la nueva biografía de Rosa Parks con Woody Harrelson en el papel estelar.

Muhammad V Superman

Superman vs. Muhammad Ali - Imagen pública
Superman vs. Muhammad Ali – Imagen pública

por E. J. Valdés

Hace unos días nos enteramos de la muerte de Muhammad Ali, una de las figuras más emblemáticas y polémicas del boxeo del siglo XX, y puesto que somos más afectos a hablar de personajes como él cuando ya no los tenemos entre nosotros, aprovecharé para escribir un poco sobre “el más grande”: Ali nació en 1942 en Louisville, Kentucky, como Cassius Marcellus Clay, Jr. y comenzó a boxear cuando niño; a los 22 años arrebató el campeonato de peso completo a Sonny Liston tras un combate que se ha comentado tanto como la mano de Diego Armando Maradona en el Mundial del 86, embarcándose en una carrera legendaria dentro del pugilismo. Cambió su nombre a Muhammad Ali en 1964, luego de unirse a la Nación del Islam, una controversial organización afroamericana, y durante años se mantuvo cercano a su líder, Elijah Muhammad (el mismo al que se acusó de orquestar la muerte de Malcolm X). Fue uno de los boxeadores cuyo nombre estuvo fuertemente asociado, para bien y para mal, al promotor Don King, y estelarizó algunos de los encuentros más legendarios en la historia del deporte, como sus tres combates con Joe Frazier y el muy sonado Rumble in the Jungle contra George Foreman. Contrario a lo que se acostumbraba en la época, era afecto a provocar y denostar a sus rivales antes y durante las peleas, lo cual, curiosamente, le daba buenos resultados y lo convirtió en un boxeador que siempre estaba en los reflectores y al que el público amaba odiar.

Superman vs. Muhammad Ali - Imagen pública
Superman vs. Muhammad Ali – Imagen pública

Pero Ali no solamente fue legendario sobre el ring, pues en el mundo de los cómics también tiene una estrella: en 1978, DC lo inmortalizó en una edición especial titulada Superman vs. Muhammad Ali que formó parte de una colección en la cual el Hombre de Acero también conoció a John F. Kennedy y a Jerry Lewis, entre otros. El proyecto se concibió en 1977, cuando Ali era campeón de peso completo, y fue escrito por Dennis O’Neil y Neal Adams, pero la producción fue complicada y su publicación demoró hasta febrero de 1978, cuando Ali había perdido el título ante Leon Spinks. No obstante, la historia lo presentó como el campeón indiscutible y partía del siguiente argumento: Lois Lane, Jimmy Olsen y Clark Kent, reporteros del Daily Planet, buscan al boxeador para solicitarle una exclusiva y justo en ese momento tiene lugar una invasión extraterrestre; Rat’Lar, el emperador de los Scrubb, desea destruir la Tierra,pero ésta podrá salvarse si el más poderoso guerrero humano, Muhammad Ali, vence al campeón de los Scrubb, Hun’Ya, en un encuentro de box. Para el pugilista, siempre confiado y seguro de sí, el reto suena a pan comido, pero no tarda en aparecerse por allí Superman, quien argumenta que es él y no Ali quien debe pelear. Para Rat’Lar, aquello es el pretexto de montar el más grande espectáculo del universo y queda decidido que Ali enfrentará a Superman y el vencedor hará frente a Hun’Ya. Así, los combatientes viajan al planeta Bodace para salvaguardar el destino de la Tierra, acompañados por Lois Lane, Jimmy Olsen y hasta Perry White en la esquina del último hijo de Krypton.

(Increíble que Superman haya tenido un mejor motivo para pelear con Muhammad Ali que con Batman en la reciente película de Zack Snyder, ¿no?)

Superman vs. Muhammad Ali - Imagen pública
Superman vs. Muhammad Ali – Imagen pública

Superman vs. Muhammad Ali fue un título bastante colorido, más orientado al público infantil, que no solamente nos demostró que la fama de Ali trascendía la galaxia en los años 70, sino que hizo algunas revelaciones divertidas como que Superman no sabe boxear (Ali debe enseñarle), que en la Fortaleza de la Soledad hay un pasaje al fin del universo, en donde el tiempo transcurre más lento como en la Habitación del Tiempo de Dragon Ball Z, que Superman cuenta con un sol rojo portátil en caso que tenga que equiparar su fuerza a la de un humano ordinario, que la diosa Atenea hace de referee en los encuentros de box intergalácticos, y que el comentario que hace Jimmy Olsen de la pelea puede llegar hasta los más distantes rincones del universo y ser comprendido en inglés. Sin duda es una de las más curiosas aventuras del Hombre de Acero y también una de las portadas más legendarias: en la ilustración de Joe Kubert y Neal Adams se puede apreciar a una plétora de celebridades tanto ficticias como reales.

Muhammad Ali se retiró en 1981, tres años después de pelear con Superman en el espacio, con un récord de 56 victorias y 5 derrotas. Murió a la edad de 74 años.

Pizza de sartén

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Por Eduardo Villaraldo

Estoy afuera del departamento trescientos treinta y tres de una vecindad asentada en una calle de la colonia Chula Vista. Es mi primera entrega del turno y estoy esperando a que abran la puerta, me paguen por la pizza y me den una buena propina. Sí, sobre todo eso; una buena propina es lo que me hace estar aquí, sosteniendo esta masa cocida y ensayando una sonrisa falsa y estúpida que deberé mostrar al cliente en cuanto me abran la puerta. Así que sigo esperando y de repente me entra la curiosidad de saber a qué se dedica el tipo al otro lado de los muros.

Espero una buena propina, una gran propina, pero si es un estudiante o un becario o el director codo de algún supermercado esa propina se estará yendo a la mierda. ¿Qué chingados será?, insisto y abren la puerta y la risita estúpida y falsa se olvida de permanecer donde le dije que lo hiciera y a cambio me ha dejado una tibieza en los ojos que me asquea. Quien ha abierto la puerta es un hombre joven. No pasa los veintidós. Un suéter gris desabrochado y unos calzoncillos Everlast negros es todo lo que tiene puesto. -Ponga ahí la pizza-, dice y me señala una mesa de centro, y mientras obedezco su orden él desliza un poco la puerta corrediza que separa su habitación de la sala y se tira un pedo que no tiene olor pero sí una sonoridad estruendosa. El departamento no tiene nada que ver con lo que yo tenía en mente. Hay muchos libros desordenados en el lugar; este puede ser un maestro. Ojalá sea un maestro, aunque lo veo muy joven, pero si lo es tengo posibilidades de obtener la propina que he pensado.

Aunque también puede ser un tesista, y si lo es, seguramente esa propina quedará en su cartera y no en la mía. Estoy barajando las posibilidades monetarias cuando percibo un bulto que se mueve en la cama, no tardo en darme cuenta que son unas piernas, ¿de hombre o de mujer? Quizá no es ni maestro ni tesista, quizá sólo es un maricón culto, mantenido por otro maricón con un buen salario y que a cambio de dejarse meter y lamer la verga, su amante lo complace en todo lo que pide. Puta madre, cómo tarda, ¿le está pidiendo permiso al dinero o está teniendo una despedida con sus billetes? Desliza en su totalidad la puerta corrediza y veo que se ha desnudado completamente. Trae el pito parado y el dinero en una mano. Hoy no es mi día, pienso al ver que he errado. Las piernas en la cama no son de ningún amante maricón. No, qué va. Son de una mujer, de una mujer de piel morena.

Él la despoja de las sabanas y de un tirón la pone a cuatro patas sobre la cama. Qué mujer tan deseable, me dicen mis huevos que me han empezado a hormiguear y el líquido preseminal que ha quedado embarrado en mi calzón. Antes de meterle el pito se tira otro pedo con las mismas características al anterior. Le da un madrazo en el estómago y luego se la mete toda. Ella ni si quiera se ha tomado la molestia de verme. Me doy cuenta que en las nalgas tiene unas estrías muy ligeras y debajo de las estrías posee una celulitis bellísima. Qué gozo tener una mujer con una celulitis como esa. Le perdono que no se haya molestado en verme. A una mujer con esas estrías, pero sobre todo con esa celulitis, se le perdona cualquier cosa. Las embestidas de su amante son tan burdas que muy seguramente en lugar de placer está sintiendo aversión por aquel imbécil. Apenas se la ha metido unos dos o tres minutos cuando de repente saca la verga con el receptáculo del condón lleno de semen. Estoy seguro: ella está sintiendo asco por aquel idiota. Sin deshacerse del látex camina hacia mí y me da un billete de a doscientos. Busco las monedas que me han dado en la sucursal de la pizzería para darle su cambio y me dice que así está bien. La pizza de sartén cuesta ciento cuarenta. Sesenta pesos es una buena propina, es más de lo que esperaba. Antes de salir del cuarto veo a la mujer, está de pie dándole la espalda a la sala, veo toda su celulitis. Ni siquiera me da curiosidad ver su coño o sus tetas, la celulitis me sacia. Podría masturbarme con una mano y tocar sus nalgas celulíticas con la otra y habitaría el verdadero paraíso.

Doy vuelta y enfilo a la puerta y antes de salir escucho como él empieza abrir la caja de la pizza y como se echa otro estruendoso pedo. Cierro la puerta y caigo en cuenta que la pizza de sartén genera unas flatulencias muy ácidas. Qué mala elección. Palpo mis sesenta pesos de propina y al verificar que siguen en mi pantalón siento repulsión hacia ese tipo. Además de ser un eyaculador precoz ahora tendrá que soportar, también, sus pedos apestosos.

Paul Strand: frontera de lo fotográfico

por José Luis Dávila

Como documento, la fotografía transita de lo cultural a lo artístico, existe en ese plano intermedio que separa ambos aspectos y, a la vez, los une. En tanto cultural, la fotografía se expande a modo de objeto de la memoria, representación física del recuerdo; y como artística, sin duda, transforma dicha memoria en voluntad del presente sobre el pasado antes del click del obturador, es decir, en una forma estética del instante que perdura por medio de la imagen construida desde la lente.

En ambos casos, existe un ojo autor que decide a cuál de los lados inclinarse. Un ojo autor que emite el significado para que nosotros podamos acceder a él. Un ojo autor que busca una postura ante el dilema de los caminos que se bifurcan, para así dar solidez a su producto. Sin embargo, ese ojo a veces, pocas veces, es más bien un habitante de la frontera, de un ni aquí, ni allá, pero sí entre ello. Tal es el caso de Paul Strand y toda la colección que se presenta de él en el Museo Amparo.

La exposición es un esfuerzo por concretar la experiencia de un viaje terminado abruptamente hace décadas, un viaje de búsqueda por el sentido estético que Strand quería explorar sobre México, uno que no llevara el folklore como punta de lanza sino la vida dentro de ese laberinto que era el país en transformación. Esta es, pues, una propuesta que nadie debería perderse en la ciudad para llegar a la apreciación de una mirada que pocas veces se valora sobre nuestro país.

Así mismo, se tiene que apuntar, todas las piezas que integran esta muestra se unen en la capacidad que tienen para dar cuenta de esa sensación de frontera, no únicamente por lo mencionado al inicio, más bien por la carga ideológica que transfiere sentidos y relaciona imágenes con el contexto de producción sin olvidar su faceta atemporal dentro de los límites de la técnica, es decir, crea en cada fotografía la capacidad del espectador para encontrar un sentido propio, como aquél que se busca en un territorio nuevo, como aquél que se atreve a saltar el muro de sí para llegar a un nuevo significado, como aquél que era Paul Strand.

Apocapitalismo: Rive Díaz Bernal en Liliput

Apocapitalismo, de Rive Díaz Bernal - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Apocapitalismo, de Rive Díaz Bernal – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

por Jessica Tirado

Pocas veces una exposición puede conectar tan orgánicamente con quién la mira como sucede con las piezas que ahora se exhiben en la Galería Experimental Liliput, y es que estamos acostumbrados a que el arte es algo conceptual que, si bien es provocativo, tiende a ser algo un tanto alejado del espectador: grandes obras que pueden quedar marcadas en quien las admira pero que no van más allá de, precisamente, la admiración; sin embargo, Rive Díaz Bernal no sólo usa su experiencia para crear la obra, sino que convierte sus objetos personales en la obra, haciendo de Apocapitalismo una experiencia artística e íntima en varios niveles.

*Lo efímero

En la primera parte hay piezas de fotografía que contienen experimentos realizados por el autor. En un objeto que representa la tecnología pasada de moda, como puede ser un celular o un VHS, cultiva plantas que tienen un periodo de vida corto, por ejemplo. Estando frente a la obra nos encontramos dos realidades: la primera es la fotografía en sí misma, un objeto que puede durar mucho tiempo, tendrá una caducidad en algún momento el papel fotográfico y la impresión pero durará más que lo fotografiado, y eso nos lleva a la segunda realidad, pues no sólo las plantas que germinan en estos objetos tienen una vida corta, los propios objetos son desechos de la sociedad de consumo. Rive Díaz Bernal nos platica que para una de las piezas fotografió su propio celular, que utilizó hasta que la máquina dejó de funcionar y no cuando la sociedad le dijo que lo cambiara porque ya no estaba de moda, es ahí donde el plano personal empieza a ganar terreno sobre el del arte de aparador.

*La memoria

En la exposición hay un interesante libro que está a lado del de visitas, es una introducción a la obra general del artista en palabras de estudiosos del arte; ahí vemos un esbozo de la riqueza de la obra. Una de la piezas comentadas en dicho libro es un disco duro, un objeto común que muchos hemos llegado a tener (o al menos un dispositivo de memoria electrónico), es ahí donde la conexión artista-espectador se fija, la historia de este disco duro comienza desde que Rive Díaz Bernal guarda ahí registro de sus obras y algunas de sus piezas en electrónico. Podríamos decir que la información está segura, pero en realidad no sabemos qué pasa ni en qué parte específica de ese aparato se encuentran nuestros datos; un día el disco dura empieza a fallar, hace ruidos extraños, la computadora no lo reconoce y el artista busca ayuda, pasado el tiempo, como todo dispositivo deja de funcionar, entonces toda esa información se queda atrapada, la memoria se petrifica, no hay forma de acceder a ella y se vuelve un objeto que contiene arte y recuerdos.

*El consumismo innecesario

Hay una pieza muy interesante que se presenta como normalmente veríamos expuestos, en la casa de un cazador, ejemplares de caza. Rive Díaz Bernal toma el formato de exihibición y lo transforma, los objetos exóticos que él nos muestra son aparatos que en algún momento fueron los primeros en su tipo en interactuar con la sociedad. Reafirmando un poco la idea de la memoria, encontramos objetos que en los 90´s eran realmente deseados. Quién no quería tener un celular, aunque fuera un armatoste enorme y las posibilidades de comunicación fueran limitadas, o por ejemplo, los beepers que en sus inicios fueron más populares entre doctores y empresarios y luego la gente los quiso usar en la vida cotidiana, los jóvenes de esos años obtenían un estatus social un paso más arriba si tenían un walkman, pero justo en esta pieza nos encontramos objetos más modernos que conviven perfectamente con esta idea, el primer iPod, un iPhone 3, que son muy superiores a esos objetos del siglo pasado pero que también su época ya fue, la gente quiere lo nuevo, los cambia tan fácil y rápido que no se da cuenta que en ellos va dejando una parte de su memoria y de su vida.

Las piezas de esta exposición pueden tener estas y muchas otras lecturas, pero algo que es innegable es que el visitante puede encontrarse a sí mismo a través de ellas, es cuando visitar galerías como Liliput se vuelve algo trascendente y absolutamente personal, no van a salir indiferentes de ese lugar, disfruten mucho Apocapitalismo.

Un viaje

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Por Carlos Morales Galicia

Si tuviera que hablar de una persona que es completamente opuesta a mí, sin duda, sería de mi amigo Alberto. Si existiera una lista de cualidades en las que aparezcan amabilidad, sensibilidad, generosidad y honestidad, y nos pidieran que señaláramos cuáles poseemos, él podría colocar una palomita junto a todas.

Hace unas semanas me llamó para invitarme al Vive Latino. Alberto había comprado un par de boletos para asistir con su novia, pero en el transcurso entre diciembre y abril, terminaron. En 2012 fuimos juntos. Si hay algo importante dentro de esta amistad es la música.

– Voy por Natalia Lafourcade y Bunbury, dijo.

Yo había escuchado los discos más recientes de ambos y parecía que la pasaríamos bastante bien, además habría cerveza gratis durante el trayecto. Alberto es una persona que bebe poco y son contadas las ocasiones en que lo he visto ebrio. Lo anterior ha sido algo raro entre nosotros, pues cuando se trata de alcohol, nunca me mido y es él quien termina trayéndome a casa.

El autobús partiría hacia el DF a las nueve de la mañana. Alberto es un virtuoso de la puntualidad y yo, fiel a mi costumbre, llegué cuando la caravana estaba a punto de salir. Por fortuna, no fui el único y eso amainó un poco su molestia. El responsable de la empresa Quanax, nos entregó nuestros gafetes, cilindros y tazas. En la primera parada del viaje, comenzaron a servir cerveza y él dijo que prefería esperar hasta llegar al estacionamiento del Foro Sol y beber antes de ingresar. Por mi parte, hice caso omiso a sus advertencias sobre romper el ayuno con alcohol y empecé a tomar.

– Tú eres vegetariano y la cebada es nutritiva, sentencié.

Ya en el estacionamiento del Foro, Alberto bebió su primera cerveza y estoy seguro que yo llevaba al menos cuatro refiles. Mi amigo dijo que el disco de Natalia Lafourcade le servía como una especie de medicina. Que lo escuchaba todos los días y que le había servido para superar la ruptura con su novia. Pensé que era una cursilería sublime, pero me abstuve de comentarlo. Si bien no soy lo que llaman una buena persona, tampoco iba a arruinarle lo que parecía significar demasiado. Además, creo que pocas veces lo había visto tan seguro de sí mismo cuando miré su reflejo en la cubierta metálica del autobús.

Ingresamos al estadio a las dos de la tarde para ver el documental de Bunbury: El camino más largo. Como a mí no me gusta tanto, le dije que iría a dar una vuelta por el festival en lo que terminaba la proyección.

Para esa hora ya me moría de hambre y lo primero que compré fue una hamburguesa doble con papas. Después caminé alrededor de los locales de mercancía y vi un puesto de máscaras, así que no me resistí a comprar una. De esta manera pude jugarle una broma a Alberto y pasearme tres o cuatro veces cerca de él mientras contemplé su cara de desesperación al no verme llegar.

– Te pasas de agradable, refunfuñó.

A pesar de que siempre molesto a Alberto, el tipo tiene un cierto tipo de agallas de las que carezco. Dejó el cigarro y la carne. Puede llorar y conmoverse ante cosas por las que yo necesitaría al menos cuatro o cinco mezcales. Descree de quienes piensan que las vidas de los animales no son equiparables con las vidas humanas. Escucha atentamente, a pesar de no estar de acuerdo con otras personas. Piensa mucho antes de enunciar palabras.

Nos enfilamos hacia el escenario Indio para ver a Todos tus muertos. No esperaba mucho, pero debo decir a pesar de los años, siguen siendo una banda con una gran presencia en el escenario y conectaron muy bien con los pocos que nos animamos a verlos. Más tarde, Two Door Cinema Club, la única banda que sí me emocionaba ver, mató de aburrimiento a Alberto y antes de que terminara su presentación, nos movimos hacia el escenario Tecate para ver a Natalia Lafourcade. Él es una persona que pone mucho énfasis en las letras, mientras que yo prefiero la música.

A favor de Natalia Lafourcade debo decir que ha madurado en varios aspectos. Aún recuerdo lo mal que le fue cuando iniciaba su carrera y se presentó en el festival. Pero en esta ocasión, el recibimiento de la gente sacó lo mejor de ella y sus músicos. Las lágrimas de mi amigo no se hicieron esperar cuando tocaron “Hasta la raíz” y “Lo que construimos”. Alberto afirmó que pocas veces había contemplado un atardecer así en el DF. Lo único que pude hacer en ese momento fue guardar silencio.

Terminando la presentación de Natalia, nos fuimos a ver a Bunbury. No cabía ni un alfiler y aunque el tipo puede ser detestable en varias de sus acciones y palabras, tiene muchos seguidores. Alberto y yo nos emocionamos cuando escuchamos las canciones de Héroes del Silencio, pues recordamos el primer concierto al que fuimos juntos. El cierre con “La chispa adecuada”, no fue como en aquella ocasión, pero le dio un toque de nostalgia al recital.

Después fuimos a ver a Plastilina Mosh quienes, sin tener un disco en casi diez años, fueron capaces de poner a cantar a todos los que abarrotaron el escenario Tecate. Cerramos la noche escuchando algunas canciones de Los Auténticos Decadentes y bailamos un poco, aprovechando que él ya estaba medio entonado.

Caminamos hacia el autobús y llegar a nuestros lugares, se quedó dormido. Pocas veces recuerdo haberlo visto así, pero tras la catarsis, había un dejo de paz en su rostro. Dejé la máscara en la mochila y bajé a buscar un poco de comida. Al volver, contemplé su cabeza recostada en el vidrio. Mientras volvíamos a Puebla, pensé que después de todos estos años siendo amigos, hay un sentimiento oscuro que guardo hacia él: la envidia. Envidio profundamente su honestidad. Creo que hay mucha de ésta en las personas que buscan reponerse de los episodios amargos. A veces pienso que me gustaría ser más como él. ¿Y si no pudiera? Entonces, quizá necesite bastantes años de esta amistad. Aprender a escuchar la voz interior. Olvidar la rigidez o el miedo al ridículo. Si algún día lo consigo, puede que también me instale en el lugar privilegiado de los sinceros y logre dejar a un lado las máscaras; prescindir de los ejemplos.