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¿La libre expresión te ofende?

por Greg Lukianoff

Traducción de E. J. Valdés

No soy partidario de la corrección política. Sostengo que es una tendencia que hace del mundo un lugar cada vez más pusilánime y que en el largo plazo ocasionará gran daño a la civilización occidental. En México sus males no son tan visibles como en Estados Unidos…Todavía. Aunque es un hecho que ya se nos obliga a tener opiniones favorables hacia ciertos grupos sociales, en nuestras universidades aún no hay “zonas seguras” (espacios en donde los alumnos pertenecientes a grupos minoritarios pueden expresarse y desenvolverse libres de interacciones personales no deseadas) o, en su defecto, catálogos de “micro agresiones” como el de la Universidad de Arizona, que prohíbe a los alumnos, entre otras cosas, decir “bless you” (salud) a quien estornuda. Esto último es verídico. Temo, no obstante, que este pensamiento no tarde en llegar a nuestro país, tan propenso a seguir los malos ejemplos de su vecino del norte.

En uno de mis prolongados paseos por YouTube me topé con un comentario que Greg Lukianoff, presidente de la Fundación para los Derechos Individuales en la Educación, grabó para el canal de Prager University (que en realidad no es una universidad, sino un espacio de opinión administrado por el periodista Dennis Prager), mismo que encapsula mucho de lo que pienso respecto a la corrección política y la manera en que ésta coarta la libertad de expresión. Comparto a continuación la opinión de Lukianoff traducida al español. Al final del artículo encontrarán el enlace al video original, fechado el 31 de agosto de 2015.

Libertad de expresión. La habilidad de expresarte. Es una idea valiosa, justo como debería serlo. La mayoría de quienes vivimos en democracias occidentales liberales la consideramos un derecho humano fundamental. Personas han luchado y muerto por ella. Sin embargo, hoy corremos el riesgo de perderla. La amenaza no viene de fuera, de enemigos externos, sino desde dentro. A toda una generación se le está enseñando a no creer en la libertad de expresión, sino en que deben estar libres de dicha expresión; de toda expresión que les disguste. Esto es una amenaza para la pluralidad y la democracia misma. Vemos esto en Europa, donde la censura basada en la sensibilidad intenta vetar todo aquello que se considere odioso o meramente hiriente y prohíbe la crítica religiosa, en especial del Islam. Pero los Estados Unidos, a pesar de sus fuertes garantías constitucionales en la Carta de Derechos, no es inmune a la creciente tendencia de supresión de expresión, o aquello a veces denominado “corrección política”. Esto es en particular cierto en los colegios y universidades estadounidenses, los lugares en donde se educa a nuestros futuros líderes y en donde uno esperaría que la expresión fuera en sumo libre. Los códigos de expresión altamente restrictivos son la norma en los campus hoy en día. De acuerdo con un estudio de mi organización, la Fundación para los Derechos Individuales en la Educación [1] (FIRE por sus siglas en inglés), el 54 % de las universidades públicas y el 59 % de las privadas impone códigos de expresión políticamente correcta a sus alumnos, y gracias a recientes directrices del Departamento de Educación, el 100% de los colegios podrían adoptar esos códigos en los años siguientes.

Greg Lukianoff | Imagen pública
Greg Lukianoff | Imagen pública

¿Cuán malo es esto? El Día de la Constitución de 2013, un campus público de California dijo a un estudiante, quien al mismo tiempo es un condecorado veterano militar, que no podía repartir copias de la Constitución a sus compañeros. La objeción de la universidad no era ideológica, sino una burocracia fuera de control que impuso un límite a su libertad de expresión. Ese mismo día, a otro estudiante de nivel profesional en ese mismo estado le prohibieron protestar contra el espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad [2] (NSA) fuera de una pequeña “zona de libre expresión”, un área que abarca únicamente el 1.37 % de la instalaciones. Meses después, a dos estudiantes universitarios de Hawaii se les dijo que no podían repartir copias de la Constitución, ni quejarse de las prácticas de la NSA fuera de la “zona de libre expresión” de la escuela. FIRE llevó a estas universidades a la corte, pero el sólo hecho de que tuviéramos que hacerlo demuestra cuán mal se han puesto las cosas.

Últimamente, alumnos y docentes han unido fuerzas para excluir de sus campus a conferencistas con cuyas opiniones no comulgan. En FIRE le llamamos la “temporada de desinvitación”; una temporada que dura el año entero. Desde 2009 se ha suscitado un aumento considerable en los esfuerzos de estudiantes y académicos para retirar las invitaciones a personajes que no les agradan. Estos personajes incluyen a la ex Secretaria de Estado Condoleezza Rice, a la feminista somalí y crítica del Islam Ayaan Hirsi Ali, y a Christine Lagarde, la directora del Fondo Monetario Internacional. Y ésa es solamente la parte obvia del problema de las “desinvitaciones”. Pocos conferencistas conservadores son invitados a presentarse en universidades so riesgo de tener que retirarles la invitación posteriormente.

La más reciente amenaza a la libertad de expresión son las llamadas “trigger warnings” o “advertencias de activación”: alertas que advierten a los alumnos que están a punto de leer o escuchar algo que puede detonar una respuesta emocional negativa. Un artículo del New York Times de 2014 citó el caso de un alumno de Rutgers quien solicitaba incluir estas advertencias en la clásica novela norteamericana El Gran Gatsby porque “contiene una variedad de escenas que hacen referencia a abuso y violencia misógina”. Hace poco, el Colegio Oberlin intentó establecer una política que instaba a los profesores a evitar temas difíciles y utilizar “advertencias de activación” para hacer las aulas “más seguras”. La seguridad se ha rebajado a un mero derecho de siempre sentirse a gusto. La demanda de advertencias de activación se ha disparado en las universidades de todo el país. A esto hay que añadir las populares teorías académicas que invitan a los alumnos a escudriñar “micro agresiones” en el lenguaje: cualquier declaración que pueda interpretarse como racialmente insensible, clasista, sexista o políticamente incorrecta. Es claro que los campus enseñan a sus estudiantes a supervisar lo que dicen. Esto es justo lo opuesto de lo que hace falta. Nuestra sociedad necesita franqueza y libertad de expresión, no exención de expresión. La comodidad intelectual no es un derecho. Nunca debe serlo. No si queremos que la libertad de expresión —o acaso la misma libertad— sobreviva.

Video original:

https://www.youtube.com/watch?v=9vVohGWhMWs

[1] Foundationfor Individual Rights in Education (N del T).

[2] National Security Agency (N del T).

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He aprendido

por Montse Pérez
Hoy he aprendido que hay que dejar que la vida te despeine, por eso he decidido disfrutar la vida con mayor intensidad… El mundo está loco. Definitivamente loco… Lo rico, engorda. Lo lindo, sale caro. El sol que ilumina tu rostro, arruga. Y lo realmente bueno de esta vida, despeina…
Hacer el amor, despeina.  Reírte a carcajadas, despeina. Viajar, volar, correr, meterte en el mar, despeina. Quitarte la ropa, despeina. Besar a la persona que amas, despeina. Jugar, despeina. Cantar hasta que te quedes sin aire, despeina. Bailar hasta que dudes si fue buena idea ponerte tacones altos esa noche, te deja el pelo irreconocible…
Así que como siempre, cada vez que nos veamos, yo voy a estar con el cabello despeinado…
Vivir despeinada - Imagen pública
Vivir despeinada – Imagen pública
Sin embargo, no tengas duda de que estaré pasando por el momento más feliz de mi vida. Es ley de vida: siempre va a estar más despeinada la mujer que elija ir en el primer carrito de la montaña rusa, que la que elija no subirse. Puede ser que me sienta tentada a ser una mujer impecable, peinada y planchadita por dentro y por fuera. El aviso clasificado de este mundo exige buena presencia: péinate, ponte, sácate, cómprate, corre, adelgaza, come sano, camina derechita, ponte seria… Y quizá debería seguir las instrucciones pero ¿cuándo me van a dar la orden de ser feliz? Acaso no se dan cuenta que para lucir linda, me debo sentir linda… ¡La persona más linda que puedo ser! Lo único que realmente importa es que, al mirarme al espejo, vea a la mujer que debo ser.
Por eso, mi recomendación a todas las mujeres y, por qué no, hombres Entrégate, Come rico, Besa, Abraza, Haz el amor, Baila, Enamórate, Relájate, Viaja, Salta, Acuéstate tarde, Levántate temprano, Corre, Vuela, Canta, Ponte linda, Ponte cómoda, Admira el paisaje, Disfruta, y sobre todo, ¡deja que la vida te despeine!
Lo peor que puede pasarte es que, sonriendo frente al espejo, te tengas que volver a peinar.

Encontrar la soledad: Confesiones de una jaiba

por José Luis Dávila

Estamos acostumbrados a un mundo donde conectar con otros no queda como opción, sino como necesidad; un síntoma que aísla más que el aislamiento mismo. Encajar. Pertenecer. Identificarse. Todas acciones que buscan dejar de lado la soledad, porque la soledad es terrible, dicen. En la soledad te encuentras contigo mismo, y nadie quiere verse a solas con ese monstruo. Lo evitamos tanto que nos hacemos daño en el proceso.

La huida estéril de la soledad y su encuentro como un bálsamo, ese es el tema central de Confesiones de una jaiba, monólogo protagonizado por Joshua Sánchez, en el que la comedia explora una semana de dramas personales en la vida de un mesero que se enfrenta a las ideas familiares y el sesgo que éstas dan a sus acciones.

Dirigida por Ángel Sánchez y producida por Pasajeros de Caronte Teatro, esta obra es un coming of age adulto que se sostiene en la actuación, apunta a un entendimiento de la relación con uno mismo en la etapa que las ilusiones se encuentran desvaneciéndose y la realidad pone la disyuntiva: seguir siendo lo que los demás esperan o ser quien se quiere ser.

Es imposible decir más sin redundar, pues Confesiones de una jaiba es una propuesta inteligente y disfrutable para estos tiempos, una pieza teatral que no debe pasar desapercibida.

Breviario de lo Incierto: Poesía de los nuevos límites

por José Luis Granados Téllez

El paquete llegó a mi departamento una tarde de lluvia. No tuve ocasión de abrirlo sino hasta la mañana del día siguiente, cuando me senté a la mesa, bebiendo una taza de café, trayéndolo hacia mí, rasgué con los dedos el envoltorio de bonito papel con el que mi hermana había forrado el libro días antes. Yo se lo había encargado con alegría, pues siento un extraño anhelo embargarme cada vez que llega algo de fuera, especialmente un libro, acompañado por la letra diminuta y graciosa de Eva, manteniéndose viva a través de cada misiva que acompaña estos regalos que con regularidad me hace.

El papel quedó pronto en el suelo y pude apreciar el bonito diseño de la tapa: unos manuscritos antiguos sobre unas maderas húmedas y viejas y, por sobre todo esto, un título atractivo, místico y elegante para un libro de poesía. Breviario de lo Incierto. Tomé un sorbo de café y comencé a leer en desorden algunos poemas. Los había sobre el amor, sobre la vida y la alegría pero, esencialmente, era poesía profunda que embellecía la idea de la muerte y que lograba hacerme imaginar el monólogo de un viejo erudito que se explica a sí mismo, lo que entendemos por existencia, tiempo, pasado y por silencio.

Tuve que detenerme por un instante, completamente seguro de que el café de la mañana no había sido suficiente para alertarme de la larga lucha que seguiría a continuación. Este libro es poesía, filosofía, pero también y más precisamente, es un breviario de pensamientos profundos y sensiblemente humanos que se agitan sobre el gran enigma de lo incierto.

Al autor lo conocí hace algunos años cuando vivía en Colombia. Yo asistía a sus conferencias con agrado pues siempre he tenido la impresión de que todo en él revela una sabiduría silenciosa y, durante aquel tiempo, aprendí con él a escuchar la voz independiente que cada autor desarrolla después de ensayar su escritura durante años. Al leer estos poemas, reconozco la genialidad del trabajo inmenso que supone escribir con tanta pasión y dolor, siendo capaz de permanecer ajeno a la frivolidad y a los fáciles accesos de verbalismo y descuido prosaico que son comunes a la poesía de este siglo.

Arturo Hernández es, sin lugar a dudas, el poeta más impresionante entre sus contemporáneos. Su poesía es lucidez pura que rompe los límites de lo común y lo clásico para convocar un lirismo vanguardista que difícilmente encontrará un igual. Este poeta colombiano es el primero, desde Mutis y Charry Lara, que está destinado a convertirse en un clásico absoluto en la historia de las letras de su país. Pocos autores se arriesgan a la total desnudez que Hernández practica en sus poemas y menos aun se atreven a dejarlo todo en cada letra como este genio bogotano.

Desde esa mañana, desde esa taza de café, he vuelto a leer sin descanso cada poema, constatando que las palabras merecen todavía el amor infinito de quien las hace luz y esperanza. No quiero hablar aquí de influencias, pues el estilo de Hernández es tan sólido que se explica solo y permanece en pie junto a nosotros con espiritual solidaridad mientras nos desmoronamos en los raptos de su sabiduría y de su emoción desbordada.

Breviario de lo incierto - Imagen pública
Breviario de lo incierto – Imagen pública

No es posible desentrañar, aunque se quiera, todo el libro en una breve crítica porque ese es el trabajo que comparten el tiempo y los lectores, como ha señalado Hernández en sus ensayos. Pero sí puedo sugerir que poemas como Lengua Franca, Buenas Noches, El Escritorista o Breviario, establecen nuevos horizontes de la poesía en nuestro idioma. En ellos, el diálogo; el monologo que Hernández sostiene con el mundo y con sí mismo, se mezclan magistralmente con formas líricas que él ha cultivado y hecho profundas antes que nadie y a pesar de la ingente reproducción de modelos poéticos que devienen de influencias que a menudo son nocivas para los jóvenes escritores.

Breviario de lo Incierto, publicado por Editorial Nueva Luz 21, inicia con un Prólogo (que no es otra cosa que un poema lleno de erudición y humildad) y luego nos regala cantos lúgubres como Hoy duele reír y Descenso; himnos al amor como Pregunta al Viento, Poema de Amor y Fiebre que Somos, además de poemas filosóficos entre los que sobresalen Daños, Huésped, Morfina y Iktsuarpok.

No sorprende además que un poeta tan profundo como Hernández se planteé retos de forma y contenido que por la sutilidad de su visión estética pasen desapercibidos a una primera lectura. Tal es el caso de Justicia, poema crudo y desgarbado que se aleja de la línea general de imágenes para promover una crítica social y política respecto al contexto de guerra que en Colombia se extendió por más de cincuenta años. Asimismo, Hernández ha declarado a la prensa mexicana que está escribiendo un nuevo libro de poesía, en el que se recopilan poemas que atan cabos existenciales para dar lugar a un ser más dueño de sí mismo y de su lenguaje.

Los méritos del libro son innumerables y quizá el más significativo de todos sea el hecho de que el maestro Hernández es tan lucido como para llenar de belleza una disertación introspectiva en la que colisionan conceptos y figuras humanas. Sólo este poeta logra ensayar sobre Itten y Baudelaire en unos cuantos versos, y dibujar del mismo modo sus ideas con música abundante o hacer que Rimbaud camine por territorios imposibles mientras cuenta dos historias paralelas, la del propio poeta francés que ve venir la muerte en el África esclavista y la del desastre natural de Armero.

Hoy he leído por la última vez de mis primeras veces el libro completo de Hernández con un renovado sentimiento de felicidad. A pesar de que su poesía sea descarnada y lúgubre, lo que demuestra es que siempre es posible, con mucho esfuerzo y entrega, escribir una obra que perdure a la lectura y al tiempo. Breviario de lo Incierto, será sin lugar a dudas, la aurora de nuevos amaneceres para la poesía del mundo.

El museo como su espacio propio. Sobre Toujours en el Museo Amparo

por José Luis Dávila 

A veces uno se pregunta de qué están hechos los museos, esos edificios donde se muestra aquello que llamamos arte. La mayoría los ve como una especie de archivo, un lugar en el cual se resguarda la memoria del pensamiento de otros, el lugar en el que se exhiben las experiencias convertidas en objetos con el fin de evocar las experiencias de los visitantes, proceso que, a su vez, es en sí una experiencia provocada por éstos. Un poco redundante, circular, pero inevitable si se parte de esa concepción primaria que, por supuesto, no es errada pero tampoco es la única.

Creo que los museos son espacios de creación de espacio, una suerte de meta-sitios en constante transformación, la cual está en relación al uso que se le da para cada exposición y que también depende de la mirada con la que se entra a él. Así, cualquier museo no es sólo ese museo, sino que es uno distinto cada vez. Desde la fachada hasta las salas, el espacio se construye en el momento en que se le enfrenta con la subjetividad de las obras y espectadores.

En ese sentido, la muestra denominada Toujours, el museo como testigo, presentada en el Museo Amparo, es un repaso de los espacios artísticos que han sido parte del CAPC, musée d’art contemporain de Bordeaux desde su fundación en 1973, destacando las etapas y artistas que los han llevado a consolidarse como un referente mundial para el arte contemporáneo.

Lo relevante de esta exposición es la idea de emplazar al museo dentro de una memoria creada para ello desde la selección y curaduría de las piezas que se han trasladado, siendo tales un modo de destellos esenciales que dan cuenta de lo que ha sido la evolución del lugar francés, el cual tenía como fin propio de su diseño y construcción ser un almacén de inicios del siglo XIX, lo que es una muestra más de la adaptabilidad que el arte hace de los espacios.

Toujours es, de este modo, una forma de explorar el museo desde la historia que afianza su identidad como museo, una exposición sobre el espacio que fue, es y será, y que, a la vez, crea un espacio al interior de otro museo.

¿Por qué Deadpool merece un OSCAR?

por José Luis Dávila

Tengo esta tendencia la pantalla desde muy pequeño, en especifico, de cuando fui por primera vez al cine y vi el Batman de Val Kilmer; y con los años me he convertido, creo, en lo que Patton Oswalt denomina como un silver screen fiend, la cual es una forma genial de llamar a aquél que se entretiene con las películas al tiempo que las ve como una vía del arte, incidente en su vida, como una expresión de la experiencia que se retransmite. Esto sin importar de qué película se trate, pues todas poseen un valor intrínseco, ya sea The room con Tommy Wiseau o Citizen Kane con Orson Welles, ambos casos en los que una misma persona produce, dirige y protagoniza una cinta pero con resultados completamente diferentes.

Sin embargo, existe aún en la crítica especializada, cualquiera lo puede leer, una tendencia a la segregación soterrada de las ideas de entretenimiento y arte. Las películas que vemos comercialmente son películas que poco se consideran –a veces hasta por quienes están involucrados en ellas– como fuente de arte. No digo que todo deba entrar en esa categoría, pero sí que hay una subordinación implícita en el imaginario de las personas que ejercen opiniones profesionalmente y que califican a las cintas, esto sumado a que en últimos años las entregas de premios cinematográficos –y, en realidad, las premiaciones de cualquier índole– se ven afectadas por el fantasma de lo político y lo moral, cuestiones que el arte trata pero que para su apreciación no deberían influir mas que como contexto, pues, de otro modo, suelen construir una cerca que limita al tiempo que obstruye la vista.

Deadpool Movie Set - Imagen pública
Deadpool Movie Set – Imagen pública

Lo anterior también repercute al modo en que el público recibe las cintas y las consume. En el párrafo anterior uso la palabra “comercialmente” para referirme a aquellas que se exhiben bajo los estándares de entretenimiento pero toda producción cinematográfica es comercial por sí misma, y al contrario, toda cinta que se tache de comercial es susceptible de ser arte en cierto grado. En todo caso, la diferencia tendría que sostenerse entre lo artesanal y lo artístico, algo que me parece mucho más acertado.

Así, si las cintas fueran valoradas realmente por los méritos propios a cada cual, las votaciones en los premios serían más justas, pues muchas veces una película no es considerada para recibir reconocimiento tan sólo por no pertenecer al ala seria del arte de la filmación. Como ejemplo, el año pasado, entrando en febrero, se estrenó Deadpool, la cual podría ser considerada como una cinta más provocada por la moda de los superhéroes, sin embargo, prestando atención a ella, quizá haya que entenderla de otro modo.

Deadpool - Imagen pública
Deadpool – Imagen pública

Deadpool, independientemente de cualquier etiqueta que se le quiera imponer, es un paso adelante en la forma de narrar dentro del cine mal llamado “comercial”; desde el sencillo ejercicio de analepsis y prolepsis en el que gasta poco más de una hora, hasta darnos cuenta de que aquello que cuenta transita de forma extraordinaria entre el drama, la comedia y la acción. Efectivamente, muchos films de héroes integran dichos elementos, el cambio estriba en el cómo: para la mayoría de esas películas los incidentes dramáticos son motivaciones, pero en Deadpool son parte de la historia que se cuenta, no sólo del contexto del protagonista enfrentando al problema. Esto ocurre en otras películas icónicas que han sido culturalmente trascendentes, como Die Hard o, incluso, John Wick. El guión es, pues, una joya narrativa.

Otra de las fortalezas de Deadpool reside en dar a cada personaje, pese al poco tiempo que aparezca en pantalla, la tridimensionalidad necesaria para desarrollarse y ser parte de la narración; todos llegan a ser memorables a su modo, hasta el villano, quien resulta más interesante que muchos de los villanos que se nos han presentado en las películas de este corte y sobre los cuales siempre se hace el señalamiento de resultar desechables, y es que lo interesante reside en que precisamente es (y tiene que ser) desechable para funcionar en este relato.

Deadpool - Imagen pública
Deadpool – Imagen pública

Se podrían enlistar y detallar todas las inesperadas virtudes –para usar un título que a la AMPAS le pareció premiable hace un par de años– de Deadpool, y argumentar de manera irrefutable, pero, la verdad es que por más que se le defienda, históricamente las cintas como ésta suelen ser restringidas en nominaciones al OSCAR dentro de los rubros de efectos especiales o, si bien les va, banda sonora y maquillaje, lo cual es decepcionante. Este año seguramente veremos títulos como Moonlight, Manchester by the sea o Fences en las nominaciones (La La Land, por supuesto, es la favorita de muchos), cintas que se instalan en el drama. Sin embargo, me cuestiono profundamente por qué. ¿Es la necesidad de demostrar que el cine puede ser serio pese a sus raíces en el entretenimiento puro? ¿Es porque se tiende a sacralizar el sufrimiento en vez de celebrar el arte desde el desenfado?

He visto la mayoría de las películas que se rumorean para ganar la estatuilla y ninguna me resulta mejor que Deadpool –si acaso, podría considerar a Hell or highwater o Train to Busan, y esta última pertenece a Corea por lo que no será tomada en cuenta para la entrega principal–, pues como guión, adaptación y realización es una invención realmente situada en el cuidado de lo artístico a lo que aspira el contar historias desde un proyector sin importar nada más que el hecho mismo de lo que se cuenta. Además, para la época de higienización discursiva en que vivimos necesitamos que la cultura se abra en vez de implosionar por la repetitividad y tedio de tópicos que aportan ideas gastadas y formulas tan obvias que College Humor da una guía básica de pasos infalibles para ganar.

Ryan Reynolds y Tim Miller (y la FOX) hicieron un gran trabajo y merecen ser reconocidos, merecen hacer historia y acabar con las reverencias a un arte que tuvo desde su concepción el fin de llegar al público en toda su extensión, sin segregar entendidos de pasajeros despistados, conmover a cualquiera, alegrar a cualquiera, y, aceptémoslo, Deadpool es jodidamente perfecta para ello.

Arte y experiencia: sobre Entramados, Sin límite y La unción de Mercurio

por José Luis Dávila

Una de las grandes preguntas que esta década nos pide responder es por qué apreciamos el arte contemporáneo, la cual es, en principio, algo sencillo de resolver, pues en la actualidad ponemos al gusto fuera del circuito para centrarnos en el mensaje, es decir, apreciamos el arte contemporáneo debido a la fuerza de lo que transmite, a aquello que evidencia, a lo que retrata y expone; a fin de cuentas lo que valoramos es la explicación de la imagen por sobre la imagen misma, y ésta sólo es un vehículo para la información.

Por supuesto, el párrafo anterior podría resultar ofensivo para muchas personas, sobre todo para artistas, y sin embargo, no hay otra manera de expresarlo. La práctica del arte contemporáneo está viciada por el querer pertenecer a un discurso, y mientras más social mejor. Claro que esto no es malo; históricamente, el arte ha sido un referente de los cambios sociales y expresado diversas situaciones que ocurren en los entornos que se desarrolla, pero, al menos personalmente, considero que se debe hacer una distinción que al arte de nuestros tiempos se le ha olvidado y que antes era evidente: la tendencia y el compromiso.

De un lado, la tendencia aspira a ser vista, no hace caso de las formas, pone la esencia estética al servicio de lo que quiere decir para poder hacer ruido. Mientras, el compromiso está en la obra consigo misma, en el artista y sus intereses, lo cual provoca el cuidado de lo bello implícito, un “bello” entendido por el gusto y no por la estandarización.

Recientemente, cuando en San Pedro Museo de Arte se inauguraron Sin límite, de Patricia Fabre, La unción de Mercurio, de Jorge Llaca, y la colectiva Entramados de la pintura en Puebla, me puse a pensar en todo lo anterior, y es que al pasar por las salas que albergan las obras tuve la necesidad de cuestionarme frente a las producciones cómo es que estamos leyéndolas, si las valoramos por lo que son o por lo que dicen, si las entendemos realmente, o si de verdad tenemos que entenderlas.

Cada una de las piezas presentadas en San Pedro es una maravilla de la técnica artística. Y cada una es una experiencia diferente: Patricia Fabre nos narra un camino al autodescubrimiento, una senda marcada de inconsistencias íntimas entre las líneas y la dualidad de los colores; Llaca propone una interpretación a la espiritualidad de la razón, una instalación díptica que realza el conflicto entre el hacer y el contemplar, pero más allá, un uso del espacio y su historia para generar un tema; finalmente, Entramados se define por su título, un compendio de alto valor histórico y artístico en el cual encontrar piezas que demuestran cómo evoluciona una sociedad en su arte, cómo se ve a sí misma y el modo de apropiarse de ella por las miradas creativas que viven en ella.

Pero lo dicho no es algo que todos deban pensar, es algo que pienso yo. Como dije, una “experiencia”, misma que no se puede tener por otros, y por ello me cuestiono aún la pertinencia de apreciar al arte contemporáneo por su mensaje. Por supuesto, tener la explicación del artista y el curador resulta enriquecedor, pero lo que verdaderamente necesitamos es la opinión del espectador, pues al final es lo que hace al arte y no lo otro. El gusto elidido es un pecado que no deberíamos permitir en las galerías de nuestra ciudad a favor de la explicación cerrada, y mucho menos en muestras como las que ahora menciono, ya que al arte contemporáneo le falta la validación de esa experiencia personal e íntima que cada quien le otorga y le sobra la admiración de sus pares.

En fin, vayan y vean las obras por ustedes mismos, y pregúntense “qué veo yo” y no “qué debería ver”.

¡Santos contadores públicos, Batman!

por E. J. Valdés

Este artículo contiene spoilers

Luego de ver en el cine The Accountant, el más reciente largometraje estelarizado por Ben Affleck, mi amigo, el señor Álvarez, señaló que el personaje de Christian Wolff era un mejor Batman que el de Batman v Superman y Suicide Squad, interpretado también por Ben Affleck (el New York Times acaba de incluir estos dos filmes en su lista de los diez peores de 2016, por cierto). Pienso que este comentario fue de lo más acertado, y es que el personaje principal de la película de Gavin O’Connor y Bill Dubuque posee un buen número de tratos propios del Hombre Murciélago, como listaré a continuación.

La identidad secreta

Tras presenciar el asesinato de sus padres cuando era un niño, Bruce Wayne decidió enfrentar al crimen de Gotham y al crecer se convirtió en Batman, cuyas actividades de vigilantismo oculta tras la fachada del millonario, playboy y filántropo consentido de la ciudad. Christian Wolff por igual lleva una doble vida: detrás del contador público que presta sus servicios en un pequeño despacho de Illinois se oculta el misterioso asesor fiscal de emporios criminales. Según nos revela la película, Wolff ha utilizado antes otros nombres para evitar ser detectado, todos en homenaje a genios matemáticos.

The Accountant - Imagen pública
The Accountant – Imagen pública

El entrenamiento superior

Bruce Wayne se preparó durante años para alcanzar un nivel físico y mental casi sobrehumano, cualidad también presente en Christian Wolff, a quien su padre entrenó en distintos estilos de combate desde la niñez y cuyo autismo altamente funcional le confirió un intelecto prodigioso. Así, lo vemos neutralizar a una docena de hombres armados sin un rasguño como el hombre murciélago ha hecho en cómics, películas y videojuegos.

La guarida secreta

Batman utiliza como base de operaciones la Baticueva, construida en los cimientos de la Mansión Wayne; las historietas y sus numerosas adaptaciones nos muestran que allí guarda sus vehículos, artefactos, equipo de cómputo y otras curiosidades. Christian Wolff también tiene un lugar secreto en donde almacena su arsenal y otros objetos de valor, como documentos, divisas y hasta arte: un remolque oculto en un conjunto de bodegas como suelen haberlos en muchas ciudades de los Estados Unidos.

El aliado en la policía

Uno de los principales aliados de Bruce Wayne en su cruzada contra el hampa es el comisionado James Gordon del GCPD, a quien a menudo provee inteligencia que le permite estar un paso adelante de los villanos y ponerlos tras las rejas. Christian Wolff hace prácticamente lo mismo con Raymond King (J.K. Simmons), un agente de la Red de Control de Crímenes Financieros (FinCEN) a quien, en secreto, suministra información de sus clientes. Gracias a ello, King asciende hasta el puesto de director tras asestar importantes golpes al crimen organizado, y así como en algunas de sus encarnaciones Gordon aparenta una cruzada para detener a Batman, King persigue al Contador sin la intención de detenerlo, sino de asegurarse de que su sucesora sea capaz de aprovechar ese cuestionable nexo.

The Accountant - Imagen pública
The Accountant – Imagen pública

El oráculo

En el imaginario de Batman, Barbara Gordon se vio forzada a dejar el rol de Batgirl tras ser baleada por el Joker y quedar paralítica. No obstante, ella permaneció activa en la defensa de Gotham gracias a su genio informático y se convirtió en Oracle, quien al lado de Alfred provee a Batman con inteligencia y labores de espionaje cibernético. En los últimos años, la serie de videojuegos Arkham la presentó como el aliado más valioso del encapotado. No hay que ser un genio para darse cuenta de que Justine (Alison Wright), la chica a quien Christian conoce en el Instituto Harbor cuando es niño, juega un papel idéntico como “La Voz”. El paralelismo con Barbara es tal que las dos están confinadas a una silla de rudas y operan computadoras con tecnología de punta desde locaciones remotas.

El amor imposible

Bueno, en el caso de Batman valdría expresarlo en plural: a lo largo de su historia, se ha vinculado al Hombre Murciélago con varias mujeres sin que en realidad llegue a tener una relación estable con alguna de ellas; Bruce Wayne sabe que en su línea de trabajo eso no es posible. Christian Wolff parece tener una convicción similar, pues aunque es claro que se identifica con Dana (Anna Kendrick),se siente atraído por ella e incluso pone en riesgo su identidad —y la operación entera— con tal de protegerla, decide dejarla atrás luego de resolver lo de Living Robotics. Como nota personal: ese fue uno de los pocos puntos de la historia que rompieron con las películas de acción convencionales, en las que el héroe siempre se queda con la chica.

El aliado perdido

Quizá este punto ya sea un tanto exagerado, pero pienso que Braxton (Jon Bernthal), el hermano de Christian, se equipara un poco a Jason Todd, el segundo Robin que tras una serie de eventos desafortunados se convirtió en Red Hood. Christian y Braxton crecieron y entrenaron juntos, y aunque es visible que las habilidades del primero son superiores, el segundo cierra la brecha con frialdad y agresividad. En algún punto de su historia, los dos tomaron caminos distintos y no supieron el uno del otro hasta el clímax de la película. El momento en el que Christian descubre que el matón al servicio de Lithgow es su hermano perdido me recordó aquella escena en Arkham Knight en la que Batman, tras mucho tormento, descubre que Jason Todd está vivo (aunque estos reencuentros culminan de maneras muy distintas).

Desconozco qué tan consciente esté Bill Dubuque de estos paralelismos, pero me sería difícil creer que se tratara de graciosas coincidencias. ¿Quizá era su deseo explorar el legendario de Batman desde otro ángulo, aterrizarlo en otro contexto? Es probable que nunca lo sepamos. Sin embargo, lo que sí sabemos es que The Accountant tuvo una recepción crítica bastante tibia, y es que a pesar de que la historia y la ejecución tienen cierto encanto, termina sintiéndose como un producto mediocre. Por supuesto que la intención de O’Connor era explotar el actual estatus de Ben Affleck como Batman (hasta los afiches se parecen), pero pienso que buena parte de las malas críticas que obtuvo esta cinta las debe a la asociación de Affleck con un Hombre Murciélago que no convenció dos veces en el mismo año; muchos entraron a esta película predispuestos a odiarla. Creo que Anna Kendrick lo hace incluso peor (en general me parece una pésima actriz). ¿Habría funcionado mejor con otro elenco? Pienso que sí, aunque no cambiaría ni a Simmons ni a Bernthal, pues son geniales. ¿Veremos una secuela de The Accountant? Aunque yo desearía que no, la película hizo dinero, y ya saben que con eso baila el perro.

Isaac Julien: el capital y sus divertimentos

por José Luis Dávila

El acelerado ritmo de los inversionistas, los banqueros, los corredores de bolsa, contadores, rings de teléfonos, papeleo, montañas de papeleo, todos ellos en esfuerzo conjunto para hacer real al dinero, para hacerlo también virtual; generar y desaparecer, un vaiven, casi tan bien armado como una pieza de Morricone, o mejor aún, un ensamble de jazz en un club nocturno de New York, donde al final del día se toma una copa, se respira, se dejan los pies fuera de los tacones y las corbatas liberan el cuello. Pero a la mañana siguiente, todo de nuevo. Y nosotros, en verdad creemos ser sólo espectadores, creemos que estamos fuera del juego. Pero no. También marchamos en sus términos. Somos una sociedad encadenada, para bien y para mal –sin que uno sea contrario realmente del otro–, a los valores económicos. Al capital y sus divertimentos.

Kapital, de Isaac Julien, en el Museo Amparo - Fotografía por Jessica Tirado
Kapital, de Isaac Julien, en el Museo Amparo – Fotografía por Jessica Tirado

La anterior es una premisa casi burda en comparación  a cómo lo expone Isaac Julien con sus films Playtime y Kapital, presentados a modo de díptico en las salas del Museo Amparo. Julien propone la exploración cinematográfica como un medio para el entendimiento de cuestiones que llevan más de siglo y medio desarrollándose en conceptos formadores de los sistemas políticos y comerciales del mundo. Conceptos que han provocado tanto épocas de abundancia como guerras y divisiones sociales. Conceptos que ahora se muestran y usan indiscriminadamente, restándoles su significado original, al tiempo que adquieren otros que se les atan ya por honestos errores, ya por malinterpretaciones premeditadas.

Playtime, de Isaac Julien, en el Museo Amparo - Fotografía por Jessica Tirado
Playtime, de Isaac Julien, en el Museo Amparo – Fotografía por Jessica Tirado

El trabajo de este artista es una forma de acceder a la experiencia audiovisual de problemáticas que parecen lejanas, pero si se reflexionan, son aplicables a hechos que nos conciernen como parte de eso que se suele denominar “aldea global”, en la cual estamos sin que nadie nos pidiera opinión, pero de la que nos beneficiamos también. Julien expone, pues, el mundo de matices que referencian la actividad económica actual, e invita a una introspección de ese mundo, un análisis propio (y creativo) del rumbo socioeconómico en el cual nos encontramos.

Suicide Squad/Disaster Squad

por E. J. Valdés

Este comentario contiene spoilers, ¿pero a quién le importa?

Cuando fui a ver Batman V Superman salí encabronado del cine. De Suicide Squad salí disgustado solamente; eso ya es ganancia.

Suicide Squad es escrita y dirigida por David Ayer y cuenta con un reparto de ensamble en el cual destacan Margot Robbie, Will Smith, Jared Leto Joel Kinnaman y Viola Davis. La crítica ya lo ha dicho hasta el cansancio: la tercera entrega del universo cinematográfico de DC no es precisamente la peor, aunque padece de los mismos males que su antecesora: un exceso de personajes sin desarrollo, argumentos secundarios que no van a ninguna parte, mala narrativa y ejecución sub par. El público ha sido mucho más benevolente, y antes de que comenzara la proyección pensé que saldría convencido, como muchos de ellos, de que la prensa fue demasiado dura; que todo mundo amó odiar Batman v Superman y que, como consecuencia, deseaba odiar esta película también. Pero no fue el caso: si el anticlimático duelo entre el último hijo de Krypton y el murciélago de Gotham merecía un 3/10, esta nueva aventura amerita, cuando mucho, un 5/10.

Suicide Squad - Imagen pública
Suicide Squad – Imagen pública

La premisa ya nos la sabemos: tras la “muerte” de Superman, el gobierno de los Estados Unidos está preocupado por la existencia de otras amenazas sobrehumanas y decide conformar un equipo que sirva como plan de contingencia y chivo expiatorio; un equipo de talentosos villanos que pueda meter las manos donde las autoridades no y asumir la responsabilidad si algo sale mal. Así, Amanda Waller (Davis) propone la creación de la Fuerza de Tarea X y recluta a algunos de los criminales más peligrosos que tiene a la mano, como Harley Quinn (Robbie), Deadshot (Smith), Killer Croc (Adewale Akinnuoye-Agbaje), El Diablo (Jay Hernandez), Captain Boomerang (Jai Courtney) y Enchantress (Cara Delevingne), quienes quedan a las órdenes de Rick Flag (Kinnaman), un militar top-notch especializado en… seguir las instrucciones de Waller, supongo. Este peculiar escuadrón deberá enfrentar una amenaza que el propio gobierno ha traído, sin querer, sobre sí mismo, mientras el Joker (Leto) persigue su propia agenda de manera simultánea.

Como toda película, Suicide Squad tiene sus pros y sus contras. Comenzaré con los pros. Primero que nada, el personaje más valioso de este título (no por nada casi toda la publicidad giró en torno suyo) es Harley Quinn; Margot Robbie hace un estupendo papel dando vida a la psiquiatra convertida en secuaz del Joker y nos brinda una interpretación que a todos nos recordará a esa atractiva, ingenua y peligrosa chica de la serie animada de los 90 y de la saga de videojuegos Arkham (aunque se extraña la vocecilla chillona de Tara Strong). Will Smith también hace un buen trabajo como Deadshot, y no pudieron elegir una mejor actriz para hacer a Amanda Waller que Viola Davis. Estos tres personajes son, por mucho, los mejor escritos de toda la película. El guión es bastante más humoroso que el de Batman v Superman, y eso se agradece después de una película que fracasó en su intento de ser más oscura que Watchmen y la trilogía de The Dark Knight juntas. Hay también algunos guiños hacia la siguiente entrega de este universo (Justice League), mucho mejor ejecutados que las grabaciones que tenía Lex Luthor en su computadora; esta película sí se siente como parte de algo más grande.

Y eso es todo lo bueno que puedo decir al respecto.

Suicide Squad - Imagen pública
Suicide Squad – Imagen pública

Ahora lo malo. Primero que nada: Batfleck. El mismo Batman burdo y torpe está de regreso, y aunque su participación es muy breve, el guión no le ayuda para nada: dos segundos después de que aparece, Deadshot ya le pegó un tiro y lo tiene en el suelo, a su merced. ¡Una niñita tiene que pararse frente a él para salvarlo de otro disparo! Así que va la misma queja que en BvS: Batman no atacaría a un hombre armado de frente, y mucho menos cuando hay un menor a menos de un metro de distancia. ¿De verdad no se le ocurrió otra cosa que llegar y decir: “Eh, Deadshot, estás bajo arresto”? ¡Qué patético! Y luego esa escena en donde persigue a Harley y Joker por las calles de Gotham; en la película anterior no tuvo ningún reparo en utilizar el arsenal del batimóvil para hacer estallar los vehículos de Lexcorp (con lo cual seguro mató a los tripulantes), ¿pero aquí le faltaron los baticojones para hacer lo mismo contra su archienemigo? ¿Ese hombre que estuvo a un instante de aniquilar a Superman quiso asegurarse de a atrapar con vida al asesino de JasonTodd? ¡No se los compro ni aunque lo metan a una caja de FrootLoops!

Eso me lleva a mi segunda queja: Joker. Jared Leto no me parece un mal actor, pero desde que vi su caracterización (para la cual seguro le dieron libertad absoluta) presentí que no me iba a gustar. Mi pronóstico se cumplió. Chris Stuckmann dice que hasta ahora no existe un Joker deficiente en el cine, pero considero que éste es el que más se ha acercado a ese adjetivo; al verlo no encuentro al payaso rey del crimen por ninguna parte, sino a un gánster con una pose de estrella de hip-hop y más joyería encima que Mr. T; un espantoso híbrido entre el Joker de Heath Ledger y el de Mark Hamill; un Joker que no me transmite absolutamente nada con sus escuetas carcajadas.

Suicide Squad - Imagen pública
Suicide Squad – Imagen pública

¿Se dan cuenta de lo terrible que se lee eso? En una película en donde aparecen Joker y Batman, ellos están entre los elementos más flojos.

Y si hemos de continuar con los personajes, el resto del escuadrón suicida se antoja gratuito: quita a Killer Croc y Captain Boomerang de la película y no pasa nada. ¿Katana? Lo mismo. ¿Slipknot? ¡Con razón ni se molestaron en incluirlo en la publicidad! En una película cuyo objetivo es hacer que el público sienta empatía por un grupo de villanos, la mayoría de ellos son irrelevantes. Es increíble que entre este elenco menor sólo El Diablo tenga una historia que nos diga quién es, de dónde viene y por qué busca redimirse. En el caso de Enchantress, da la impresión que se pasa media proyección haciendo hula-hula, a su hermano también pudimos ahorrárnoslo, y Rick Flag es opacado por Deadshot como una linterna de mano pierde su haz bajo los rayos del sol.

Eso me lleva a hablar del conjunto de todos estos personajes: el Escuadrón Suicida es como la Liga de la Justicia de los villanos, pero en ningún momento se siente como un equipo; no hay cohesión, no hay vínculos, no se forman lazos de ninguna índole. Incluso, cuando llega la hora del combate final, da la impresión de que son un puñado de personas que no se conocen, no se agradan entre sí y que preferirían estar en cualquier otro lugar y no volver a verse nunca. Sí, ya sé que son los tipos malos, pero no consiguen que se me antoje verlos juntos en otra aventura; denme una película en solitario de Harley Quinn, una de Katana si quieren, e incluso una secuela más de Ocean’s Eleven, pero no me traigan Suicide Squad 2.

La narrativa es un desastre como lo fue en el caso de Batman v Superman: se siente apresurada y muy mal presentada; un segundo tienes a Enchantress y Rick Flag en un apartamento y al siguiente están en las vías del subterráneo sin que te sugieran, cuando menos, que la explicación vendrá después; el escuadrón es recibido por una horda de violentas criaturas tan pronto asoma a Midway City, y poco más tarde entra a tomar un trago a un bar que se encuentra a sólo unas cuadras de una amenaza sobrenatural…

Suicide Squad - Imagen pública
Suicide Squad – Imagen pública

Por último, me parece inverosímil que únicamente la troupe de Amanda Waller haya atendido la emergencia en Midway City; cuando Zod decidió convertir a la Tierra en el nuevo Krypton, Bruce Wayne viajó a Metropolis tan aprisa que olvidó el batitraje en casa; cuando LexLuthor hizo su propia abominación kryptoniana (a Doomsday, pues), Diana Prince dejó el retiro voluntario para esgrimir espada y escudo junto a Batman y Superman; pero cuando una antigua hechicera convierte a civiles inocentes en su ejército de zombis y amenaza con subyugar a todo el planeta, sólo la Fuerza de Tarea X se presenta. Me pregunto qué estarían haciendo Batman, Wonder Woman y Flash en ese momento… En definitiva, no estaban tratando de convencer a Aquaman de que se uniera a su club…

Juro que no entré al cine con la intención de odiar Suicide Squad, pero no puedo pasar por alto el hecho de que es una película un poquito menos mediocre que Batman v Superman. DC tiene planes para su universo cinematográfico los siguientes cuatro años; si Wonder Woman y Justice League resultan igual de malas, quizá esos planes no lleguen tan lejos. ¿Y saben? Lo curioso es que en el terreno de animación sucede justo lo contrario: sus producciones son muy bien recibidas, mientras que las de Marvel son espantosas (basta ver ese horrendo anime de los Avengers). Batman: Assault on Arkham fue todo lo que Suicide Squad debió ser; ¿por qué cintas como ésa, como Justice League vs. Teen Titans, e incluso The Killing Joke —cintas que sí dan resultados— no han de llegar más allá del formato casero? ¿Por qué la necedad de imitar lo que Marvel hace cuando le llevan una increíble ventaja en otro terreno, cuando podrían hacer algo diferente?

No lo entiendo.