Archivo de la categoría: Crítica

Temporal, una mirada cíclica

por José Luis Dávila

Nos pensamos en ciclos, en recurrencias de temporalidades que se suceden de acuerdo a los contextos que habitamos. Marcamos en calendarios esos ciclos, pero también en nuestra piel cargamos con el tatuaje que son los acontecimientos dentro del tiempo. Y el tiempo cambia, tanto que nadie debería preguntarle a otro cómo pasa, porque nadie más que uno mismo puede decirlo. Porque la respuesta es imposible fuera de aquello que somos, y lo que somos es, precisa y circularmente, ese pensamiento en ciclos, en procesos personales que, cuando se tiene la voluntad, desembocan en objetos –probablemente parciales, inacabados– ilustrativos que permitan acceder a entender la punta de la manecilla que tiene el otro en su propio reloj.

Temporal - Fotografía por Job Melamed
Temporal – Fotografía por Job Melamed

Así es como entiendo Temporal, la nueva exposición en el Museo Amparo, que, compuesta de cuatro perspectivas es una colaboración de colaboraciones, es una mirada a las miradas de los artistas sobre las experiencias de aquellos que están en un momento crucial de su propio tiempo. 

Temporal - Fotografía por Job Melamed

Temporal constituye una reflexión en torno al hacer dentro del marco de lo finito, tanto por el formato de estancia bajo el cual se gestaron los proyectos como por las particularidades de los mismos, que se antojan polifónicos más allá de las explicaciones que pueda haber en las paredes de las salas. Esta es una exposición que permite al espectador enfrentarse a un paseo que, aunque breve, es emocionalmente pensativo sobre las propias circunstancias en comparación con las del exterior que connota el recorrido.

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Dispositivos del cómo: Portadores de sentido en el Museo Amparo

por José Luis Dávila

Recuerdo que de niño me preguntaba cómo. Sólo eso, “cómo”. Cómo esto, cómo aquello. Me preguntaba, sobre todo, cómo las cosas eran las cosas. Cómo servían, por ejemplo, y en función a ese cuestionamiento eché a perder una videocasetera, dos televisores, un exprimidor de jugos, entre otros aparatos. Hasta desempasté un libro para ver de primera mano su cómo. Era una búsqueda, ahora lo sé, por el sentido y sus ramificaciones, por eso que subyace bajo el manto de lo físico.

Vivimos en un mundo de estructuras que se complementan, que están en constante choque, y unas con otras nos rodean para hacer aprehensible la experiencia, para que los sentidos puedan apreciar ese cómo desde la superficie, pero a veces son basta. Entonces creamos. Producimos dispositivos que tratan de hacer más asequibles los cómos. Que dan curso al sentido del que somos portadores para que otros lo interioricen e intelegibilicen.

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Así es como veo a Portadores de sentido, la nueva exposición que se encuentra en el Museo Amparo, una muestra que da pie a las interpretaciones del sentido que contraemos y que exteriorizamos en los contextos que habitamos. Un cúmulo de experiencias en colectivo de artistas que se reúnen en el tópico del cómo, desentrañando las relaciones subsistentes entre las piezas y el espectador.

Portadores de sentido es esa muestra que nos ayudará a apropiarnos de los cómos que ya están en nosotros y que sólo necesitan de un ojo dispuesto a preguntarse por sí mismo desde más allá de la estructura.

Reseña: Punisher

por Job Melamed

Me gustaría poder escribir “Es grandiosa, véanla. Fin.” y tener la confianza que todos los que lo lean me harían caso pero esto es una reseña, por lo que intentaré contar en breve porqué deberían.

Para empezar, creo que es la mejor serie de Netflix/Marvel después de Jessica Jones; desgraciadamente el futuro lanzamiento de la propia plataforma de streaming de Disney ha hecho que se cancele todo lo que corresponde a superhéroes (una lástima, pues Luke Cage y Iron Fist tuvieron grandes cliffhangers) dejándonos con sólo ésta segunda temporada para disfrutar las desventuras de Frank Castle.

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Ahora, entrando de lleno al tema, tenemos una de las mejores introducciones a una segunda temporada: Frank, sangre, disparos y más sangre. ¿Esperaban algo más? Además, las motivaciones del personaje son las más egoístamente altruistas; la caballerosidad, el sarcasmo y el humor negro que maneja la serie mantienen armonía con las escenas de pelea tan bien coreografiadas. Nuestros nuevos villanos, y algunos viejos, nos hacen ver que no todo es blanco y negro, como nos gusta pensar, sobre todo en una serie de éste tipo, donde el protagonista es más bien un antihéroe (específicamente un vengador) glorificado en la bondad.

La música, que acompaña y explica lo que está ocurriendo en las escenas de importancia, nos muestra el cuidadoso trabajo que realizaron los post-productores; por ejemplo, si prestamos atención en una escena del episodio 10 en que John Pilgrim (uno de nuestros nuevos cuasi-villanos) se bebe las heridas de una batalla, recordando al ritmo de Drunkard’s Prayer, de Chris Stapleton. Esta escena no sólo es una de las mejor trabajadas en la serie, también nos enseña justo lo que decía antes, que no todo es blanco y negro.

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Billy Russo reaparecerá con una mejor historia que en la primera temporada y hará que varios de corazón blando den uno que otro suspiro al enterarse de sus traumas. La agente Dinah Madani también volverá sólo para hacerse odiar e incluso ser un personaje sumamente molesto durante toda la serie. Incluso Brett Mahoney agrada más por su implacable deseo de justicia que Madani y su implacable necedad de venganza contra todos.

Intentandono arruinar más sorpresas, y rogando no haber realizado muchos spoilers, les reitero, es grandiosa, véanla. Fin.

Toxilandia

por Diana Romero

El despunte del autocuidado ha otorgado un lugar relevante a proteger el entorno que se habita psíquicamente; se promueve el deshecho de malas vibras e imposibilidades de desarrollo: un trabajo desagradable, un hogar asfixiante y una relación inestable. Pareciera que estas situaciones ajenas a uno se han vuelto opcionales, haciendo que el cambio constante y búsqueda de la satisfacción sea alcanzable con la sencillez de sacar de la vida aquello que repercute en la salud mental.

El punto en el que ha influido más es en las relaciones interpersonales, como amigos y pareja, aunque también repercute en la familia; si la persona que es próxima comienza a restringir las habilidades, gustos y preferencias del individuo, el consejo es dejarlo ir, ya que es un represor. Esta tendencia me parece descabellada cuando es llevada a los extremos como terminar una relación sólo porque nuestros gustos son diferentes, porque demostró su enojo de una manera que difiere con mi manejo de la ira, porque me ofendió diciéndome la verdad, porque tiene, desde su perspectiva, una visión del futuro que no compagina con la mía; situaciones que, en su mayoría, se pueden resolver conversando.

Imagen de archivo
Imagen de archivo

Hace años una conocida tuvo un bebé y se juntó con el padre de la criatura, una práctica usual ante la falta de compromiso que se respira. Año y medio después, regresó a casa de sus padres porque el chico siempre estaba trabajando, parecía de malas y las cosas ya no eran como antes; su madre le dijo que pensara en el futuro de la cría, que mientras permaneciera con ella, sus necesidades básicas serían cubiertas e impulsaría su desarrollo personal con alguna carrera universitaria, añadiendo que el yerno jamás le pareció adecuado para ella. Pasaron un par de meses y la chica volvió con el joven; al año tuvieron otro niño, y hasta ahora permanecen juntos. Antes de eso, la conversación entre mi madre y la de la conocida fue un tanto acalorada. Mi madre argumentó que debían enseñarles a los hijos que al final de cuentas ellos eligieron a su pareja y no pueden salir huyendo a la primera pelea; ella en veinte años de casada tuvo muchos conflictos pero se han resulto poco a poco por el nivel de compromiso con el amor que siente por mi padre; aunque entre todas las peleas de mis padres yo hubiera preferido su separación, ahora los entiendo.

Yo misma pasé por una relación que me permitió comprenderlo: el cariño que se forja por la pareja es inmenso; como dice Fromm, no amar porque se necesita sino necesitar porque se ama; es decir, la necesidad de sentir amor es nefasta a comparación a la necesidad por amor; las preposiciones “de” y “por” son importantes. Aprender a diferenciarlos es un tanto complicado, pero un par de años de terapia para dejar ir a la persona que más he amado me permiten entender que existen límites, los cuales se aclaran a través de las siguientes preguntas: ¿Qué quiero de esta relación? ¿Me está procurando mis necesidades? ¿Cómo me siento en esta posición? ¿Cómo está influyendo mi vida? ¿Los comentarios que hace son asertivos o hirientes? ¿Cuánto vale pare mí esa persona? ¿Me estoy autocuidando o descuidando? Estás preguntas podrán sonar absurdas, incluso sencillas, pero cuando se comienza a contestar con sinceridad, las respuestas nos darán una pista para tomar una decisión; por otro lado, si estas preguntas se toman a la ligera, siempre resultará que aquella persona nos hace daño y lo mejor es dejarla.

Imagen de archivo
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Actualmente, el índice de rupturas entre mi círculo se ha visto justificada bajo la palabra “tóxica”; resulta ser así porque la vida en común, los gustos, las decisiones y las discusiones afectan siempre al individuo; pienso que ese adjetivo se está utilizando de manera indiscriminada para nombrar a todo aquello que no está de acuerdo conmigo, además de que en cierto grado, y con ese parámetro, todos somos tóxicos para el resto. La justificación de la toxicidad de una persona facilita deshacerse de las responsabilidades y compromisos, y la verdad de la circunstancia, en ocasiones, es porque no estamos interesados en el nivel de compromiso que requiere una relación como hacer planes en pareja, compartir la privacidad y demás.

Todo esto también ha sido tergiversado a conveniencia; de pronto la autonomía y libertad se han visto intercambiadas por el libertinaje. Entre menos explicaciones al prójimo más libre se siente uno, hacer lo que quiera cuándo, cómo y dónde quiera; lo digo porque me pasó. Si soy honesta, aunque sé que me estará leyendo, en un arranque de coraje pude llamarlo tóxico pero tras reflexionar, sé que había falta de compromiso de mi parte.

Algo tóxico es sencillo detectarlo a cierta distancia y con una perspectiva objetiva: durante la convivencia con alguien, el nivel de químicos que dispara nuestro cerebro entorpecen el raciocinio; la permanencia prolongada en situaciones tóxicas proceden a nublar la verdad y comienzan las justificaciones de las acciones del otro sobre las propias; no sólo de la pareja sino de los amigos y la familia; sin embargo, la mayoría de mis terapeutas me han preguntado si ellos son tóxicos realmente o me he empeñado en juzgarlos de tal manera para justificar el instinto de huida. Crueles planteamientos, dolorosas verdades.

Estoy a favor de la salud mental, y si es necesario sacar a alguien de nuestra vida por su nivel de interferencia en ésta, pues adelante, pero es un proceso de ruptura y duelo en caso de ser con alguien que hemos llegado a estimar demasiado; sin embargo, cada uno debemos responsabilizarnos, asumir nuestras razones y no justificarlas a través del adjetivo “tóxico”.

Nacido en casa, el tejido que somos

por José Luis Dávila

Las formas que poco a poco se pintan con los movimientos de las hebras, que reflejan el mundo por medio del entramado de los sentidos, que evocan aquello que proviene del tejido que ya somos, todas se usan para que, por medio del telar curatorial, podamos apreciar los hilos que por cincuenta años ha usado el Taller Mexicano de Gobelinos.

 

En las salas del Museo Amparo es que podremos recorrer una muestra representativa de la producción de dicho taller, aglomerada bajo el título Nacido en casa, que se centra en la técnica del alto liso y se decanta en alusiones a la vida política y cultural de nuestro entorno, cuestionando discursos socio-artísticos por medio del dispositivo del tapiz, un elemento de oficio que se concibe popularmente como ornamento pero deviene en una apropiación polisémica desde las miradas de los artistas y las manos de los tejedores jaliscienses que conservan la tradición traída desde Europa, adaptándola a su contexto y visión, tanto de materiales como de colores y significados.

 

Así, es esta exposición un acercamiento a la valorización de los elementos textiles al mismo tiempo que un crisol –en el que se vierten las décadas de trabajo del taller que fuera iniciado por Carlos Ashida– con la intención de reconocer el porvenir que se vislumbra para el ejercicio del telar en el arte.

La pintura especular de Albisua

por José Luis Dávila

Cada día, sin saber reconocerlo, nos buscamos en aquello que nos rodea, como si las cosas que componen al mundo pudiesen regresar la imagen que somos mientras pasamos frente a ellas, como si en ellas quedara la impronta de dicha imagen, sobrepuesta una y otra vez, en un juego especular para que al final se logre dar cuenta del paso de las edades, así marcando un sendero que conduzca, otra vez sin saber reconocerlo, a aquello que somos finalmente, es decir, al momento justo del ahora que se vive por tan sólo un instante y se transforma en otro y otro y otro, sin descanso pero sin reflexión del mismo proceso.

Sin embargo, cuando nos hacemos conscientes de dicho proceso es que hay, inequívocamente, oportunidad para construir un significado propio de cada paso que se ha dado, de cada vez que se ha tenido que adaptar algo o que desechar, un significado responsable de aquello que se ha vivido. Es bajo estos términos que Fernando Albisua presenta en Get Galería la exposición Laberinto de emociones: Espejo del alma, una muestra del trabajo que durante su carrera como artista ha desarrollado la presencia de la vivencia cotidiana transmutada en piezas que denotan cuestionamientos personales y hacen que el espectador se sienta implicado desde su experiencia; las obras de Albisua son, en este sentido, catalizadoras de la experiencia del otro, brindan la posibilidad de establecer un diálogo en el que la presencia del objeto no le dice al que la ve, sino que espera ser dicha por éste.

El punto cumbre de esta nueva exposición es, quizá, la presencia del compromiso del artista con su obra misma, el relato que se arma alrededor de la secuenciación de las piezas y la construcción del espacio que se logra como un recorrido de etapas y las decisiones que se tienen que tomar en ellas; como su título lo anuncia, la exposición es un espacio de búsqueda al centro, de hallazgo en la confusión y de encuentro con aquello que somos mientras lo somos, mientras el espejo nos puede devolver la mirada.

Blind Spots, la mirada de Robert Weissenbacher

por José Luis Dávila

No encuentro mejor manera de decirlo: Robert Weissenbacher es un sujeto excepcional que se merece, como pocos, el denominativo de artista. Quizá sea que en su obra no hay pretensiones de más, ni rodeos, ni superficialidades. Cada una de sus piezas llegan directo a lo que quieren tratar, temas que surgen de una reflexión en el sitio, de la cultura y las experiencias que ha adquirido durante su estancia en México.

Así, Blind spots, la muestra que se puede ver en Galería Liliput, es un recorrido de los últimos tres meses del artista, de las personas y los lugares, por ejemplo, pero también del choque cultural que le ha supuesto el viajar, tanto fuera de su geografía habitual como fuera de su zona de confort creativo. Robert logra hacer que sus pasos se vean reflejados en los lienzos y provoca interpretaciones personales en los espectadores, quienes se podrían cuestionar la pertinencia de elementos como los ángeles o las máscaras, propios de la localidad, en un artista que se encuentra elaborando las piezas de manera constante y específica para el lugar en que se encuentra.

De tal modo, Blind spots da la sensación de ser una exposición de miradas que observan y son observadas, de espejos en los que uno se puede encontrar dentro de los trazos y sus formas, desentrañando a quienes habitan esos puntos ciegos de nosotros mismos, eso que no quieren ser observados ni siquiera por sí mismos.

Link al sitio web de Robert Weissenbacher: http://robert-weissenbacher.eu

Espacio y ausencia: Cándida Höfer en México

por José Luis Dávila

Me gusta pensar en los lugares cuando están llenos. Me gusta pensar ahí porque, precisamente, están llenos. Es una dinámica extraordinaria. Las personas que transitan los espacios aportan sentidos nuevos con cada paso que dan. Pero también me gusta pensar ahí porque los imagino vacíos, porque entre el estruendoso y repetitivo cuchicheo se cierne un silencio implícito de la arquitectura, la piedra y el metal tienen una voz en h, una aspiración fonética que resulta fundacional para que llegue a haber la construcción de un lugar.

Es así que Cándida Höfer nos trae al Museo Amparo una exposición de eso, de la vacuidad del espacio mexicano que se presume siempre habitado, siempre repleto. Sus fotografías son un esfuerzo objetivista de apreciar la esencia primaria de los recintos que a diario concebimos como artificios funcionales, elementos que no apreciamos por la rapidez con la que los cruzamos.

Cándida Höfer en México - Fotografía por Job Melamed
Cándida Höfer en México – Fotografía por Job Melamed

Es, pues, una forma de acercarse a aquello que creíamos conocer y que en la frontalidad de las imágenes devela detalles de los que el ojo cotidiano no se percata; una exposición de la presencia del espacio en la ausencia de los que lo armamos.

Estructuras de identidad, miradas que construyen

por José Luis Dávila

De pequeño tenía esta costumbre, quizá entonces poco orientada pero sí bastante necia, de juntar imágenes; ponerlas todas en una caja de zapatos para verlas de cuando en cuando, imaginar cosas sobre ellas, de la polaroid en la boda de mi tío al accidente recortado del periódico, momentos propios y ajenos que me resultaban de particular interés, pues a partir de éstos lograba pasar horas determinando cómo estaban hechos, qué tenían dentro, cómo habían sido tomados. Mi breve colección se perdió en los años de la adolescencia por cuestión de una inadvertida limpieza materna que los pensó más bien como papeles inservibles, rescatando sólo las fotos que le parecieron importantes. Su mirada, pues, argumentó contra la mía; ella buscaba pragmatismo mnemotécnico mientras que yo estaba asentándome desde una orilla mucho más estética, buscando una identidad propia en los rostros de los desconocidos que guardaba.

Estructuras de identidad, colección Walter - Fotografía por Job Melamed
Estructuras de identidad, colección Walter – Fotografía por Job Melamed

Pensé en todo esto al verme frente a Estructuras de identidad, en el Museo Amparo, una exposición que surge de revisar profundamente la colección Walter para presentarnos salas armadas en torno a la idea de quién se es, de cómo se es, de qué lugares habitamos y qué tipo de espacio construimos en ellos. Su valor se encuentra, creo, en la manera de concatenar diversas miradas sobre un mismo tema, miradas que cuentan a los demás desde sus cuerpos y poses pero, sobre todo, cuentan un dentro-fuera de la imagen que hace cuestionar la apropiación de la identidad en el contexto de cada una, de la toma natural en el metro a la impostura de una sesión específica.

Quizá sea esta una de las exposiciones más interesantes que pueda haber antes de terminar el año, ya que apela al descubrimiento de uno mismo en el otro que se encuentra retratado, impulsa a preguntarse de sí las técnicas que se tienen para ser y no ser, para construirse en medio del ruido que aterra a cualquiera cuando se está buscando en imágenes ajenas, que se está coleccionando de a poco y entendiéndose cada que abre la caja de zapatos que es la memoria.

Carta a los muertos, petición a los vivos

por Gilberto Blanco

Tláhuac, Ciudad de México, 2 de noviembre de 2017.

Hoy, en su día, le escribo a mis muertos, pero también a los muertos de mis amigos —los pocos que me quedan—, a los de mis conocidos y al resto de muertos que hoy vendrán a buscar comida a la ciudad.

A los míos quiero decirles que espero les guste la comida que les hemos dejado en la ofrenda. Este año les hemos dejado fruta, agua, unos platos de pollo enchilado con espagueti y velas pa’ que no se pierdan. También sus macetitas de cempoalxochitl. La verdad es que, como ustedes mismos lo pueden ver, la ofrenda no es tan elaborada como solíamos hacerla en años pasados, y debo culpar a los pocos ánimos que hay en la casa después de todo lo que pasó; por eso es que le escribo a mis muertos y a los de los demás, para decirles que doy gracias de que ya no estén aquí, no por grosería ni porque deseara su muerte, sino para que no vieran lo que nos toca ver a los que aquí seguimos.

Coapa sigue caída. Cuando estuve pasando por ahí por culpa de la fallida línea 12, no veía otra cosa que edificios destruidos y sueños tan rotos como sus cimientos, lo mismo con la del Mar. Aquí, en mi Tlahuita, se siguen rompiendo tuberías, y la luz, tanto eléctrica como espiritual, sigue inestable. Las calles siguen rotas y la gente sigue durmiendo a la intemperie, y cada vez hay menos ayuda en esas zonas en que, durante todo septiembre (desde el 19) y buena parte de octubre, estaba lleno de manos y voces de esperanza. Y no sólo aquí, sino en muchas partes de la ciudad, del país.

Día de muertos / Imagen pública
Día de muertos / Imagen pública

De verdad doy las gracias de que no estén aquí, de que no hayan vivido otro 19 de septiembre, en caso de que vivieran ya el del 85; o que no les tocara conocer el saurópsido movimiento que ese día trae, en caso de que no estuvieran ni aquella vez, ni ésta.

Les escribo a todos para decirles que aquí todo sigue mal. Y no pinta para mejorar. Poco es lo que se habla ya al respecto en la televisión y las únicas cosas que dicen es que “inició la demolición aquí”, o “están barriendo los escombros allá”. Pero nada de que la tristeza sigue aquí, ni la miseria allá. Eso ya no importa.

A mis muertos quiero decirles que, en la familia, fuera de que varios se quedaron sin casa, no tuvimos pérdidas. Aunque todo cambió. Mamá entró en una depresión más al ver a sus hermanos en la situación en que están, y al ver a esa casa en la que tantos años estuvo contigo, abuelita, tan destruida, tan insalvable. La verdad es que a mí también me deprime ver cómo literalmente mis recuerdos de infancia se vinieron abajo llevándose de paso las casas de mis tíos. Es triste a pesar de que, desde que te fuiste, esa casa ya se había derrumbado espiritualmente.

A mis muertos quiero decirles que me perdonen por no haber hecho un mayor esfuerzo para darles una recepción más digna de ustedes, pero que, a pesar de que no tuvimos pérdidas directas, con lo que me tocó vivir, sentir y mirar aquél día, siento que ya nada es lo mismo; y yo, tan amante de esta ciudad suicida, no termino de reponerme de la vieja herida que, literalmente, se abrió.

Día de muertos / Imagen pública
Día de muertos / Imagen pública

A los muertos que no son míos, quiero decirles que este Día de muertos somos nosotros los que necesitamos apapacho, que quisiéramos tenerlos aquí—si bien agradecemos que no fuera así— y que muchos casi envidiamos su comodidad en el Mictlan. Por lo que ustedes ya deben saber, por medio de aquellos que no sobrevivieron a las fauces del cocodrilo, cuando vengan en su caminata anual, verán todo cambiado y espero no se sorprendan tanto.

A todos los muertos, los míos y los ajenos, espero que nuestras ofrendas conmemorativas sean de su agrado y disfruten de los alimentos que les hemos dejado; a cambio les pido que nos dejen una huella de esperanza, de lucha, una guía sobre cómo seguir, sobre cómo levantarnos de nuestras cenizas tal como ustedes lo hacen desde tan lejos para venir aquí… a comer sin boca, a beber sin lengua, a visitar sin en realidad estar. A todos los muertos, hoy en su día, quiero decirles que hoy hay gente que se siente más muerta que ustedes, aunque se vea obligada a llevar oxígeno a sus pulmones.

Y por eso también le escribo a mis hermanos, los que aquí seguimos —para bien o para mal—, que no se olviden de los que están muertos en pie y que no se olviden de los que nos necesitan; que en este día de muertos, no sólo recordemos a los que vienen del Mictlan, sino también a los muertos que, sin embargo, aún tienen que vivir.