Archivo de la categoría: Crítica

Nacido en casa, el tejido que somos

por José Luis Dávila

Las formas que poco a poco se pintan con los movimientos de las hebras, que reflejan el mundo por medio del entramado de los sentidos, que evocan aquello que proviene del tejido que ya somos, todas se usan para que, por medio del telar curatorial, podamos apreciar los hilos que por cincuenta años ha usado el Taller Mexicano de Gobelinos.

 

En las salas del Museo Amparo es que podremos recorrer una muestra representativa de la producción de dicho taller, aglomerada bajo el título Nacido en casa, que se centra en la técnica del alto liso y se decanta en alusiones a la vida política y cultural de nuestro entorno, cuestionando discursos socio-artísticos por medio del dispositivo del tapiz, un elemento de oficio que se concibe popularmente como ornamento pero deviene en una apropiación polisémica desde las miradas de los artistas y las manos de los tejedores jaliscienses que conservan la tradición traída desde Europa, adaptándola a su contexto y visión, tanto de materiales como de colores y significados.

 

Así, es esta exposición un acercamiento a la valorización de los elementos textiles al mismo tiempo que un crisol –en el que se vierten las décadas de trabajo del taller que fuera iniciado por Carlos Ashida– con la intención de reconocer el porvenir que se vislumbra para el ejercicio del telar en el arte.

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La pintura especular de Albisua

por José Luis Dávila

Cada día, sin saber reconocerlo, nos buscamos en aquello que nos rodea, como si las cosas que componen al mundo pudiesen regresar la imagen que somos mientras pasamos frente a ellas, como si en ellas quedara la impronta de dicha imagen, sobrepuesta una y otra vez, en un juego especular para que al final se logre dar cuenta del paso de las edades, así marcando un sendero que conduzca, otra vez sin saber reconocerlo, a aquello que somos finalmente, es decir, al momento justo del ahora que se vive por tan sólo un instante y se transforma en otro y otro y otro, sin descanso pero sin reflexión del mismo proceso.

Sin embargo, cuando nos hacemos conscientes de dicho proceso es que hay, inequívocamente, oportunidad para construir un significado propio de cada paso que se ha dado, de cada vez que se ha tenido que adaptar algo o que desechar, un significado responsable de aquello que se ha vivido. Es bajo estos términos que Fernando Albisua presenta en Get Galería la exposición Laberinto de emociones: Espejo del alma, una muestra del trabajo que durante su carrera como artista ha desarrollado la presencia de la vivencia cotidiana transmutada en piezas que denotan cuestionamientos personales y hacen que el espectador se sienta implicado desde su experiencia; las obras de Albisua son, en este sentido, catalizadoras de la experiencia del otro, brindan la posibilidad de establecer un diálogo en el que la presencia del objeto no le dice al que la ve, sino que espera ser dicha por éste.

El punto cumbre de esta nueva exposición es, quizá, la presencia del compromiso del artista con su obra misma, el relato que se arma alrededor de la secuenciación de las piezas y la construcción del espacio que se logra como un recorrido de etapas y las decisiones que se tienen que tomar en ellas; como su título lo anuncia, la exposición es un espacio de búsqueda al centro, de hallazgo en la confusión y de encuentro con aquello que somos mientras lo somos, mientras el espejo nos puede devolver la mirada.

Blind Spots, la mirada de Robert Weissenbacher

por José Luis Dávila

No encuentro mejor manera de decirlo: Robert Weissenbacher es un sujeto excepcional que se merece, como pocos, el denominativo de artista. Quizá sea que en su obra no hay pretensiones de más, ni rodeos, ni superficialidades. Cada una de sus piezas llegan directo a lo que quieren tratar, temas que surgen de una reflexión en el sitio, de la cultura y las experiencias que ha adquirido durante su estancia en México.

Así, Blind spots, la muestra que se puede ver en Galería Liliput, es un recorrido de los últimos tres meses del artista, de las personas y los lugares, por ejemplo, pero también del choque cultural que le ha supuesto el viajar, tanto fuera de su geografía habitual como fuera de su zona de confort creativo. Robert logra hacer que sus pasos se vean reflejados en los lienzos y provoca interpretaciones personales en los espectadores, quienes se podrían cuestionar la pertinencia de elementos como los ángeles o las máscaras, propios de la localidad, en un artista que se encuentra elaborando las piezas de manera constante y específica para el lugar en que se encuentra.

De tal modo, Blind spots da la sensación de ser una exposición de miradas que observan y son observadas, de espejos en los que uno se puede encontrar dentro de los trazos y sus formas, desentrañando a quienes habitan esos puntos ciegos de nosotros mismos, eso que no quieren ser observados ni siquiera por sí mismos.

Link al sitio web de Robert Weissenbacher: http://robert-weissenbacher.eu

Espacio y ausencia: Cándida Höfer en México

por José Luis Dávila

Me gusta pensar en los lugares cuando están llenos. Me gusta pensar ahí porque, precisamente, están llenos. Es una dinámica extraordinaria. Las personas que transitan los espacios aportan sentidos nuevos con cada paso que dan. Pero también me gusta pensar ahí porque los imagino vacíos, porque entre el estruendoso y repetitivo cuchicheo se cierne un silencio implícito de la arquitectura, la piedra y el metal tienen una voz en h, una aspiración fonética que resulta fundacional para que llegue a haber la construcción de un lugar.

Es así que Cándida Höfer nos trae al Museo Amparo una exposición de eso, de la vacuidad del espacio mexicano que se presume siempre habitado, siempre repleto. Sus fotografías son un esfuerzo objetivista de apreciar la esencia primaria de los recintos que a diario concebimos como artificios funcionales, elementos que no apreciamos por la rapidez con la que los cruzamos.

Cándida Höfer en México - Fotografía por Job Melamed
Cándida Höfer en México – Fotografía por Job Melamed

Es, pues, una forma de acercarse a aquello que creíamos conocer y que en la frontalidad de las imágenes devela detalles de los que el ojo cotidiano no se percata; una exposición de la presencia del espacio en la ausencia de los que lo armamos.

Estructuras de identidad, miradas que construyen

por José Luis Dávila

De pequeño tenía esta costumbre, quizá entonces poco orientada pero sí bastante necia, de juntar imágenes; ponerlas todas en una caja de zapatos para verlas de cuando en cuando, imaginar cosas sobre ellas, de la polaroid en la boda de mi tío al accidente recortado del periódico, momentos propios y ajenos que me resultaban de particular interés, pues a partir de éstos lograba pasar horas determinando cómo estaban hechos, qué tenían dentro, cómo habían sido tomados. Mi breve colección se perdió en los años de la adolescencia por cuestión de una inadvertida limpieza materna que los pensó más bien como papeles inservibles, rescatando sólo las fotos que le parecieron importantes. Su mirada, pues, argumentó contra la mía; ella buscaba pragmatismo mnemotécnico mientras que yo estaba asentándome desde una orilla mucho más estética, buscando una identidad propia en los rostros de los desconocidos que guardaba.

Estructuras de identidad, colección Walter - Fotografía por Job Melamed
Estructuras de identidad, colección Walter – Fotografía por Job Melamed

Pensé en todo esto al verme frente a Estructuras de identidad, en el Museo Amparo, una exposición que surge de revisar profundamente la colección Walter para presentarnos salas armadas en torno a la idea de quién se es, de cómo se es, de qué lugares habitamos y qué tipo de espacio construimos en ellos. Su valor se encuentra, creo, en la manera de concatenar diversas miradas sobre un mismo tema, miradas que cuentan a los demás desde sus cuerpos y poses pero, sobre todo, cuentan un dentro-fuera de la imagen que hace cuestionar la apropiación de la identidad en el contexto de cada una, de la toma natural en el metro a la impostura de una sesión específica.

Quizá sea esta una de las exposiciones más interesantes que pueda haber antes de terminar el año, ya que apela al descubrimiento de uno mismo en el otro que se encuentra retratado, impulsa a preguntarse de sí las técnicas que se tienen para ser y no ser, para construirse en medio del ruido que aterra a cualquiera cuando se está buscando en imágenes ajenas, que se está coleccionando de a poco y entendiéndose cada que abre la caja de zapatos que es la memoria.

Carta a los muertos, petición a los vivos

por Gilberto Blanco

Tláhuac, Ciudad de México, 2 de noviembre de 2017.

Hoy, en su día, le escribo a mis muertos, pero también a los muertos de mis amigos —los pocos que me quedan—, a los de mis conocidos y al resto de muertos que hoy vendrán a buscar comida a la ciudad.

A los míos quiero decirles que espero les guste la comida que les hemos dejado en la ofrenda. Este año les hemos dejado fruta, agua, unos platos de pollo enchilado con espagueti y velas pa’ que no se pierdan. También sus macetitas de cempoalxochitl. La verdad es que, como ustedes mismos lo pueden ver, la ofrenda no es tan elaborada como solíamos hacerla en años pasados, y debo culpar a los pocos ánimos que hay en la casa después de todo lo que pasó; por eso es que le escribo a mis muertos y a los de los demás, para decirles que doy gracias de que ya no estén aquí, no por grosería ni porque deseara su muerte, sino para que no vieran lo que nos toca ver a los que aquí seguimos.

Coapa sigue caída. Cuando estuve pasando por ahí por culpa de la fallida línea 12, no veía otra cosa que edificios destruidos y sueños tan rotos como sus cimientos, lo mismo con la del Mar. Aquí, en mi Tlahuita, se siguen rompiendo tuberías, y la luz, tanto eléctrica como espiritual, sigue inestable. Las calles siguen rotas y la gente sigue durmiendo a la intemperie, y cada vez hay menos ayuda en esas zonas en que, durante todo septiembre (desde el 19) y buena parte de octubre, estaba lleno de manos y voces de esperanza. Y no sólo aquí, sino en muchas partes de la ciudad, del país.

Día de muertos / Imagen pública
Día de muertos / Imagen pública

De verdad doy las gracias de que no estén aquí, de que no hayan vivido otro 19 de septiembre, en caso de que vivieran ya el del 85; o que no les tocara conocer el saurópsido movimiento que ese día trae, en caso de que no estuvieran ni aquella vez, ni ésta.

Les escribo a todos para decirles que aquí todo sigue mal. Y no pinta para mejorar. Poco es lo que se habla ya al respecto en la televisión y las únicas cosas que dicen es que “inició la demolición aquí”, o “están barriendo los escombros allá”. Pero nada de que la tristeza sigue aquí, ni la miseria allá. Eso ya no importa.

A mis muertos quiero decirles que, en la familia, fuera de que varios se quedaron sin casa, no tuvimos pérdidas. Aunque todo cambió. Mamá entró en una depresión más al ver a sus hermanos en la situación en que están, y al ver a esa casa en la que tantos años estuvo contigo, abuelita, tan destruida, tan insalvable. La verdad es que a mí también me deprime ver cómo literalmente mis recuerdos de infancia se vinieron abajo llevándose de paso las casas de mis tíos. Es triste a pesar de que, desde que te fuiste, esa casa ya se había derrumbado espiritualmente.

A mis muertos quiero decirles que me perdonen por no haber hecho un mayor esfuerzo para darles una recepción más digna de ustedes, pero que, a pesar de que no tuvimos pérdidas directas, con lo que me tocó vivir, sentir y mirar aquél día, siento que ya nada es lo mismo; y yo, tan amante de esta ciudad suicida, no termino de reponerme de la vieja herida que, literalmente, se abrió.

Día de muertos / Imagen pública
Día de muertos / Imagen pública

A los muertos que no son míos, quiero decirles que este Día de muertos somos nosotros los que necesitamos apapacho, que quisiéramos tenerlos aquí—si bien agradecemos que no fuera así— y que muchos casi envidiamos su comodidad en el Mictlan. Por lo que ustedes ya deben saber, por medio de aquellos que no sobrevivieron a las fauces del cocodrilo, cuando vengan en su caminata anual, verán todo cambiado y espero no se sorprendan tanto.

A todos los muertos, los míos y los ajenos, espero que nuestras ofrendas conmemorativas sean de su agrado y disfruten de los alimentos que les hemos dejado; a cambio les pido que nos dejen una huella de esperanza, de lucha, una guía sobre cómo seguir, sobre cómo levantarnos de nuestras cenizas tal como ustedes lo hacen desde tan lejos para venir aquí… a comer sin boca, a beber sin lengua, a visitar sin en realidad estar. A todos los muertos, hoy en su día, quiero decirles que hoy hay gente que se siente más muerta que ustedes, aunque se vea obligada a llevar oxígeno a sus pulmones.

Y por eso también le escribo a mis hermanos, los que aquí seguimos —para bien o para mal—, que no se olviden de los que están muertos en pie y que no se olviden de los que nos necesitan; que en este día de muertos, no sólo recordemos a los que vienen del Mictlan, sino también a los muertos que, sin embargo, aún tienen que vivir.

Irredenta, teatro del anhelo

Iredenta, tierra de nadie
Iredenta, tierra de nadie

por José Luis Dávila

Estamos siempre a la caza de aquello que anhelamos; ya en nuestros sueños o nuestras acciones, buscamos que el mundo se configure de tal modo que logremos estar cada vez más cerca de las metas que nos planteamos y con ese fin solemos confiar en ilusiones que nosotros mismos provocamos, ilusiones que se rompen tan fácil que no da tiempo para entender dónde quedó el error, por eso volvemos a caer en ellas. Estamos a la caza, pues, de lo mismo a lo que le servimos como presa. Un círculo vicioso en toda forma.

Poco a poco esa situación nos lleva a límites incomprensibles, a situaciones de riesgo que ni siquiera notamos, y entonces se presentan las dos opciones básicas que todos tienen: seguir avanzando o vivir aferrados. Simple, ¿no?

Hace unas semanas vi Irredenta, una obra que se presenta en Rekámara, teatro íntimo, y que me dejó cuestionarme las aspiraciones que tengo respecto al exterior, a mi entorno y las personas que están en él. Creo que todos hemos pasado por etapas en las cuales existe desesperación y nos anulamos para no sentirla, momentos que preferimos dejar bajo la alfombra con tal de que no nos lastimen, o peor, de que no vean los demás que algo nos lástima porque la debilidad es algo que no nos permitimos.

Iredenta, tierra de nadie
Iredenta, tierra de nadie

Irredenta trata, me parece, de esto mismo, el proceso por el cual alguien evade aquello que tiene y busca eso que no podrá alcanzar, lo hace a través de cuatro miradas distintas, cuatro prostitutas que al avanzar la trama se vuelven entrañables y cercanas, no sólo por la manufactura del guión sino por el ambiente establecido y bien logrado por la dirección, guiada hacia la empatía del público.

Esta obra es una recomendación absoluta, necesaria, que provoca reflexión partiendo de temas que quizá ya se han tocado en otras piezas teatrales, e incluso otros formatos, pero que tiene un toque especial gracias al trabajo actoral, sabiendo retratar los conflictos internos de los personajes y estableciendo los problemas para ser pensados al salir de la función, cuando las emociones se asienten de nuevo en el espectador.

Lectura sobre Lecturas: Arte contemporáneo mexicano en el Museo Amparo

Lecturas de un territorio fracturado - Fotografía por Job Melamed
Lecturas de un territorio fracturado – Fotografía por Job Melamed

por José Luis Dávila

De a poco, desde hace años, me fui inmiscuyendo en el arte contemporáneo a modo de espectador y, más tarde, cuando consideré haber adquirido el conocimiento mínimo necesario para pasar a la acción de expresar las razones de mi gusto, empecé a escribir sobre los museos que visitaba, los artistas, las experiencias con la pieza y las personalísimas reflexiones que, aunque redunde, me provocaban las reflexiones de los otros. Y mientras más veía, más quería pensarlo, comentarlo, apropiarlo. Porque, en gran medida, para eso es el arte: entender en uno algo que se genera desde la obra con el fin de cuestionar lo que nos rodea y establecernos desde un punto crítico.

Quizá esa sea la razón que más me atrajo. Mucho más cuando hay arte mexicano que se ocupa de desarrollar ese tipo de cuestionamientos sobre la identidad, la violencia, las convenciones sociales y morales, las creencias religiosas, o incluso del mismo acto creativo. El arte contemporáneo mexicano es una geografía híbrida que debe ser explorada a fondo, meticulosamente, con el interés que merece. Por ello, creo que es un gran logro la nueva muestra Lecturas de un territorio fracturado, la cual expone parte de la colección del Museo Amparo en un esfuerzo por dilucidar los cómos y qués que provienen desde la década de los 90’s y se topan con la actualidad.

Lecturas, curada por Amanda de la Garza y Cecilia Delgado, encuentra su hilo conductor en la concatenación de estilos y crea pasajes que se cuentan a sí mismos dentro de las salas, puentes que se establecen no para conectar tiempos ni lugares, sino ideas que se concretan en la experiencia de aquél que los recorre.

Es, pues, un ensayo hecho exposición, una argumentación sobre las preguntas que el arte arroja en México y posibilita conclusiones latentes, aunque no unívocas, que buscan ser desentrañadas. Una exposición para debatir y comentar, para acercarse al arte contemporáneo mexicano con la curiosidad justa que me recordó los motivos por los cuales me he quedado en esta línea de gusto estético y que, estoy seguro, despertará el gusto de todos los que se acerquen a ella.

Carcoma, poesía de aquello que vemos y nos mira

Carcoma - Portada
Carcoma – Portada

por José Luis Dávila

De a poco todos quedamos un día rendidos ante esa incertidumbre que provoca ver a nuestros pies polvo de lo que somos –¿o fuimos?–, remanentes de las acciones y pensamientos que los años han acumulado, y nos espanta, por supuesto, porque a veces son reflejo que nos obliga a conocer aquello que no queremos conocer y, otras, son fantasma que acosa el hogar en el cual nos creíamos a salvo del acecho de la memoria.

Sin embargo, siempre queda un breve lugar para recomponerse de hacer consciente estos resquicios; ese lugar es el lenguaje. Lenguaje que toma forma de texto, texto que toma forma de escotilla para el escape a discreción. Aunque dicho escape es sólo una ilusión porque esos restos las vamos dejando a cada paso, pese a que no los volteemos a ver.

Casquillos
Casquillos

Carcoma (La Chifurnia, 2017), de Josúe Andrés Moz, es una representación de todo lo anterior, funciona como una imagen de aquello que se transita en dualidad, como un adentro y un afuera, como el sentido completo frente a la seguridad de que sólo es gracias a las partes que lo construyen.

El libro es poesía que explora los resabios que se van dejando de lado en la vía que se elige, lo que le da un valor agregado de movimiento y búsqueda de sentido a través de preguntas simples que surgen en la experiencia misma.

Carcoma es un trabajo que muestra una voz salvadoreña nueva que, si bien, no aborda grandes cuestiones, hace que los pequeños temas íntimos se conviertan en puntos de reflexión para todo aquél que llega a leerlo.

Rulfo, la escritura fotográfica

El fotógráfo Juan Rulfo, exposición en Museo Amparo - Fotografía por Job Melamed
El fotógráfo Juan Rulfo, exposición en Museo Amparo – Fotografía por Job Melamed

por José Luis Dávila

Narrar es un acto creativo intrínseco al humano; no solamente todos somos capaces de ello, sino que lo hacemos gran parte de nuestra vida, a veces hasta sin saberlo. Estamos atados a la narración tanto que incluso tenemos una voz interior de la cual no nos podemos alejar, una voz que nos cuenta a nosotros mismos lo que sucede, lo que pensamos, lo que sentimos, lo que somos. Sin embargo, narrar ha sido discriminado, se le ve como algo lejano, como un ejercicio artístico que vale solamente dentro de ese nicho, e incluso en tal, hay una delimitación de éste hacia la escritura y, recientemente, el cine.

La narración se ha retraído hacia dichos campos que, si bien han dado grandes frutos, en algunas ocasiones le restan la importancia experiencial que conlleva por antonomasia, dejando que se construya una cerca alrededor de la verdadera razón que tenemos para narrar: explicar el mundo que nos acontece desde todos los medios que tengamos a la mano. Afortunadamente, los mencionados razonamientos estereotípicos sobre la narración siempre pueden ser traspasados, como bien demuestra el trabajo fotográfico de Juan Rulfo, mejor conocido por ser autor de Pedro Páramo y El llano en llamas.

Las imágenes que capturó son una forma distinta para su misma escritura; contienen relatos en corto que se suceden como golpes de la máquina de escribir, que embonan como fragmentos de un plato que se ha quebrado al caer, vuelto instantes de un tiempo atrás. Relatos que funcionan por medio de lo que el lector es capaz de reconstruir.

En el año del centenario de su nacimiento, las fotografías que tomó no debieran acercan a la conmemoración, sino a encontrar nuevas lecturas provenientes de su pluma, unas lecturas que muchas veces se pasan por alto pero en las que, gracias al Museo Amparo –donde actualmente se encuentran en exposición–, podemos leer nuevamente a Rulfo.

Al final, estas fotografías son narraciones de un autor que siempre se mantuvo escribiendo, quizá no con tinta pero sí con luz.