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LMMD

Bazar de libros - Imagen pública
Bazar de libros – Imagen pública

por Carolina Vargas

A mi madre, que me sigue animando a que escriba
Al Poeta Cósmico, a quien le debo la mitad de este relato

“Sé buena” sentencia que me marcaría de por vida. Cuando era niña mi madre siempre me pedía que me portara bien para poder irse a trabajar tranquila y yo dentro de mis responsabilidades infantiles, lo asumía como mi mayor deber moral. Sin embargo a mis 28 años, ser buena se ha convertido en una carga muy pesada de la que me resulta imposible zafarme.

“…es un libro muy difícil de conseguir, hazme ese favor, sé buena” con eso me chingaron,sé buena,cada vez que se conjura, no puedo decir que no, el “SÍ” se catapulta de manera automática a mi boca. Así que sin chistar acepté la búsqueda de ese escurridizo ejemplar, desaparecido y olvidado hace años por el mundo editorial.

“…sé buena, sé buena…”

Emprender mi tarea sería difícil y estaba consciente de ello, sin embargo no podría decirle que no a mi amigo –la amistad el único valor en el que todavía creo- pero más allá de eso era la excusa perfecta para salir de mi encierro voluntario, caminar un poco, ir de bazar en bazar, buscar algunas joyas perdidas, o simplemente entretenerme en algo que me resulta tan placentero…

Celular, llaves, gafas de sol, paraguas, bufanda ¿olvidé algo? Creo que no…encendí un cigarrillo y caminé –sé buena- rumbo a la calle de los bazares de libros, no había pierde, en esta ciudad todo lo que busques siempre lo encuentras en la misma calle, no falla. Entre al sitio, oscuro y desordenado atendido por un moco de unos 20 años, osea, un bazar de libros como cualquier otro.

Confieso que al llegar a ese lugar una cálida sensación de dejavú me invadió, y es que la razón por la que comencé a frecuentar estos bazares se debe a una búsqueda estéril del primer libro que marcó mi vida y es curioso que siempre que voy en busca de algo a estos lugares jamás lo encuentro.

Reviso con sumo cuidado pila por pila, Ullman, Duras, Steel, Rulfo, Ullman, Oz, WTF Meyer, Irving, Paz, de nuevo Ullman, Anónimo, Anónimo, ese anónimo era un genio, pero del encargo de mi amigo nada, novelas históricas, románticas, negras, rosas, sucias, realistas, modernistas, pero nada, ensayo, ensayo, ensayo, recetario ¿cómo llegó hasta aquí? Cuentos muy pocos, prácticamente ninguno.

El polvo removido de las pastas y las hojas muertas se me ha metido en los poros, me invade y va recorriendo mis dedos, llega hasta la palma y se cuela a mis brazos, la comezón es terrible, supongo que aquí nunca limpian, es triste ver la podredumbre en la que se encuentra este lugar, una triste fosa común, que se pasa por los huevos el orden y las clasificaciones por las que tantos y tantos críticos se han matado y mentado entre ellos, ves agonizando a lo infelices cadáveres clásicos en santa y perfecta armonía con los best-sellers, las historias del corazón, y los libros de texto borroneados hasta el cansancio por una tropa de estudiantes confundidos y torpes, la realidad es que si no tenemos ningún respeto por la humanidad, mucho menos por lo que crean los hombres y ni hablar de la naturaleza, qué gran mierda, lloro mientras me rasco la insufrible comezón.

“Sé buena”Escucho a una mujer más o menos de mi edad discutir con el mocoso encargado, al parecer la chica considera una burla el precio al que le quieren comprar, pero seamos justos, también son absurdos los precios a los que quieren vender, parece que el criterio para hacerlo radica en el grueso de la obra y el año de publicación, esta gente nunca aprenderá la diferencia entre calidad y cantidad, pobres diablos.

Bazar de libros - Imagen pública
Bazar de libros – Imagen pública

LMMD el culpable de mi desdicha, la razón por la que visité el primer bazar hace tantos años, escucho una mentada de madre desde la calle, un taxista se le cerró a otro conductor, LMMD, me atreveré a preguntar…buenas tardes busco…¿no lo tiene?…gracias, muy amable, buscaré otro título, al parecer mi compa ya se la peló, ni modo, -“sé buena”- LMMD ni siquiera es el nombre de la obra, si no del protagonista que curiosamente, es un libro, pero vine aquí por el encargo de mi amigo aunque ya me dijeron que eso lleva años sin editarse…me atreveré a preguntar…joven ¿Tiene El libro olvidado de Antonio García Velasco?…no, ni idea de lo que estoy hablando, gracias…por supuesto que no lo tiene, de entrada en medio de este chiquero es difícil encontrar la nariz de uno, mucho menos saber que hay debajo de tanta mugre, por algo es una fosa común, nadie se toma la molestia de reclamar los cadáveres.

“Sé buena” Me rasco, otro incidente cruzando la calle, pasa el señor de los camotes, un niño llorando y la ciudad continúa palpitando, ese escándalo es el ritmo de su corazón.

Ya no tengo nada que hacer aquí, es quizá la falsa esperanza por encontrar la piedra angular de mi infancia, el cuento con el que aprendí a valorar la literatura por encima del canon, un libro que marcó mi vida y que su nombre fue profético “El libro olvidado” un cuento que nadie recuerda, el relato que cimentó mi amor por ese género, y ya no está, era la historia de un autor desconocido, que nombró ambiguamente a su obra, LMMD, no había más ejemplares, era el último de ellos, nadie sabía de qué trataba el libro, nadie se había tomado nunca la molestia de leerlo y fueron unos niños con poco presupuesto quienes lo rescataron de la librería, lo regalaron a su maestra quien lo leyó y quedó fascinada de la sabiduría que había en él…una historia boba y romántica, quizá, pero muy conmovedora, 62 páginas que narran la lucha de un libro para evitar que se lo coma la polilla y al fin salir del mueble de las rebajas…esto está lleno de LMMD’s

Al fin entiendo, que quizá, mi labor sea rescatar a un LMMD de este sitio, por lo que ahora mi búsqueda cobra otro sentido, ya no me interesa encontrar alguna edición extraña, quiero hacerle justicia a lo que ha estado allí todo mundo pasó por alto…y lo encontré, ahí estaba, pequeñito y muy delgado, con permiso, claxons, pubertos besuqueándose, la ciudad sigue palpitando, y de pronto su ritmo se detiene, encontré a LMMD, su título es macabro…su autor, el Poeta Cósmico, y como una revelación su libro publicado hace un par de años, olvidado en un polvoriento bazar llegó a mis manos, sonrío. Lo hojeo y sin ir más allá de la 5 página compruebo una vez más que es él. “Sé buena” toma un nuevo significado.

“Sé buena” Por primera vez en mi vida, esta sentencia me llena de dicha, haré algo realmente grande por la voz de alguien que muchos quisieron silenciar y estuvieron a punto de lograrlo, checo el precio de venta escrito en la portadilla, un precio absurdo, ridículo, intento despistar al encargado, saco mi celular, mensajes de texto “wey vine al bazar y el libro que quieres, acá tampoco se consigue, bye” enviar, me voy a hacer pendeja del otro lado, seguramente mi cuate estará decepcionado, en un principio yo también, yo no conseguí lo que originalmente quería, pero al fin podré ser buena sin que esto me rompa la madre.

“Sé buena” Tengo a MÍ LMMD y debo liberarlo de este gueto, no pagaré su rescate, eso sería muy vulgar, me lo llevaré, de todas maneras el crimen que cometieron con él no se puede pagar con nada, joven tiene diccionarios contables, joven busco la agenda fiscal del 2011, joven tiene cambio de 200, perfecto, está distraído, sin hacer mucho ruido me deslizo por entre las pilas y salgo a la calle, mi nuevo amigo va entre mis brazos. Caminamos un par de calles en contra del tráfico y mi corazón se convulsionaba igual que el ritmo de la ciudad en esa hora de la tarde, era la hora pico y para mí simplemente era la hora.

Llegué a casa con la boca seca y el corazón en la garganta, extasiada por terminar de descubrir lo que EZ tenía por contarme, EZ su nuevo nombre, el Poeta Cósmico es su autor, leo vorazmente la totalidad de la obra y mi vida cobra otro sentido, pero más allá de lo que me fue revelado lo verdaderamente valioso fue haberle dado voz a EZ que estuvo amordazado desde hacía quien sabe cuánto tiempo. Aunque no puedo dejar su contenido como algo meramente anecdótico, mi relación con él es muy especial.

Unas semanas después por el libro de rostros me llega una invitación “El Poeta Cósmico estará en la ciudad”, me sentía con el deber moral de llevar a EZ a reunirse con su padre, aunque fuera solo un momento “sé buena”. Agendé la fecha y la hora. El día se cumplió y después de escuchar las ideas un poco más maduras del autor, me dirigí a la mesa, con una sonrisa en mi rostro, Ez entre mis manos y un cheque posfechado entre sus páginas que fue rechazado por el autor.

Bazar de libros - Imagen pública
Bazar de libros – Imagen pública

¡Qué tal! ¿Te ha gustado el libro? Ya veo… tiene varios años…un robo…me alegro…por supuesto que te lo dedico ¿Tienes una pluma, cuál es tu nombre?…encantado…me llamo…pero todos me conocen como el Poeta Cósmico, un placer…no, de ninguna manera…

El poeta no quiso aceptar el cheque, decepcionado de la forma en la que su hijo literario fue tratado le pareció conveniente que yo me quedara con ambos, como recuerdo de mi hazaña.

Fue un acto de justicia, lo salvé de esa suma tan ridícula en la que querían venderlo, del olvido en el que estaba, del moho y las polillas. EZ resucitó de la fosa común y ahora hay quienes preguntan por él en las tiendas, aunque es triste decirlo, parece ser que el mío era el último de su especie.

Mi cuate me volvió a escribir…pidiéndome que sea buena y que le busque una antología poética…le he dicho que no.
Ahora EZ duerme tranquilo en una estantería de mi librero junto al resto de sus hermanos. También conservo el cheque que intentaba pagar lo que EZ significa para mí pero su autor se negó, y eso me alegra por varios motivos, el primero, es que después de todo aquello ser buena ya no es una obligación, el segundo hice dos nuevos amigos EZ y su padre, y el tercero y quizá el más importante, es que mi cuenta lleva años sobregirada y ese cheque no podría cobrarse nunca, soy buena pero estoy jodida.

(Nota: Durante esta semana, en Cinco Centros pedimos que se sumen a apoyar un caso de injusticia que se ha dado contra una de nuestras más recientes colaboradoras. Pueden enterarse de más haciendo click aquí)

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Patética

Sentada - Imagen tomada de felipedonofrio.com
Sentada – Imagen tomada de felipedonofrio.com

por Perla Jiménez Nolasco

Tristeza
(A quien dijo que era el Tata Jesucristo de Goitia. Sólo fue coincidencia)

Sus lágrimas son tan tristes como la calma,
silenciosas, sin fuerzas, sin vida y sin alma.
Sus manos cubren su rostro tanto, tanto,
tanto que desaparece entre ellas.
¿Cómo puede llorar ahora?
Yo quiero ver su rostro
y no sus manos cubriendo sus lastimosas lágrimas.

Aquí sentada

                                    Me parece que es igual a los Dioses – Safo

Sólo con mirarte mis ojos viven,
mi sangre se calma y se enciende
al verte aquí sentada, viéndome,
mi habla desaparece.

Viéndote a ti y sólo a ti
todo lo demás no existe,
eres cada partícula del mundo
y tu nombre son todas sus bellezas.

Al tenerte frente a mí,
el amor en mis ojos se encuentra,
mis labios viven, mi alma brota
y mi cuerpo se quiebra.

Ciego ante tus manos frente a ti,
tú sentada, se me cierra la boca
cual parpadeo y sé que te tengo
porque sé que ya no soy nada.

Al verte feliz crea vida en mi vida
y la creará en mi futura muerte.
Muerto espero seguir a tu lado,
siempre, a donde tú vayas.

¡Seré una sombra, una roca, una hoja
lo que sea del paisaje de este día!
Sólo por verte como ahora
frente a mí, aquí sentada.

TÚ CONOCES NUESTRAS NECESIDADES

Tus necesidades- Imagen pública
Tus necesidades- Imagen pública

por: Emanuel Bravo Gutiérrez

 -¿Entonces qué?

-¿Qué?

-¡No te hagas pendejo!- gritó Rafael

-No mira, si quiero hacerlo, ya no nos queda de otra, mira que mi mujer ya  me presiona con el dinero, si supiera que…

-¡Ya! ¡Ya sé! No creas que a mi tampoco me duele , que la conciencia nos mate después. Pero como dijiste “ya no nos queda de otra”

-¡Pero es el santo del pueblo!- gritó Francisco

-¡Shh! ¡Callate cabrón! ¡Disimula! Hay que hacer todo lo posible para que no nos cachen. Mira, son $30000, quince tú y quince yo. El señor Herrera nos espera en la noche.

-¿Y para que quiere al santo?

-Yo que sé. A la gente rica le gusta coleccionar cosas antiguas…

-Pero San Francisco no es ninguna “cosa antigua”

-¿Cómo de que no cabrón? ¡Está desde que fundaron el pueblo!

-Bueno, yo decía que él no es una cosa

-Ya empezamos otra vez con tus jaladas. ¿Me vas a ayudar si o no? No te voy a andar rogando. ¡Tú! Tú necesitas el dinero ¿sí o sí? O si chistas otra vez me consigo a otro, ya te dije porque eres mi compa, sino le digo a Diego que él es más aventado para estas cosas

-Bueno ¡Ya! sólo… en la noche a las 2:30 ¿verdad? 

-Sí, junto a la casa de Doña Martha, ella se acuesta temprano y no podrá vernos, la ñora ni oye

-Bueno hasta en la noche

“Pues ya que, hecho, hecho está” pensó Francisco, ¿pero que más podía hacer? no le habían pagado en la maquila ¡pinche viejo! pero bien que el jefe se encargaba de ver que el dobladillo se encontrara bien cosido, que deshebraran bien los chalecos, y si encontraba tres hilitos, patitas a la calle. Sí, no había otra opción, y al cabo que las iglesias están llenas de santos, a lo mejor y no le afecta que le roben uno, han de guardar mucho dinero y seguro les alcanza para comprar otro. 

-¿Qué tienes amor?- preguntó Catalina mientras le rodeaba el cuello con los brazos -Estás sudando 

-Nada mi cielo… nada, mejor vamos a dormir- balbuceó Francisco, tomó el dorso de la mano de su esposa, es tan liviana, pero ya está bien áspera, tanto detergente le estaba causando estragos en su piel que era tan suavecita cuando era niña, él le depositó un beso -Buenas noches, ya tengo sueño-

Se voltea, no puede domir, mira las vigas del techo, las telarañas que siempre cuelgan en las esquinas como gastados retazos de cortinas plateadas al brillo de la luna que se cuela de la ventana. Ve el espacio vacío que dejan sus pocos muebles, fija la vista en ese vacío tan profundo, y por un momento, tan inmenso. “Quince mil pesos” pensó como quien construye utopías “quince mil pesos” repitió la cifra fabulosa dentro de su imaginación ilimitada “le compraría el uniforme a Pepe y dos pares de zapatos para nosotros, a Catalina seguro le emocionará saber que si nos alcanza para comprar las zapatillas que vio en la tienda. Sí, y le podremos pagar a Doña Martha lo que le debemos…” siguió hilvanando demás proyectos pensando en las tantas posibilidades que le aseguraba tal cantidad. No dormía, soñaba. La cerrteza de éstos le dio un valor inusitado, suficiente para salir de la cama. “Pues ya será lo que Dios quiera”

 -Pensé que ya no ibas a venir- susurró Rafael mientras un ligero vaporcillo blanco como llama de algodón salía de su boca

-A huevo canijo- río Francisco, su actitud sorprendió  a Rafael

-Así me gusta chihuahuas- 

El plan era fácil, había en la parte posterior de la iglesia un gran mezquite viejo y fuerte. Una de las ramas principales daba a los vitrales de la nave. Estaba de tal manera que tentaba al ladrón, como si la naturaleza fuera también cómplice. Subieron sigilosamente, sus aún jóvenes cuerpos tenían suficiente flexibilidad para colgarse de las ramas.

-Francisco, dame la cinta canela

-Aquí está-

Rafael colocó bandas en la superficie del vitral 

-Apartate- Rafael tomó vuelo con el mazo y ¡zas! el vitral se fracturó en varios fragmentos sin que estos cayeran e hicieron ruido. Francisco sacó una bolsa negra de basura de su gastada mochila, en la bolsa depositaban los cristales coloridos. Era una tarea silenciosa, limpia, como desmantelar las alas de una mariposa gigantesca. Cuando retiraron lo suficiente ataron la bolsa y la colgaron sobre una rama. Hicieron un nudo en una de las varas de hierro con un mecate. Soltaron la cuerda que cayó con un ligero eco.

-¿Bajas primero?- le preguntó Rafael

-Pues ya que-

-Ten cuidado con los otros trozos de vidrio

Francisco bajó lentamente al interior de la iglesia. Sus manos se protegían del roce del mecate con guantes de jardinero. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete metros descendió. Francisco era el de menor peso y por ello bajó primero, Rafael era menos delgado pero más ágil y bajó rápidamente. Le hizo una seña a su amigo para que lo siguiera. 

La mamá de Francisco le había contado una mañana un cuento muy curioso, era sobre un joven que le robaba a la Virgen sus ajorcas. Entonces Francisco era un niño de cuerpo menudito, oía impresionado como las estatuas despertaban para proteger a la Virgen, todo cobraba vida y el ladrón terriblemente asustado se sumergió en las aguas de la locura por haber contemplado tan gran prodigio. Y ahora él, en la gigantesca nave que oscilaba de dimensiones debido a la luz de los cirios al ritmo de la respiración de una bestia antigua. Los dos ladrones eran un par de Jonás encerrados en el estómago de la ballena. Las santas con miradas atemporales contemplaban de una manera macabra y dulce al par de intrusos. Los santos de mirada severa se reclinaban sobre sus pesados nichos con el mismo gesto del juez inexpugnable. Y las vírgenes, hasta parecía que les dolía que les fueran a robar a su más preciado huésped. La gigantesca pintura del arcángel Miguel se les presentó con el poder de una revelación, el divino ser armado luchando con ese gigantesco monstruo, con esa serpiente antigua, el malvado ser que había contaminado la Tierra de dolor y sufrimiento se hundía en las aguas del abismo para siempre junto con aquellos que lo siguieron… el peso de tal maravilla les hizo desviar la mirada, les dolia contemplar aquella visión, y el gesto de Dios que inclemente enjuiciaba a la Bestia para toda la eternidad, una eternidad de dolor infinito.

En la oscuridad se hallaba San Francisco. Ahí estaba él apenas iluminado con unos cuantos cirios. Su negra túnica era de seda, el cordón brillaba como una seráfica serpiente. 

-Vamos, hay que levantarlo- indicó Rafael

Les sorprendió su peso tan ligero, no pesaba más que un niño. Lo fueron cargando hasta el lugar donde descendieron. Brillaban en el suelo las astillas rotas de vidrio con  resplandor de ignotas estrellas.

-Yo subo primero, lo atas y después yo lo subo- 

-Está bien- dijo resignado Francisco

Rafael subió con poderosos movimientos de espalda, sus brazos temblaban. Cuando llegó arriba le tiró a Francisco una bolsa con hule espuma. 

“Perdóname Dios, perdóname San Francisco” susurró “Pero mira, está bien dura la vida y el pinche viejo no nos pagó. Tú ves desde los cielos que yo siempre fui honesto, desde chamaco no me ha gustado hacer maldades, siempre trabajé, nunca le quité nada a nadie, a pesar del hambre que a veces sentía en la panza. Y bueno, con esfuerzos pues la vamos llevando. Mira Dios, somos muy pobres y ya sé que no es justo hacer esto, pero el mundo nos llevó a hacerlo. Necesitamos el dinero para salir adelante. Doña Martha cada vez le sube más el interés a lo que le debemos, y ya no tenemos con que pagarle, trabajo un montón y si pudiera trabajaría más, pero ya ves que mis fuerzas ya no dan para tanto, y para qué si ni nos pagan. Ya sacamos a Pepe de la escuela porque no le pudimos comprar el uniforme y Catalina apenas si saca con lavar ajeno. ¡Tú nos ves! ¡Tú sabes! ¡Tú conoces nuestras necesidades!” gritó sólo con el pensamiento, rabiaba y la impotencia se apoderaba de sus miembros, ya no aguantaba, ya estaba harto, pero tenía que ser fuerte una vez más, y sin embargo, no podía, las lágrimas inundaban sus ojos negros. “Nuestro Pepe salió bien listo” trató de sonreír “y cuando se licencie de abogado te lo traigo a la iglesia, y como ya vamos a tener dinero te damos siete veces lo que te quitamos, te lo juro, y te hacemos fiesta cuando sea tu día” río timidamente ante tal posibilidad, deseaba que el santo sonriera,  le guiñara el ojo, que aprobara el proyecto, pero no. San Francisco lo veía a través de sus ojos negros cristalinos, en la superficia pulida reflejaba el juguetón brillo que producía una llamita de cirio que inpiraba  el efecto íntimo de vida.

“¿Porqué me habrán puesto Francisco?” pensó.  Y poco a poco llegó a la conclusión de que su nombre lo había sentenciado, que obedecía a una fuerza superior. Este falaz pero también terrible pensamiento le dio un poco de valor. Cubrió a la figura con la esponja y después lo metió dentro de la bolsa, todo esto para que no se despostillará. Lo ató bien y poco a poco el santo ascendió por los aires una vez más. Luego fue el turno de Francisco. Se elevó con la torpeza de un pichón que aprende a volar.

Bajaron del mezquite. Entre las nocturnas tinieblas divisaron a Don Herrera. Llegaron con el santo a cuestas, con el cuerpo cansado y con un ligero sudor frío que les recorría la frente. Herrera era un hombre gordo y rabicundo, vestía de negro y sólo su tez lo permitía distinguir. Èl se encontraba delante de una camioneta roja. 

-Ya está aquí, Don Herrera-

-Sí muchachos, Galicia dales el dinero

Un hombre alto, de unos treinta años, salió de la camioneta. Les entregó un paquete de billetes. Rafael los contó.

-¡Oye, tú nos dijiste que iban a ser treinta mil y aquí sólo hay veinte!

-¡Ey, tampoco te me pongas al tiro! ¿Lo quieres puto? O si no te ves con Galicia

-¡Cabrón!- gritó Francisco cuando vio a Galicia interponerse entre ellos y Herrera

-Miren perros conformense con esto. ¿O qué quieren? ¿Qué llame a la policía y les diga que acaban de robar la iglesia? Ya tengo el número marcado en el celular ¡Uy! ¡Cuándo se entere el pueblo los linchan, no se la acaban!

Se hizo un pesado silencio que amargaba el aire. Rafael y Francisco sintieron que les entraba una lanza en el pecho y en la garganta que poco a poco les arrancaba las víseras, el sabor de la sangre, el sabor de la bilis. Perdieron la fuerza y fueron en ese momento conscientes del acto que acababan de cometer, dimensionaron todo el peso de las consecuencias que se abrían ahora ante sus miserables pies. ¿Tan poco valía su fe? Herrera vio cumplido su objetivo, sonrió revelando sus tres dientes de oro y encima su bigote entrecano, sus mejillas gordas y llenas de marcas de granos. Necesitaba rematarlos, darles el tiro de gracia.

-Galicia mira a estos pobres diablos. Ni a Dios respetan. Vender a San Francisco. Pinches perros, además de muertos de hambre se ponen en plan de dignos, nada más dan lástima. Putos, me dan asco. ¿Qué insinuaban al pedirme más? ¿Qué mierda tenían en la cabeza? Todavía que les pago, les doy de comer, porque ni para tragar tienen, ¡Ja! se ponen contra el jefe, ¿ahora que gallitos? ¿No qué muy cabrones? ¡Ja! Apuesto a que pondrían a sus madres al servicio de cualquier postríbulo si pudieran sacar un poco de varo con ello…- los insultaba, los humilló, les escupió en la cara con esas palabras que dolían como hierro ardiente y que marcaban a sus desdichados espíritus.

 – Súbelo- le ordenó a Galicia cuando vio que ya habían tenido suficiente, cuando estuvieron indefensos como niños y su piel se encontraba marcada, profundamente lacerada.

En la oscura noche la camioneta se llevó a San Francisco apresado en un ataúd de metal que se movía con un tambaleo de bestia cansada. 

Catalina se puso muy feliz al saber que “el jefe de Francisco les había adelantado el aguinaldo”. Comerían pollo enchilado en la Cena de Navidad, invitó a Rafael, a Doña Martha (ya habían terminado de pagar la deuda) y a don José con su familia. Dios los había bendecido tanto en ese año.

En el pueblo se enteraron del robo. Maldijeron las almas de los ladrones que ya no tenían respeto por la Casa de Dios. “¡Robarle a Dios! ¡Ya no hay temor por  la Justicia Divina!” proclamó el sacerdote desde su púlpito en la misa de Nochebuena. 

Ya eran casi las diez.

-¡Ya a comer!-gritó Pepe

-No mijito, primero hay que dar gracias- regañó Catalina a su hijo -Pancho, comienza con la oración-

Todos los que estaba sentados en la mesa cerraron firmemente los ojos. Francisco alzó la voz.

-Dios, esta noche nos reunimos en esta mesa para compartir estos alimentos. Gracias por darnos la vida y salud. Gracias a la Virgen por mi familia y gracias a San Francisco, por pagar estos alimentos. Amén.

Laberinto mortuorio

por Emanuel Bravo Gutiérrez

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Nadie elige como nacer, pero de alguna manera, uno siempre elige la manera en la que va a morir… o al menos así era hace un par de siglos. 

Todo inició cuando los científicos anunciaron la invención de un extraño mecanismo que lograba transmitir sensaciones a partir de sensores; desde el sabor de una fruta hasta un orgasmo. Pero la fascinación que produjo tal invento fue llevada al límite morboso de la muerte. Así es, se logró compartir de un cuerpo a otro la sensación de morir.

El aparato contaba con un procesador que extendía en dos secciones una serie de largos neurotransmisores, unos para el paciente terminal o el condenado a muerte y el otros para el sujeto que quería experimentar la sensación. Las pulsiones nerviosas eran codificadas a partir de impulsos eléctricos de magnitud diversa y después eran replicados sobre el usuario, el mecanismo no poseía una memoria debido a que los códigos de la muerte son distintos en cada usuario e irrepetibles en cada sesión. Su uso era sencillo, práctico y sobre todo; limpio. Sólo requería un poco de paciencia, pero después de un par de años se avalaron los estatutos fúnebres para hacer más rápido el proceso, el uso de inyecciones letales y descargas eléctricas fue casi generalizado.

Morir… morir era una sensación traumática, pero con el uso de estos aparatos uno aprendía a morir, sentía cómo sus órganos se detenían, renunciaban a la costumbre de la vida y poco a poco se abandonaban al sueño perpetuo. Por medio de estos simulacros fúnebres aprendimos que morir era algo parecido al orgasmo, que la eternidad lo invade a uno como un ejército de luciérnagas, que los pulmones se rinden primero porque no son capaces de albergar en sus bóvedas el aire de lo eterno. Descendían los latidos y frenaban su trote de caballos desbocados, se derretía la piel en un millón de calambres, de escalofríos dramáticos de dolor de agujas. Nuestra alma era engañada con el juego mortuorio y, por un momento, percibimos cómo la vida era engañada por estas mascaradas eléctricas. 

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Ya no le tuvimos miedo a la muerte y por ende le perdimos el respeto a la vida y al cadáver de la víctima. Después del proceso se desechaba el cuerpo como una cáscara de naranja. No queríamos su vida, no queríamos su cuerpo, su opinión o su trabajo era irrelevante, queríamos adueñarnos de algo más sagrado, queríamos adueñarnos de su muerte.

Es una obviedad decir que nos volvimos adictos a la sensación de morir. A cada hombre le es dada una muerte desde que nace, pero nosotros nos apoderamos de todas ellas. Algo que nació como una curiosidad científica que le competía más a médicos se convirtió en un éxito comercial abierto a todo aquel con dinero suficiente. Las sumas eran elevadas así como las libertades que les permitieron.

Fue entonces cuando las compañías construyeron los grandes edificios encaminados a almacenar estos procesadores. Eran edificios con cientos de cabinas pequeñas y blancas, cada una contaba con un procesador, una cama e inyecciones letales, tenían además bodegas donde almacenaban instrumentos de tortura. Los locales eran atendidos por señoritas amables, jóvenes y de buen aspecto. Llegas al recibidor y pagas la cuota fijada, eliges a la víctima que en algunos casos también es llamado “donante”, generalmente ancianos o enfermos, pero también había gente joven y sana, había incluso niños porque hay que acotar que la muerte de un niño es distinta a la de un anciano, la de los jóvenes es más intensa, más repentina y por ende más cara.

Me podrían preguntar quiénes eran los donantes, y lo diré: eran anónimos, generalmente pobres, indigentes, el fondo de la sociedad pero también uno puede vender su muerte y el trato sería más íntimo. Vender la muerte era la solución desesperada para los hombres llenos de deudas que no querían dejar desamparada a su familia.

Después de la elección se nos lleva a la habitación, cruzamos los pasillos blancos como leche, como huesos, silenciosos como tumbas, valga la comparación. Eran laberintos mortuorios, espacio frío e impersonal, no parecía un laberinto hecho por mortales o no por mortales cuerdos. 

Un par de hombres traen al donante, le ponen la inyección letal y nos colocan los transmisores en las sienes y en el pecho, se enciende el procesador. El momento en que la víctima te ve a los ojos es terrible cuando es la primera vez, pero nos acostumbramos. ¿Cómo podría calificar la mirada del hombre a punto de morir? La verdad es que no lo he pensado mucho, la indiferencia nos ha llevado a sortear detalles parecidos.

Después de la inyección sigue el proceso de la muerte, algunos se retuercen y gritan, depende de la víctima y de la sustancia inyectada, depende más que nada del cliente, algunos elegían el dolor insoportable, algunos el sopor tranquilo y es comprensible cuando pensamos que después de un día de estrés lo único que queremos al final del día es una muerte tranquila y unos segundos de eternidad.

Al final del estallido conteníamos la respiración y moríamos, o mejor dicho, otro moría por nosotros. Dormimos un par de horas y después salimos del local satisfechos. Después de ir tantas veces he olvidado el rostro de los donantes aunque el hecho sea tan significativo como hacer el amor, al cabo de tantas repeticiones la muerte desgasta su sentido y por lo tanto su peso. He muerto tantas veces que no puedo contarlas aunque creo que mi tarjeta de crédito tiene un historial donde registra el número de visitas a los locales.

He pensado un poco, quizá hemos cruzado una frontera sagrada, un límite sin retorno. Pero no lo sé con seguridad, quizá el éxito comercial de la muerte se debe a que nosotros ya estábamos muertos en vida y morir sea un medio para sentirnos vivos.

Cuando privatizaron la gravedad

Por Emanuel Bravo Gutiérrez

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Gravedad – Imagen pública

A fuerza de gastar el campo gravitatorio de la Tierra, la fuerza de atracción se desgastó como el dobladillo de un vestido de gala que se ha usado en numerosos bailes. El proceso fue lento, como suelen ser los eventos que marcan el Cosmos.

Pronto los pequeños objetos como las cucharas y las monedas se elevaban con la pericia de una anciana sobre las cabezas que miraban impertérritas el curioso efecto. Los objetos más grandes se vieron afectados posteriormente por el mismo fenómeno, se soltaban de las manos, de los estantes, se desligaban de la costumbre ancestral de la gravedad para subir como burbujas. Fue incómodo al principio, pero pronto nos habituamos.

Y ya no nos sorprendía que la mitad de la taza de café se encontrara danzando en el vacío. Aumentó conforme pasaban las semanas, los meses y los años. Nos la ingeniamos con imanes, con recipientes sellados, con clavos y lazos, con un poco de pegamento fijábamos los muebles de la sala, crucificamos los relojes a las paredes, pero al poco tiempo los científicos, recluidos en oscuros laboratorios inventaron dispositivos que proporcionaban efectivos campos gravitatorios, lo suficientemente fuertes como para que todo volviera a la anormalidad normal del mundo. Se fijaron a perpetuidad a la Tierra los lagos y los rayos y las montañas y los animales y los edificios de forma gratuita y universal.

La esencia del hombre es siempre volátil, y ello quizá explica por qué los científicos no lograron fijarnos a la Tierra de una vez por todas. Había que renovar el proceso gravitatorio y esto era caro. Surgieron compañías que proporcionaban éste servicio, y casi todas ellas se nacionalizaron, casi todas. Pero había ciertos países en los que no fue así, digamos que no se pudo fijar precios estables, había corporaciones que promocionaban un proceso gravitatorio durante un año, otras en las que sólo pagabas por la gravedad que quisieras usar, en fin, las compañías aseguradoras incluían en su lista pagos por objetos perdidos en la infinitud del espacio o para aquellos cuyo proveedor de gravedad no cumplía con el servicio requerido.

Hubo demandas, demasiadas, contra aquellas compañías que no lograban proporcionar un servicio completo, uno podía estar en la calle caminando tranquilamente o sentado en la terraza de algún restaurante cuando sentía un temblor de pies, un picor en la nariz y comenzaba a flotar con la gracia de una nutria, como un globo de helio que renuncia a la seguridad de las manos de un niño, uno veía como se alejaba perezosamente del suelo y admiraba como su cuerpo adoptaba una postura fetal.

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Gravedad – Imagen pública

El proceso de captura era bien difícil, uno no siempre estaba seguro de que lo habrían de capturar antes de llegar a la estratósfera. Fue en estos días cuando se hizo famoso el oficio de pescador de hombres, ellos se servían de arpones de plástico, de salvavidas morados, de largas cuerdas de cáñamo y poleas automáticas, la pesca de hombres era un oficio que exigía la misma fuerza de brazos que la que tiene cualquier marino ballenero y la agilidad de un acróbata ruso. Los procesos de captura no siempre eran efectivos y no siempre se tenía la seguridad de tener a un pescador a la mano. Cualquier persona que se encontrara sola, cualquiera que rondara solitario por los prados y sufría un proceso de ingravidez tenía una muerte segura, con mucha tristeza veíamos en los noticieros como las personas se alejaban de la faz de la Tierra, las cámaras de los satélites mostraban impotentes la recepción de cualquier persona a la oscuridad del espacio.

Pasaron los años, se hicieron reformas, se incluyó en la Declaración de los Derechos Humanos el derecho a la gravitación universal. Pero no todo fue así, las compañías pagaban concesiones a los países para seguir trabajando. No estuvimos exentos de huelgas, de marchas que exigían el derecho innato de caminar sobre el suelo, pero todo esto tuvo resultados inciertos, o más bien ambiguos, nunca queda claro el lenguaje de los legisladores, de haber sido claro ya habríamos demolido los palacios de justicia. Bajaron las tarifas, subieron las tarifas, inflaron las tarifas, impusieron las tarifas de forma lenta, de forma callada y paciente como sólo puede hacerlo un hongo en un gran árbol.

A todo uno se acostumbra. Pagamos por la gravedad como uno paga por el pan que come y el transporte que lo lleva a casa todos los días. Olvidamos todo este lío y nos tragamos la sopa de que siempre pagamos por la gravedad, que no existió Newton y que lo primero que hizo la primera ciudad de Mesopotamia fue pagar a las compañías gravitatorias por su ración anual de gravedad.

Había grupos disidentes, ¡claro que los había!, se llamaban los ingrávidos y no volverían a tocar el suelo hasta que el sistema de gravitación se volviera universal y gratuito para todos, muchos los tacharon de socialistas, de sibaritas, de estoicos, de demagogos, de quijotes, de absurdos y de locos. Pero sabían ingeniárselas bien, al principio fue difícil, pero pronto aprendieron a andar con largas cuerdas que se extendían metros y metros a manera de cordones umbilicales y con mecanismos propios de una caña de pescar. Extendieron su imperio de cuerdas y travesaños por encima de nuestras cabezas que rara vez se alzaban para mirar al cielo. Unos cometieron errores fatales, accidentes que terminaban en los cables de alta tensión, pero pronto conocieron la forma de evitarlos. Andaban con paso cuidadoso sobre las cuerdas colocadas entre los balcones de las casas, caminaban con el paso de funambulista, de equilibrista inverso, adquirieron fama en los circos, eran hábiles carteros, limpiadores de ventanas de rascacielos e instaladores de antenas televisivas.

Un día se presentaron resignados en todas las plazas, vestidos de blanco y con alas de pájaro coloridas, eran los suficientes como para ocultar el cielo nebuloso. En medio del silencio expectante decidieron abandonar sus cuerdas, se liberaban de la Tierra plácidamente, pronto los vimos surcar los aires, vimos que movían sus alas como en otro día lo hicieron Dédalo e Ícaro, pero esta vez eran más. Y las señoras salían a sus balcones para ver cómo se confundían con el blanco de las nubes, su salida era silenciosa, incluso puede decirse que fue feliz, nadie se preocupó por pescarlos, nadie se sintió tentado a detener su caída inversa, todos los mirábamos y se perdían lentamente y flotaban libres como las cipselas de un diente de león, como los copos de una tormenta de nieve en plena primavera. Nos hubiera gustado saber qué pensaban mientras se extraviaban entre las nubes, pero sí supimos de inmediato que ese era el suicidio más hermoso del mundo. Entonces quisimos acompañarlos, deseamos volar y extender nuestras alas artificiales, ¡carajo!, huir del ruido, de la plasta en que se volvía el mundo, pero nos dimos cuenta demasiado tarde de que habíamos pagado para estar atados a la Tierra.