Archivo de la categoría: Creación

Dos poemas de Tomás Sánchez Hidalgo

Por Tomás Sánchez Hidalgo

Sirios

Esquivaron el Final, pero también su propia tierra

(tierra sin raíces,

sin pueblo),

las auroras que los persiguieron,

cieno el color del corazón en octubre.

Transparencia en el sector financiero, claro.

Y hoy no llevan micro,

acaso un pincel.

azul para expresar su pena,

azul después para dar temple al caos,

azul cierre para despejar el cielo de nubes grises.

Admitiendo, para entonces,

un súbito viraje al suelo:

habrán de pintar, también,

niños que jugaban con las llamas.

 

maxresdefault

Apprentices

(A los caballos los matan, ¿no?)

Llueve.

En Chicago hace menos veinte grados.

Es un problema extensible a Nueva Inglaterra.

Llueve.

Sospechamos la existencia de un paisaje lunar,

muy lejos, al sur,

más allá del horizonte

(donde nuestras fincas azules

limitan también con la NASA):

sonidos a las tres de la madrugada,

procedentes de autopistas acaso invisibles,

escenario, hoy,

del traqueteo de cascos de los caballos:

se oye todo, en una alucinación muda,

y, en este western,

surge el milagro de la vida:

aquí, en el sur, también llueve,

y, en paralelo,

percibes igualmente cómo brota, de este suelo azul,

el agua nocturna.

Los caballos beben entonces deprisa,

entre destellos,

en un entorno mágico.

Y ¿llegan a echar de menos? el calor extremo,

y relinchan;

un tiempo después, de nuevo su trote:

han de volver a la luna.

Las lluvias han sido constantes,

durante toda la jornada,

sobre todo por la tarde

(es necesario, en esta frontera,

el uso de cadenas.

Y de un Muro,

¿no?).

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Casa de citas

Por Gabriel Burgos

“Disfruta de la vida. Hay mucho tiempo para estar muerto”

Hans Christian Andersen

Con los nervios de punta, por ser mi primera vez en hacer esto, marqué el número y esperé respuesta, cuando pregunté por el nombre de la casa que me dieron, la respuesta fue “aquí no es” seguida del fin de la llamada. Corregí mi error de dedo, marqué y recibí la respuesta deseada: me dieron los nombres de las profesionales disponibles, sus días con horario abierto, su costo por hora y su especialidad; después de considerar las cosas y la distancia de mi trabajo elegí ir el miércoles a las 5.00 pm para liberarme del estrés.

Gracias a google maps ubiqué la casa sin problemas, discreta, bonita, sobria, en una zona segura y junto a un parque, nada que ver con lo que esperaba encontrar. Toqué el timbre y una voz por el interfon me preguntó a quién buscaba, al darle el nombre de la profesional que me esperaba y me dieron acceso. La sala de espera, confortable y tranquila, fue lo que vi al pasar, la recepcionista con una sonrisa me ofreció café y me hizo una charla ligera en lo que bajaba mi cita.

Una mujer joven, sonriente y de rostro amable, me llevó consigo a un cuarto armónico y sereno, justo lo que necesitaba, y su primera pregunta fue ¿cómo te sientes? Después de un largo suspiro, ante lo cual la profesionista sonrió, me solté a decirle todo lo que me pasaba a lo largo de una hora. Al terminar, decidió canalizarme de inmediato con el psiquiatra porque necesitaba saber si era necesario medicarme o no, sobre todo, por los problemas que le conté.

Ese día le confesé a mi nuevo psiquiatra mi deseo de suicidarme y me recetó de inmediato pastillas para bajar mi ansiedad y tratar mi depresión, una vez en mi poder, decidí investigar sobre ellas y descubrí con amarga ironía que tomarme la caja entera más una botella de vino bastaban para suicidarme. Reí ante semejante idea y pensé “tengo el mejor psiquiatra del mundo, o confía mucho en mí o sutilmente consideró como complacer mi deseo.”

Me programaron cita para dentro de dos semanas, recibí mi receta y pagué con la tarjeta de crédito la consulta, al salir de la clínica hice cuentas, y entre la consulta con la terapeuta, el psiquiatra y las drogas bien podría haber pagado la misma hora y media con una scort clase AA con motel y condones incluidos, aunque me temo ellas aún no aceptan pago con tarjeta.

1983

por E. J. Valdés

Dave y Junior entraron al estudio y afinaron sus instrumentos mientras llegaban los demás. Al poco rato asomó por la puerta Lee, el baterista. Greg, el encargado de la segunda guitarra, fue el último en aparecerse por allí, como siempre, situación que ya tenía un poco fastidiados a los otros. Una vez estuvieron reunidos todos, Lee contó hasta cuatro con sus baquetas y comenzó el ensayo. Unos quince minutos después, alguien llamó a la puerta con insistencia. Dave maldijo la interrupción y pidió a Greg que atendiera. Regresó en compañía de un muchacho flaco, de largos rizos negros.

—Leí en el periódico que buscan a alguien que cante…

Dijo llamarse Emile y listó un par de bandas en las que había trabajado antes. Ninguno de los muchachos las conocía. Dave, quien estaba malhumorado por la resaca de la noche anterior, le pidió que regresara a la audición otro día, pero Junior lo interrumpió y sugirió que, ya que se había tomado el tiempo de buscarlos, lo escucharan en ese momento. El resto de la banda estuvo de acuerdo y Dave terminó por ceder, aunque no sin refunfuñar. Conectaron un micrófono para el chico, le preguntaron qué canciones conocía y acordaron probar con algo de Diamond Head.

—Venga, capullo —le gruñó Dave a modo de reto antes de golpear las cuerdas con su púa. Mientras hacía el riff de entrada pensó que, de todos los pobres diablos que se habían parado frente a ese pedestal los últimos seis meses, aquél era el más sucio y desaliñado que había visto. Los ojos inyectados de sangre y la sonrisa estúpida delataban que hacía poco había consumido; un junkie conoce a un junkie. “Quizá después de todo tenga algo qué ofrecer”, dijo para su adentros.

No era así. Greg, Junior y Lee se sumaron a la canción, y cuando llegaron al primer verso Emile comenzó a cantar con una voz tan chillona que parecía que alguien lo había cogido por las pelotas. Dave sacudió la cabeza pero fue paciente: esperó hasta que terminaran el primer coro para detener la música.

—¿Qué carajo fue eso? —se quejó—. ¿La jodida Yoko Ono?

Junior, siempre el más sensato de todos, lo tranquilizó y pidió que le diera otra oportunidad.

—Probemos con otra cosa.

Dave se llevó las manos a la cintura.

—Vale… Otra cosa, pues. En vista de que el chico tiene pulmones, veamos si puede con algo de Sabbath.

Megadeth - Imagen pública
Megadeth – Imagen pública

De inmediato comenzó con “Paranoid”. Su elección no fue aleatoria: se le ocurrió que Emile podía tener el rango suficiente para emular a Ozzy. Una vez más se equivocó: tan pronto escuchó la primera palabra le quedó claro que el chico podía gritar muy bien, mas no cantar. Su voz no era la adecuada para Diamond Head, Black Sabbath o sus composiciones originales. Seguro la habría hecho en grande en una banda glam, pero con ellos no tenía futuro: puso alto a la música y apuntó con su índice a la puerta. Emile, un poco enfadado, quiso argumentar, pero Dave no le dio oportunidad; chasqueó los dedos y de nuevo señaló la salida.

—Púdranse —masculló antes de dar la media vuelta.

Dave desestimó el insulto con un bufido y encendió un cigarrillo. Tras la primera calada se percató de que todos los ojos en el estudio estaban clavados en él.

—¿Qué diablos están viendo? —dijo.

Lee y Greg desviaron la mirada, pero Junior, quien para entonces sentía que podía ser franco con él, habló:

—El chico no cantó ni dos minutos. ¿A cuántos aspirantes más piensas echar de aquí sin escucharlos siquiera?

—¡Oh, vamos! No me vengas con eso… ¿Quieres saber qué es lo que escuché? A todas las jodidas revistas del país diciendo que nuestro cantante chilla como una puerca al filo del sacrificio. Eso es lo que escuché.

—Dave, cuando empezamos esta banda prometiste que grabaríamos pronto. Prometiste un álbum.¡Y míranos! Hemos ensayado las mismas jodidas canciones seis jodidos meses porque no puedes aceptar que…

—No hemos encontrado a la persona adecuada. Eso es todo. Si tuvieran un poco de paciencia…

—¿Después de todo este tiempo crees que no la hemos tenido? El problema e…—

—¿Soy yo? ¿Eso es lo que crees? Bien, si soy el problema, ¿cuál es la jodida solución, muchacho? Venga. ¡Dime!

Junior tomó un respiro. Dave estaba tan irritado que podía estallar en cualquier instante, sin embargo, ya no tenía intención de medir sus palabras.

—¡Hazlo tú! Si nadie puede cantar tus jodidas canciones como lo deseas, ¿por qué no lo haces tú?

Esto tomó a Dave tan desprevenido que trastabilló antes de responder.

—¿Acaso bromeas?

—¡Joder, no! Tú escribiste esta mierda, seguro que puedes cantarla. ¿O acaso el intrépido Dave le tiene miedo al micrófono?

—¡Vete a tomar por el culo, Ellefson! ¡No tienes idea de lo que puedo hacer!

Y lo que Dave hizo fue justo lo que Junior quería: arrastró el cable de su guitarra hasta el pedestal que ocupara Emile y comenzó a tocar. Los otros de inmediato se sumaron, contagiados por su adrenalina, y cuando por fin abrió la boca a todos les quedó claro que la búsqueda había sido fútil: la persona adecuada para el puesto estuvo en la banda todo ese tiempo. Cuando no arrastraba la lengua al hablar, atropellaba las palabras, pero, ¡joder!, su voz era justo lo que esas canciones necesitaban, y si bien por poco se desmaya durante aquel ensayo por no respirar lo suficiente entre versos, los meses y los años le enseñarían a hacerlo perfecto.

Desde ese día y hasta el final de su carrera, Dave Mustaine sería el vocalista de Megadeth.

Jaque, jaque, jaque mate

por Gabriel Burgos 

“Hay que eliminar la hojarasca del tablero”
José Raúl Capablanca

Los alcohólicos en rehabilitación tienen doce pasos a realizar para salir del hoyo, y hoy descubrí que en el caso del TOC es un poco más complicado, no digo que aquellos que van a AA la tengan más fácil, pero al menos ellos sí saben cuántos pasos deben seguir, certeza que no existe con el TOC, el número de pasos para alguien con TOC es siempre un misterio numérico, pues tenemos que:

• Primer paso para superar el TOC: admite que tienes TOC.
• Segundo paso para superar el TOC: admite que tienes TOC.
• Tercer paso para superar el TOC: admite que tienes TOC.

Repite las veces necesarias en caso de que tu TOC requiera un número especial para cumplir con tus tareas diarias, si tienes una secuencia numérica específica usa la siguiente fórmula (X+1= Paso 2)* para tener la certeza de que puedes pasar al siguiente escalón; en caso de que tu TOC no sea numérico pasa directamente al paso 2, a menos claro, que hacerlo sin comprobar el paso 1 te enloquezca de ansiedad, en cuyo caso no aplicaste bien el primer paso.

A estas alturas, sobre todo si leíste la nota al pie de página, seguro te repites a ti mismo, “exageras, realmente tener una rutina no implica que tenga TOC” y podrías tener razón, porque son necesarias para funcionar como seres sociales, de lo contrario, el caos se impondría; estoy seguro que sin el rutinario papeleo del contador, tú no cobras y entonces tienes otro problema además del TOC.

Hace un par de años, después de jugar una partida de ajedrez contra un hombre bastante gentil, éste me preguntó por mi trabajo, a lo cual le respondí que soy profesor de literatura y español, él sonrió y me pidió leerle unos pasajes de un librito que sacó de sabe dios donde, y como no me quitaba nada, lo hice. El párrafo que leí hablaba en general sobre ser responsable de uno mismo y de no herir a otros, algo bastante justo a mi parecer, luego me pidió leer otro poco más, cosa que hice sin problemas; así estuvimos cerca de media hora, yo le leía y él me preguntaba que entendía sobre el texto, y ahora que escribo esto, acabo de recordar que me preguntó ¿qué sientes?, pregunta que se me escapó por completo ese día.

Ajedrez - Imagen pública
Ajedrez – Imagen pública

El gentil hombre se levantó después de escucharme y se sentó sobre la mesa donde jugamos hace unos momentos y me contó como perdió todo por el alcoholismo: familia, dinero, trabajo, amigos, pero que ese librito junto con el apoyo de AA lo sacaron adelante, de eso hace ya ocho años -diez, si sigue sobrio al día que escribo- y yo le sonreí con cortesía porque pensé, seguro necesita contarle su historia a un desconocido que jamás volverá a ver y por lo tanto su juicio importa menos que un peón bloqueado.

Cual sería mi sorpresa cuando él me dijo que, si necesitaba hablar con alguien, siempre podía recordar lo que acabamos de leer y me recitó los 12 pasos de AA, de los cuales el primero es el que se grabó en mi memoria. Sonreí, sorprendido y sin enojo, y antes de despedirse me mostró una ficha de plástico la cual indica el número de años que lleva sobrio, noté cierta amargura más que orgullo cuando lo hizo y entonces se fue y me dejó con mi tablero tal cual habíamos terminado la partida.

Mientras guardaba las piezas me pregunté ¿acaso luzco como un alcohólico? Es cierto que ese día la barba y la ropa informal me daban un aspecto descuidado, pero no creí que fuese para tanto. No imaginaba qué podría haber visto en mí ese hombre y no le di mayor importancia hasta hace un mes, cuando mi TOC me explotó en la cara y tuve que admitir, en los brazos de un buen amigo, que necesitaba ayuda. Nunca había sentido un gancho al hígado hasta que entendí que el gentil hombre se reconoció en mí, un tipo en medio de una red de mate incapaz de ver que ya era hora de rendir al rey, estrechar la mano del oponente e iniciar una nueva partida.

_______________________________                                                                                            *Si estás leyendo esto, amigo, tienes TOC, la fórmula sólo fue un anzuelo para probar mi punto y de paso sonreír al imaginar tu cara.

Float On

por E. J. Valdés

En mayo de 2012, Modest Mouse se presentó en Cholula, Puebla, como parte de la primera y última edición del Festival 72810. En punto de las ocho de la noche el grueso de los asistentes se aglomeró frente al escenario oeste para esperar a la banda, que salió puntual y abrió su repertorio con “Dashboard”. Hacia la mitad de su intervención tocaron “Float On”. Los primeros acordes de la guitarra arrancaron al público un grito jubiloso, y aquellos que no saltaron bailaron, y quienes no bailaron cuando menos cabecearon. Nadie pudo quedarse quieto, y alrededor de ochocientas voces hicieron eco al coro, extáticas. Entonces, al concluir la canción, ocurrió lo inesperado: la gente comenzó a retirarse. La banda no se detuvo —continuó casi de inmediato con “Bukowski”— pero el público se esfumó, veloz, en pos del escenario este, en donde, cuarenta minutos más tarde, se presentaría Public Enemy (¿quién en su sano juicio deja un concierto de Modest Mouse para esperar a Public Enemy?). A nadie pasó desapercibida la mirada que intercambiaron Isaac Brock y Tom Peloso, extrañados de que dos terceras partes de su audiencia dieran la media vuelta para alejarse. Peor aún: durante el resto de las canciones el público se redujo más y más, y hacia el final de su acto tocaban —no miento— para un máximo de cien personas. Brock lucía molesto, y en cuanto terminaron dejó su guitarra y salió del escenario sin decir una palabra, de modo que fue Peloso quien tuvo que despedirse y agradecer a los pocos que tuvieron el genuino interés de escucharlos.

Horas más tarde, cuando el staff ya había empacado sus cosas, la banda solicitó reunirse con los organizadores del festival, y aunque no fueron los únicos que se quejaron de la baja asistencia, sí fueron los que más se hicieron escuchar (a ello contribuyó la personalidad explosiva de Brock).

Modest Mouse
Modest Mouse

El Festival 72810 se extinguió aquella misma noche, pero para Modest Mouse apenas comenzaba la gira por Latinoamérica. Su siguiente parada fue en San José, Costa Rica, y aunque en esa ocasión no formaron parte de un cartel colectivo, Brock aún no superaba lo acontecido en México y estaba malhumorado e insoportable. Cuando salieron a tocar arrancaron de nuevo con “Dashboard”, como indicaba la lista de canciones, sin embargo, tras interpretar otro par de éxitos, Brock se acercó a Jeremiah Green y le pidió que diera la entrada para “Float On”. Esto extrañó al baterista, pues aún debían repasar otra decena de temas antes, pero el vocal, irritado, les gritó a él y al resto de la banda que cerraran la boca e hicieran como les mandaba. No muy convencido, Green contó con sus baquetas, dio unos golpes a los tambores y Brock se incorporó con los primeros acordes de la canción. El público aulló y los siguientes tres minutos y medio fueron una auténtica locura. Al concluir el último coro una ovación inundó el lugar. La banda prosiguió con “Ocean Breathes Salty”, pero hacia la mitad se percataron de que, tal como ocurriera en México, algunas personas ya se marchaban. De nuevo Brock intercambió una mirada con Peloso; poco a poco los asientos se vaciaban y les restaban, cuando menos, otros cincuenta minutos en el escenario. Los completaron, pero fue evidente que terminaron el concierto con mucha menos gente de la que iniciaron y que Brock no estaba para nada contento con ello. En el camerino, abrió una cerveza que arrojó contra la pared tras sólo un par de tragos. Nadie se atrevió a dirigirle la palabra el resto de la noche.

Volaron a Bogotá. Allí, Brock instigó al desorden cuando ordenó tocar “Float On” entre las primeras canciones de la noche una vez más. Dados los últimos acontecimientos, la banda no estuvo muy de acuerdo pero la voluntad del vocal terminó por imponerse; menos de quince minutos después de comenzar el concierto enfrentaron el mismo escenario de las dos presentaciones previas. Al menos la mitad de los asistentes se marchó, y por supuesto que Brock no se guardó la rabieta. Viajaron después a Lima y Peloso hizo cuanto pudo para convencerlo de que reservaran “Float On” para el final de la velada, moción que el resto de los músicos apoyó. Sus palabras, sin embargo, cayeron en oídos sordos y, para horror de todos, aquella noche Brock quiso tocar “Float On” tan pronto pusieron pie en el escenario. El público se regocijó, por supuesto, pero eso no previno el silencioso éxodo hacia afuera del auditorio minutos después.

Para la banda aquello fue demasiado. Después del concierto encararon a Brock cual tripulación amotinada ante el capitán pero al final de la noche prevaleció su cabeza dura: así terminaran cada presentación ante un montón de asientos vacíos, “Float On” se quedaba al inicio del repertorio. La subsecuente discusión fue larga, acalorada y fútil.

Llegaron a Santiago con la moral hecha polvo. Nadie deseaba hablar con Brock y él, a su vez, no tenía interés en dirigirle la palabra a los demás. Pasaron el día cada quién por su cuenta y durante la prueba de sonido, un par de horas antes del concierto, el aire se respiraba tenso. Hacia la hora del evento, el teatro estaba lleno. Peloso asomó por entre las cortinas y no pudo sino lamentar el hecho de que en cuestión de minutos muchas de esas butacas se desocuparían. Brock no dijo una palabra. Poco después de las nueve salieron al escenario y un estruendoso aplauso los recibió, mismo que cobró intensidad cuando los acordes de “Float On” resonaron por los altavoces. Gritos, aullidos y silbidos los recompensaron, y aunque la lista de canciones indicaba que “Dashboard” era la siguiente, Brock los detuvo a todos antes de que comenzaran con ella.

—“Float On” —ordenó.

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Los músicos se miraron entre sí. ¿Habían escuchado todos lo mismo? ¿De verdad les estaba pidiendo que tocaran “Float On” otra vez?

Peloso se acercó a preguntarle si acaso bromeaba, mas no tardó en convencerse de que no era así: sin consultar a nadie, Brock tocó los acordes de “Float On” y a los demás no les quedó sino sumarse. La confusión también corrió entre el público pero pronto se disipó entre una marejada de éxtasis, pues aquella segunda interpretación fue mucho mejor recibida que la primera. Todos bailaron con mayor ímpetu, saltaron más alto y cantaron más fuerte. Sobre el escenario, nadie salvo Brock daba crédito a ello. El ánimo de la banda mejoró y creció de manera exponencial junto con la euforia del público conforme tocaron “Float On” una tercera, cuarta y quinta ocasión. Para todos fue una noche como ninguna otra: interpretaron el mismo tema durante una hora y media frente a un teatro cada vez más emocionado. Nadie se quejó, nadie se aburrió y nadie dejó su lugar. Incluso, cuando Brock y los demás salieron del escenario la gente pedía a gritos que tocaran “Float On” una vez más, y eso fue justo lo que hicieron.

El inusual concierto de Modest Mouse fue muy comentado en los medios: ninguna banda antes que ellos había enloquecido a dos mil personas con casi cien minutos de la misma canción. En opinión de algunos comentaristas, aquello había sentado un precedente importante para actos considerados one-hit wonders, aunque a decir de otros se trató de un acto deplorable y estrafalario, de una burla a la industria y a quienes pagaron un boleto por entrar a escucharlos. Como fuera, la expectativa por las siguientes fechas de la gira, todas ellas en Brasil y Argentina, fue tal que las entradas restantes se agotaron y el precio de reventa se disparó. Modest Mouse, sin embargo, no repitió la hazaña: “Float On” se interpretó una sola vez por noche para beneplácito de quienes deseaban escuchar todo su repertorio y horror de quienes no. Lo cierto fue que nadie en el público dejó su lugar, y los lamentables escenarios de México, Costa Rica, Lima y Perú no se repitieron. Para los chicos fue como si una maldición se hubiese roto.

Las cosas a veces resultan bien.

Anécdotas

por César Huerta

Tengo en la mente, ya como si fuese una tela bastante delgada y transparente, el recuerdo de Don Pablito.

Hace unos días, fui a cortarme el cabello a la peluquería de siempre. Juanita, la peluquera, estaba tiñéndole el cabello a una señora de, calculo, unos 50 años de edad. Cuando Juanita terminó de embarrar el tinte por todo el cabello, la señora se levantó y fue a sentarse al otro lado del local, a esperar que el efecto de la pintura coloreara sus raíces. Era mi turno. Todo esto pasaba cuando llegó una amiga de la peluquera, y entre estas se hizo la conversación. Yo, aunque metido en mis pensamientos, sintiendo la máquina cortar mi cabello, escuché un nombre familiar: era más una anécdota que una inquietud, pero no pude evitar recordar.

La anécdota giraba en torno a la muerte de Don Pablito y cómo había sido su funeral: la hija de la amiga necesitaba ver el cuerpo para asegurarse de si quien yacía en el ataúd era el conserje al que conocía, pero la madre dudaba (porque creía que un cuerpo sin vida era un golpe demasiado fuerte para una niña). Al final, accedió y la llevó a ver el cuerpo; la hija lo reconoció. No dijo nada. Entonces, se hizo el silencio. No supe si fue el final de la anécdota.

 

 

Recuerdo, vagamente -porque de eso ya hace, más o menos, entre 8 y 12 años- que Don Pablito era uno de los conserjes de la primaria a la que asistía. Siempre fue un hombre mayor y muy delgado, o al menos eso parecía. Todos los días iba vestido igual (aunque a veces no nos diéramos cuenta): con una gorra pichi de color verde bandera, una camisa blanca que le quedaba grande, fajada en un pantalón de pana color café que le quedaba corto y que se sostenía a su cuerpo por un cinturón negro. A todos los niños nos trataba muy bien; era alguien dedicado a su trabajo, aun cuando este sólo fuera recoger basura o asear los sanitarios. También te dejaba pasar a la escuela por el zaguán que estaba en la parte de atrás cuando se te hacia tarde. A mí me dejó pasar dos veces.

Siempre me pareció una buena persona, a pesar de haberlo tratado muy poco. Lo vi durante seis años, y lo curioso es que el único día en el que no lo vi en la escuela (aparte de los fines de semana o días festivos), fue en el día de la graduación de mi generación. Jamás lo volví a ver. Don Pablito se convirtió en una sombra, un fantasma y, con más razón, ahora que me entero de que murió.

Desde la anécdota que trajo del pasado a Don Pablito, no pude evitar pensar en él, inerme, dentro del ataúd, con su gorra, su camisa y su pantalón que lo hacían inconfundible entre todos los niños y niñas de la primaria. La muerte, decía Ingrid Solana, es una manera de asimilar la igualdad: “Estamos cerca de los otros y ¿cuántas veces nos miramos?”. Estuve cerca de Don Pablito cerca de seis años; ¿cuántas veces lo miré?, ¿cuántas veces sólo le saludaba porque sí y no me daba cuenta de que podía haber vestido diferente ese día?

Roland Barthes escribió que “el fantasma (…) es una pequeña novela de bolsillo que uno lleva siempre consigo y que puede abrir en cualquier parte sin que nadie vea nada, en un tren, en un café, esperando una cita”, y, así como el recuerdo de Don Pablito puede ser un fantasma o una novela de bolsillo que duró seis años, con encuentros apenas remarcables, una anécdota puede ser una bofetada para la memoria, puede ser la aparición de un fantasma o anamnesis que te remite, con la intensidad que sólo tiene recordar el pasado, a una historia olvidada.

Tengo su imagen desgastada en la memoria. Es una fotografía, como la que inventó Morel en la isla ficticia que pensó Bioy Casares, en movimiento; pero ésta es borrosa, con colores tenues y mezclados, que recuperé al instante en el que escuché “Don Pablito murió”. Todo gracias a una anécdota, que también sirvió como resortera y me devolvió a los años en la primaria: me lanzó contra el recuerdo; me estrelló contra la imagen de Don Pablito en el ataúd, un ataúd que no existe, porque jamás lo vi, pero que sé, guarda, a lo lejos, la esencia del Don Pablito que abría las puertas de la escuela cuando se me hacía tarde.

El recuerdo también se basa en anécdotas, y las personas que viven en ellas nunca serán olvidadas si es que, como Don Pablito, logran convertirse en fantasmas y se guardan sin un final. Así como el inicio del recuerdo, la anécdota y la muerte son, como escribió José Luis Dávila, un final esencialista.

Celebraciones y festejos.

por Pablo Montiel

El último día, fin del viaje. Todos siguen dormidos, poco queda de los ánimos nocturnos, sí es que aún queda algo. Pero no, las cosas no suelen permanecer.

Yo estoy en un baño donde apenas hay espacio para alguien. Paredes rosas y frías, momentáneo dolor estomacal. No tengo sueño ni estoy cansado. Anoche no bebí tanto, me distraje hablando con Valeria.

La decadencia misma de esta clase de fiestas reside en el cinismo. Aquí todo vale, fumar o beber lo que sea es lo que se acostumbra, no importa quién tengas enfrente. María René, al inicio de este viaje, vio un porro por primera vez; pienso que es algo positivo, quizá no a primera vista, sin embargo, lo es.

Recuerdo bien la tarde vacía del viernes. Nosotros habíamos llegado alrededor de la una y media, los demás ya estaban ahí. Pasamos por cervezas antes. El calor en Atlixco es más insoportable que de costumbre. Cuando coloqué el six pack de Dos Equis Ambar sobre la mesa de la cocina, lo sentí, el golpe de la marihuana era inminente.

En el camino, Tony nos había contado que compró brownies con marihuana a un tipo de su facultad. Tan sólo unos segundos después sacó de su mochila dicho producto, Max estiró la mano, “está bueno”, dijo después de la primera mordida. La curiosidad me ganó una vez más, tomé un pedazo pequeño de brownie y me lo llevé a la boca, “sabe mucho a pasto, pero está rico”, me rasqué la cabeza.

Los efectos del brownie tardaron un poco en llegar, pero cuando lo hicieron, también tardaron en irse. Todo a mi alrededor se movía a la velocidad normal, pero yo no, yo era muy lento ahora. Supongo que uno de los errores más remarcables fue haber tomado cerveza al llegar a la casa. En un parpadeo me encontré sentado en la piedra pintada de azul que se encontraba a un lado de los camastros que adornaban el jardín, pero algo faltaba. Un fragmento del tiempo había sido suprimido.

Después de algunas horas bebiendo vasos de agua fría, el brownie dejó de hacer efecto. Sin embargo, la intoxicación del cuerpo debía continuar. Abrí una botella de Jack Daniel’s y comencé a beber whiskey en las rocas. Con el vaso en la mano derecha, tomé con la mano izquierda mi celular y le llamé a Valeria. No tengo recuerdos concretos de aquellas conversaciones telefónicas, sólo pedazos de historias sin inicio ni final.

Al abrir los ojos en la cama, el miedo me invadió ya que no hallaba mi teléfono, aún me encontraba un tanto ebrio y no podía moverme muy bien, sin embargo, después de unos segundos lo vi debajo de las sábanas; la tranquilidad regresó. El reloj de la pantalla indicaba que eran las seis de la mañana, hora de ir a trotar, me puse los tenis, un short y salí al jardín.

Había una bonita mesa blanca con sillas en medio del área verde. En ella tres personas estaban sentadas platicando; Erick, Itzel y Majo. “Vamos a trotar un rato”, hice un ademán con la mano invitándolos a acompañarme. Sólo recibí burlas, nadie hizo caso a mi sugerencia, ni yo mismo; en realidad me senté a conversar con ellos. Tanto Erick como Itzel seguían borrachos, aquella fue una conversación agradable.

Itzel se fue en busca de su celular y Erick a dormir, quedamos Majo y yo. La plática no fue muy agradable, ella sólo contestaba de forma cortante cosas que no resultaban interesante en lo más mínimo para mí, sin embargo no tenía sueño y los demás seguían dormidos así que permanecí sentado ‘conversando’ con ella.

Los rayos de luz comenzaron a bañarnos desde que Erick se fue a la cama. Pero el día llegó con el despertar de los demás. Cuando todos nos encontrábamos reunidos decidimos ir por memelas a unas cuantas calles de la casa. Unos instantes más tarde nos encontrábamos en plena comunión: la quesadilla es la hostia y el boing de mango el vino. ¡Oh, anhelados alimentos, no sólo de whiskey vive el hombre!

Al regreso compramos unas cuantas cervezas, el calor se volvía asfixiante. Erick abrió la lata de Victoria con una mano, dio un sorbo y me la pasó. Cuando nos encontramos de nuevo en la casa, todos regresaron a dormir. Yo permanecí sentado con un vaso de Jack en la mano y, al parecer, transcurrieron varias horas.

De pronto, Erick, Tony y Any salieron de la casa para llevar a esta última de regreso a Puebla. La estancia se había vuelto un tanto aburrida debido a la falta de energía por parte de los demás, el aire se sentía pesado y el tiempo parecía no transcurrir. Decidí ir con ellos, me monté en el asiento de copiloto de Erick y arrancamos.

-Está muy tranquilo este pedo ¿no? -señalé el camino y volteé a ver a Erick. Asintió con la cabeza, pisó el acelerador y subió el volumen del estéreo. El camino a casa de Any fue un tanto largo. Me hizo pensar en qué tan lejos me encontraba yo de parecerme a mis amigos, igual los quiero.

Finalmente, después de muchas curvas, llegamos al fraccionamiento donde vivía Any. No recuerdo el nombre ni cómo llegar, dudo regresar alguna vez. Ella bajó del coche seguida por Tony quien la acompañó a su puerta. Erick y yo permanecimos en el vehículo pensando sobre lo que debíamos comprar antes de regresar a Atlixco.

Con Tony en la parte trasera del auto, Erick pisó el acelerador y llegamos rapidamente a Cotsco. Habíamos discutido anteriormente con los que estaban vivos en Atlixco que quizá sería buena idea comprar unas pizzas de dicho lugar, ya que habíamos fumado un poco de marihuana por la mañana y en unas horas tendríamos mucha hambre.

Lo hicimos. Al llegar a Cotsco fuimos al área de comida rápida y pedimos tres pizzas con la membresía de Max. Me sorprendió la falta de atención del cajero que le cobró a Erick, ya que no hay persona más diferente a Max que Erick. Supongo que simplemente le dio lo mismo y sólo nos cobró. Eso suele pasar, la falta de interés es casi un valor social.

Esperamos las pizzas en el estacionamiento del lugar, me sentía alienado por mi extravagante vestimenta, parecía un turista gringo pero estaba cómodo. Mientras estaba lista la comida hablamos de chicas y otros temas trascendentes.

Una vez que estuvimos de regreso en Atlixco comenzó la intoxicación del cuerpo propia de la situación. El whiskey corría por la mesa, vaso tras vaso. Todos comimos, no, corrección, devoramos las pizzas. Después de unas cuantas bromas, comenzaron los juegos de mesa alcoholizados. Me separé un momento del grupo. Aquella noche terminó con la llamada a Valeria.

Por la mañana todo se veía devastado, momentos perdidos regados en el piso. Decadencia, pero, había felicidad y cierta satisfacción en el aire. Me parece que eso anterior es lo único realmente relevante de todo el viaje, la felicidad y pasarla bien.

Mente de principiante

por Amalia Matas Heredia

A la mente del principiante se le presentan posibilidades. A la del experto, pocas.

Qué se quiere decir con eso. La mente principiante, por así decirlo, está siempre abierta a conocer, a mejorar y aprender día tras día. No le importa si esa lección ya la sabe o no.

La mente del experto muchas veces está cerrada a aprender, a conocer, hasta incluso a escuchar sin saber lo que le van a decir o enseñar. Y ese es el gran error y problema.

Como digo siempre, actuar como si no supieras nada, con la inocencia de un niño, como la primera vez en todo. Eso a mí me hace aprender y, sobre todo, mi vida la hace más intensa y productiva.

Creo que a lo largo del tiempo la repetición diaria hace que perdamos el sentido de lo esencial. El sentido a lo que hacemos. Como si eso que hacemos fuera de nuestra obligación hacerlo siempre bien, sin el margen de fallar. Como si de robots nos tratásemos. Entonces, ya no actuamos como mentes principiantes y adoptamos la postura de mentes expertas. Y así nos va…

Lo importante es tener la mente vacia (no nos juzguemos más), es mejor tenerla vacia que tenerla cerrada. Cuando la mente está vacia, se encuentra siempre dispuesta a cualquier cosa, abierta a todo.

Cuando uno discrimina demasiado, se limita. Cuando se es demasiado exigente, o demasiado ambicioso, la mente no es rica ni autosuficiente. Cuando la mente original deja de ser autosuficiente, se pierden todos los preceptos. Cuando la mente se torna exigente, cuando se anhela algo, se termina por hacer todo aquello que al final no quieres hacer…

En la mente de principiante no surge el pensamiento: “he alcanzado algo, necesito alcanzarlo, si no consigo esto, fracasaré, etc”.

La mente del principiante es compasiva. Y cuando la mente es compasiva, es infinita.

Y por eso, sencillamente, lo más difícil de todo es mantener siempre la mente de principiante.

…Creer, Crear, Crecer…

Nadie

por Robert Walser
Traducción de E. J. Valdés

Érase una vez alguien llamado Nadie. Era miembro de una cofradía de ladrones, tenía una alegre predisposición para ordenar los asuntos financieros de los demás y al momento de robar era un maestro infalible. Podría decirse que entendía el robo de raíz y que su ocupación favorita era la limpieza. Su principal virtud era en una inusual predilección por visitar a los ricos a media noche. Él sentía un peculiar interés por aquellos que forcejeaban con el tamaño de sus ingresos. Su más constante preocupación era aliviarlos de la tremenda carga, de modo que a través de sus prácticas aminoraba sus molestias, les quitaba un peso de encima y disminuía su sufrimiento. La distribución equitativa era su ideal. Había un tal señor Lovengood a quien Nadie hizo una amable y muy exitosa visita. Con ella menguó sus problemas y le ayudó a respirar más tranquilo. Pero el señor Lovengood no sabía apreciar una broma como ésa; él conocía la identidad del ladrón y acudió de inmediato a la jefatura de policía para reportarlo. “Anoche”, dijo, “entraron a mi casa. Fue Nadie. Lo sé”. “Bien”, le contestaron, “si nadie lo hizo no podemos ayudarle. ¿Por qué acudió a nosotros si nadie entró a su casa?”. El señor Lovengood, presa de un considerable alivio tras ser despojado de toda suerte de preocupaciones financieras, tuvo que retraerse. “Nadie estuvo en mi casa. Nadie me robó, estoy seguro de ello”, repitió una y otra vez, pero nada consiguió con todo ese parloteo. Puesto que él mismo dijo que nadie le había robado, así debía ser, por ende todo estaba en orden. El señor Lovengood quedó bastante indignado, aunque cuando menos debía sentirse satisfecho. El ladrón disimuló sus carcajadas tras la manga, no obstante, en una ocasión lo aprehendieron, por así decirlo, y lo encerraron. Entonces su risa se desvaneció.

(1917)

Robert Walser - Imagen pública
Robert Walser – Imagen pública