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Nadie

por Robert Walser
Traducción de E. J. Valdés

Érase una vez alguien llamado Nadie. Era miembro de una cofradía de ladrones, tenía una alegre predisposición para ordenar los asuntos financieros de los demás y al momento de robar era un maestro infalible. Podría decirse que entendía el robo de raíz y que su ocupación favorita era la limpieza. Su principal virtud era en una inusual predilección por visitar a los ricos a media noche. Él sentía un peculiar interés por aquellos que forcejeaban con el tamaño de sus ingresos. Su más constante preocupación era aliviarlos de la tremenda carga, de modo que a través de sus prácticas aminoraba sus molestias, les quitaba un peso de encima y disminuía su sufrimiento. La distribución equitativa era su ideal. Había un tal señor Lovengood a quien Nadie hizo una amable y muy exitosa visita. Con ella menguó sus problemas y le ayudó a respirar más tranquilo. Pero el señor Lovengood no sabía apreciar una broma como ésa; él conocía la identidad del ladrón y acudió de inmediato a la jefatura de policía para reportarlo. “Anoche”, dijo, “entraron a mi casa. Fue Nadie. Lo sé”. “Bien”, le contestaron, “si nadie lo hizo no podemos ayudarle. ¿Por qué acudió a nosotros si nadie entró a su casa?”. El señor Lovengood, presa de un considerable alivio tras ser despojado de toda suerte de preocupaciones financieras, tuvo que retraerse. “Nadie estuvo en mi casa. Nadie me robó, estoy seguro de ello”, repitió una y otra vez, pero nada consiguió con todo ese parloteo. Puesto que él mismo dijo que nadie le había robado, así debía ser, por ende todo estaba en orden. El señor Lovengood quedó bastante indignado, aunque cuando menos debía sentirse satisfecho. El ladrón disimuló sus carcajadas tras la manga, no obstante, en una ocasión lo aprehendieron, por así decirlo, y lo encerraron. Entonces su risa se desvaneció.

(1917)

Robert Walser - Imagen pública
Robert Walser – Imagen pública

Cuestionamientos sobre la imagen

Por Jennifer Vivar Palmer

Dime
¿Has explorado algunos lugares del mundo?
¿Cómo lo sabes si no experimentaste un recorrido?

 
Dime
¿Has investigado sobre maravillas naturales?
¿Cómo lo sabes si no miraste atentamente?

 
Dime
¿Has visto el agua caer antes de llegar al suelo?
¿Cómo lo sabes si jamás viste su llanto?

 
Dime
¿Has visto una puesta de sol?

Dime
¿Sabes cómo es admirar una imagen?

¡Pues adelante y luego dime!
Quizás así cesen las preguntas.

Duendes

por Walter Aquino

—F: ¿Ya te has despertado con el temor de haberte orinado en la cama?
—R: No.
—F: Tampoco podes dormir, verdad.
—R: No, me duele horriblemente la cabeza.
—F: Creí que me había orinado y me desperté, luego me pasó algo muy extraño.
—R: Ajam…
—F: Tenía miedo de levantarme de la cama e ir al baño, porque pensaba que algún duende podía estar escondido bajo la cama o andar por allí en la oscuridad.
—R: No jodas Fabriccio, deja de chingar mejor.
—F: Sí, no sé por qué pienso tantas pendejadas, voy a ir al baño.
—R: Mira si me conseguís de un solo una pastilla.
—F: Vaya, solo de esta tengo, Panadol.
—R: Pasáme mi botella con agua, si no te da miedo que algún duende te salga de mi bolsón.
—F: Jajaja… vaya, aquí esta.
—R: Qué sed… tene, gracias.
—F: No dejo de pensar en que me quedé afuera esta noche sin avisar a nadie en mi casa, mis papás siempre se preocupan demasiado. Mi mamá sobretodo, siempre sueña que me han matado o que me he caído en un barranco. Soy un desconsiderado, ¿vos que pensas?
—R: No quiero pensar en nada
—F: Desde la vez que me caí de ebrio en la entrada de mi colonia y llegue todo empapado ha quedado traumada.
—R: ¡Ya calláte!
—F: Está bien, está bien, pero no me pegues.
—R: Más que ya me hiciste pensar. Que mierda con vos que no podes simplemente disfrutar un momento.
—F: ¿En que te hice pensar?
—R: Vos crees que sos al único que joden por lo que hace. No tengo dinero para seguir pintando, nunca termino la tesis y mi papá todos los días me puya para que consiga trabajo.
—F: Sí, estamos hechos mierda.
-R: Demasiado.
—F: Sólo causamos problemas. Quisiera agarrar mis cosas e irme a la mierda, obviamente llevarte conmigo y arreglárnoslas para sobrevivir en otra parte.
—R: Si no logramos hacer nada aquí, menos lo vamos hacer en otra parte.
—F: Necesitamos empleo para dejar de depender de nuestras familias.
—R: Ujumm… para abandonarlo en unas semanas y volver a lo mismo.
—F: Tenemos que hacerle huevos, ya estamos viejos y el arte no nos va a dar de hartar.
—R: ¡Ya, por la gran puta, vos sí que hablas!
—F: Es lo que pasa cuando fumamos weed. Me pongo a pensar sólo en los problemas y me deprimo demasiado.
—R: Te gusta conmiserarte, es todo.
—F: Es que no estamos avanzando en nada.
—R: ¡¿Y para que putas andas conmigo pues?!
—F: Sinceramente, siento que con vos puedo hablar, no en este momento, claro, pero la mayoría del tiempo, podemos hablar de las cosas sencillas y siempre nos pienso ya viejos, quizás en nuestra propia cama y no en la de un motel, como esta, platicando, cosas como que ya vino el recibo de la luz o de que uno a veces pierde el pensamiento racional y cree en fuerzas o energías…
—R: En duendes…
—F: Jejeje… si, cosas como esas… ¿Qué estás haciendo?
—R: Ando buscando la pipa, la había dejado debajo de la almohada.
—F: ¿ Y de plano queres fumar ahorita?
—R: ¡Puta! ahora que ya me despertaste y no me dejas dormir…
—F: Vaya, voy a tratar de dormirme pues.
—R: Ya la encontré
(Un rato despues)
—R: Fabri…
—F: ¿Qué?
—R: Despertate
—F: Ya me estaba durmiendo, ¿Qué pasa?
—R: Acaríciame.
—F: No, ahorita no tengo nada de ganas, ya lo hicimos tres veces.
—R: Yo quiero.
—F: A la put… vaya pues, si logras que se pare esta mierda.
—R: ¡aaaahh! ¡aaaahh!
—F: ¡aaaahh! ¡aaaahh!
—F: No se me para bien, estoy muy intoxicado, con los dedos te voy hacer.
—R: ¡Mas rápido, haceme acabar!
—F: ¿Ya?
—R: Si, ya, ya, está bien.
—F: ¿Y ahora que te pasa?
—R: Que a veces siento que ya no queres hacerlo conmigo.
—F: Vos no jodas, ya lo hicimos tres veces, casi cuatro.
—R: Sí, pero no me refiero a eso.
—F: Es que a veces pienso en demasiadas cosas y no logro concentrarme.
—R: ¡Puta! ya deja de torturarte.
—F: Es que, es que, pienso en todo, en mi familia, en la U, en nosotros. Y si no me atribulan mis propios pensamientos, lo hacen mis acciones, la gente, los sonidos de los autos en la calle por la madrugada, los cerros, los recuerdos de mi infancia, los pocos que conservo, la vejez de mis parientes y el éxito desde la óptica de la sociedad. Y te juro que quisiera que nada de eso me importara.
—R: Son muchas cosas que pensar, yo quisiera ayudarte, pero calmáte, deja de llorar, no llores, que haces que me sienta peor de lo que ya me siento.
—F: Sí, sí, está bien. Quizás vos logras dominar o disimular mejor tus emociones, siempre he admirado eso de vos.
—R: Es que yo trato de concentrarme en el momento y vos analizas todo demasiado.
—F: Jajaja… te quedó grabada esa frase, verdad.
—R: Sí, y ahora más que nunca entiendo por qué te la dijeron.
—F: Hasta escribí algo sobre eso.
—R: Ya lo leí.
—F: ¿Qué te pareció?
—R: ¿Queres que te lo lea ahorita?
—F: Por favor.
—R: Pasáme el cel pues, pero despues tratemos de dormir.
—F: Vaya:

Primera cita
Primera cita

Fue un sábado en la tarde frente al reloj de Metrocentro. Llevaba semanas tan solo viendo desde lejos a Anai, sin atreverme a hablarle. En especial cuando hablaba de derecho mercantil. Hasta que hacia unos días que por facebook le había enviado una solicitud de amistad y comenzamos a platicar. Era gracioso, sólo saludarnos en el aula y luego pasar horas hablando en el trabajo y por las noches, siempre por facebook.

Ese día saldríamos juntos por primera vez, maldición. Íbamos a ir a un restaurante de comida vegetariana, comida vegana, todavía me da risa al recordarlo.

Allí llegaba ella, con un vestido verde y unos botines cafés, sus cabellos sueltos y montados sus lentes, que dijo se los habían recetado desde los seis años. Unas piernas geniales, de esas por las que sólo algunos amantes deliramos.

Platicar con ella en persona fue un fracaso. Comencé con mi discursito de que toda conducta masculina de amistad hacia las mujeres responde a un estimulo sexual (troleándome yo solo). Luego con los temas del prestigio, el estatus y el individualismo como horizontes deseables en la sociedad contemporánea. Lo estaba estropeando todo y no me importaba.

Luego, se me ocurrió casi arrastrarla a tomarse un café conmigo. No recuerdo muy bien qué discursito me eche en el Míster Donut, pero creo que seguía hablando de las intenciones ocultas de todo el que se acerca a hablarle a uno, y no es que precisamente sean malas intenciones, sino que dos personas se conocen y al principio todos somos superficiales. No nos anunciamos tal y como somos, ni revelamos todo lo que anhelamos. Y entonces me soltó esta frase: “Tu problema es que lo analizas demasiado todo”. Al principio la frase me callo como una amenaza que se recibe con gran terror. Me quede tartamudeando. Y luego me quede callado.

Con el tiempo llegue a comprender que aquella joven mujer, de anteojos y cabellos sueltos, definió en pocas palabras precisamente quien soy, una persona que piensa demasiado, hasta la tortura y la depresión que suscita el pensarlo todo al mismo tiempo.

Abordamos una ruta que se dirigía a Soyapango, yo iba a bajarme en el centro, no había un asiento solo por completo, ella se sentó adelante junto a un anciano y yo detrás de ella junto a una señora, casi no habíamos cruzado palabra desde aquel comentario. Solo yo había tomado café, porque ella tampoco tomaba café. Supongo que son cosas que no importan tanto por facebook. Pero aunque fuese una chica vegana que no toma café y compartiera los valores de la sociedad psicópata, a mi me gustaba, me gustaban sus piernas largas y bronceadas, su discurso de estudiante de derecho, esos cabellos sueltos sobre su espalda y hasta el bozo sobre su boca delgada. Detrás de ella, en el bus, pensaba en hacer la última ridiculez. Saqué mi libreta y escribí en la esquina de una pagina “ha sido genial, comprendo si no me queres volver a salir conmigo” (la frase perfecta para terminar de arruinarlo todo), arranqué el papelito y se lo puse en las manos justo un poco antes de mi parada, vi que lo leyera y comencé a caminar hacia la salida. Cuando volví a verla, me miró con una cara de completo extrañamiento. Me baje del autobús y lamente todo lo que había hecho.

Me dejé de acercar a la U por algún tiempo, que se hicieron dos semanas, tres semanas, hasta que deje de ir por completo a estudiar. Un poco por vergüenza de encontrármela de nuevo. Un poco porque sólo iba a la Universidad para poder verla a ella.

He reconocido por estas y otras experiencias que soy incompatible con la realidad en la que vivo, y esta es la menor de las muestras de lo profundamente inadaptado que soy, porque después de esto, hice y sigo haciendo todo lo posible por ser un fracasado. Simplemente gente como yo no debió haber nacido.

El hombre

de Robert Walser
traducción por E.J. Valdés

Este texto es propiedad del Robert Walser Center, en Berna, y de la editorial Suhrkamp Verlag. Se reproduce sin más intención que difundir la obra de Walser entre los lectores de habla hispana.

En una ocasión me senté en un restaurante de la Viehmarktplatz. A veces caballeros sofisticados se sientan allí, pero no deseo hablar sobre caballeros sofisticados. Los caballeros sofisticados no son muy interesantes. Buscan ser entretenidos sin que ellos mismos lo sean. En la esquina estaba sentado un hombre de mirada abierta, amable y jovial. Sus ojos parecían yacer en una insondable distancia, en lugares ajenos a la Tierra. De inmediato empezó a tocar una suerte de flauta, y todos los presentes en el fino restaurante dirigieron la mirada hacia él y escucharon su música. El hombre permaneció allí sentado, sus alegres ojos como los de un niño grande, robusto y bien humorado. Una vez concluyó el concierto de flauta, siguió con un clarinete, el cual tocó con el mismo virtuosismo. Tocaba melodías muy sencillas pero de manera excelente. Después de eso, cantó como un gallo, ladró como un perro, maulló como un gato y mugió como una vaca. Era obvio que se deleitaba en los varios sonidos que realizaba a la perfección, pero lo mejor estaba por venir, pues entonces sacó una rata de una cesta que mantenía bajo la mesa y la mimó cual si fuera un buen niño. Dio a la rata a beber un poco de su cerveza, clara evidencia de que las ratas gustosas beben cerveza. Además de esto, colocó al animal, por el cual las personas sensatas sienten un disgusto definitivo, en el bolsillo de su abrigo y, para terminar, lo besó en el puntiagudo hocico mientras reía, feliz. Sin lugar a dudas era extraño este hombre de ojos claros y relucientes, mirada pensativa y perdida. Era amante de la música y amigo de los animales. Muy extraño era. Me causó una profunda y duradera impresión. Y no sólo eso: hablaba un magnífico francés.

[1914]

Desventura norteña

por Eduardo Villaraldo

Treviño y Zapata echaban volados con Garza y Tovar para decidir quiénes se quedarían de guardia durante el partido de los Tigres contra el Monterrey cuando una voz salió del radio de la oficina. El secretario del Fiscal les avisó que habían reportado un bulto tirado en la avenida Constitución. Ante la afluencia de la carretera y la importancia del día (sábado: día de futbol, día del clásico regio, inauguración de la temporada de béisbol), el fiscal ordenó, mandó a decir que los cuatro comandantes se hicieran cargo del asunto y que dejaran a dos de sus hombres de más confianza al frente de la comisaria.

Treviño y Zapata decidieron dejar al Macho Prieto y a la Muñeca, al frente. Y mientras Tovar fue a mear, Garza (que se había criado en Culiacán) le dijo al Guatemala que fuera por los muebles. El Guatemala era de Chiapas y tenía una semana de haber entrado a la policía ministerial y tres de haber llegado a Nuevo León. Nunca antes había traído una pistola al cinto y por esa razón sólo lo ocupaban para mandarlo a comprar café al Oxxo y disolver en él cápsulas verdes. El Guatemala no entendió a qué se refirió Garza y le llevó dos cajones de un escritorio que se había podrido y en los que almacenaban retratos de narcotraficantes. Garza se cagó de risa cuando vio al Guatemala cargar las maderas. «No seas pendejo», le dijo, le puso un chiricuaso y le dio las llaves de las dos camionetas. «Son las trocas», concluyó.

Se subieron a las dos F150. El sol hacia humear los cofres de las camionetas. Las cabinas eran un horno de leña. Aun así Treviño, Zapata, Garza y Tovar evitaron beber una birra en el camino a la avenida, también declinaron sacar el polvo de las guanteras, hacer dos líneas sobre sus tarjetas de presentación e inhalarlas, pues temían que ante la orden comunicada por el secretario, el Fiscal –que era un gran hijo de puta– pudiera llegar al lugar de los hechos, se diera cuenta (por un comentario errado, un mal movimiento, la inyección excesiva de sangre en los ojos) que estaban bajo la influencia de alguna sustancia y les cortara los huevos con todo y verga.

Convoy
Convoy

Diez kilómetros antes de que llegaran al destino un convoy de militares, que traía música disco a todo volumen (pensando que un convoy de sicarios los estuviera esperando para darles un atorón con una emboscada), les dieron alcance y les dijeron que bajarán la velocidad. El soldado que iba sentado en el lugar del copiloto del DN-XI que lideraba el convoy bajó el volumen de la música y les dijo que, además de los bultos reportados, se había acabado de voltear un tráiler que transportaba bebidas. Garza y Tovar se extrañaron porque a ellos sólo les reportaron un bulto, no “bultos”, como dijo el sardo. Tovar, que era el copiloto de Garza, avisó por radio a Zapata y Treviño del tráiler siniestrado. Hecho esto, los guachos volvieron a subir el volumen de la música y dejaron atrás las dos F150.

Cuando las dos trocas llegaron el lugar, este ya había sido acordonado por los militares. Sin embargo no habían registrado los bultos (que no eran más que bolsas de basura), porque estaban ocupados acaparando la bebida del tráiler volteado que resultó ser propiedad de la cervecería Cuauhtémoc-Moctezuma, aunque la justificación que dieron a los ministeriales fue que estaban esperando a los forenses. Los cuatro ministeriales, al ver de qué se trataba el tráiler, sintieron un vacío en el estómago que les subió al esófago y luego bajó con la fuerza de una plomada de albañil hasta sus intestinos:desearon estar sentados en un váter. Un tráiler cargado de puras Carta Blanca no era cualquier cosa, era el orgullo, el sol radiante de la Sultana. El ver desperdiciados así tantos litros de cebada les infundió, también, síntomas pasajeros de un ataque de ansiedad.

Adictos a ser los primeros en tener información fresca, cruzaron el área acordonada y colocaron su mano en el cinto de pita, en el lado en que estaban las Glock 17. Por los rastros de sangre impresa en el pavimento los cuatro pensaron que eran los torsos de personas y que, además, habían sido ejecutadas hace no mucho tiempo. Treviño pateó una bolsa y sólo logró que más sangre se escurriera por las uniones del hule. El olor de una carne asada los hizo voltear a todos lados, pensaron que era parte de su imaginación, pero luego vieron un humo azul ascender a las nubes. En la euforia del olor, y pensando que aún podían decidir quiénes irían al partido de los Tigres contra el Monterrey y quiénes se quedarían en la oficina a comer discada, Tovar se hincó y dejó que uno de sus dedos se llenara de sangre, luego lo llevó a su nariz y a su lengua, pero no pudo distinguir nada. Entonces desató el bulto y si con las cervezas desearon estar sentados en un váter, al ver el contenido, los cuatro, sintieron que sus esfínteres se relajaban por completo y que no eran dueños de su cuerpo ni de su alma, pues dentro de la bolsa había sendos paquetes de longaniza, arrachera y diezmillo. Se empezaban a tornar de un color verdoso porque empezaban a descomponerse por el calor del sol. Abrieron los tres bultos restantes y en dos encontraron los mismos paquetes, en otro encontraron cebollas de cambray, limones, rábanos, jitomates, cilantro y aguacates. Llamaron a uno de los militares que resguardaba la zona y le enseñaron el contenido, luego le dijeron que le avisara a su jefe que no había necesidad de que estuvieran allí, que iban a cancelar la llegada de los forenses y que con la carne trataran de buscar algunos cortes comestibles y se los llevaran y si no servía nada se la echaran a los perros de los municipales o a los perros de su zona militar (esto último, lo de los perros, lo dijo Treviño con unas lágrimas que suprimió pero que al subirse a la camioneta dejó brotar sin hacer ruido ni comentarios).

Camino a la comisaria hablaron por radio a los forenses para decirles que ya no eran necesarios sin darles mayor explicación.

Afuera de la comisaria estaba el Guatemala prendiendo, con dificultad, el carbón de una parrilla. Treviño, Zapata, Garza y Tovar se apearon de las trocas y se quedaron recargados en los cofres. Su vista apuntaba al Guatemala, pero era claro que sus ojos no observaban nada. Hasta ese momento se dieron cuenta que estaban pálidos.

Esa tarde el humo de la parrilla, que minutos después logró prender el Guatemala,picó como nunca antes, como si en lugar de carbón le hubiera echado fuego a un puñado de chiles habaneros. En el clásico Tigres no alineó a Gignac. Al medio tiempo se fue la luz en el nuevo estadio del Monterrey y ya no se pudo jugar. La música de los Cadetes salía desafinada de los autoestéreos de todas las trocas de la ciudad. Se corrió el rumor de que el acordeonista de Los Ramones de Nuevo León (el grupo promesa de la música norteña), se había fracturado una mano y todas las presentaciones del año iban a quedar canceladas. Celso Piña no llegó a tocar a la inauguración de la temporada de béisbol. El dueño de los Sultanes de Monterrey hizo declaraciones endemoniadas a la prensa al terminar el juego, no contra Celso Piña por no cumplir con el contrato, mucho menos contra los jugadores pochos que habían jugado la temporada pasada con algunos equipos de la liga, sino contra el gobernador del Estado, porque en lo que iba del sexenio no había tenido la iniciativa de implementar un programa para el cuidado y transportación de la carne.

Queriendo distraerse de tan agüitante jornada laboral, en la noche, los cuatro fueron al Pilo´s Bar pero Dwayne Verheyden no tuvo público y hasta le gritaron: «pinche holandés de mierda» cuando no pronunció bien una palabra de la canción en turno. Pidieron una cerveza para tratar de dar paso a un estado de euforia pero las Carta Blanca que les llevaron, aunque frías, al igual que las putas que habían pasado a recoger, les supieron a modorra.

El ano monologando

por Gerardo Ugalde

El hombre cagó porque las palabras no le vaciaban las entrañas.

Con suma delicadeza dejó caer su trasero en el escusado y soltó el alma sin pensarlo. Una necesidad de expresar la satisfacción tras la comida es consumida mediante el letargo; pero el estertor abdominal despierta la curiosidad psicológica del cerebro y conduce al cuerpo a un laberinto onírico representado por un sobrio pasillo que conduce al baño.

El chapoteo del excremento le roba la magia a cualquier composición romántica alemana decimonónica, para descansar sólo nos queda exhalar, gemir, gesticular, llorar, reír.

En el papel higiénico una obra de arte abstracta presuntuosa y sin significado como este escrito va a dar a donde muchas existencias no llegan. El remolino es musical y certero; si hay la presión hidráulica adecuada.

Tire esto al retrete…por favor…es pésima composición.

Tres poemas

pipa2

Por Josué Andrés Moz

CARCOMA

Mi abuela no teje sino la culpa en los labios azules de su madre
Ella es un cementerio interminable de noches rencorosas
un paisaje de gaviotas que se desploman sobre la piel de los inviernos
una bahía de palabras cercenadas en la boca de sus nietos.

(De: CORRESPONDENCIAS)

 

CARTA PARA LEER A LA DIESTRA DE CUALQUIER SEBASTIAN MELMOTH

 

Se han tatuado ya

todos los pasos en la espalda del leproso

Hombres y mujeres
establecen su repudio
en el tintineo de las campanas
que apretadas yacen en cada garganta
de quienes quisieron pronunciar el amor

Crecen niños
como piezas de un rebaño bien educado para el desprecio
y son sus corazones alcantarillas nocturnas
labradas por la mano definitiva del silencio

Detrás de la puerta
las lenguas tejen eternas coronas de espinas
que posarán luego dulcemente sobre las cabezas
de los hombres que besan a otros hombres
desde los labios rojos de sus mujeres.

(De: EL EVANGELIO DE LOS TRISTES)

 

DEFINITIVA CARTA AL PADRE

Hemos aprendido a decir tu nombre con otras lenguas
a pronunciar la estatura que esperamos de tu misericordia
e instalar tu rostro en las grietas de nuestras rodillas

Aprendimos a esperar tu abrazo:
colgados de esta cruz podrida por la desesperanza
y acechada por los perros que custodian
los designios del hambre en esta ciudad

Padre devuélvenos las plegarias que depositamos en tu manto

Manda a que el olvido recoja cada uno de nuestros cuerpos
ahora derrotados en el limpio valle de tu ira

Nosotros que solo hemos nacido para la muerte
estamos inconformes con tu silencio
con tu mano oculta detrás de los escombros
con la paciencia que guardas ante tus hijos
que sólo pueden verte desde el ojo de una bala

Bajo estas aguas en que se clavan tus pasos
yacen insepultos los hombres y sus corazones
quebrantados por el ladrido de la pólvora
y abrasados hábilmente por el beso del exilio
pero no les desconozcas querido Padre
porque sus gargantas y sus gritos te pertenecen
porque sus estrellas masticadas y huérfanas de todo cariño
son tuyas

Desde este dolor plantamos un grano de mostaza en tu nombre
como quien planta su tristeza en el centro de una lágrima
cuya humedad no será jamás escuchada por tus oídos

Padre esta noche siento la furia de Caín en mis manos.

(De: EL EVANGELIO DE LOS TRISTES)

 

Josué Andrés Moz (1994). San Salvador, El Salvador. Poeta y gestor cultural. Actual estudiante de la Licenciatura en Letras en la Universidad de El Salvador. Ha publicado en diversas revistas virtuales y en antologías dentro y fuera de su país. Miembro y fundador del Colectivo Cultural Metafilia y del Colectivo de Difusión Cultural Mosaicos.

Atrapado en Chicago

Por E. J. Valdés

Mientras vacacionaba por el norte de los Estados Unidos desvié mi ruta para visitar Chicago, ciudad que deseaba conocer porque fue allí donde Al Capone reinó durante la prohibición, también se grabaron dos películas que siempre me han fascinado: The Blues Brothers en 1980 y Ferris Bueller’s Day Off en 1986.

Dediqué dos días a pasear por sitios que me resultaban interesantes, como el lugar en donde el Chicago Outfit llevó a cabo la Masacre del Día de San Valentín (antes un garaje y ahora un asilo), el South Shore Cultural Center (el recinto que la Blues Brothers Band cimbrara hacia el final de la película) y las calles del centro por las que Jake y Elwood huyeran de la policía, los Good Ol’ Boys y los nazis de Illinois. Estuve en Wrigley Field, en Sears Tower y en el Chicago Art Institute, en donde Ferris, Sloane y Cameron pasaron su día de pinta y, por supuesto, comí en Chez Quis, el restaurante al que los tres se colaron tras usurpar la identidad de Abe Froman, el Rey de la salchicha en Chicago.

Había cubierto el itinerario y me quedaba la tarde libre. Consideré visitar el centro comercial de Water Tower Placeantes tras volver al hotel, pero al salir del restaurante el maître d’ me detuvo para preguntar si todo estuvo bien con el servicio y mis alimentos. Respondí que sí y él quiso saber si acaso yo era otro de esos turistas que visitaban el lugar por haberlo visto en la película de John Hughes y si ya había estado en otras locaciones de la grabación.

 —Claro que sí.

—¿También en Glenbrook High?

—¿Glenbrook High?

 —Es la escuela de la película…

—Vaya. No, y no sabía que se pudiera visitar.

—Es otro paradero frecuente de los fans de Ferris Bueller.

—Le agradezco la información, por desgracia, parto de Chicago mañana temprano.

 — ¿Y eso qué tiene que ver? La escuela está abierta hasta las nueve, señor, y el traslado toma unos noventa minutos.

Me dijo que tenía tiempo para ir de visita. Debía caminar hacia Michigan Avenue y subir al autobús de la línea azul hasta Union Station. Allí, tomaría el tren de la ruta Milwaukee District, en dirección norte. Una vez en la estación de Northbrook,  tendría que caminar unas cuadras hasta la escuela.

 — Créame que si Ferris Bueller lo trajo a la ciudad no puede marcharse sin estar allí.

La ruta no se escuchaba sencilla, pero no sabía si volvería alguna vez a Chicago;  lo mejor era aprovechar la oportunidad de conocer aquel lugar. Pedí al hombre me repitiera las indicaciones y emprendí la marcha. Aunque cogí el autobús equivocado y fui a parar a la terminal de Greyhound, tras caminar las calles que me separaban de Union Station, el resto fue pan comido. Una vez fuera de la estación Northbrook, anduve por Shermer Street en dirección al sur y no tardé en divisar la bahía en donde Ferris y Cameron aparcaran el Ferrari para aguardar a Sloane.

Sonreí emocionado. Pese a que caía la tarde, aún habían bastantes chicos por allí. Le pregunté a uno si sabía cuál era el aula que utilizaron para filmar la película y, sin mostrar gran interés, me indicó que siguiera por el corredor hasta el fondo y doblara a la izquierda. El hombre del restaurante no mintió: todo se veía justo como en la pantalla, al grado que imaginé que en cualquier momento me toparía con el decano Rooney o con su apática secretaria. Incluso en uno de los casilleros pude observar la leyenda que llamaba a salvar a Ferris de su terrible enfermedad; un grafiti de tres décadas de antigüedad. La mayor sorpresa de todo el viaje a Chicago me la llevé cuando di con el famoso salón de clases y, sigiloso, empujé la puerta para entrar; frente a la pizarra se encontraba Ben Stein, con menos cabello pero con los mismos anteojos; el mismo traje gris y su expresión de desencanto. Y, tal como hiciera en ella, repetía una y otra vez:

 — ¡Bueller! ¡Bueller! ¡Bueller!

 Quedé tan impactado que me froté los ojos para cerciorarme que mi mala vista no me gastara una broma, pero no era el caso: allí estaba él. Mi presencia parecía no importarle, pues continuó llamando el mismo nombre:

 — ¡Bueller! ¡Bueller! ¡Bueller!

 Me acerqué y pasé mi mano un par de veces frente a sus anticuados lentes, sin que parpadeara siquiera.

 — ¡Bueller! ¡Bueller! ¡Bueller!

  ¿Qué diantres era aquello? ¿Se trataba de un actor que revivía la legendaria escena de vez en cuando para deleite de los curiosos? ¿Era en realidad Ben Stein, atrapado en su personaje de hace treinta años? No, era imposible: en algún momento tenía que alimentarse o ir al baño. Miré el pantalón con una mancha húmeda en la entrepierna. Tragué saliva. De repente aquel escenario se me antojaba más perturbador que cualquier otra cosa, así que opté por salir mientras Stein repetía el apellido de Ferris como un mantra. De vuelta en el corredor, vi pasar a un muchacho y llamé su atención. Se retiró los audífonos para escuchar mi pregunta:

 —¿Cuánto tiempo lleva así?

 El chico se encogió de hombros, se llevó los audífonos de vuelta a las orejas y siguió su camino. Supuse que yo debía hacer lo mismo, pues el traslado de regreso al centro era largo, así que me fui de la preparatoria de Glenbrook sin siquiera tomar una fotografía y con la lúgubre letanía de Ben Stein aún en la cabeza. De hecho, no me la pude despegar hasta que, más tarde, me bebí un capuchino bien caliente en el lobby del hotel donde me hospedaba. Al subir a la habitación una duda me atosigaba: ¿cómo terminó el hombre allí, estancado en una escena? Preferí encender el televisor y distraerme antes que buscar una respuesta.

 Por la mañana tomé mis cosas y abordé un taxi rumbo a la estación Van Buren pues, como lo dijera Ferris, el viaje había terminado y era momento de ir a casa.

El último beso

por Job Melamed

Hoy estaba tirado en cama, pensando en cierta chica que recientemente me ha pedido no la busque más, que le es demasiado difícil que juguemos a estar juntos sin estar. Hago notar que yo le dije desde el inicio que no quiero estar específicamente con alguien y que en estos momentos no quiero una relación monogámica, ya que me gusta salir con diferentes personas y estoy en una zona de confort muy placentera.

Pues bien, entre toda ésta situación me di cuenta que cada que debo separarme de alguien con quien salgo, con quien cojo, con quien platico o realice cualquier acto de parejas, siempre le pido un último beso; se ha convertido en un ritual,  para mí, despedirme de  estas personas de esa forma, con un beso de despedida, esos besos que pueden ser tan largos como desees o tan efímeros como la propia existencia.

Beso - Imagen pública
Beso – Imagen pública

Al pedirle vernos para el último beso, ella dijo que no. No entiende mi necesidad de cerrar el círculo por medio este ritual, de lo que me gusta denominar “una promesa”. Representa lo que no fue, no es y no será, pero es la promesa de la posibilidad, lo que pudo, lo que puede y lo que podría ser.

Sé qué quizá para muchos no tenga sentido, no lo entienden y no lo entenderán por mucho que lo explique, pero piensen en esto: ¿cuántas veces no han deseado poder tomar la mano de esa persona con la que rompen? ¿Cuántas veces no han querido decirle algo y no se atrevieron? ¿Cuántas veces han dejado escapar la oportunidad de besarle por última vez? Eso es lo que representa, todas esas veces que han querido, deseado hacer algo y no han podido, pero que pueden hacer con este último beso.

Consejos de Raúl para la eternidad

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Por Roberto Conde

-¡Deja eso, es mío!- dijo Raúl mientras me miraba fijamente a través de sus lentes redondos.

Aquellos lentes los había encontrado en la recámara de sus papás. Son como los un señor que cuelga de la pared del vecino de la silla de ruedas. Dice el vecino que ese señor era una estrella de rock, que lo mataron como dos años antes de que yo naciera. A mí no me gustan sus lentes, ni su pelo todo caído. Mamá asegura que se le llama pelo lacio, pero yo lo tengo chino, como ella. Le pregunté a mi mamá qué era una estrella de rock. Respondió que son personas que hacen una música bonita; a ella le gusta Queen. Me puso un disco de los que guarda debajo de la vitrina. Yo no me acerco mucho a la vitrina, en la parte de arriba hay una cabeza de payaso que me asusta. A veces, cuando mamá sale por la noche, siento que la cabeza se asoma por la puerta; aprieto muy fuerte los ojos, pero creo que la veo en la oscuridad de mis párpados. No me gusta, le pido a mamá que la tire. Ella menciona que es un recuerdo, con ella se acuerda de mi cumpleaños. Cuando la vi sobre el pastel, se me hizo bonita. Pero ya no, siento que al entrar a la casa el payaso siempre está esperándome. Cuando entro, corro muy rápido al cuarto de mamá. Ella duerme y me acerco con cuidado junto a su lado; cuando duerme, yo duermo, y el payaso de queda inmóvil en la vitrina, fuera de mis párpados.

Escuché a Queen, ahora sé qué es una estrella de rock. Yo pensaba que las estrellas sólo estaban en el cielo, y que de vez en cuando una de ellas se cansaba mucho y se dejaba caer. Lo digo porque una vez vi cómo una se caía del cielo, la vi desde la ventana. También pensaba que había una de ellas que estaba bien gorda, como Salomón, el niño al que pasamos a dejar en el transporte antes de mí. Ahora sé que se llama Luna. Yo creo que la estrella roja luego que se ve junto a ella debe tener calor.

-¿Sabías que a las estrellas se les puede matar?- cuestioné a Raúl, mientras él me quitaba mi jouils.

-¿Y cómo se las mata, si yo veo que están muy lejos y ni saltando las agarro?- me preguntó mientras movía mi jouils de un lado a otro.

Le dije que para que se murieran las estrellas tenían que ser de rock. Cuando me preguntó cómo eran las estrellas de rock le dije que ellas usaban lentes como los suyos y que tenían pelo lacio. Menos Queen, que tenía el pelo corto y unos dientotes bien blancos. Las estrellas de rock no están en el cielo, te miran fijamente desde las paredes o desde los discos; y hacen un ruido que te pone a mover el pie, expliqué a Raúl, a la vez que le quitaba mi carrito de las manos. Él se enojó, me dijo que quería el carro, y me prometió que un día me iba a empujar de la azotea. Mamá advierte que no me suba a jugar allá, que puede ser peligroso. Pero a Raúl siempre le gusta jugar en la azotea. Nunca lo veo en otra parte, ni en el parque o en alguno de los patios. Cuando alguien sube a tender la ropa, Raúl siempre se esconde detrás de algún tinaco. Dice que no quiere que lo vean, porque pueden ir a decirles a sus papás que está arriba. A sus papás tampoco les gusta que Raúl juegue en la azotea. Nunca he visto a los papás de Raúl. A lo mejor es alguno de los que luego suben a tender.

La otra vez invité a Víctor a jugar a la azotea. Él no quería, decía que le daba miedo subir hasta arriba por esas escaleras de metal. Las escaleras son como la resbaladilla que está en el parque. Subes y bajas en círculos. Le dije a Víctor que no fuera puto (así me dijo mi papá que se les dice a los miedosos).  Me miró como triste, después se enojó y sentenció que no tenía nada de malo ser puto. Me gritó que hasta Queen era puto. Yo la verdad no creo que Queen le tenga miedo a algo, usa una capa roja y en la foto que me enseñó mi mamá tiene el puño cerrado, como si le fuera a pegar a alguien. Víctor subió lentamente por las escaleras, le costó mucho. Subía un escalón y se detenía, se agarraba bien fuerte del tubo y comenzaba a llorar.

–Pinche putito- le dije desde arriba.

Víctor se portó valiente y por fin pudo subir a la azotea. Cuando estuvimos arriba, llamé a Raúl. Pensé que estaría escondido detrás de uno de los tinacos. Pero Raúl no salió. Le dije a Víctor que Raúl era un niño todo “chele”, de pelo lacio, flaco y que siempre usa la misma playera de Batman. Víctor me preguntó qué era “chele”, entonces me acordé de que mi mamá me había dicho que ya no usara esas palabras, porque sólo se decían en la casa de mi abuela.

–En México se dice güero- respondí a Víctor.

Me preguntó que dónde se les dice chele a los güeros, le dije que en El Salvador. Víctor me miró de forma extraña, yo creo que pensó que le estaba inventando todo. Me dijo que él nunca había visto a ese niño llamado Raúl.

–Al único que he visto con algo de Batman es a ti. También te vi vestido de Robin y de Superman- mencionó Víctor con un gesto socarrón.

Me gusta Batman y los luchadores. Mi mamá me llevó a las luchas. Estuvieron en la esquina del parque. Yo iba emocionado, pensé que vería a Mascarita Sagrada y a Octagón; al Hijo del Santo o a Blue Panter. Pero no apareció ninguno de ellos, salieron el Cometa enmascarado y el Capitán Rodríguez. A ellos nunca los había visto en las luchas que pasan los domingos en la tele, ni en las revistas que de luchadores que mi mamá me compra. Creo que al Capitán Rodríguez ya lo había visto una vez en la esquina de la casa, en “El flamingos”, cuando entré a pedir calaverita a las señores borrachos. Mi mamá me advirtió que jamás volviera a entrar a ese lugar, ni a la pulquería que estaba en la otra esquina. Yo no sabía que se llamaba pulquería, siempre pensé que era un baño. También me prohibió que me volviera a disfrazar. Me dijo que yo no podía volar como Superman, que de no haberme escuchado bien cuando le dije “ahorita vengo, voy a volar” seguramente ya estaría muerto.

Le conté a Víctor que jugaba casi todas las tardes con Raúl en la azotea, yo le prestaba mis juguetes porque Raúl no tenía. Le expliqué que seguramente Raúl era muy pobre. A veces, yo lo dejaba con mis juguetes cuando mi mamá me gritaba para ir a comer. Cuando regresaba, Raúl ya no estaba, pero mis juguetes sí. Raúl era muy bueno, jamás se los llevaba. Víctor me miró con unos ojos muy raros, con los mismos ojos que hizo cuando subía por la escalera.

–Mi mamá dice que tú estás malito, que siempre te ve jugando solo en la azotea. Mejor ya me voy.

Tuve ganas de pegarle a Víctor, pero recordé que mi mamá me dijo que eso estaba mal y que no tenía que volverlo a hacer, sino me castigaría de nuevo. Raúl preguntó: “tu amigo ese, el que se llama Víctor, cree que estás loco ¿verdad?”

– No, piensa que estoy malito- repliqué.

Me contestó que Víctor era muy menso, que no se había dado cuenta de que él se había escondido muy bien. Tan bien que ni yo lo había visto tampoco. Me dijo que se había escondido dentro del tinaco, como el chavo del ocho. Pensé que eso era lo que había pasado. Lo bueno es que hoy sí me va a conocer, para que no ande pensando que estás loco. Porque eso es en verdad lo que él piensa de ti. Además, no sé por qué quieres juntarte con él, ¿apoco ya no te diviertes conmigo?, cuestionó Raúl, a la vez que me quitaba otra vez el carro. Le expliqué que quería que lo conociera para que pudiéramos jugar los tres todas las tardes. Bueno, creo que ya viene. Le dijiste que hoy viniera a conocerme, ¿no? Raúl se quedó inmóvil mirando hacia la escalera. Comencé a escuchar los pasos que subían, muy lento.

–Es re puto- dijo Raúl, mientras me hacía señas para que fuera por Víctor.

Me acerqué a la orilla de la azotea y vi cómo Victor estaba apenas a la mitad de la escalera.

-Apúrate, Víctor. Ya está aquí Raúl. Traje mis jouils para que juguemos.

Víctor subió por fin a la azotea. Comenzó a respirar muy fuerte y me miró enojado. ¿Ya ves? Me engañaste otra vez. Estás solo acá arriba, dijo Víctor, y me dio una patada debajo de la rodilla. Me agaché porque me dolía mucho. Volteé y vi que Raúl ya no estaba. Sólo vi los coches en el suelo. Le dije a Víctor que teníamos que buscarlo, porque de seguro se había escondido dentro del tinado, como el chavo del ocho.

Mi mamá tiene razón, estás loco. Yo mejor me bajo. Se dio la vuelta para regresar a las escaleras. De repente, Raúl salió de atrás de uno de los tinacos y empujó a Víctor. Sólo vi cómo él intentó volar con los brazos. Escuché su grito y después un ruido muy fuerte, como el ruido que escuchas en tu cabeza cuando caes sin poner las manos. Me asomé por la orilla de la azotea y miré a Víctor acostado. La gente se iba juntando a su alrededor. Ahora sé que Víctor no era imaginario.