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Float On

por E. J. Valdés

En mayo de 2012, Modest Mouse se presentó en Cholula, Puebla, como parte de la primera y última edición del Festival 72810. En punto de las ocho de la noche el grueso de los asistentes se aglomeró frente al escenario oeste para esperar a la banda, que salió puntual y abrió su repertorio con “Dashboard”. Hacia la mitad de su intervención tocaron “Float On”. Los primeros acordes de la guitarra arrancaron al público un grito jubiloso, y aquellos que no saltaron bailaron, y quienes no bailaron cuando menos cabecearon. Nadie pudo quedarse quieto, y alrededor de ochocientas voces hicieron eco al coro, extáticas. Entonces, al concluir la canción, ocurrió lo inesperado: la gente comenzó a retirarse. La banda no se detuvo —continuó casi de inmediato con “Bukowski”— pero el público se esfumó, veloz, en pos del escenario este, en donde, cuarenta minutos más tarde, se presentaría Public Enemy (¿quién en su sano juicio deja un concierto de Modest Mouse para esperar a Public Enemy?). A nadie pasó desapercibida la mirada que intercambiaron Isaac Brock y Tom Peloso, extrañados de que dos terceras partes de su audiencia dieran la media vuelta para alejarse. Peor aún: durante el resto de las canciones el público se redujo más y más, y hacia el final de su acto tocaban —no miento— para un máximo de cien personas. Brock lucía molesto, y en cuanto terminaron dejó su guitarra y salió del escenario sin decir una palabra, de modo que fue Peloso quien tuvo que despedirse y agradecer a los pocos que tuvieron el genuino interés de escucharlos.

Horas más tarde, cuando el staff ya había empacado sus cosas, la banda solicitó reunirse con los organizadores del festival, y aunque no fueron los únicos que se quejaron de la baja asistencia, sí fueron los que más se hicieron escuchar (a ello contribuyó la personalidad explosiva de Brock).

Modest Mouse
Modest Mouse

El Festival 72810 se extinguió aquella misma noche, pero para Modest Mouse apenas comenzaba la gira por Latinoamérica. Su siguiente parada fue en San José, Costa Rica, y aunque en esa ocasión no formaron parte de un cartel colectivo, Brock aún no superaba lo acontecido en México y estaba malhumorado e insoportable. Cuando salieron a tocar arrancaron de nuevo con “Dashboard”, como indicaba la lista de canciones, sin embargo, tras interpretar otro par de éxitos, Brock se acercó a Jeremiah Green y le pidió que diera la entrada para “Float On”. Esto extrañó al baterista, pues aún debían repasar otra decena de temas antes, pero el vocal, irritado, les gritó a él y al resto de la banda que cerraran la boca e hicieran como les mandaba. No muy convencido, Green contó con sus baquetas, dio unos golpes a los tambores y Brock se incorporó con los primeros acordes de la canción. El público aulló y los siguientes tres minutos y medio fueron una auténtica locura. Al concluir el último coro una ovación inundó el lugar. La banda prosiguió con “Ocean Breathes Salty”, pero hacia la mitad se percataron de que, tal como ocurriera en México, algunas personas ya se marchaban. De nuevo Brock intercambió una mirada con Peloso; poco a poco los asientos se vaciaban y les restaban, cuando menos, otros cincuenta minutos en el escenario. Los completaron, pero fue evidente que terminaron el concierto con mucha menos gente de la que iniciaron y que Brock no estaba para nada contento con ello. En el camerino, abrió una cerveza que arrojó contra la pared tras sólo un par de tragos. Nadie se atrevió a dirigirle la palabra el resto de la noche.

Volaron a Bogotá. Allí, Brock instigó al desorden cuando ordenó tocar “Float On” entre las primeras canciones de la noche una vez más. Dados los últimos acontecimientos, la banda no estuvo muy de acuerdo pero la voluntad del vocal terminó por imponerse; menos de quince minutos después de comenzar el concierto enfrentaron el mismo escenario de las dos presentaciones previas. Al menos la mitad de los asistentes se marchó, y por supuesto que Brock no se guardó la rabieta. Viajaron después a Lima y Peloso hizo cuanto pudo para convencerlo de que reservaran “Float On” para el final de la velada, moción que el resto de los músicos apoyó. Sus palabras, sin embargo, cayeron en oídos sordos y, para horror de todos, aquella noche Brock quiso tocar “Float On” tan pronto pusieron pie en el escenario. El público se regocijó, por supuesto, pero eso no previno el silencioso éxodo hacia afuera del auditorio minutos después.

Para la banda aquello fue demasiado. Después del concierto encararon a Brock cual tripulación amotinada ante el capitán pero al final de la noche prevaleció su cabeza dura: así terminaran cada presentación ante un montón de asientos vacíos, “Float On” se quedaba al inicio del repertorio. La subsecuente discusión fue larga, acalorada y fútil.

Llegaron a Santiago con la moral hecha polvo. Nadie deseaba hablar con Brock y él, a su vez, no tenía interés en dirigirle la palabra a los demás. Pasaron el día cada quién por su cuenta y durante la prueba de sonido, un par de horas antes del concierto, el aire se respiraba tenso. Hacia la hora del evento, el teatro estaba lleno. Peloso asomó por entre las cortinas y no pudo sino lamentar el hecho de que en cuestión de minutos muchas de esas butacas se desocuparían. Brock no dijo una palabra. Poco después de las nueve salieron al escenario y un estruendoso aplauso los recibió, mismo que cobró intensidad cuando los acordes de “Float On” resonaron por los altavoces. Gritos, aullidos y silbidos los recompensaron, y aunque la lista de canciones indicaba que “Dashboard” era la siguiente, Brock los detuvo a todos antes de que comenzaran con ella.

—“Float On” —ordenó.

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Los músicos se miraron entre sí. ¿Habían escuchado todos lo mismo? ¿De verdad les estaba pidiendo que tocaran “Float On” otra vez?

Peloso se acercó a preguntarle si acaso bromeaba, mas no tardó en convencerse de que no era así: sin consultar a nadie, Brock tocó los acordes de “Float On” y a los demás no les quedó sino sumarse. La confusión también corrió entre el público pero pronto se disipó entre una marejada de éxtasis, pues aquella segunda interpretación fue mucho mejor recibida que la primera. Todos bailaron con mayor ímpetu, saltaron más alto y cantaron más fuerte. Sobre el escenario, nadie salvo Brock daba crédito a ello. El ánimo de la banda mejoró y creció de manera exponencial junto con la euforia del público conforme tocaron “Float On” una tercera, cuarta y quinta ocasión. Para todos fue una noche como ninguna otra: interpretaron el mismo tema durante una hora y media frente a un teatro cada vez más emocionado. Nadie se quejó, nadie se aburrió y nadie dejó su lugar. Incluso, cuando Brock y los demás salieron del escenario la gente pedía a gritos que tocaran “Float On” una vez más, y eso fue justo lo que hicieron.

El inusual concierto de Modest Mouse fue muy comentado en los medios: ninguna banda antes que ellos había enloquecido a dos mil personas con casi cien minutos de la misma canción. En opinión de algunos comentaristas, aquello había sentado un precedente importante para actos considerados one-hit wonders, aunque a decir de otros se trató de un acto deplorable y estrafalario, de una burla a la industria y a quienes pagaron un boleto por entrar a escucharlos. Como fuera, la expectativa por las siguientes fechas de la gira, todas ellas en Brasil y Argentina, fue tal que las entradas restantes se agotaron y el precio de reventa se disparó. Modest Mouse, sin embargo, no repitió la hazaña: “Float On” se interpretó una sola vez por noche para beneplácito de quienes deseaban escuchar todo su repertorio y horror de quienes no. Lo cierto fue que nadie en el público dejó su lugar, y los lamentables escenarios de México, Costa Rica, Lima y Perú no se repitieron. Para los chicos fue como si una maldición se hubiese roto.

Las cosas a veces resultan bien.

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Anécdotas

por César Huerta

Tengo en la mente, ya como si fuese una tela bastante delgada y transparente, el recuerdo de Don Pablito.

Hace unos días, fui a cortarme el cabello a la peluquería de siempre. Juanita, la peluquera, estaba tiñéndole el cabello a una señora de, calculo, unos 50 años de edad. Cuando Juanita terminó de embarrar el tinte por todo el cabello, la señora se levantó y fue a sentarse al otro lado del local, a esperar que el efecto de la pintura coloreara sus raíces. Era mi turno. Todo esto pasaba cuando llegó una amiga de la peluquera, y entre estas se hizo la conversación. Yo, aunque metido en mis pensamientos, sintiendo la máquina cortar mi cabello, escuché un nombre familiar: era más una anécdota que una inquietud, pero no pude evitar recordar.

La anécdota giraba en torno a la muerte de Don Pablito y cómo había sido su funeral: la hija de la amiga necesitaba ver el cuerpo para asegurarse de si quien yacía en el ataúd era el conserje al que conocía, pero la madre dudaba (porque creía que un cuerpo sin vida era un golpe demasiado fuerte para una niña). Al final, accedió y la llevó a ver el cuerpo; la hija lo reconoció. No dijo nada. Entonces, se hizo el silencio. No supe si fue el final de la anécdota.

 

 

Recuerdo, vagamente -porque de eso ya hace, más o menos, entre 8 y 12 años- que Don Pablito era uno de los conserjes de la primaria a la que asistía. Siempre fue un hombre mayor y muy delgado, o al menos eso parecía. Todos los días iba vestido igual (aunque a veces no nos diéramos cuenta): con una gorra pichi de color verde bandera, una camisa blanca que le quedaba grande, fajada en un pantalón de pana color café que le quedaba corto y que se sostenía a su cuerpo por un cinturón negro. A todos los niños nos trataba muy bien; era alguien dedicado a su trabajo, aun cuando este sólo fuera recoger basura o asear los sanitarios. También te dejaba pasar a la escuela por el zaguán que estaba en la parte de atrás cuando se te hacia tarde. A mí me dejó pasar dos veces.

Siempre me pareció una buena persona, a pesar de haberlo tratado muy poco. Lo vi durante seis años, y lo curioso es que el único día en el que no lo vi en la escuela (aparte de los fines de semana o días festivos), fue en el día de la graduación de mi generación. Jamás lo volví a ver. Don Pablito se convirtió en una sombra, un fantasma y, con más razón, ahora que me entero de que murió.

Desde la anécdota que trajo del pasado a Don Pablito, no pude evitar pensar en él, inerme, dentro del ataúd, con su gorra, su camisa y su pantalón que lo hacían inconfundible entre todos los niños y niñas de la primaria. La muerte, decía Ingrid Solana, es una manera de asimilar la igualdad: “Estamos cerca de los otros y ¿cuántas veces nos miramos?”. Estuve cerca de Don Pablito cerca de seis años; ¿cuántas veces lo miré?, ¿cuántas veces sólo le saludaba porque sí y no me daba cuenta de que podía haber vestido diferente ese día?

Roland Barthes escribió que “el fantasma (…) es una pequeña novela de bolsillo que uno lleva siempre consigo y que puede abrir en cualquier parte sin que nadie vea nada, en un tren, en un café, esperando una cita”, y, así como el recuerdo de Don Pablito puede ser un fantasma o una novela de bolsillo que duró seis años, con encuentros apenas remarcables, una anécdota puede ser una bofetada para la memoria, puede ser la aparición de un fantasma o anamnesis que te remite, con la intensidad que sólo tiene recordar el pasado, a una historia olvidada.

Tengo su imagen desgastada en la memoria. Es una fotografía, como la que inventó Morel en la isla ficticia que pensó Bioy Casares, en movimiento; pero ésta es borrosa, con colores tenues y mezclados, que recuperé al instante en el que escuché “Don Pablito murió”. Todo gracias a una anécdota, que también sirvió como resortera y me devolvió a los años en la primaria: me lanzó contra el recuerdo; me estrelló contra la imagen de Don Pablito en el ataúd, un ataúd que no existe, porque jamás lo vi, pero que sé, guarda, a lo lejos, la esencia del Don Pablito que abría las puertas de la escuela cuando se me hacía tarde.

El recuerdo también se basa en anécdotas, y las personas que viven en ellas nunca serán olvidadas si es que, como Don Pablito, logran convertirse en fantasmas y se guardan sin un final. Así como el inicio del recuerdo, la anécdota y la muerte son, como escribió José Luis Dávila, un final esencialista.

Celebraciones y festejos.

por Pablo Montiel

El último día, fin del viaje. Todos siguen dormidos, poco queda de los ánimos nocturnos, sí es que aún queda algo. Pero no, las cosas no suelen permanecer.

Yo estoy en un baño donde apenas hay espacio para alguien. Paredes rosas y frías, momentáneo dolor estomacal. No tengo sueño ni estoy cansado. Anoche no bebí tanto, me distraje hablando con Valeria.

La decadencia misma de esta clase de fiestas reside en el cinismo. Aquí todo vale, fumar o beber lo que sea es lo que se acostumbra, no importa quién tengas enfrente. María René, al inicio de este viaje, vio un porro por primera vez; pienso que es algo positivo, quizá no a primera vista, sin embargo, lo es.

Recuerdo bien la tarde vacía del viernes. Nosotros habíamos llegado alrededor de la una y media, los demás ya estaban ahí. Pasamos por cervezas antes. El calor en Atlixco es más insoportable que de costumbre. Cuando coloqué el six pack de Dos Equis Ambar sobre la mesa de la cocina, lo sentí, el golpe de la marihuana era inminente.

En el camino, Tony nos había contado que compró brownies con marihuana a un tipo de su facultad. Tan sólo unos segundos después sacó de su mochila dicho producto, Max estiró la mano, “está bueno”, dijo después de la primera mordida. La curiosidad me ganó una vez más, tomé un pedazo pequeño de brownie y me lo llevé a la boca, “sabe mucho a pasto, pero está rico”, me rasqué la cabeza.

Los efectos del brownie tardaron un poco en llegar, pero cuando lo hicieron, también tardaron en irse. Todo a mi alrededor se movía a la velocidad normal, pero yo no, yo era muy lento ahora. Supongo que uno de los errores más remarcables fue haber tomado cerveza al llegar a la casa. En un parpadeo me encontré sentado en la piedra pintada de azul que se encontraba a un lado de los camastros que adornaban el jardín, pero algo faltaba. Un fragmento del tiempo había sido suprimido.

Después de algunas horas bebiendo vasos de agua fría, el brownie dejó de hacer efecto. Sin embargo, la intoxicación del cuerpo debía continuar. Abrí una botella de Jack Daniel’s y comencé a beber whiskey en las rocas. Con el vaso en la mano derecha, tomé con la mano izquierda mi celular y le llamé a Valeria. No tengo recuerdos concretos de aquellas conversaciones telefónicas, sólo pedazos de historias sin inicio ni final.

Al abrir los ojos en la cama, el miedo me invadió ya que no hallaba mi teléfono, aún me encontraba un tanto ebrio y no podía moverme muy bien, sin embargo, después de unos segundos lo vi debajo de las sábanas; la tranquilidad regresó. El reloj de la pantalla indicaba que eran las seis de la mañana, hora de ir a trotar, me puse los tenis, un short y salí al jardín.

Había una bonita mesa blanca con sillas en medio del área verde. En ella tres personas estaban sentadas platicando; Erick, Itzel y Majo. “Vamos a trotar un rato”, hice un ademán con la mano invitándolos a acompañarme. Sólo recibí burlas, nadie hizo caso a mi sugerencia, ni yo mismo; en realidad me senté a conversar con ellos. Tanto Erick como Itzel seguían borrachos, aquella fue una conversación agradable.

Itzel se fue en busca de su celular y Erick a dormir, quedamos Majo y yo. La plática no fue muy agradable, ella sólo contestaba de forma cortante cosas que no resultaban interesante en lo más mínimo para mí, sin embargo no tenía sueño y los demás seguían dormidos así que permanecí sentado ‘conversando’ con ella.

Los rayos de luz comenzaron a bañarnos desde que Erick se fue a la cama. Pero el día llegó con el despertar de los demás. Cuando todos nos encontrábamos reunidos decidimos ir por memelas a unas cuantas calles de la casa. Unos instantes más tarde nos encontrábamos en plena comunión: la quesadilla es la hostia y el boing de mango el vino. ¡Oh, anhelados alimentos, no sólo de whiskey vive el hombre!

Al regreso compramos unas cuantas cervezas, el calor se volvía asfixiante. Erick abrió la lata de Victoria con una mano, dio un sorbo y me la pasó. Cuando nos encontramos de nuevo en la casa, todos regresaron a dormir. Yo permanecí sentado con un vaso de Jack en la mano y, al parecer, transcurrieron varias horas.

De pronto, Erick, Tony y Any salieron de la casa para llevar a esta última de regreso a Puebla. La estancia se había vuelto un tanto aburrida debido a la falta de energía por parte de los demás, el aire se sentía pesado y el tiempo parecía no transcurrir. Decidí ir con ellos, me monté en el asiento de copiloto de Erick y arrancamos.

-Está muy tranquilo este pedo ¿no? -señalé el camino y volteé a ver a Erick. Asintió con la cabeza, pisó el acelerador y subió el volumen del estéreo. El camino a casa de Any fue un tanto largo. Me hizo pensar en qué tan lejos me encontraba yo de parecerme a mis amigos, igual los quiero.

Finalmente, después de muchas curvas, llegamos al fraccionamiento donde vivía Any. No recuerdo el nombre ni cómo llegar, dudo regresar alguna vez. Ella bajó del coche seguida por Tony quien la acompañó a su puerta. Erick y yo permanecimos en el vehículo pensando sobre lo que debíamos comprar antes de regresar a Atlixco.

Con Tony en la parte trasera del auto, Erick pisó el acelerador y llegamos rapidamente a Cotsco. Habíamos discutido anteriormente con los que estaban vivos en Atlixco que quizá sería buena idea comprar unas pizzas de dicho lugar, ya que habíamos fumado un poco de marihuana por la mañana y en unas horas tendríamos mucha hambre.

Lo hicimos. Al llegar a Cotsco fuimos al área de comida rápida y pedimos tres pizzas con la membresía de Max. Me sorprendió la falta de atención del cajero que le cobró a Erick, ya que no hay persona más diferente a Max que Erick. Supongo que simplemente le dio lo mismo y sólo nos cobró. Eso suele pasar, la falta de interés es casi un valor social.

Esperamos las pizzas en el estacionamiento del lugar, me sentía alienado por mi extravagante vestimenta, parecía un turista gringo pero estaba cómodo. Mientras estaba lista la comida hablamos de chicas y otros temas trascendentes.

Una vez que estuvimos de regreso en Atlixco comenzó la intoxicación del cuerpo propia de la situación. El whiskey corría por la mesa, vaso tras vaso. Todos comimos, no, corrección, devoramos las pizzas. Después de unas cuantas bromas, comenzaron los juegos de mesa alcoholizados. Me separé un momento del grupo. Aquella noche terminó con la llamada a Valeria.

Por la mañana todo se veía devastado, momentos perdidos regados en el piso. Decadencia, pero, había felicidad y cierta satisfacción en el aire. Me parece que eso anterior es lo único realmente relevante de todo el viaje, la felicidad y pasarla bien.

Mente de principiante

por Amalia Matas Heredia

A la mente del principiante se le presentan posibilidades. A la del experto, pocas.

Qué se quiere decir con eso. La mente principiante, por así decirlo, está siempre abierta a conocer, a mejorar y aprender día tras día. No le importa si esa lección ya la sabe o no.

La mente del experto muchas veces está cerrada a aprender, a conocer, hasta incluso a escuchar sin saber lo que le van a decir o enseñar. Y ese es el gran error y problema.

Como digo siempre, actuar como si no supieras nada, con la inocencia de un niño, como la primera vez en todo. Eso a mí me hace aprender y, sobre todo, mi vida la hace más intensa y productiva.

Creo que a lo largo del tiempo la repetición diaria hace que perdamos el sentido de lo esencial. El sentido a lo que hacemos. Como si eso que hacemos fuera de nuestra obligación hacerlo siempre bien, sin el margen de fallar. Como si de robots nos tratásemos. Entonces, ya no actuamos como mentes principiantes y adoptamos la postura de mentes expertas. Y así nos va…

Lo importante es tener la mente vacia (no nos juzguemos más), es mejor tenerla vacia que tenerla cerrada. Cuando la mente está vacia, se encuentra siempre dispuesta a cualquier cosa, abierta a todo.

Cuando uno discrimina demasiado, se limita. Cuando se es demasiado exigente, o demasiado ambicioso, la mente no es rica ni autosuficiente. Cuando la mente original deja de ser autosuficiente, se pierden todos los preceptos. Cuando la mente se torna exigente, cuando se anhela algo, se termina por hacer todo aquello que al final no quieres hacer…

En la mente de principiante no surge el pensamiento: “he alcanzado algo, necesito alcanzarlo, si no consigo esto, fracasaré, etc”.

La mente del principiante es compasiva. Y cuando la mente es compasiva, es infinita.

Y por eso, sencillamente, lo más difícil de todo es mantener siempre la mente de principiante.

…Creer, Crear, Crecer…

Nadie

por Robert Walser
Traducción de E. J. Valdés

Érase una vez alguien llamado Nadie. Era miembro de una cofradía de ladrones, tenía una alegre predisposición para ordenar los asuntos financieros de los demás y al momento de robar era un maestro infalible. Podría decirse que entendía el robo de raíz y que su ocupación favorita era la limpieza. Su principal virtud era en una inusual predilección por visitar a los ricos a media noche. Él sentía un peculiar interés por aquellos que forcejeaban con el tamaño de sus ingresos. Su más constante preocupación era aliviarlos de la tremenda carga, de modo que a través de sus prácticas aminoraba sus molestias, les quitaba un peso de encima y disminuía su sufrimiento. La distribución equitativa era su ideal. Había un tal señor Lovengood a quien Nadie hizo una amable y muy exitosa visita. Con ella menguó sus problemas y le ayudó a respirar más tranquilo. Pero el señor Lovengood no sabía apreciar una broma como ésa; él conocía la identidad del ladrón y acudió de inmediato a la jefatura de policía para reportarlo. “Anoche”, dijo, “entraron a mi casa. Fue Nadie. Lo sé”. “Bien”, le contestaron, “si nadie lo hizo no podemos ayudarle. ¿Por qué acudió a nosotros si nadie entró a su casa?”. El señor Lovengood, presa de un considerable alivio tras ser despojado de toda suerte de preocupaciones financieras, tuvo que retraerse. “Nadie estuvo en mi casa. Nadie me robó, estoy seguro de ello”, repitió una y otra vez, pero nada consiguió con todo ese parloteo. Puesto que él mismo dijo que nadie le había robado, así debía ser, por ende todo estaba en orden. El señor Lovengood quedó bastante indignado, aunque cuando menos debía sentirse satisfecho. El ladrón disimuló sus carcajadas tras la manga, no obstante, en una ocasión lo aprehendieron, por así decirlo, y lo encerraron. Entonces su risa se desvaneció.

(1917)

Robert Walser - Imagen pública
Robert Walser – Imagen pública

Cuestionamientos sobre la imagen

Por Jennifer Vivar Palmer

Dime
¿Has explorado algunos lugares del mundo?
¿Cómo lo sabes si no experimentaste un recorrido?

 
Dime
¿Has investigado sobre maravillas naturales?
¿Cómo lo sabes si no miraste atentamente?

 
Dime
¿Has visto el agua caer antes de llegar al suelo?
¿Cómo lo sabes si jamás viste su llanto?

 
Dime
¿Has visto una puesta de sol?

Dime
¿Sabes cómo es admirar una imagen?

¡Pues adelante y luego dime!
Quizás así cesen las preguntas.

Duendes

por Walter Aquino

—F: ¿Ya te has despertado con el temor de haberte orinado en la cama?
—R: No.
—F: Tampoco podes dormir, verdad.
—R: No, me duele horriblemente la cabeza.
—F: Creí que me había orinado y me desperté, luego me pasó algo muy extraño.
—R: Ajam…
—F: Tenía miedo de levantarme de la cama e ir al baño, porque pensaba que algún duende podía estar escondido bajo la cama o andar por allí en la oscuridad.
—R: No jodas Fabriccio, deja de chingar mejor.
—F: Sí, no sé por qué pienso tantas pendejadas, voy a ir al baño.
—R: Mira si me conseguís de un solo una pastilla.
—F: Vaya, solo de esta tengo, Panadol.
—R: Pasáme mi botella con agua, si no te da miedo que algún duende te salga de mi bolsón.
—F: Jajaja… vaya, aquí esta.
—R: Qué sed… tene, gracias.
—F: No dejo de pensar en que me quedé afuera esta noche sin avisar a nadie en mi casa, mis papás siempre se preocupan demasiado. Mi mamá sobretodo, siempre sueña que me han matado o que me he caído en un barranco. Soy un desconsiderado, ¿vos que pensas?
—R: No quiero pensar en nada
—F: Desde la vez que me caí de ebrio en la entrada de mi colonia y llegue todo empapado ha quedado traumada.
—R: ¡Ya calláte!
—F: Está bien, está bien, pero no me pegues.
—R: Más que ya me hiciste pensar. Que mierda con vos que no podes simplemente disfrutar un momento.
—F: ¿En que te hice pensar?
—R: Vos crees que sos al único que joden por lo que hace. No tengo dinero para seguir pintando, nunca termino la tesis y mi papá todos los días me puya para que consiga trabajo.
—F: Sí, estamos hechos mierda.
-R: Demasiado.
—F: Sólo causamos problemas. Quisiera agarrar mis cosas e irme a la mierda, obviamente llevarte conmigo y arreglárnoslas para sobrevivir en otra parte.
—R: Si no logramos hacer nada aquí, menos lo vamos hacer en otra parte.
—F: Necesitamos empleo para dejar de depender de nuestras familias.
—R: Ujumm… para abandonarlo en unas semanas y volver a lo mismo.
—F: Tenemos que hacerle huevos, ya estamos viejos y el arte no nos va a dar de hartar.
—R: ¡Ya, por la gran puta, vos sí que hablas!
—F: Es lo que pasa cuando fumamos weed. Me pongo a pensar sólo en los problemas y me deprimo demasiado.
—R: Te gusta conmiserarte, es todo.
—F: Es que no estamos avanzando en nada.
—R: ¡¿Y para que putas andas conmigo pues?!
—F: Sinceramente, siento que con vos puedo hablar, no en este momento, claro, pero la mayoría del tiempo, podemos hablar de las cosas sencillas y siempre nos pienso ya viejos, quizás en nuestra propia cama y no en la de un motel, como esta, platicando, cosas como que ya vino el recibo de la luz o de que uno a veces pierde el pensamiento racional y cree en fuerzas o energías…
—R: En duendes…
—F: Jejeje… si, cosas como esas… ¿Qué estás haciendo?
—R: Ando buscando la pipa, la había dejado debajo de la almohada.
—F: ¿ Y de plano queres fumar ahorita?
—R: ¡Puta! ahora que ya me despertaste y no me dejas dormir…
—F: Vaya, voy a tratar de dormirme pues.
—R: Ya la encontré
(Un rato despues)
—R: Fabri…
—F: ¿Qué?
—R: Despertate
—F: Ya me estaba durmiendo, ¿Qué pasa?
—R: Acaríciame.
—F: No, ahorita no tengo nada de ganas, ya lo hicimos tres veces.
—R: Yo quiero.
—F: A la put… vaya pues, si logras que se pare esta mierda.
—R: ¡aaaahh! ¡aaaahh!
—F: ¡aaaahh! ¡aaaahh!
—F: No se me para bien, estoy muy intoxicado, con los dedos te voy hacer.
—R: ¡Mas rápido, haceme acabar!
—F: ¿Ya?
—R: Si, ya, ya, está bien.
—F: ¿Y ahora que te pasa?
—R: Que a veces siento que ya no queres hacerlo conmigo.
—F: Vos no jodas, ya lo hicimos tres veces, casi cuatro.
—R: Sí, pero no me refiero a eso.
—F: Es que a veces pienso en demasiadas cosas y no logro concentrarme.
—R: ¡Puta! ya deja de torturarte.
—F: Es que, es que, pienso en todo, en mi familia, en la U, en nosotros. Y si no me atribulan mis propios pensamientos, lo hacen mis acciones, la gente, los sonidos de los autos en la calle por la madrugada, los cerros, los recuerdos de mi infancia, los pocos que conservo, la vejez de mis parientes y el éxito desde la óptica de la sociedad. Y te juro que quisiera que nada de eso me importara.
—R: Son muchas cosas que pensar, yo quisiera ayudarte, pero calmáte, deja de llorar, no llores, que haces que me sienta peor de lo que ya me siento.
—F: Sí, sí, está bien. Quizás vos logras dominar o disimular mejor tus emociones, siempre he admirado eso de vos.
—R: Es que yo trato de concentrarme en el momento y vos analizas todo demasiado.
—F: Jajaja… te quedó grabada esa frase, verdad.
—R: Sí, y ahora más que nunca entiendo por qué te la dijeron.
—F: Hasta escribí algo sobre eso.
—R: Ya lo leí.
—F: ¿Qué te pareció?
—R: ¿Queres que te lo lea ahorita?
—F: Por favor.
—R: Pasáme el cel pues, pero despues tratemos de dormir.
—F: Vaya:

Primera cita
Primera cita

Fue un sábado en la tarde frente al reloj de Metrocentro. Llevaba semanas tan solo viendo desde lejos a Anai, sin atreverme a hablarle. En especial cuando hablaba de derecho mercantil. Hasta que hacia unos días que por facebook le había enviado una solicitud de amistad y comenzamos a platicar. Era gracioso, sólo saludarnos en el aula y luego pasar horas hablando en el trabajo y por las noches, siempre por facebook.

Ese día saldríamos juntos por primera vez, maldición. Íbamos a ir a un restaurante de comida vegetariana, comida vegana, todavía me da risa al recordarlo.

Allí llegaba ella, con un vestido verde y unos botines cafés, sus cabellos sueltos y montados sus lentes, que dijo se los habían recetado desde los seis años. Unas piernas geniales, de esas por las que sólo algunos amantes deliramos.

Platicar con ella en persona fue un fracaso. Comencé con mi discursito de que toda conducta masculina de amistad hacia las mujeres responde a un estimulo sexual (troleándome yo solo). Luego con los temas del prestigio, el estatus y el individualismo como horizontes deseables en la sociedad contemporánea. Lo estaba estropeando todo y no me importaba.

Luego, se me ocurrió casi arrastrarla a tomarse un café conmigo. No recuerdo muy bien qué discursito me eche en el Míster Donut, pero creo que seguía hablando de las intenciones ocultas de todo el que se acerca a hablarle a uno, y no es que precisamente sean malas intenciones, sino que dos personas se conocen y al principio todos somos superficiales. No nos anunciamos tal y como somos, ni revelamos todo lo que anhelamos. Y entonces me soltó esta frase: “Tu problema es que lo analizas demasiado todo”. Al principio la frase me callo como una amenaza que se recibe con gran terror. Me quede tartamudeando. Y luego me quede callado.

Con el tiempo llegue a comprender que aquella joven mujer, de anteojos y cabellos sueltos, definió en pocas palabras precisamente quien soy, una persona que piensa demasiado, hasta la tortura y la depresión que suscita el pensarlo todo al mismo tiempo.

Abordamos una ruta que se dirigía a Soyapango, yo iba a bajarme en el centro, no había un asiento solo por completo, ella se sentó adelante junto a un anciano y yo detrás de ella junto a una señora, casi no habíamos cruzado palabra desde aquel comentario. Solo yo había tomado café, porque ella tampoco tomaba café. Supongo que son cosas que no importan tanto por facebook. Pero aunque fuese una chica vegana que no toma café y compartiera los valores de la sociedad psicópata, a mi me gustaba, me gustaban sus piernas largas y bronceadas, su discurso de estudiante de derecho, esos cabellos sueltos sobre su espalda y hasta el bozo sobre su boca delgada. Detrás de ella, en el bus, pensaba en hacer la última ridiculez. Saqué mi libreta y escribí en la esquina de una pagina “ha sido genial, comprendo si no me queres volver a salir conmigo” (la frase perfecta para terminar de arruinarlo todo), arranqué el papelito y se lo puse en las manos justo un poco antes de mi parada, vi que lo leyera y comencé a caminar hacia la salida. Cuando volví a verla, me miró con una cara de completo extrañamiento. Me baje del autobús y lamente todo lo que había hecho.

Me dejé de acercar a la U por algún tiempo, que se hicieron dos semanas, tres semanas, hasta que deje de ir por completo a estudiar. Un poco por vergüenza de encontrármela de nuevo. Un poco porque sólo iba a la Universidad para poder verla a ella.

He reconocido por estas y otras experiencias que soy incompatible con la realidad en la que vivo, y esta es la menor de las muestras de lo profundamente inadaptado que soy, porque después de esto, hice y sigo haciendo todo lo posible por ser un fracasado. Simplemente gente como yo no debió haber nacido.

El hombre

de Robert Walser
traducción por E.J. Valdés

Este texto es propiedad del Robert Walser Center, en Berna, y de la editorial Suhrkamp Verlag. Se reproduce sin más intención que difundir la obra de Walser entre los lectores de habla hispana.

En una ocasión me senté en un restaurante de la Viehmarktplatz. A veces caballeros sofisticados se sientan allí, pero no deseo hablar sobre caballeros sofisticados. Los caballeros sofisticados no son muy interesantes. Buscan ser entretenidos sin que ellos mismos lo sean. En la esquina estaba sentado un hombre de mirada abierta, amable y jovial. Sus ojos parecían yacer en una insondable distancia, en lugares ajenos a la Tierra. De inmediato empezó a tocar una suerte de flauta, y todos los presentes en el fino restaurante dirigieron la mirada hacia él y escucharon su música. El hombre permaneció allí sentado, sus alegres ojos como los de un niño grande, robusto y bien humorado. Una vez concluyó el concierto de flauta, siguió con un clarinete, el cual tocó con el mismo virtuosismo. Tocaba melodías muy sencillas pero de manera excelente. Después de eso, cantó como un gallo, ladró como un perro, maulló como un gato y mugió como una vaca. Era obvio que se deleitaba en los varios sonidos que realizaba a la perfección, pero lo mejor estaba por venir, pues entonces sacó una rata de una cesta que mantenía bajo la mesa y la mimó cual si fuera un buen niño. Dio a la rata a beber un poco de su cerveza, clara evidencia de que las ratas gustosas beben cerveza. Además de esto, colocó al animal, por el cual las personas sensatas sienten un disgusto definitivo, en el bolsillo de su abrigo y, para terminar, lo besó en el puntiagudo hocico mientras reía, feliz. Sin lugar a dudas era extraño este hombre de ojos claros y relucientes, mirada pensativa y perdida. Era amante de la música y amigo de los animales. Muy extraño era. Me causó una profunda y duradera impresión. Y no sólo eso: hablaba un magnífico francés.

[1914]

Desventura norteña

por Eduardo Villaraldo

Treviño y Zapata echaban volados con Garza y Tovar para decidir quiénes se quedarían de guardia durante el partido de los Tigres contra el Monterrey cuando una voz salió del radio de la oficina. El secretario del Fiscal les avisó que habían reportado un bulto tirado en la avenida Constitución. Ante la afluencia de la carretera y la importancia del día (sábado: día de futbol, día del clásico regio, inauguración de la temporada de béisbol), el fiscal ordenó, mandó a decir que los cuatro comandantes se hicieran cargo del asunto y que dejaran a dos de sus hombres de más confianza al frente de la comisaria.

Treviño y Zapata decidieron dejar al Macho Prieto y a la Muñeca, al frente. Y mientras Tovar fue a mear, Garza (que se había criado en Culiacán) le dijo al Guatemala que fuera por los muebles. El Guatemala era de Chiapas y tenía una semana de haber entrado a la policía ministerial y tres de haber llegado a Nuevo León. Nunca antes había traído una pistola al cinto y por esa razón sólo lo ocupaban para mandarlo a comprar café al Oxxo y disolver en él cápsulas verdes. El Guatemala no entendió a qué se refirió Garza y le llevó dos cajones de un escritorio que se había podrido y en los que almacenaban retratos de narcotraficantes. Garza se cagó de risa cuando vio al Guatemala cargar las maderas. «No seas pendejo», le dijo, le puso un chiricuaso y le dio las llaves de las dos camionetas. «Son las trocas», concluyó.

Se subieron a las dos F150. El sol hacia humear los cofres de las camionetas. Las cabinas eran un horno de leña. Aun así Treviño, Zapata, Garza y Tovar evitaron beber una birra en el camino a la avenida, también declinaron sacar el polvo de las guanteras, hacer dos líneas sobre sus tarjetas de presentación e inhalarlas, pues temían que ante la orden comunicada por el secretario, el Fiscal –que era un gran hijo de puta– pudiera llegar al lugar de los hechos, se diera cuenta (por un comentario errado, un mal movimiento, la inyección excesiva de sangre en los ojos) que estaban bajo la influencia de alguna sustancia y les cortara los huevos con todo y verga.

Convoy
Convoy

Diez kilómetros antes de que llegaran al destino un convoy de militares, que traía música disco a todo volumen (pensando que un convoy de sicarios los estuviera esperando para darles un atorón con una emboscada), les dieron alcance y les dijeron que bajarán la velocidad. El soldado que iba sentado en el lugar del copiloto del DN-XI que lideraba el convoy bajó el volumen de la música y les dijo que, además de los bultos reportados, se había acabado de voltear un tráiler que transportaba bebidas. Garza y Tovar se extrañaron porque a ellos sólo les reportaron un bulto, no “bultos”, como dijo el sardo. Tovar, que era el copiloto de Garza, avisó por radio a Zapata y Treviño del tráiler siniestrado. Hecho esto, los guachos volvieron a subir el volumen de la música y dejaron atrás las dos F150.

Cuando las dos trocas llegaron el lugar, este ya había sido acordonado por los militares. Sin embargo no habían registrado los bultos (que no eran más que bolsas de basura), porque estaban ocupados acaparando la bebida del tráiler volteado que resultó ser propiedad de la cervecería Cuauhtémoc-Moctezuma, aunque la justificación que dieron a los ministeriales fue que estaban esperando a los forenses. Los cuatro ministeriales, al ver de qué se trataba el tráiler, sintieron un vacío en el estómago que les subió al esófago y luego bajó con la fuerza de una plomada de albañil hasta sus intestinos:desearon estar sentados en un váter. Un tráiler cargado de puras Carta Blanca no era cualquier cosa, era el orgullo, el sol radiante de la Sultana. El ver desperdiciados así tantos litros de cebada les infundió, también, síntomas pasajeros de un ataque de ansiedad.

Adictos a ser los primeros en tener información fresca, cruzaron el área acordonada y colocaron su mano en el cinto de pita, en el lado en que estaban las Glock 17. Por los rastros de sangre impresa en el pavimento los cuatro pensaron que eran los torsos de personas y que, además, habían sido ejecutadas hace no mucho tiempo. Treviño pateó una bolsa y sólo logró que más sangre se escurriera por las uniones del hule. El olor de una carne asada los hizo voltear a todos lados, pensaron que era parte de su imaginación, pero luego vieron un humo azul ascender a las nubes. En la euforia del olor, y pensando que aún podían decidir quiénes irían al partido de los Tigres contra el Monterrey y quiénes se quedarían en la oficina a comer discada, Tovar se hincó y dejó que uno de sus dedos se llenara de sangre, luego lo llevó a su nariz y a su lengua, pero no pudo distinguir nada. Entonces desató el bulto y si con las cervezas desearon estar sentados en un váter, al ver el contenido, los cuatro, sintieron que sus esfínteres se relajaban por completo y que no eran dueños de su cuerpo ni de su alma, pues dentro de la bolsa había sendos paquetes de longaniza, arrachera y diezmillo. Se empezaban a tornar de un color verdoso porque empezaban a descomponerse por el calor del sol. Abrieron los tres bultos restantes y en dos encontraron los mismos paquetes, en otro encontraron cebollas de cambray, limones, rábanos, jitomates, cilantro y aguacates. Llamaron a uno de los militares que resguardaba la zona y le enseñaron el contenido, luego le dijeron que le avisara a su jefe que no había necesidad de que estuvieran allí, que iban a cancelar la llegada de los forenses y que con la carne trataran de buscar algunos cortes comestibles y se los llevaran y si no servía nada se la echaran a los perros de los municipales o a los perros de su zona militar (esto último, lo de los perros, lo dijo Treviño con unas lágrimas que suprimió pero que al subirse a la camioneta dejó brotar sin hacer ruido ni comentarios).

Camino a la comisaria hablaron por radio a los forenses para decirles que ya no eran necesarios sin darles mayor explicación.

Afuera de la comisaria estaba el Guatemala prendiendo, con dificultad, el carbón de una parrilla. Treviño, Zapata, Garza y Tovar se apearon de las trocas y se quedaron recargados en los cofres. Su vista apuntaba al Guatemala, pero era claro que sus ojos no observaban nada. Hasta ese momento se dieron cuenta que estaban pálidos.

Esa tarde el humo de la parrilla, que minutos después logró prender el Guatemala,picó como nunca antes, como si en lugar de carbón le hubiera echado fuego a un puñado de chiles habaneros. En el clásico Tigres no alineó a Gignac. Al medio tiempo se fue la luz en el nuevo estadio del Monterrey y ya no se pudo jugar. La música de los Cadetes salía desafinada de los autoestéreos de todas las trocas de la ciudad. Se corrió el rumor de que el acordeonista de Los Ramones de Nuevo León (el grupo promesa de la música norteña), se había fracturado una mano y todas las presentaciones del año iban a quedar canceladas. Celso Piña no llegó a tocar a la inauguración de la temporada de béisbol. El dueño de los Sultanes de Monterrey hizo declaraciones endemoniadas a la prensa al terminar el juego, no contra Celso Piña por no cumplir con el contrato, mucho menos contra los jugadores pochos que habían jugado la temporada pasada con algunos equipos de la liga, sino contra el gobernador del Estado, porque en lo que iba del sexenio no había tenido la iniciativa de implementar un programa para el cuidado y transportación de la carne.

Queriendo distraerse de tan agüitante jornada laboral, en la noche, los cuatro fueron al Pilo´s Bar pero Dwayne Verheyden no tuvo público y hasta le gritaron: «pinche holandés de mierda» cuando no pronunció bien una palabra de la canción en turno. Pidieron una cerveza para tratar de dar paso a un estado de euforia pero las Carta Blanca que les llevaron, aunque frías, al igual que las putas que habían pasado a recoger, les supieron a modorra.