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Yo sí le tengo envidia a Sean Penn

por José Luis Dávila

Yo sí hubiera querido entrevistar a El Chapo en su tiempo prófugo. Pero antes de que me insulten, de que descalifiquen mi opinión, de que intenten agredirme, o que lleguen realmente a hacerlo, quiero aclarar algo: me gusta considerarme una persona crítica y honesta, y me gusta la imprudencia que eso me permite. No creo en las correcciones políticas porque no creo en las tendencias políticas, pues son sólo eso, tendencias, como de la moda, como del espectáculo. Creo que todos estamos inmersos en un sistema, y que ese sistema apesta, pero no por eso creo en las instituciones extremo-izquierdistas falaces y pseudocomprometidas con el pueblo, porque todos sabemos que no lo están; todos sabemos que son la misma basura contra la que disputan aquello que llaman poder, pero que en realidad podríamos llamar solamente posición social. Porque el poder se ejerce, y ellos no saben cómo. Mucho menos tengo ideas partidarias de la derecha, porque históricamente ha demostrado ser el fracaso idealista de una clase fundamentada en abstracciones económicas. Por todo eso me puedo permitir repetir: yo sí hubiera querido entrevistar a El Chapo en su tiempo prófugo.

Sean Penn y El Chapo - Imagen pública
Sean Penn y El Chapo – Imagen pública

Es más, yo hubiera estado contento de conocerlo. De poder sentarme frente a él y pedirle la libertad de hacerle las preguntas que tengo rondando mi cabeza. Y hay que aceptar esto: todos tienen preguntas para ese hombre. Desde el por qué lo hace, pasando por el posible sentimiento de culpa, hasta la pregunta que creo fundamental para un traficante, es decir, cómo es su día laboral, su cotidianidad. Hay que ser muy imbécil para tragarse la romántica visión del druglord siempre en sus aposentos, rodeado de mujeres y sin hacer más en todo el día que mandar a matar a unos cuantos. Quiero decir, los tipos como él son unos criminales, marginados de toda la sociedad, buscados por todas las fuerzas policiales, y aún así Joaquín Guzmán Loera se las arregló para ser amado por demasiadas personas que en un mundo menos cínico deberían haber ayudado desde el inicio a capturarlo. Estar siempre escapando, siempre escondiendo lo que haces, debe ser cansado, incluso si tienes comprada a la policía. Qué fastidio tener que cerrar un restaurant sólo porque nadie te debe ver. Qué porquería de vida tener que pagarle a las personas de un pueblo entero para que puedas caminar un rato por la calle y tomar un poco de aire fresco.

¿Es lo que podemos decir una “mala persona”? Por supuesto. ¿Merece un castigo? Claro. No estoy en contra de su captura y no le tengo compasión. Ha hecho cosas terribles, y se han hecho cosas terribles en su nombre (dos posturas que son completamente distintas), pero no por eso todo lo que le rodea es su culpa.

El Chapo, Sean Penn y Kate del Castillo - Imagen pública
El Chapo, Sean Penn y Kate del Castillo – Imagen pública

El grueso de las personas que conozco han alzado un grito de indignación al saber que Sean Penn y Kate del Castillo lo entrevistaron secretamente en octubre, pero también estoy seguro de que la mayoría de esa mayoría tan sólo se han quedado con la información que traducen los diarios mexicanos, que sabemos están igual de vendidos al gobierno que el gobierno a los narcos, o peor aún, opinan solamente desde el conocimiento de los titulares. Pocos deben ser los que han ido al artículo original. Y si es el caso contrario, me disculpo, pero las aseveraciones que hago, deben comprender, están fundadas en que como pueblo hemos dado pie a que se hagan ese tipo de conjeturas. Estamos acostumbrados a la falta de reflexividad de nuestros semejantes porque sus actitudes se centran en la instantaneidad de las cosas, en buscar la comodidad antes de la humanidad, y eso lo vemos reflejado en las licenciaturas que más se estudian y el concepto cultural que se tiene de cada una de ellas. Como sea, ese no es el punto. La reacción ante esa entrevista publicada por la Rolling Stone ha sido de insultos y desaprobación no sólo por la población común, sino que muchos líderes de opinión se han manifestado en contra de ambos actores, a quienes incluso se les ha tratado de culpar por encubrimiento de información. Siento estar en contra de ello, pero realmente hay que tratar de ser un poco más abiertos al respecto. Sean cuales sean los motivos que los llevaron a realizar la entrevista (porque aquí estamos hablando únicamente del hecho de la entrevista y no de posibles relaciones interpersonales entre los actores y El Chapo, algo que realmente no nos compete porque no podemos determinarlo de primera mano) hay que ponerse a pensar en que, como producto, ha dado un artículo periodístico de gran valor cultural que en próximos años tendrá relevancia histórica. Además, y de mayor importancia, a pesar de ser actores, el ejercicio periodístico no se limita a quienes hayan estudiado o ejerzan como forma de vida la profesión, por lo que tampoco se limita la practica ética de la misma, y entonces es cuando el derecho de la fuente a permanecer en secreto tiene que ser respetado, sobre todo siendo que dicha entrevista da un panorama objetivo de la situación de Guzmán Loera y no incurre en apologizar su figura delictiva. Pero aquellos que los acusan de aliarse con la delincuencia, y muchos de ellos se hacen llamar periodistas, entienden esta cuestión desde un sistema moral sin tomar en cuenta lo mencionado.

Tweet - Imagen pública
Tweet – Imagen pública

En esa última línea va todo el asunto real: la moral que les hace considerar a Penn y del Castillo como traidores a la justicia, casi como adeptos del delincuente más buscado, parte de una sociedad que ve normal escuchar corridos en los que se hace de los narcotraficantes unos héroes, en los que se implica a la mujer (casi siempre) como un artículo desechable o la causante de la desgracia amorosa, de una economía que no genera estabilidad para nadie, orillando a muchos a emplearse justo en la delincuencia organizada, y de una cultura en la que la corrupción en cualquier estrato llega a la naturalidad. Estamos jodidos como nación debido a esa moral mercenaria que nos hace considerar a los otros como el mal pero no podemos ver lo que hay de mal en nosotros; queremos culpar a dos personas que hicieron una entrevista a un narco, investigándolos desde la PGR, cuando, del otro lado, ni siquiera parece que alguien los haya amenazado por el arresto del jefe (de lo contrario, estoy convencido, ya lo habrían hecho público ellos mismos, mínimo por seguridad). Lo más ridículo es que todos ahora están pidiendo y aplaudiendo tal investigación a un gobierno en el cual se supone que no confían –that’s just retarded– y contra el que por mucho tiempo han pedido que se abran juicios y los altos cargos renuncien. Son unos hipócritas. Sí, así de jodidos estamos; aunque todavía queda la esperanza de buscar una solución a esta contradicción que es México, una solución que sea viable y aplicable, una solución que parta de lo individual y pueda contagiar a todos. Hay que esforzarse en encontrarla, supongo.

Y no, las marchas no resuelven nada, por si estaban pensando en esa gran idea.

El ya de por sí podrido cadáver del rock

Marilyn Manson - Imagen pública
Marilyn Manson – Imagen pública

por José Luis Dávila

en respuesta a Gerson Tovar

Justo como en 1882, cuando Nietzsche escribe en La gaya ciencia que Dios ha muerto, Marilyn Manson en 1998 canta en el Mechanical animals que el rock ha tenido ese mismo destino. Que incluso está más muerto que la muerte. Han pasado diecisiete años desde entonces, diecisiete años tediosos en los que nacen y mueren grandes cantidades de proyectos musicales que no saben mantenerse en escena porque aún aspiran a hacer rock, pobres ilusos.

Yo no creo en el rock de, al menos, los últimos veinte años. Creo que ha habido pequeños destellos de genialidad, pero tan pocos que no son nada. Lo que es peor, aquellos que lo hacían subsistir han sido cambiados por los tiempos y el sutil encanto de la actualidad. El sonido crudo de la ciudad descarnada por el rasgueo sobre las cuerdas de la guitarra, marcada desde el amanecer por la marcha de la batería, noctambula en la profundidad del bajo, elevada a los cielos durante el grito de la voz contra lo establecido por la sociedad que no ve bien a quienes se manifiestan en música furiosa pero sencilla, sin pretensiones, sin poses, todo eso está extinto como los dinosaurios después del cometa, adaptándose a nuevos climas para no dejar de ser pero tampoco siendo ellos mismos.

Nietzsche - Imagen pública
Nietzsche – Imagen pública

El rock, lamento decirlo, nunca volverá, ni siquiera en forma de fichas. Ante este panorama, hay que voltear a otros lados, saber abrir los oídos y entender que ahora estamos en la era de los híbridos sonoros. Aquello que se llamó britpop abrió la puerta del bar con una patada y todos se voltearon a verlo. De ahí partimos ahora. El rock estaba decadente en ese entonces y el metal se estancó junto con él, tanto que las mismas bandas de hace treinta años son las que mejor crítica tienen ahora que su popularidad entró en el mainstream. Era necesario un sonido nuevo, revuelto, independiente de las concepciones anteriores. El último gran ícono, quizá discutiblemente, del rock fue Kurt Cobain, pero para cuando su muerte cimbró, ya había precedentes de que el fin de una era estaba cerca, ya estaban esas bandas de la cotidianidad sin ánimo, aceptada, desglosada en versos y expuesta en el escenario para ser contemplada sin afrentas sino con despreocupación y sarcasmo.

Long live rock n' roll - Imagen pública
Long live rock n’ roll – Imagen pública

Esas bandas no querían ser rock, querían una identidad propia. La crítica fue la que les encasilló, por necesidad de sustitución, por inseguridad ante las propuesta del futuro como una experimentación constante para reemplazar aquello que es irremplazable. Actualmente sufrimos las consecuencias de ese proceso de negación ante las nuevas perspectivas de hace años. Entiendo que muchas personas se confundirán al pensar en la gran cantidad de denominaciones que ahora se tienen y que usan como referencia al rock, pues tendemos a categorizar géneros a través de la necesidad de un rock al cual no queremos enterrar, al que aún nos aferramos y queremos tenerlo siempre cerca aunque ya apeste. No sabemos honrarlo. La culpa no es de las bandas actuales, es de nosotros por no ser más críticos y permitirles creer que pertenecen a eso que ya debería estar bajo tierra, no olvidado, pero sí homenajeado, con respeto y no con alquímicas intenciones para reavivarlo.

A los cadáveres hay que dejarlos en las tumbas y visitarlos para mostrarles respeto por sus acciones en vida. A los vivos hay que mostrarles los límites que tienen para evitar que se maten antes de tiempo, y para que no se pudran en vida como ya les pasa a muchos.

Michal Batory, alquimista de la imagen

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por José Luis Dávila

Estoy en un salón lleno de adolescentes a los que intento hacer creer un poco en el arte, que amen un poco, a su personal modo, las maravillas que se abren cuando se llenan los sentidos con la contemplación estética del mundo. En fin, que dejen de vivir en ese mundo, como diría Shakespeare, que es sólo el relato de un idiota lleno de sonido y furia. Sin embargo, sé que es ilusorio; muy pocos de ellos están habituados a ver más allá de sus narices; los más tienen por modelo una perspectiva lineal que no se da cuenta de aquello que sucede alrededor. Eso es lo extraordinario del trabajo del cartelista: tiene el reto atraer a las personas poco avispadas en notar los sucesos fuera de su campo de visión y, además, hacerlo de una forma creativa, que no solamente muestre sino que diga, que genere un canto de sirena que parta de su propia voz pero representando eso que anuncia.

Creo que hay cierto tipo de magia en ello, una magia que pocos tienen, como Michal Batory, uno de esos hombres que poseen el saber alquímico para transformar las imágenes. Este mes, Batory presenta en San Pedro Museo de Arte una retrospectiva de su trabajo, una colección que inunda los pasillos del lugar con misticismo estético, como un conjuro convocante de cada uno de los eventos para los que están hechos pero en términos de sus propios ojos, pues qué es un cartel si no la interpretación del cartelista sobre concepto central de lo que quiere comunicar.

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Pregunté a este grupo de adolescentes si un cartel podía ser considerado arte. Fue una pregunta engañosa, lo acepto. La cosa es que no todo cartel puede aspirar a ser considerado arte, pero algunos incluso están más allá de la duda, la cual resulta insultante. El arte es mimético y no hay nada más mimético que un concepto sobre un concepto, algo bien difícil pero no imposible de lograr. Por eso digo que Batory tiene esa chispa de mago que le permite escoger bien las palabras para el hechizo, todo para que se vea en el resultado la belleza de elementos disonantes en conjunto haciendo la armonía que él quiere.

Nadie debería perderse la oportunidad de estar frente a un cartel de Batory, es por eso que envié a todos esos chicos a que lo vieran. Seguro que casi todos van a evitarlo, pero los que vayan, los que realmente vayan, estoy seguro de que se sorprenderán admirando algo que no creyeron nunca admirar.

Y también estoy seguro de que fuera de esos chicos, cualquiera que vaya a verlo y haya leído esto, entenderá a lo que me refiero.

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Viaje

Viaje - Imagen pública
Viaje – Imagen pública

por José Luis Dávila

¿A qué se le debe llamar un viaje? ¿Cuál es la distancia que se debe recorrer para que ir de un punto a otro, para que un trayecto cualquiera, se convierta en un viaje? Poco a poco he estado notando que tal palabra se usa para designar a los recorridos que se hacen a largas distancias –más largas que las distancias que se suelen atravesar en un día normal–, y que tienen una finalidad específica, misma que contienen cierto grado de relevancia para quien lo hace: un viaje de negocios, de estudio, de vacaciones, etc.

O alguna vez han escuchado algo como “hoy viajé a la tienda”, “viajé al centro comercial para comprar un vestido”. Para esas cosas, por lo general, se usa el verbo ir.

Me gustaría pensar que las personas entienden que viajar es un acto más profundo, pero por lo que sé, sólo lo distinguen, precisamente, por el objetivo del recorrido y por el tramo que se hace, por el tiempo que se toma uno en llegar. Sin embargo, puedo tomar un vuelo hasta Italia, por decir un lugar lejano, y no sentir que he viajado.

Viajar va más allá de la espacialización de la jornada que se usa para transitar, esto es, no está inscrito el verbo en la suma del tiempo y los lugares por los que se pasa. El viaje está en nosotros. Viajar es disfrutar, pero no únicamente del trayecto, sino de lo que se observa, de lo que se piensa, de lo que se siente al estar en movimiento y dirigiéndose a cualquier lugar. Porque de otro modo, esto sería un paseo, y pasear, para mí al menos, es un acto de introspección que necesariamente debe hacerse solo. Cuando “pasear” se le llama a caminar acompañado por algún lugar, eso no es dar un paseo, sino “estar con”, y al contrario, el viaje siempre se hace acompañado, incluso cuando se va solo.

Viaje - Imagen pública
Viaje – Imagen pública

La diferencia radica en que durante el paseo se piensa en uno a través de lo externo, mientras que en el viaje es justamente sobre lo externo sobre lo que se va reflexionando. No nada más sobre lo que se ve como un objeto, sino sobre cómo ese objeto llega a estar ahí, frente a nosotros por el tiempo que tardamos en seguir el camino, y cómo por unos instantes, nos ha acompañado. Aún más, cuando se comparte un viaje, se habla de lo que se ve, y con cada palabra que se entabla, uno va creando una reflexión propia sobre la forma en que la relación con ese otro que se está va desenvolviéndose por medio de lo dicho sobre todo lo demás que los rodea.

Yo viajo mucho. Voy de un punto a otro con el afán de pensar en lo que veo; en esta semana que ha pasado, mucho más me ha ocurrido que se me convierte en viaje un recorrido en autobús, el trecho que hay de mi casa a la tienda, las compras por el supermercado. Todo ha sido susceptible de ser viaje. Así he reafirmado que para viajar sólo hay que abrir los sentidos y dejar fluir la empatía con el entorno, no importando otra cosa que saber que lo que está fuera de nosotros nos puede ayudar a entendernos un poco al tiempo que se le entiende a eso mismo; una forma de la reciprocidad en que el conocimiento de uno se da al conocer al otro, si lo quieren poner de ese modo, o un poco más como yo lo veo: entender que todo lo que nos rodea también es parte de lo que somos.

Viaje - Imagen pública
Viaje – Imagen pública

Tommy es un punk rocker

Tommy Ramone - Imagen pública
Tommy Ramone – Imagen pública

por José Luis Dávila

Inevitable haber alguna vez gritado “¡hey! ¡oh! ¡Let’s go!”. Lo que se va con el último de ellos, con Tommy, es el affair de la inestabilidad emocional con la composición limpia de canciones sucias; es el coqueteo de la anarquía con el deseo de éxito comercial. De los cuatro, Tommy fue el que más se acercó a emular la duración de las canciones con el tiempo que estuvo a cargo de la batería de la banda, pero no por ello desmerece. Quizá más que nada porque no es el tiempo que haya tocado sino lo que él significaba ahora: la memoria de un género musical completo, de un CBGB lleno de junkies y desclasados con ansia de ver caer al mundo de la moda establecido para establecer el propio; absolutizando de la negación de los absolutos.

Ellos eran una juventud de la que debería aprender nuestra juventud. Una juventud sin pretensiones falsas –porque pretendían, solamente, lo que de verdad querían y no lo que creían necesitar para ser vistos–, llena de vacíos para ser llenados con trabajo y creatividad, con unión entre la diversidad. ¡Qué más! Unidos por un apellido, todos. Eran la juventud de un hombre de sesenta y dos años que acaba de morir el 11 de julio.

Tommy Ramone - Imagen pública
Tommy Ramone – Imagen pública

La música de The Ramones seguirá siendo escuchada por décadas. La música de The Ramones no es caduca porque se sostiene de aquellos que guardan dejos de negatividad activa, esa que hace a la inconformidad una terrible arma contra todo lo que se encuentre petrificado. La música de The Ramones en este momento es lo que menos importa pues es lo que sobrevive en el público.

Sin embargo, la muerte de Tommy Ramone deja un espacio más cercano del que dejaría cualquier otro músico, un espacio del mito, de la figura que se quiere alcanzar. Era el que quedaba como testigo de esos años en que cuatro muchachos decidieron iniciar una nueva vanguardia sin saberlo, ser parte de otra forma de ver el mundo.

Pero, al final, si alguien me preguntara quién era Tommy Ramone, yo diría que era sólo otro punk rocker, y eso es lo que más se tiene que lamentar de esto. Uno menos al cual siempre se le recordará.

El arte es una casa: sobre una tarde con Liliana Amezcua

Liliana Amezcua - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Liliana Amezcua – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

por José Luis Dávila

No se puede vivir del arte. Es un hecho que al menos en México ser artista está ligado a la lucha constante para poder mostrar al público lo que se hace, e incluso cuando se logra algo así, los juicios mediante los que se valoran las piezas resultan las más de las ocasiones cortados por influencias de lo moderno, de lo hype, de lo bonito y actual (como si la actualidad del arte no residiera en la perspectiva desde la que se ve y se piensa). Ya no hablemos de vender, ni siquiera de itinerancia de la obra en otros espacios de otros estados, ni de otros países. Que el apoyo presupuestal no basta, que las becas se otorgan por nepotismo, que abundan las ideas y no hay suficientes espacios. Las razones por las cuales la producción artística se ve afectada son demasiadas, pero hay que decirlo, no son nuevas, existen desde años, siglos, atrás. Todos los artistas lo saben, está en el contrato consigo mismos que deberán encarar este tipo de cosas tan frustrantes. Y sin embargo, sin embargo, se sigue decidiendo hacer arte, porque si bien no se puede vivir del arte, se puede vivir en él.

Taller de Liliana Amezcua - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Taller de Liliana Amezcua – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

Liliana Amezcua ha hecho esa elección en la que el arte se convierte precisamente en parte de su vida. El arte es su casa, su hogar. Se desenvuelve en él, dentro de los márgenes del cuadro, en las páginas de las libretas que convierte en registros de su experiencia. El taller de Liliana es uno lleno, rebosante de colores, de afiches colgados en la pared, de tazas con tijeras y pinceles. Cuando se entra en ese estudio, salta la creatividad, se respira el polvo de las cosas viejas que guarda con cariño; son recuerdos de su padre y su abuelo. Pero más que recuerdos, quizá sean ideas trasvasadas, sensibilidades que la atan a esas memorias materiales donde la presencia de esos dos hombres no se borra. Asimismo, la presencia de Liliana, tan fuerte, tan enérgica, invade a su obra y va mucho más allá, porque a la vez la obra invade el espacio del museo para convertirlo en otra extensión de ella misma.

Taller de Liliana Amezcua - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Taller de Liliana Amezcua – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

Pero no sólo es en el arte donde Liliana demuestra su talento, sino que también en algo que muchos considerarían diametralmente opuesto: la química. Tiene a su cargo La Mireya, esa perfumería que su abuelo abrió allá por 1923 y que gracias a ella sigue funcionando luego de tres generaciones. Aunque no aprendió formalmente el oficio, su capacidad de observación le ayudó mucho a continuar esta tradición, a saber mezclar de forma adecuada las sustancias, justo como mezcla las imágenes necesarias, ni más ni menos, en sus collages. Es, pues, una alquimista completa, transforma la materia concreta y la espiritual, una a través de las reacciones entre los elementos químicos y la otra en la conjunción de los elementos que representan su vida para exponerlos a otros que se sientan identificados.

Taller de Liliana Amezcua - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Taller de Liliana Amezcua – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

También en su taller hay un par de carpetas con todos los diplomas, los reconocimientos, eso que a muchos les gusta portar como joyería intelectual, pero ella no, ella prefiere tener todos esos papeles a la sombra, y así ser más honesta con su trabajo, más abierta a incluirse en el mundo y poder retomar de ahí uno de los elementos fundacionales de sus piezas: la realidad social individual, una realidad cercana que cualquiera puede reflejarse al menos un poco en ella.

Liliana Amezcua, se podría decir mucho más sobre ella. Pero mejor que su obra sea la que hable, porque ver uno de sus cuadros es estar un poco en su casa y conversar con ella mientras se fuma un cigarro.

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Por supuesto, pero tal vez…

Defensores de los animales - El Santo Nerd
Defensores de los animales – El Santo Nerd

por José Luis Dávila

No tenía más de cinco años cuando vi en el Relicario la primera corrida de toros de mi vida. Sinceramente, no entendí ni un carajo, pero hubo dos momentos cruciales: uno, cuando salió el hombre vestido en traje de luces, dueño de la plaza, y todos aplaudimos. Mi abuelo se veía emocionado, así que me emocioné por solidaridad, pero más por el asombro de nunca antes haber sentido esa especie de comunión total. Había algo más que en ese momento salía de mi alcance pero con el tiempo pude aprehender. Era maravilloso ver cómo el tipo en el ruedo se enfrentaba a una bestia enorme, una bestia que medía bien sus ataques y arremetía con toda la fuerza, y aún así, la elegancia del hombre era superior. Era una batalla plena, a muerte, como es todos los días en cada uno de nosotros la lucha entre las emociones y la racionalidad. La segunda cosa es que el toro encontró el modo de saltar las vallas y llegó hasta las primeras gradas; hubo espanto general, pero como niño uno no se da cuenta del peligro real de las cosas, y esperaba que el toro llegara hasta mi lugar para poder acariciarlo.

Por la misma época, era asiduo a las funciones de circo. Me encantaba escuchar al auto feo y casi hecho polvo perifoneando horarios y precios. Brincaba de la emoción al ver instalarse la carpa, pues uno que otro circo se asentaba cerca de mi casa, y quería ser parte de todos los que se encargaban de crear ese universo. Podía acercarme a animales que veía en las películas, animales que creí nunca poder conocer por los miles de kilómetros entre ellos y yo. Era espectacular verlos actuando en la pista, acompañados de los payasos, de los trapecistas, de las edecanes. Y los magos. Y los vendedores de lamparitas. Y ese olor a fertilizante. Cada función a la que he asistido ha sido una experiencia llena de color y dinamismo que deja en el corazón una incisión de nostalgia. El circo tradicional, ese al que casi todos alguna vez fuimos, para mí es una pintura viva.

Ahora, cada que leo un pronunciamiento contra estas dos expresiones culturales, siento que los argumentos expuestos al respecto son completamente vacuos. Los defensores de los animales tienen un buen punto, la crueldad y el maltrato contra cualquier especie están mal, y concuerdo, por supuesto que está mal, tienen razón, es despreciable, es abominable, es un mal que nos ha dado la consciencia ambiental el de saber que pese a ser la pretendida cima de la cadena evolutiva no tenemos derecho a tratar a otras especies como se nos venga en gana. Yo apoyo todo eso, sin duda, pero no puedo pensar tan cerradamente como la mayoría de los defensores de animales. No puedo evitar la criticidad e imparcialidad que emana del condicionante al “por supuesto” de las líneas anteriores, este condicional es un “pero tal vez” en donde reside la vacuidad de los argumentos.

Ringling Bros. - Imagen pública
Ringling Bros. – Imagen pública

Tal vez no todos los circos maltratan a los animales, es decir, uno de ellos, el Ringling Bros, hasta será indemnizado por los ataques sufridos al respecto durante catorce años. Esto quiere decir que tal vez la gente del circo está siendo afectada gravemente en su trabajo por denuncias no probadas y que incluso puede que sean falsas. Tal vez las mismas protestas en contra del circo generan bajas en la venta de entradas, lo que se traduce en las malas condiciones que viven no sólo los animales, sino que quizá a los mismos artistas y trabajadores de la empresa. Tal vez lo que se necesita es una buena regulación de las actividades y no la censura de ellas.

Por su parte, tal vez las corridas de toros no son lo que parecen. Tal vez es porque la mayoría de los defensores de animales no se interesan por conocer las reglas de las corridas y todo el universo que conlleva. Tal vez haya que pensar en el mercado de la carne de los toros de lidia, porque pese a la dureza de la misma, hay quienes disfrutan de comerla. Tal vez haya que reflexionar el contexto entero desde el cual las corridas son vistas, no como una barbarie sino como un rito ancestral. Un espectáculo en el que se pone a prueba al hombre frente a lo salvaje. Una forma de decantar la adrenalina. Tal vez es un método de para sacrificar al animal, como se sacrifican miles y miles en los rastros de todo el mundo a diario, pero con estilo y elegancia para ambos: el carnicero tratando de ejercer la profesión con arte, el animal teniendo derecho de defenderse y ganar su vida. 

Toros - Imagen pública
Toros – Imagen pública

A final de cuentas, el más grande “tal vez” que afecta a ambas cosas es que quienes se oponen a los circos o a las corridas están ayudando a matar una parte importante de la cultura. Habrá quienes se escuden en decir que los espectáculos circenses modernos se centran en las habilidades del actor circense, en lo que éste es capaz de realizar con su cuerpo y en relación a diversos aparatos, que por demás es loable y de gran valor. Pero eso no es el circo tradicional, el circo que está centrado en entretener por medio del exotismo, que está hecho para maravillar por medio de la ilusión. Y para aquellos que digan que las corridas de toros son brutales, bueno, todos los elementos estéticos y simbólicos implicados, imposibles de explicar a detalle en un espacio reducido, deberían ser puestos a consideración.

Tal vez quienes creen ser los más racionales al estar contra estas formas culturales, sean quienes están en el error. Sólo tal vez.

12 motivos para escribir

Máquina de escribir - Imagen pública
Máquina de escribir – Imagen pública

por José Luis Dávila

1. Hay que escribir para acortar distancias; rellenar los espacios entre el tú y el yo con palabras. Borrar los acantilados de a poco, arrojando un verbo y un adjetivo de vez en cuando. Crear puentes para llegar de la aldea que tenemos en la cabeza a las aldeas de los demás, y ser participantes en un potlatch que nos retroalimente el espíritu a medida que damos lo que más de íntimo poseemos: nuestro lenguaje en forma de texto.

2. Se puede escribir de todo. Desde una carta simplona hasta una novela de éxito mundial. Se pude escribir inventando lenguas nuevas, robando ideas y transfigurándolas para hacerlas propias. Se puede escribir sobre lo que ya está escrito. En fin, si se te ocurre, se puede. Y como se puede, ¿por qué no hacerlo?

3. La lista del súper deberíamos considerarla también como una literatura de la vida cotidiana. Y no solamente las listas del súper, sino cualquier otra lista que nazca de un acto individual de la necesidad por poner las cosas de nuestro mundo en orden. Porque al final eso es la literatura más consagrada y que con justa razón ha sobrevivido a los años, a los siglos: una forma de enlistarnos y ordenarnos en el mundo a través del papel para tener una guía de lo que podemos ser.

4. Escribir es como jugar Tetris: las piezas se van acomodando una sobre otra, una junto a otra. Mientras más jugamos, mejor sabemos cómo embonar cada pieza de forma que ninguna sobre o falte. Las palabras igual bajan primero lento de nuestra mente a nuestra mano, para alojarse en el papel. Mientras más escribimos, mejor sabemos hacer que las palabras se encadenen.

Escritura - Imagen pública
Escritura – Imagen pública

5. Escribimos porque las noches de insomnio o ansiedad (o ambos) tienen que ser ocupadas en algo más que mirar el techo por horas. Además, ese es el mejor estado de ánimo para escribir. Tesis enteras de doctorado se han puesto en palabras cuando sus autores necesitan desahogarse de alguna pena. Incluso grandes novelistas y poetas pasaron sus veladas frente al papel y durmiendo durante el día. Yo creo que Stoker se refería a eso cuando publicó Dracúla: el escritor que se nutre de la belleza de las mujeres, ya sea amándolas y siendo amado, o despreciándolas luego de hacerlas amarlo. Sin embargo, el que más concuerda con la idea del vampiro es aquél que ama y es despreciado. Por eso, en venganza, busca otros cuellos durante la madrugada y se acuesta al despuntar el primer rayo de sol, para descansar la resaca después de dejar su reflejo en las palabras sobre el papel. Poco a poco, si sabe ser un buen ejemplar de la estirpe, alcanzará la inmortalidad.

6. Porque si uno bebe demasiado tiene muchas oportunidades de ser un buen escritor. Con esto no digo que cualquier alcohólico es capaz de escribir algo que valga la pena, pero hay de dos: o encuentras la manera de contar tus anécdotas de ebrio de forma coherente y con tu propio estilo, o escuchas atentamente las historias de los otros ebrios mientras bebes con ellos (también puedes usar una grabadora, pero sin que se den cuenta) y así, al llegar a casa, darle forma, quitar la paja que pueda haber y pulir el oro de esas conversaciones que fácilmente te podrían valer uno o dos premios literarios si sabes cómo transformar las incoherencias de tus compañeros de barra en oraciones bien estructuradas. Aunque también las puedes transcribir como tal y alegar que te apegas a la lengua popular.

7. Se escribe para vender, lo cual está bien porque en esta vida todo tiene un costo monetario. La cosa es saber qué se está vendiendo, la imagen de uno o el trabajo que hace, calidad o cantidad, placer textual del lector o gozo creativo del autor. Quizá no haya una respuesta, quizá la respuesta esté en la perspectiva de cada uno.

8. Decir “soy escritor” lo puede hacer cualquiera, pero no muchos lo sostienen. Por eso hay que dejar pruebas de tu labor. Si no te publican, busca la forma de aparecer en algún programa de ponencias, abre un blog, reseña libros de interés general. Poco a poco aparecerás en algún buscador de internet, mínimo. Así, cuando te pregunten “¿A qué te dedicas?”, podrás decir con toda seguridad “Soy escritor”. Porque aunque trabajes en algo más para sostenerte, como todos hacemos, escribir es un orgullo; muchos se rinden a medio camino, o antes de iniciar la competencia, pero quien puede seguir esforzándose es un valiente y se merece el título.

r colores - Imagen pública
r colores – Imagen pública

9. Nunca será suficiente lo que está escrito. Por millones de años las sociedades han buscado una forma de plasmar sus ideas. Los dibujos en las cuevas eran una forma de escritura. Ahora escribimos en archivos virtuales. El tiempo ha cambiado la forma en que se guarda el texto; pero sin importar esto, siempre se busca escribir, se piensa en escribir. Escribir es la mejor forma que tenemos para dar cuenta al futuro de lo que pensábamos, de lo que sentíamos, de lo que vivíamos. Y siempre querremos saber más sobre el pasado. Por eso quien esté capacitado para ello, debe escribir. Porque las palabras se pueden combinar de formas infinitas y por más que se trate, no se pueden agotar.

10. ¿Han leído lo que se escribe últimamente? ¿Los libros que más se han vendido en estos años les convencen? ¿Los ven como literatura que valga la pena? ¿Creen que con los años se vaya a estudiar, no sé, la morfosintaxis de 50 Sombras de Gray, o el amor cortés en Crepúsculo? ¿Los Juegos del Hambre los hacen buscar en sí mismos las respuestas y las preguntas sobre si el futuro será un buen lugar para vivir? Si respondieron “no” a dos o más de estas preguntas, entonces ahí tienen otra razón más para escribir.

11. Escriban para ser leídos. El que asegura que no es necesario, que escribe sólo porque le gusta hacerlo, o teme demasiado a las críticas o no sabe para qué funciona la escritura. Porque más allá de que por medio de las palabras los demonios se vayan lejos y las mentiras sean verdades de papel que uno se acaba creyendo luego de repasarlas tanto, si uno no llega a los ojos de otro y recibe un comentario, cualquier tipo de comentario, nunca será escritor. El escritor sabe aprender de las críticas acertadas, defenderse con elegancia de los ataques infundados y, sobre todo, no tomar tan en serio los halagos. Eso sólo se logra al ser leído, porque los ojos ajenos son el primer filtro de quien tiene el temple para este oficio.

12. Escribimos porque dibujar y colorear con palabras es de niños grandes. Porque toda nuestra vida vamos a llevar el lenguaje a cuestas, y a algunos nos pesa mucho, así que necesitamos ir dejando poco a poco, regado por el camino, parte del equipaje. Porque todo lo que vemos está hecho de letras, y las letras crean palabras, y entonces nace el mundo ante nosotros como una proyección de las historias que somos. Porque nuestros cuerpos están tatuados pero la tinta que usaron no se ve más que a la luz blanca de la página. Porque tenemos tinta en vez de sangre y nuestras heridas crean historias que nadie más que nosotros pude contar. Escribimos porque elegimos escribir, y si hubiéramos tomado cualquier otra opción, tal vez sería un error.

La solemnidad de cosas así

Funeral - Imagen pública
Funeral – Imagen pública

por José Luis Dávila

Murió joven el padre de un amigo cercano que se me ha vuelto lejano en tiempos recientes por razones que desconozco. Cuando digo “murió joven”, no quiero decir que murió con poca edad (porque tengo entendido que ya rozaba el medio siglo), más bien lo que expreso es que murió como no se quiere morir: sin ver el futuro de sus hijos, demasiado joven para ello.

Cuando asistí al funeral entero, desde el velorio hasta el descenso a la fosa que hoy lo alberga, el silencio no purificó absolutamente nada. Por el contrario, fueron quienes más lloraron los que se sintieron en paz con la partida. Digo esto porque yo callé, igual que los demás amigos que éramos como hermanos y poco a poco nos fuimos disolviendo. Quizá fue nuestro silencio la forma de agradecerle a la muerte que nos haya vuelto a unir, y dejamos que se apoderara del terreno en que estábamos parados para hacer su hogar un momento, mientras todos trataban de erradicarla con pésames cliché y palabras de aliento vagas. Lo terrible de la muerte, dice la hija de Kurt Wallander en La Quinta Mujer, es que dura demasiado, y creo que tiene razón, porque cuando hemos pasado todo el tiempo en contacto con otros, siempre emitiendo sonidos, mantenerse callados es bastante difícil.

Sin embargo, no sé mis amigos de ese entonces pero yo siempre he callado cada vez que hay una muerte, porque la muerte es eso, un silencio que debe ser respetado precisamente por ser el último de los silencios. Un silencio que nos toma de la mano a cada uno en nuestro momento, llevándonos fuera de todo, reintegrándonos al grito ahogado que somos desde que nacemos.

Cementerio - Imagen pública
Cementerio – Imagen pública

Por eso no sé qué decir cuando alguien muere. Las palabras sobran. De hecho, todo sobra. Sobra la carne que son los que se quedan y sobra la carne que se va. Los lamentos rompen el aire cuando se anuncia el deceso. El llanto explota en cada lágrima que toca el fin de la mejilla por la que resbala, igual que estalla algo en el interior de quien se duele. Pero todo ese ruido está para encubrir la solemnidad de las cosas ya que realmente no sabemos hablar la muerte, sólo la fabulamos.

El silencio, repito, no purifica nada. El sonido sí. Aunque, ¿de verdad hay necesidad de purificar algo? La purificación ante la muerte del otro conduce generalmente al olvido. Cuando uno libera todo lo que el duelo conlleva, queda el vacío, una especie de orfandad por la persona que ha fallecido. Nos liberamos, nos purificamos, para avanzar, para ir hacia adelante cargando nada más que la ligereza de los fantasmas que es aquél que está en la tumba, fantasmas que no pueden tocarnos cuando los necesitemos.

Funeral - Imagen pública
Funeral – Imagen pública

Al contrario, el silencio llena el corazón con la nada, una nada que está atestada de presencia. Creo que la nada y el vacío no son lo mismo; mientras la nada integra una experiencia en la que la soledad propia cobija y se mantiene en contacto con la soledad del mundo, el vacío sólo sirve para permanecer a la deriva, errabundo y sin ataduras que provoquen pulsión alguna. En la nada se es, en el vacío se está.

En este sentido, el silencio siempre tiene ausente a la ausencia. Tal vez sea que haya que aprender un poco más del lenguaje y desandar el camino de la lengua para comprender cómo es que ese que parte realmente permanece en el silencio que rodea a todo el acto funerario. Y una parte de ese silencio, cuando lo sabemos apreciar, se funde con nosotros, dejando presencias que no se olvidan nunca en vez de fantasmas que se difuminan en el aire como el humo de un cigarrillo al salir de la boca de un hombre que espera, solo, sentado en una banca, a que llegue alguien que lo saque de sí para mostrarle otra perspectiva de las mismas cosas que siempre lo han rodeado, para mostrarle la solemnidad de cosas así, cosas como la importancia del silencio ante la vastedad de la muerte a modo de diálogo entre él y todo aquello que lo habita.

La gata

Gato - Imagen pública
Gato – Imagen pública

por José Luis Dávila

Es la gata que se sube, trepa por sus caderas, muy dueña de sí, muy dueña de su espalda. Es la gata la que se le posa en la nuca, la huele, la sabe suya como no será nunca de nadie. Y pestañea, una, dos, entreabre los ojos, como si fueran rendijas hacia una habitación donde la luz del sol no es bienvenida. La gata parpadea, no lo piensa mucho, lanza el zarpazo. Huye con porte por donde vino. Baja de la cama, atraviesa la habitación y se esconde entre la ropa sucia. Pero ella no despierta.

Ella no quiere despertar. ¿Para qué? Si la tarde es calurosa y no hay nada mejor que hacer. Si el pijama se le pega con el sudor, y los vecinos están platicando sobre el trabajo, sobre los niños jugando en el patio, esperando a que algo pase, como buitres alrededor del animal moribundo. Que si son gays los dos hombrecillos que viven juntos, que si es muy puta la hija del que vive en el departamento de junto a la entrada. Que si la doña de la tienda le vende cerveza a chamacos de secundaria. Nada de eso es para ella. Nada es algo que le pase por la mente cuando sueña en otros universos en los que las personas no condenan con la mirada ni son groseras a lo loco, nada más porque pueden. Sueña postpunk, al ritmo de Soviet Soviet, aunque ella nunca los ha escuchado. Sueña Mode Modern tocando Baby Bunny, pero en un lenguaje que no es el de la música ni de la pintura, ni de nada parecido. Sueña en arte porque, al final, eso es lo que son los sueños que se viven como si fueran realidades.

Y la gata la observa. La gata acecha esos sueños porque se roban el tiempo que pasa con ella. Malditas horas en que se acuesta y cierra los ojos, piensa, no ve que estoy aquí para que me abrace, para que me quiera. La gata cree que cada sueño soñado es un sueño cumplido, por eso los detesta, no sabe si está o no en los sueños de su humana. Se queda entre la ropa, lengüeteándose, mimada por el olor del suavizante. Bosteza porque se aburre de esperar y darse cuenta de que su plan para despertarla no funcionó.

Mujer dormida con gato - pintura de Wladislaw Slewinski
Mujer dormida con gato – pintura de Wladislaw Slewinski

Ella se talla la nariz, hace un gesto de acomodo buscando la mejor postura para seguir durmiendo, con la ventana abierta para que el calor no se estanque en la habitación. Solo eso. Se envuelve en una sabana, sus manos acurrucadas contra sus pechos, como palomas que buscan refugio de la lluvia que se suelta de cuando en cuando, inesperada. Su boca se mueve un poco, se ladea constantemente, como describiendo lo que ve, su boca es una narración constante de su inconsciente. Se voltea, se acomoda, se repite pero no abre los ojos más allá de para darse cuenta de que aún está en casa.

Si nada es lo que parece y todo depende del cristal con que se mira, ella lo quiere ver todo con el cristal onírico. Incluso a la gata que ya tiene un nuevo plan. No está entre la ropa, desapáreció de pronto, se materializó instantanea en la cabecera, de lado, como el Chat Noir pegado en una de las libretas que aún guarda de los días de secundaria. Deja colgar su cola sobre la cara, deja que el pelo se le meta en la boca, para hacerla toser y que por fin se levante la floja, que empiece el día a limpiar la caja de arena que ya está muy usada. Pero no, ella ya se acostumbró a vivir rodeada de ese pelaje escurridizo entre la garganta. No hay reacción y la gata frunce el seño.

Se la pasa pensando en otras formas pero ninguna le parece buena. La gata la ve, la contempla como nadie la contempla nunca. Se queda con una idea que la obliga a echarse entre el vientre y las piernas de su humana. Su humana, no la humana de nadie más, está ahí, con ella, durmiendo, y esa es otra forma en la que pueden estar juntas. Se regodea. Ambas se regodean cuando ella se da cuenta de que tiene compañía. La compañía mejor que ha tenido en una cama. Y la gata lo sabe.