Archivo de la categoría: Noesis de un bicho

Quejas semestrales y tazas de café

Regreso a clases (Viñeta Charlie Brown) - Imagen pública
Regreso a clases (Viñeta Charlie Brown) – Imagen pública

por Andrea Alamillo

Algo que me fastidia la existencia es esa segunda semana de clases. Es que paso no sé cuántos días antes del inicio de clases forrando libretas –sí, qué ridícula y ñoña. Pero yo no ando con la Scribe toda despanzurrada a las tres semanas de que iniciamos clases–, viendo que mi estuche tenga todas las plumas que voy a usar, además de las de repuesto para todos los que “chin! No traje pluma, ¿no traerás otra pluma negra? Bueno, del color que sea…”, y me emociono como infante en de día de Reyes la víspera para entrar a clases pensando que finalmente en esta materia veremos tal libro y tal teoría y tal cosa que siempre quise saber. Cuando por fin llega el día tan deseado, obviamente el 80% de los docentes no acudieron, pero bueno, la siguiente semana empezaremos en forma y qué felicidad, tareas por fin.

Y entonces nada, luego de leer una bibliografía y temario enormes de los cuales crees que aprenderás muchísimo y sobre el cual te imaginas profundizando y desarrollando las teorías que nadie antes había podido terminar de comprender… no. Todo consiste en una semi-leída mediocre de un capítulo seleccionado de un texto al cual ni se te introduce, dos tareas que bien podrían ser evitadas y ya está. Diez. Qué listo eres.

Mi indignación cada semestre surge en distintas materias –tampoco quiero decir que no haya tenido clases en las que salgo con ojitos de corazón y emoción desbordada. Este semestre la queja empieza con una materia de cuyo nombre no quiero acordarme donde, luego de intentar mal-dilucidar qué es la cultura y llegar a la obvia conclusión de que la cultura no es como solemos entender antes de empezar a ser humanos pensantes, algo artístico o intelectual o referente al nivel educativo, sino cualquier cosa que rodee al ser humano: básicamente, todo.

Cultura - Imagen pública
Cultura – Imagen pública

Y entonces la tarea: “hacer un reporte de actividad cultural”. ¿En serio? Es que qué fastidio. Con tantas personas que uno se pelea el lugar en la Universidad, algunos con todos esos pleitos familiares por entrar a Filosofía y Letras porque queremos ser el siguiente Octavio Paz, Alejandra Pizarnik, Hemingway, yo qué sé, porque nos apasiona y ni modo, no queremos ser doctores ni abogados ni contadores ni administrar la empresa de papi, no nos gusta y ni modo, a leer con los “hippies argüenderos”. Y para qué. Para que, como en el kínder, te pidan tu reporte del museo. “El domingo fui con mis papis al museo Amparo y está bien bonito. Me gustó la parte prehispánica.” Esa va a ser la introducción a la tesis. Qué mediocridad.

Pero antes de iniciar este semestre hice mi pacto anti-mediocridad y sin importar lo absurda, simple e infantil que resulte una tarea, iba a trabajar en ella como si de eso dependiese permanecer en la carrera o ser echada a vivir bajo un puente, así que escribí un pequeño resumen de todo lo que la palabra “cultura” abarca –el cual omitiré en este espacio– y una crónica de la acción más cotidiana e indispensable de mi día, que les comparto aquí. (Por cierto, se decidió que mejor no entregáramos la tarea y la comentáramos en clase. Lástima que olvidé mi Play-Doh y crayolas en casa. El cuadro hubiera sido perfecto.)

Café - Imagen pública
Café – Imagen pública

∩Jueves, 23 de enero de 2014. 10: 00 a.m.

Sales de clase de 8. Qué mezcla de sentir el estar levantada, arreglada y con el cerebro en funcionamiento a esas horas en las que hace unas semanas apenas empezabas a quejarte entre las sábanas, del inevitable despertar. Corto trayecto a casa, el perro mueve la cola al verte. Avientas mochila, llaves y bufanda al sillón y te sientas en el suelo a hablarle al pobre animal como si fuera algún extraño ser que no tiene capacidad de escuchar sonido alguno si éste no incluye balbuceos y palabras en diminutivo. Luego de lavarte las manos mordisqueadas y llenas de baba, te encaminas a tu lugar preferido: la cocina. Entonces todo sucede: la estufa encendida, platos por todos lados, fruta recién picada y el momento cumbre de las mañanas llega. El congelador se abre expulsando ese vaho helado importado desde el Polo Norte gracias a algún extraño método de los hombres de la ciencia. La bolsita de papel, etiqueta anaranjada, instrucciones pequeñitas, letras cursivas, un ganchito de madera cuidando que la bolsa no se abra y todo el sagrado contenido sea regado sobre las tablas de la cámara de congelación donde permanece el resto del día, y accidentalmente provoque en Alaska una seca lluvia de granos color marrón.

Llenas la jarrita pensando, como cada día, que tal vez 8 tazas sea demasiado, que hagamos menos, 4, quizá 6, total que 8, siempre son 8, el tope. Abres el depósito y vacías el agua. ¿El cable está enchufado? Sí. Ahora lo esencial, lo que da vida y llena el aire para que lo respiremos y ah, la vida, eso es la vida entonces. Vertir en el filtro un poco, ¿así?, no, un poquito más, así, así, eso. Cerrar tapas, oprimir el botón.

Con cariño doblar la bolsita un poco más vacía, asegurar el ganchito, devolverla a Alaska, es decir, al congelador. Segundos después empiezan los sonidos. A veces recuerdo al amigo y gran exagerado que al utilizar su máquina de la bebida ancestral, hacía bromas absurdas con esos sonidos: “alineando satélite, preparados para la misión…”, y la máquina: “krrrr, pchhhst, chhh…” y entonces el goteo y el esperar impaciente.

Luego de minutos que parecen horas, podemos llenar la taza. Leyendas sobre el contenido mágico, hay muchas. Una, por ejemplo, cuenta la historia de un monje que cortó los frutos de un arbusto y los coció. Cuando probó la bebida, la encontró de un sabor terrible, así que arrojó a las llamas los granos sobrantes. Estos, conforme se quemaban, despedían un olor agradable, por lo que tuvo la idea de preparar la bebida con estos granos y el brebaje resultante, amargo, de aroma y sabor placentero producía después de beberlo, un efecto tonificante. Los monjes decidieron adoptarlo para mantenerse despiertos durante sus oraciones. Esta bebida fue introducida a Europa por los árabes y los turcos en el siglo XV.

Y es entonces una vasija llena de luchas la que bebes: importaciones, exportaciones, colonizaciones, imposiciones, tradiciones, disfrutes, costumbres, descubrimientos, moliendas, sembradíos, decisiones -¿por qué decidí tomar esto y no lo otro?- y toda una serie de hibridaciones y culturas besándose y rompiéndose para que esta mañana puedas sentarte a leer mientras tomas una taza de café.

Zaranda (Interior) - Imagen pública
Zaranda (Interior) – Imagen pública

Qué cosa, qué actividad cultural más maravillosa que la de repetir esa escena diaria de preparar un buen café por las mañanas. Y es que sin esa costumbre originada allá, tan lejos, llevada luego a Europa, quizá a España mediante la invasión de los Moros, quizá aquí cuando Hernán Cortés pisó esta tierra donde los frutos y los brebajes eran otros, esa costumbre que ha tenido que ver guerras, gente hambrienta, tradiciones de “pendientes”, paisajes cortazarianos, primeras citas, consumismo, modas y enjuagues bucales para aclarar sonrisas con amarillentas huellas del paso del café por tantos paladares, sin esa costumbre, quién sabe qué sería de mis mañanas y quién sabe si en el mundo exista aroma capaz de reemplazar el de la Palafox y Mendoza a las 11 a.m. cuando en Zaranda se empieza a tostar el café…

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Hecho en -ojalá no, pero sí- México

Hecho en México - Póster
Hecho en México – Póster

por Andrea A. Rivas

Dos años tardé en ver la cinta, largometraje, pseudo-documental o mega-videoclip del director Duncan Bridgeman, Hecho en México, y no. No. No…

Pero a ver, es que hay que analizar un poquito qué es lo que está pasando porque esto no puede ser. Vamos allá.

Esta curiosa dicotomía que Bridgeman presenta en la que lo folklórico es lo bueno y el resto lo malo, lo pervertido, lo gris, lo tachable… me parece tan absurda como hipócrita, siendo este un “documental” con producción de Emilio Azcárraga.

Pero no podemos decirlo a la ligera. Es un gran problema, planteado ya desde hace muchísimos años, el de la identidad del mexicano, y es que seguimos neceando, por un lado, sintiéndonos bien nativos, hijos de Quetzalcóatl, españoles-hijos-de-la-chingada-que-vinieron-a-jodernos y por otro lado, viva el rock, viva mi iphone 20, viva mi té ultra nice importado de tierras exóticas y el chocolate suizo es más chingón.

Hay una escena particular en la no pude evitar reír: tomas de Amandititita y unos hipsters cuya agrupación o procedencia desconozco y los cuales, además de los lentes claramente no-made in Tepito, poseen y hacen uso de una brillante y blanca Mac. Esta escena precede a la canción que canta “tan lejos de Dios, tan cerca de United States…” …¿Neta? ¿Sí hubo un encargado de edición? O simplemente saben que el público mexicano suele ser un público mediocre que no analiza lo visto y se siente contentísimo creyendo que es súper intelectual cuando le ponen un filme masticado que hace sentir que se piensa, que se es crítico y entonces se conforma con aplastarse con palomitas a engullir y aplaudir la información absurda que les entra por la córnea?

Hecho en México - Fotograma
Hecho en México – Fotograma

El mexicano del filme no tiene idea de quién es. Intenta defender la identidad de indígena y se aleja de la identidad del ciudadano; nos dividimos en vez de hacernos parte de la unidad de una cultura polifacética, híbrida y completa. Porque además de mentar madres el consumismo patrocinado por nuestros vecinos de gringolandia, nos encanta tener Converse y ver a Woody Allen, ¿o qué no..? Las culturas ajenas no son tan ajenas, nos componen también, se vuelven parte del imaginario colectivo que nos hace ser los mexicanos que somos, nos guste o no nos guste. Que Hecho en México no venga a decirnos que sólo el mexicano es chingón cuando necesita pedir la actuación de Adanowsky en el metro para completar su filme, cuando filma con tecnología, estoy segura, no hecha en México y cuando presenta realidades tan ambiguas como falsas de un México donde Diego Luna y Chavela Vargas son las autoridades máximas que firman nuestro destino como paisanos.

Entre los tantos absurdos presentados en el filme se encuentra el del dinero. Hay una victimización del mexicano, afirmando primero que no necesita el dinero para ser feliz, quejándose luego de su pobreza a causa de los que tienen el poder… De nuevo la identidad. Mexicanos víctimas. El dinero termina pintándose como un inalcanzable y al mismo tiempo, símbolo del mal…

Hay ocho millones de escenas, temas y asuntos de este documental en torno a los que podemos hacer polémicas, pero no. El punto no es que venga yo a decirles cada razón por la cual creo que Hecho en México es un trabajo nefasto, el chiste es que, si lo miran, lo hagan con ojos críticos y no contentos con todo el intelectualismo falso con que se anuncia.

Y qué les digo. La cosa es que nos han metido en la médula esta cuestión de no saber quiénes somos ni a dónde vamos y en vez de mirar todos estos conflictos como algo que está, los miramos como algo intocable, terrible. La globalización está, así como está la maravilla de nuestras tradiciones, lo nefasto de este “documental”, trágicamente, también está y la única pregunta que verdaderamente debería ocuparnos es, ¿qué vamos a hacer con esto? ¿Cómo vamos a usarlo..?

Hecho En Mexico - Todos  los pósters
Hecho En Mexico – Todos los pósters

Ficha técnica

Hecho en México
(México, 2012)
Dirección: Duncan Bridgeman
Con: Daniel Giménez Cacho, Diego Luna, Juan Villoro, Julieta Venegas, Kinky, Lupe Esparza, Rubén Albarrán, Adanowsky, Lila Downs, Laura Esquivel, Los Tucanes de Tijuana, Tito Fuentes, Elena Poniatowska
Guión: Duncan Bridgeman
Fotografía: Gregory W. Allen, Lorenzo Hagerman, Alexis Zabé

NOTA: Por amor del santo al que le recen, que se entienda que no pretendo hacer un juicio sobre la existencia de ningún artista presentado por el filme. La crítica es a la dirección, producción, etc, y no a los juicios individuales de los sujetos que aparecen en él.