Archivo de la categoría: Noesis de un bicho

Carta

Carta - Imagen pública
Carta – Imagen pública

por Andrea Rivas

¡…!

Qué tal la vida.

Yo lo de siempre. La escuela, las tareas, los dramas, el café, el calor insufrible.

Y nada. Contarte que la culpa también me ha perseguido toda la vida. La culpa necia de haber nacido. La culpa de haberle quitado el pan de la boca a mamá. La culpa de haber presenciado la muerte, inevitablemente. La culpa de no haber jugado lo suficiente. La culpa de aquellos platos que no lavé con esmero. La culpa de las verduras semi-masticadas escondidas en una servilleta. La culpa de haber copiado en Geografía. La culpa del diez que pude conseguir y dejé ir. La culpa de haberme dejado mangonear en la primaria. La culpa de no haber gritado cuando me rompieron. La culpa de… Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Y luego la culpa de haber vivido toda la vida con tantas culpas.

Vivimos en un mundo de culpas. Comer mucho es malísimo, te pones gordo. Comer carne es malísimo, acabas con vidas. Es terrible vivir de verduras, ¿estás idiota, qué eres, chango? ¿Elegiste esa carrera? Qué imbécil. ¿Dijiste lo que opinabas? ¿En serio? ¿Y a quién le importa? Nada más te quemas… Deberías expresar tu opinión, si no, chíngate, es tu culpa por no decir nada. Ad infinitum…

Contarte que también he estado así, jodida, fastidiada, gris y sola, sola, sola. Todos lo estamos. Y creo que no es siempre nuestra culpa. ¿Será cultural? Desde muchos sitios hemos sido orillados a ciertas creencias, a ciertas palabras. Yo no sé, especulo, pero te entiendo. Entiendo el sentimiento que te leo en los párpados. La decepción. El abismo. La impotencia. La soledad.

Te entiendo y quisiera decirte algo real. ¿Quién decide, de todos modos, lo que es real? Yo también soy frágil, qué rabia. He caminado calles parecidas. No podemos igualarnos, yo sé. A veces me tocó la sombra cuando te jodiste bajo el sol. A veces te tocó la acera donde regalaban trozos de fruta mientras a mí me asaltaron cuando recién recibía la quincena. Pero te entiendo. Y me he repetido que la culpa es mía. Sabía que esa calle era insegura. Te vi pasar y no te ofrecí sombra bajo mi sombrilla. Recibí el trozo de fruta y no lo compartí con el huérfano hambriento.

Carta - Imagen pública
Carta – Imagen pública

¿No te parece horrendo? Sentir culpa incluso cuando el azar te regala lloviznas mágicas. Pero así somos. Y yo qué lecciones voy a darte. Pero recibí tu carta. Correspondencia, qué maravilla, y entonces respondo.

No te sé, seguramente ni tú sabes muy bien. Pero estoy aquí, te leo, te abrazo mientras mis palabras laten en tu pupila, te bebo mientras un traguito de tequila baja por la garganta, te respiro mientras el universo sigue dándonos aire. No tengo tu nombre. No sé quién eres. Pero estoy aquí, no estás solo. Hay palabras, hay, habemos.

Y que estés donde estés, seas quien seas, hay estrellas, y hoy, en estas líneas, estoy yo.

Tuya siempre,

Andy,
Andrea,
Bicho,
y todos los nombres que quieras darme

Anuncios

Terminales

Terminal - Imagen pública
Terminal – Imagen pública

Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Jaime Sabines

por Andrea Alamillo Rivas

La sensación de estar en una estación, la que sea, siempre me ha provocado torbellinos en el estómago. Ya sea que venga o vaya, o esté ahí para recibir a alguien, las terminales me parecen lugares infinitamente tristes. Son sitios de nadie, no son habitados más que por el paso apurado de gente en busca de algún destino; puntos de transición, de despedida, y en algunos casos, de bienvenida. Sin embargo, y gracias a don pesimismo, incluso cuando se recibe a alguien en la central de autobuses, el resultado siempre me sabe a melancolía porque para llegar a un sitio cualquiera, es necesario dejar otro.

He pasado por muchos libros donde la partida de un lugar resulta fundamental para la historia. A veces permanecer en un sitio impide que la trama de la historia siga su rumbo: partir es indispensable. En el momento que Emma Bovary parte hacia el baile, lejos de Tostes, está llena de nerviosismo, expectativas: se maravilla con el camino hacia lo desconocido, hacia la piña que nunca había probado y los perfumes que nunca podría comprar. Cuando termina el baile y Emma vuelve a su casa en Tostes al lado de Carlos -el marido sin magia que nunca le ofrecería bailes y cenas espectaculares-, ya no es la misma. Ha hecho parte de sí fragmentos de aquel lugar al que nunca volverá y que siempre ha de anhelar. El regreso inevitable a casa es desolador.

Terminal - Imagen pública
Terminal – Imagen pública

“No quiero poseer nada hasta que encuentre un lugar en donde yo esté en mi lugar y las cosas estén en el suyo.” Holly Golightly, Viajera, me susurra, desde la pluma de Capote, un secreto que el alma se negaba a revelarme. No todos los sitios a los que nos aferramos tienen el calor preciso para ser nuestro hogar, y ¿cómo tener la seguridad de que algún sitio lo sea? Hay trenes que deben tomarse. Ni la encantadora mujer de los lentes oscuros parte sin el abismo de pesadumbre escondiéndose tras las gafas y el labial.

Es, quizá, en la imposibilidad de asir un sitio como propio -como sucede con Emma- en lo utópico de pertenecer y buscar pertenencia, que el viajar y desviajar siempre deja un sabor a falta, a vacuidad, a insoportabilidad. O quizá podemos situarnos donde Holly, cerca de esa búsqueda perenne donde la incertidumbre de que el objeto de la búsqueda sea asequible siquiera nos mantenga siempre con las maletas hechas, de viaje en viaje y despedida en despedida.

Terminal - Imagen pública
Terminal – Imagen pública

Tomar un tren, metro, autobús, carreta, barco, avión, burro, alfombra voladora, calabaza, hipogrifo o nave espacial, invariablemente implica abandonar un sitio para trasladarse a otro, decir adiós a personas conocidas -incluso si son conocidas solo por lo cotidiano de sus rostros y no hemos mantenido más contacto con ellas- y, sin importar lo bienaventurado del destino, es inevitable el momento en que la nostalgia se apodere de las entrañas del viajero en algún momento. El ser humano está hecho de recuerdos e incluso los más infelices, se le aparecen de vez en cuando para decirle que hay pasado, que hay algo que fue y no es más, y que nunca más será.

Y vuelvo a esas pobres, desamparadas terminales y puertos de donde todos zarpamos y que nadie nombra con ansia, que nadie extraña y rememora porque no son de nadie ni para nadie, que escurren polvo y orfandad y guardan entre sus muros infaustos todas las despedidas del mundo.

Monomanía matizada

Secretos y paranoia - Imagen pública
Secretos y paranoia – Imagen pública

por Andrea Rivas

Hay momentos maravillosos de la humanidad en que la paranoia colectiva parece ponerse de moda y andamos todos con cubrebocas huyendo de la influenza, algunos con medio litro de antibacterial en la bolsa, mirando con desconfianza a todo aquél que estornuda, evitando entrar en contacto con la superficie; otros momentos en que resulta que a la vecina de la amiga de tu mamá le dio tifoidea por comer una cemita buenísima en El Carmen y entonces, de alguna manera, tú, tus amigos y toda tu familia se ven autoexiliados -temporalmente, por fortuna- de dichos placeres gastronómicos.

Internet, Lacan y la vida me llevaron esta semana a recordar la sensación desmesurada de no saber absolutamente nada sobre el mundo en el que vivo -o sobre mí o sobre nada de nada-. Y es que entre links que amablemente me fueron cedidos y locuras que hallé en esos momentos en que debería haber estado repasando a José Agustín, me vi transportada a ese universo de la infancia en donde todo es desconocido y maravilla; la diferencia, quizá, es que una vez que he “crecido”, ese desconocimiento, a veces, horroriza.

El primer eslabón en la cadena de mis paranoias de la semana fue un artículo titulado Top 10 lugares a los que nunca tendrás acceso: nueve de los diez lugares en cuestión, están rodeados por un enorme halo de misterio. Pasando por laboratorios secretos, bases militares de supuesto contacto con vida extraterrestre, Montañas Malas, metros misteriosos…, llegamos a las teorías conspirativas.

A veces la paranoia crece y entonces imagino que incluso aquella paranoia fue planeada, que ellos esperaban que esta información que no es nada, estuviese en nuestro poder. La idea de que hay un grupo de personas en el poder controlando el destino de la humanidad, centros de espionaje, cámaras ocultas en cada lugar de las grandes ciudades y demás, no son nuevas, sin embargo, cuando se recuerdan… no sé ustedes, pero a mí me ponen a pensar. Es que, ¿qué rayos está tan oculto en la biblioteca del Vaticano? ¡Son 63 kilómetros de estanterías! Cuando, hace varios ayeres, me enteré de su existencia, estaba segura de que la Verdad de las Verdades estaba escrita en alguno de esos “archivos”.

Secretos y paranoia - Imagen pública
Secretos y paranoia – Imagen pública

Pensando en todas las teorías, me percato de dos cosas -y es que no soy ni exagerada, ni tiendo a polarizar las cosas-: primero, si en verdad estuviésemos siendo espiados por organizaciones secretas, hubiera una gran mesa de gente importante decidiendo nuestro futuro, controlando nuestra información y manipulando a todos los gobiernos, ¿qué queda por hacer? Estaríamos totalmente perdidos.

Por otro lado, si nada de esto fuese verdad, si cada uno de los centros de espionaje, laboratorios nucleares y oficinas escondidas tuviesen una explicación lógica y aislada del resto, ¡qué tristeza! Qué solos y fastidiados estaríamos entonces. ¿La humanidad, así solita, sin ayuda de algún mafioso malandrín y barbaján metapoderoso, se ha causado y ha causado al mundo todo el daño, muertes, injusticias, hambre, degradación y horror..?

Algo menos Maussan y más maravilloso, es un artículo titulado El enigma de la tumba de Allan Poe, donde se cuenta la historia de un extraño de sombrero, abrigo largo, bufanda blanca y bastón de empuñadura dorada que acudió cada 19 de enero durante 7 décadas a dejar tres rosas y una botella de coñac en la tumba de Edgar Allan Poe. Al parecer, no se sabe quién es el sujeto(s), sin embargo, el misterio que rodea al hecho, me parece fascinante.

Secretos y paranoia - Imagen pública
Secretos y paranoia – Imagen pública

En este punto quiero recuperar ambas notas, la de las teorías conspirativas, y la de Allan Poe. Si bien es cierto que la repercusión de la veracidad o falsedad de lo planteado en los casos es abismal, también es cierto que en los dos, nos encontramos frente a lo desconocido, de cara a una incertidumbre que desata en nuestra imaginación la más loca de las ideas y podemos creer que quien visita cada año a Poe es Poe mismo en modo fantasma intentando recordarnos que está ahí, que incluso luego de muerto, está lo enigmático alrededor de su imagen; quizá es alguna secta amante del escritor… quién sabe.

Sin embargo, si alguien lo supiera, le ruego que no me lo diga, si alguien tuviese el conocimiento de que en el Vaticano no se encuentra en realidad ningún escrito revelador, si en la base militar de Nevada no hubiese contacto alguno con señales -por minúsculas que fuesen- de vida fuera de la Tierra, si en los Montes Urales no se esconde ningún gran secreto, no quiero saberlo, y si existen, si alguna de estas cosas se esconde en nuestro mundo, que los súper-héroes y dioses todos nos protejan.

Les dejo los links paranóicos:

10 lugares a los que nunca tendrás acceso: http://pijamasurf.com/2011/02/top-10-lugares-a-los-que-nunca-tendras-acceso/

El enigma de la tumba de Allan Poe: http://www.elmundo.es/cultura/2014/03/16/532511d8e2704e622f8b4578.html

Las 7 teorías conspirativas más perturbadoras del mundo: https://www.youtube.com/watch?v=SQ2S9zC75Ec&list=PLqivnvaruBVHZYuQqPfIEoc4xMz_p4rZk

Abracadabras y razones

Magia - Imagen pública
Magia – Imagen pública

por Andrea Rivas

Cuando era una niña pensaba que la gente sentía muy poco: para “los adultos”, todo tenía razones. Como infante, cuando uno pregunta -o quizá debería hacer esta aseveración de manera subjetiva-: como niña, cuando preguntaba los miles porqués de la vida, esperaba respuestas que me dejasen tan sorprendida como el fenómeno que hubiese ocasionado la pregunta: esperaba magia.

Desde pequeña fui acercada a la literatura por mi mamá. A los 8 años detesté a los jóvenes por su imbecilidad al amar con El Ruiseñor y la rosa, a los 11 años esperé mi carta de Hogwarts hasta que me di cuenta de que en el libro no se mencionaba a estudiantes mexicanos; seguro que, como en todo, México no podía ser partícipe de esa clase de educación. No me cuestioné nunca si los ruiseñores en verdad darían su sangre por el amor de un estudiante enamorado o si Hogwarts existiese en algún sitio.

Las historias eran reales y cito por millonésima vez a Dumbledore: “Claro que está pasando dentro de tu cabeza Harry, pero ¿por qué iba a significar eso que no es real?”. Sin embargo, con el tiempo empecé a estudiar literatura, sus estructuras, las construcciones de los personajes, y no conforme con esto, las formas del mundo.

Magia - Imagen pública
Magia – Imagen pública

Tristemente, la mayoría de mis preguntas, tienen respuesta y es una respuesta sin Abrabacadbra ni misterios que lleven a más preguntas. Hechos, bah. De todas las preguntas, la única respuesta que me parece mágica, responde a ¿de dónde rayos venimos? Somos polvo de estrella… y es una respuesta -¡qué bueno!- inconclusa que nos deja con ese maravillamiento de más cuestiones. Pero por todos lados veo teorías y a veces incluso ser polvo de estrella es desolador cuando soy tan estrella como los imbéciles que nos gobiernan, por ejemplo.

Es, quizá, dentro de este universo de respuestas, que todo me empezó a parecer terriblemente frío y sin sentido. El sentido de las cosas ya no estaba en ese desconocimiento de los hechos, en ese misterio que envolvía las acciones más cotidianas y que dejaba al sentir fluir sin juicios.

Entre tazas de café, conversaciones cibernéticas, peleas internas y clases seminocturas, me encontré agobiada preguntándome cómo rayos se mide el arte. No esperaba ya una respuesta mágica sino un indicio real, ¿lo que escribo es poesía, aquella pintura que me hizo estremecer es arte..?, y sin embargo la respuesta me halló mirando por la ventana y recordando mis primeros acercamientos a las letras, a las artes. Qué frustración la de entonces, qué enojo al escuchar a los adultos dando nueve millones de razones para los colores que envolvían al mundo en un mural, o las palabras que describían imágenes maravillosas y que no necesitaban todos esos análisis minuciosos… El arte entonces me parecía sensación: si me hacía sentir, era arte, sino, una farsa. Así de tajante, así como soy.

¿Qué pasó con todos los estudios culturales que empezaron a parecerme indispensables a la hora de mirar una película para poder validar que este sentimiento se vale o este no, porque en realidad, todo es una farsa..?

Somos todos una farsa, ¿necesitaba, en serio, todos esos estudios de estética para convencerme de que esa sensación de revoltijo de tripas en la panza al ver el Guernica eran justificadas -o en un caso aún más terrible- injustificadas? ¿Necesitaba tener una serie enormísima de razones para decir que, en efecto, el terror de Edgar Allan Poe es magnánimamente escabroso? Porque nadie me enseñó a sentir enloquecidamente el, tan hipstermente calcado en fotografías sepia y tazas de café, Capítulo 7 de Rayuela.

Magia - Imagen pública
Magia – Imagen pública

Y que no se me malentienda -como pasa en el 99% de mis conversaciones cotidianas-: no estoy diciendo que mandemos al diantre los estudios y nos dediquemos a llorar y reír y maravillarnos. No. Todo menos dejar de estudiar. Pero sí esto: no creo que la poesía se encuentre midiendo sílabas y acentos ni que el arte de un cuadro se verifique estudiando noventa mil culturas y estéticas y colores, ni que un músico sea artista si es complejísimo. Creo que mucho de esto es sentir, es saber que, más allá de ritmos y rimas y fórmulas y perspectivas y filtros fotográficos y frases rimbombantes, el arte es magia y la magia, me perdonarán ustedes, no debe tener respuesta.

Preámbulo inverso a un concierto

Radiohead en concierto - Imagen pública
Radiohead en concierto – Imagen pública

por Andrea Alamillo Rivas

Immerse your soul in love…
Radiohead

Son pocas las veces que dejo de lado la sensación de abandono y la abstracción sesgada para preguntarme por la soledad de los dioses.

Fue en medio de un concierto donde una inminente tristeza me encontró lamentando el destino de las deidades. Esa noche, mientras suspiros de guitarra y el descaro de la lluvia, tuve una visión: misticismo haciendo de las nubes una cuna en donde habría de parar toda la desolación. Inútiles, dispensables, los dioses miraron hacia las creaciones que creyeron suyas y lloraron.

Seres de fuego, piel de serpiente, cabezas, colmillos, truenos y sacrificados; todos ante la misma imagen insoportable, todos abandonados por el hombre. Sustituidos por aquellos que no poseen divinidad y cuyos abrazos, sin embargo, son mucho más que las promesas intangibles de paz infinita. 

Creyéndose portadores de la vida y siendo recordados cuando muerte, los dioses situaron sus miradas sobre el recinto en que miles de fieles desparramaban sus existencias, entregados en carne y alma a un ritual donde, en el centro del altar, no existía divinidad.

¿Qué pensarán los dioses –me pregunté– al mirarnos revueltos así, en un éxtasis de cuerpos otorgados al sonido detenido en el espacio por la voz de Thom Yorke?

Radiohead en concierto - Imagen pública
Radiohead en concierto – Imagen pública

¿Qué vida podía darnos entonces ningún dios? Y son los hombres mismos quienes se regalan vida: quienes, en un fluir universal explotan a medio aguacero y no son individuos sino aullidos, vida regada danzando, alzando los dedos, ondeando las extremidades hacia las alturas desde donde los compositores de arrebatos pulsan, en la anatomía de la música, el desgarre preciso para dar en la médula del alma.

Y es el hombre la colisión que busca arte y trasciende al egoísmo de los altísimos que se pretenden perfectos y buscan diezmos y sacrificios a cambio de una eternidad entre nubes, sin toda aquella fractura que es la verdadera autora de los versos que anhela el hombre.

Los dioses miraron con todo su poder resignado a la eternidad del hombre, a la convulsión de un espíritu cedido sin preámbulos, sin juramentos ni más sacramento que el de un aullido y un coro haciendo al aire y a la tierra parte de ellos y de aquellos adorados que no son más que hombres siendo hombres y sumergiendo a las almas en amor…

Delirios comunicativos III

Palabras - Imagen pública
Palabras – Imagen pública

por Andrea A. Rivas

El hombre tiene la necesidad de apropiarse del mundo. Quizá –yo cómo voy a afirmarlo– porque no tiene otra cosa. Quizá porque en el origen el mundo era de los animales, de una naturaleza donde el hombre está solo, donde no termina de sentirse parte. Desprovisto de la fuerza física para hacerse de protección, crea armas y no es suficiente. Intenta dominar a todo aquello que lo intimida. Se hace de comodidades. Se protege y no es suficiente. No es suficiente poseer materialmente. ¿Cómo hacerse dueño de todo lo que lo rodea, de todo aquello que ve, incluso cuando no puede tocarlo? Sol, estrellas, nubes, tierra, lagos, sal. ¿Y aquello que no se ve pero que siente, que sabe, que le está en venas y arterias..?Dolor, tristeza, éxtasis

El hombre tiende, desde siempre, a las religiones. Mira hacia lo etéreo, hacia lo intangible. Se busca el haber de otro mundo, uno que no tocamos, uno donde el alma es superior y ¿cómo conquistar este otro mundo cuya forma desconocemos pero cuyo significado sentimos?

Palabras. Palabras para aprehender el todo. Palabras para entender aquella naturaleza que parece peleada con un existir donde no hay puentes entre unos y otros, donde la necesidad de trascendencia es tanta que precisamos comunicar más allá de lo básico indispensable para sobrevivir: el hombre hace una diferencia: vivir / sobrevivir. Da sentido.

 No pretendo marearlos, bicho-lectores, ni hacerlos creer que en estos esbozos de delirio que planteo encierro la Verdad (Verdad que, además, el hombre intenta aprehender también a través de diversos lenguajes); yo comparto, nombro, significo y quién sabe, con suerte, comunico.

Letras - Imagen pública
Letras – Imagen pública

¿Imaginan un mundo sin palabras? ¿O un mundo donde cada enunciado que pronuncien nuestros labios esté apegado a las normas de la Real Academia o alguna de las tantas academias de las tantas lenguas? No quisiera que… Creo que en semejante mundo seríamos todos iguales, no equitativa y democráticamente, sino mecánicamente. (Pero ése es otro delirio…).

Lo caótico, irremediable y maravilloso de esto es que somos irrepetibles y nuestros significados son incomprensibles en su totalidad –y seguro en la próxima conversación donde no se me entienda ni el saludo me trague cada una de estas positivas palabras.

Porque quizá sólo algunos -tal vez lectores ávidos de Cortázar- decimos café con leche y sabemos, no la mezcla de agua, café y leche, o leche hirviente y café, o espresso y leche, sino un ser, un estar como de ronroneo entre los brazos, como de calidez en un lugar cerca del alma y del suspiro; un estado en el que decir “bien” sería insuficiente, sería omitir lo sublime y abrazar la mediocridad de un día a día que se llama de la misma manera siempre, como si eso fuera todo.

Y entonces cómo. El universo se quiebra. Porque si uno le responde “tan café con leche…” al individuo que te preguntó “¿cómo estás?” por la mera rutina de hacer esa pregunta sin esperar respuesta… bueno, no pasaría nada, pero ¿para qué? No habría un puente. Él no entendería la respuesta que no esperaba escuchar.

Letras - Imagen pública
Letras – Imagen pública

En algún momento de mi vida me vi frente a la palabra langosta. Yo no sé si sea cierto. No me importa tampoco. El caso es que la resignificación que tuve de ella me lleva a que los fonemas “langosta” suenen tan inverosímiles que la única forma que me queda es lobster y el universo que se despliega frente a mí contiene tantos significados que mejor no mencionarla en una conversación cualquiera. Mejor no explicar. Porque si tiene que explicarse, ah, qué tedio.

Y no es que no se quiera comunicar, no es que no se quiera compartir, es que los puentes, es que uno teme que el significado se rompa, que esa trascendencia, que esa comprensión que nos hemos hecho del mundo se vea violada, pervertida por las visiones que no son nuestras, que no nos son, que no comparten nuestro imaginario ni nuestro ser en el mundo.

Probablemente de las tres entregas de este trabajo, ésta sea la menos exacta, y es que aquí es donde todo el chorro de pensamientos confluye y me deja a la deriva, en el preludio de un café con leche que lentamente va preparándose, cosechando los ingredientes, esperando la temperatura precisa, la densidad idónea, la unidad de café intenso y vivo con leche caliente –nunca hervida–, en la adecuada medida, con el dulzor necesario para hacer del producto final un ¡ah..!

Delirios comunicativos II

Palabras - Imagen pública
Palabras – Imagen pública

por Andrea A. Rivas

De regreso con los delirios comunicativos; la semana pasada esbozaba esta maraña de pensamientos que me surgen al hablar de comunicación y más aún, de las palabras y del peso que tienen éstas tanto en nuestra percepción de la realidad, configuración como individuos y relación con el mundo.

¿Miraron el video que les dejé? Aquí está, por si no:

¿Se dan cuenta de cómo, al parecer, la ballena humanizada necesita reconocer su identidad y para ello hace uso de las palabras? Sucede que para aprehender la realidad, el mundo de lo conocido y lo tangible, el hombre necesita ponerle nombre a las cosas; tal parece que, si no se nombra, no existe.

Pero antes de profundizar desmedidamente en esto, vamos a ver qué rayos son las palabras. Para estos propósitos podemos entender a la palabra como la relación entre significado y significante: tenemos, por un lado, que don Saussure nos explica cómo esta relación entre palabra y significado es arbitraria, es decir, no hay un porqué. La palabra amor bien podría ser asdsfgea: el punto está en la convención. Entonces las palabras, la lengua que hablamos y la manera en que la hablamos, son aprendidas. Y ya está. ¡Qué fácil! No hay relación. Duda resuelta.

Híjole, pues no, y es que empezamos el párrafo anterior con la expresión por un lado y entonces hay otro lado. Y por ese otro lado: ya entendimos, más o menos, que las palabras son memorizadas, vaya. Un bebé señala para todos lados “¿ete?” y su mamá le repite el nombre de las cosas, pero en nuestra mente van creándose relaciones más complejas que la de palabra-objeto.

El sonido “chilaquiles” es el significante, lo emitido, las grafías; en cambio la imagen mental que acude a nosotros cuando escuchamos estos fonemas, el olor a salsa, los colores que miramos deslizándose por el plato, el recuerdo de esos últimos chilaquiles que desayunamos para curar la cruda, todo esto, es el significado.

Vemos por un lado, que dentro del significado hay mucho más que la imagen de unos chilaquiles estáticos y predeterminados exactamente iguales para todas las personas que escuchen esta palabra. Quizá alguno de ustedes odia los chilaquiles y entonces pensó “guácala” y esos colores que para los hambrientos de una noche tibia resultaron seductores, para ustedes, lectores anti-chilaquiles, resultaron nauseabundos. Incluso, seguramente, imaginaron el color de los chilaquiles, pero yo no les hablé de la salsa de chile morita, o de tomate verde bien asado, o de jitomate gordo y rojo, el color de los chilaquiles fue de su cosecha, a mí no me achaquen semejante responsabilidad.

He ahí el predicamento. Ahora hablamos de chilaquiles. Quizá un japonés no sepa de lo que hablamos, pero entre nosotros no existe demasiado conflicto si yo les cuento que cené chilaquiles y ustedes evocan el color incorrecto de salsa, sin embargo, ¿qué pasa cuando hablamos de cuestiones más importantes que ésta? ¿Cuándo interpretamos, cuando el significado de lo que se nos dice o lo que decimos es entendido, precisamente como con los chilaquiles, desde el punto de vista y conocimiento subjetivo del oyente? La comunicación resulta imprecisa. Ocurre el clásico diálogo de: pero no nunca dije eso.

Palabras - Imagen pública
Palabras – Imagen pública

¿Cómo hacerle? Ni siquiera pretendo intentar dilucidar una respuesta para ello –aún–, sin embargo surge esta otra pregunta: ¿por qué nos es tan importante esta comunicación? ¿Por qué la necesidad necia de ser comprendidos, de expresar lo que nos es y expresarlo, además, clara, casi fotográficamente? (Y hago un paréntesis porque esta metáfora de pronto me parece absurda. Una fotografía no representa ni el 50% de la realidad, ¿y lo táctil, lo auditivo, el clima, los olores..?)

Comunicarnos no sólo por señas, no por gemidos y vuelos como las abejas, sino por palabras, distinto a cualquier otro ser vivo de la creación… No tengo la respuesta, por supuesto; sin embargo, les comparto mis dudas para que el insomnio sea colectivo y,como la semana pasada, les dejo un cachito de lo que me leerán la siguiente:

“Flusser, por otro lado, cree que el diálogo es el propósito de la existencia. El sentido de responsabilidad inherente a la relación dialógica entre emisor y receptor ofrece al emisor una oportunidad para dar sentido a su propia vida frente a la entropía y la muerte.”

 

(Nota: Tengo que dejar un agradecimiento y constancia de no-cinismo a Juan Carlos Reyes, quien sabrá Tláloc si recuerde mi existencia, y quien durante sus clases se encargó de patrocinarme todas estas dudas existenciales y parte del material -el video de Youtube, por ejemplo- que he estudiado para intentar… hacer algo con ellas.)

Delirios comunicativos I

El Principito y el zorro - Imagen pública
El Principito y el zorro – Imagen pública

por Andrea A. Rivas

Leyendo aquel fragmento de El Principito donde conoce al zorro, me encontré con que “Las palabras son la fuente de los malos entendidos.”, y recordé entonces uno de los principales delirios que me hacen la vida y que, además, me ha acompañado desde que puedo recordar.

Desde que tengo noción de las palabras, la lengua, y el lenguaje en general, me han parecido una cuestión fascinante y sobre todo, misteriosa. ¿De dónde salieron las palabras, quién decide que signifiquen tal o cual cosa y, en verdad todos entendemos lo mismo cuando escuchamos una palabra? Incluso más allá de esto, la percepción individual de la realidad me parece una cuestión sumamente inquietante: si un daltónico ve prácticamente iguales dos colores que para el resto son totalmente distintos, ¿quién dice que no hay mil millones de colores por ahí que los humanos somos incapaces de ver?

Cuando empecé a escribir la columna del día de hoy, intenté hacer un pequeño condensado explicando lo que es la lengua y por qué sabemos que no hay una relación directa entre palabra y objeto, sin embargo, mis colegas lingüistas ya lo saben y mis lectores de otras áreas, no estoy segura de que se sientan fascinados por toda la sarta de términos lingüísticos que planteé en las dos cuartillas que resumí la introducción de lo que quiero decir. Entonces me veo en la necesidad de contarles esto de una manera distinta y en más entregas de lo usual.

El sábado pasado empecé a dar clases. Tampoco voy a narrarles mi experiencia, y de hecho, no es de mi clase de la que voy a hablar. A mi amigo de palabras, corrector de textos y escuchador-compartidor de teorías sobre el universo, le tocó dar el tema de comunicación a su grupo; tema, cabe decir, que me vuelve loca. Y entonces me senté a escuchar como alguien con los mismos conceptos que yo, ideas similares e incluso palabras compartidas, daba una clase totalmente distinta a la que yo hubiera dado. La visión de dos personas que se encuentran dentro de un mismo universo y que comparten toda una serie de conocimientos previos y experiencias similares, incluso, siendo cercana, a veces parece abismal.

Comunicación fallida - Imagen pública
Comunicación fallida – Imagen pública

Y entonces regreso a El Principito. “Las palabras son la fuente de los malos entendidos”. En algún momento de mi vida creí que entre más palabras conociera y adoptara para mi léxico, mejor me daría a entender con las personas. Hoy no tengo idea. A veces pienso que entre más palabras conozco, aprehendo más conceptos, y mi visión del mundo no me permite comunicarme ni a mí misma mis ideas. Otras veces me parece que no es suficiente desmembrar y saber todos los diccionarios del español, sino también del inglés, del francés y todas las lenguas de la Tierra para tener un esbozo de lo que es el mundo. Las palabras nunca significan lo mismo, porque más allá de los conceptos, les damos una carga emotiva, las contextualizamos y creamos un caos en torno a ellas.

Pasa a veces que leo un libro y entiendo cierta situación, cierta palabra como nada, como lo que es en un diccionario. Y meses más tarde leo el mismo capítulo del mismo libro y es como leer una cosa totalmente distinta, otra historia, otra realidad. Las palabras y su disposición son las mismas, pero yo no. Mi mundo ha cambiado, mi concepto de las palabras también. Entonces nuestro mundo y realidad cambia y se re-hace todo el tiempo ¿o sólo soy yo? El hombre, finalmente, aprehende su realidad mediante las palabras. Así la crea y la re-crea.

Entonces, bicho-lectores, con el afán de ir poco a poco abriendo esta complejísima brecha comunicativa y darme a entender o entenderme para ustedes, la semana que entra, iré fragmentando todas estas preguntas e ideas, les contaré las bases de mis delirios y mi visión de esta etérea visión del mundo que tengo entre los dedos.

Les dejo un pequeño adelanto:

Ideas are bulletproof y el entretenimiento idiota

Entretenimento - Imagen pública
Entretenimento – Imagen pública

por Andrea. A. Rivas

Siempre he tenido una perspectiva muy aburrida de mirar las formas de entretenimiento. Para desgracia de quienes me acompañan en los momentos de recreación, soy incapaz de separar la realidad de la ficción. Y habría que determinar qué rayos es una cosa y qué es la otra. Como el buen Dumbledore diría: of course it’s happening inside your head, Harry, but why on earth should that mean that it is not real?.

Las formas de ficción, finalmente, surgen de algún lugar donde habita lo real conjugado con el deseo, las sensaciones, las interpretaciones, y de un montón de lugares que -aunque me encantaría- hoy no vamos a explorar. La cosa es que no puedo salir del cine o cerrar un cómic, o sentarme siquiera a ver las caricaturas mientras desayuno, sin encontrar una lista interminable de comentarios, críticas, preguntas, inquietudes, temblores y esa desesperación de que el mundo que está ahí, inventado y absurdo, nos está estrellando ideologías, críticas, verdades e incluso abrazos que el público absorbe sin percatarse de que hay información sin digerir entrando en sus cerebros dispuesta a quedarse estancada como la grasa saturada en las lonjas luego de las fiestas decembrinas.

Los Simpson - Fotograma
Los Simpson – Fotograma

Mucho de lo que aprendemos, lo aprendemos en estos medios. La cultura es cada vez más universal, bien dijo un profesor, que no hay un lugar del mundo que esté a salvo de la sombra de Mickey Mouse. Todos tenemos diversas fuentes de ficción a la mano, y estas figuras van conjugando nuestra percepción de la realidad, nos demos cuenta de ello o no. La figura más coherente de justicia que conocí en mi infancia fue la de Batman. La única amistad incondicional que tuve entre las manos fue la de Harry, Ron y Hermione. Ideales, sí, basados en deseos humanos, pero también en realidades y reflejos de lo que somos.

Una de las cuestiones que más ruido ha hecho en mi mente desde el origen de los tiempos es la de la violencia en caricaturas, películas, cómics… No es una cuestión moralista sobre la violencia. Es una cuestión humana, no sé, percepción escatológica. Yo no puedo mirar, sin que las tripas se me hagan un nudo, esa terrible crueldad que es el Coyote y el Correcaminos. Pobrecito animal cansado, golpeado, moribundo y con un pajarraco molesto burlándose de toda su desgracia. De niña me preguntaba qué sería peor, si el Coyote seguía sufriendo para siempre, o si el Correcaminos debía ser engullido por su perseguidor -lo cual, finalmente, sería natural. La cosa es que estas cuestiones han entretenido a generaciones y generaciones, la cosa es que el dolor es motivo de risa.

Quienes me conocen saben ya de mi eterna queja con las palomitas y el cine. No entiendo cómo alguien es capaz de comer tranquilo en su butaca, piernas cruzadas, dedos enmantequillados, cuando en la pantalla hay filmes donde miseria, violencia y espíritus rotos… No es cosa de que te “espantes”, es que en serio ¿eso les entretiene? Muchas veces me parece que no se hace ni el ademán de digerir lo que miramos. Nos hacemos, poco a poco, inmunes a estas imágenes. Primero las caricaturas, que conforme crecemos van permitiendo más violencia, más degradación; luego los cómics, donde los niveles de sexualidad, de crudeza es creciente, finalmente o simultáneo, o quizá todo en otro orden pero más o menos así, los filmes y la Tv, donde nos acostumbramos a mirar cadáveres, golpes, peleas, balazos, tripas, asesinatos, corrupción, discriminación, violaciones…

Story Detective - Imagen pública
Story Detective – Imagen pública

Sería, por otro lado, terrible un universo donde creciéramos mirando a Dora, la Exploradora, quien detiene al ladrón diciendo “zorro, no te lo lleves”, y al apagar la caja idiota, saliéramos a las calles a un lugar donde todo lo enunciado y re-enunciado, siguiese siendo como es en estos días. No se trata de fingir que no pasa nada ni de ocultar hechos. Estos medios de entretenimiento reflejan nuestra realidad y ese es el punto. Son una interpretación, una reconfiguración de las situaciones propias de nuestro mundo; mirarlos como si fuesen lejanos me parece tan absurdo como presenciar con chicharrines en mano, el asesinato de algún sujeto que salió a comprar abarrotes mientras su sobrino Peter Par… ah, lo mezclé todo. Pero ya me entendieron, ¿no?

Detrás de toda obra hay alguna ideología. Mirar V for Vendetta como la película donde Natalie Portman nos muestra que es la mujer más pinche bonita de todas y olvidar que “ideas are bulletproof”… yo no sé, pero me parece que tantos años de evolución y no sé cuántas cosas, darían para que nuestras mentes hicieran un poquito más cuando aplastamos las nalgas y nos entregamos a los momentos de recreación. Re-creación.

Ideas are bulletproof - Imagen pública
Ideas are bulletproof – Imagen pública

Mi recomendación no es evitar todas estas cosas, claro que no. Me re-encantan los cómics, sí, quiero conocer a Allan Moore y ver de cerca esa barba de mugroso, quiero decirle a Stan Lee que es el viejito más cool del mundo; también quiero que Tarantino me firme un DVD con sus ojos de loco y en fin… Creo que estos genios merecen ser apreciados con una visión que involucre todos los aspectos que sus creaciones abarcan, creo que nosotros merecemos ejercitar tantito la materia gris y aprehender y mirar todas estas ideas de manera crítica porque además, eso, señoras y señores, eso sí es entretenido.

La enfermedad del orco

Pies - Imagen pública
Pies – Imagen pública

por Andrea. A. Rivas

No son pocas las personas que a la hora de la comida deciden distraerse un rato mirando televisión. Unos, más intelectuales que otros, sintonizan el noticiario para enterarse de los acontecimientos importantes del mundo: las nuevas de la primera dama, las celebridades malvadas, los crímenes que disminuyen día a día en las urbes, los países firmando la paz y la hambruna desaparecida, ¡ah, qué momento de paz!

Uno no puede evitar maravillarse en estos momentos en los que -solemne silencio aceptado de manera unánime por los integrantes de la familia: la atención puesta en la llamada caja idiota- el pequeño universo de esa convivencia es total armonía, ambiente perfecto para la sana ingestión de aquellos sagrados alimentos.

La línea de la salud - Imagen pública
La línea de la salud – Imagen pública

Y es entonces cuando ocurre la magia: los cortos informativos. La mujer con la rosa a un lado -la sonrisa permanente y sepultada por polvos milagrosos hacedores de rostro- aparece con su recomendable Línea de la salud. ¡Qué delicia el degustar la comida mientras se tiene el privilegio de informarse de manera oportuna de todas las terribles enfermedades y situaciones que uno puede sufrir! Uno se entera en este afortunado momento, por ejemplo, de que existe una afección llamada onicomicosis, la cual daña las uñas de los pies dándoles el carácter de uña de orco de pantano. Por supuesto, el televidente no siempre posee la suficiente imaginación para visualizar semejantes imágenes y, ¡pobre!, ¿cómo sabrá si padece la enfermedad del orco? Y si la padece, ¿cómo saldrá del apuro? Los magos de la Tv, en un gesto nobilísimo, no sólo idearon la medicina prodigiosa para que, dado el caso, el agraviado sea tratado, sino que, comprendiendo lo complejo de la imaginación en estos días, se dieron a la tarea de recrear el hongo del orco en un pie humano para transmitirlo a diario con el debido acercamiento a la parte más contaminada, exponiendo claramente los tonos, desde el verde mohoso más interesante, hasta aquél grisáceo que recuerda a una nube cargada o al concreto de las calles más transitadas. Así, las familias son venturosas de poder educarse en los más complejos temas de salud, mientras disfrutan del delicioso pay de huitlacoche que hizo mamá. Curioso, piensa el hijo más pequeño, que el pay y el pie de la televisión, tengan hongos por igual. Para nuestra mala suerte, la tecnología aún no permite transmitir olores. Sería conveniente que se empezara a trabajar en esto, no sea que algún despistado confunda alguna uña con una sobra de pay y la muerda, le guste y entonces tengamos pays de hongo de orco en la mesa el día de navidad.

Una de las mejores cosas que ocurren dentro de esta Línea de la salud es el informe de las hemorroides. Y es que poco se sabe de esta dolencia. Uno podría creer que aquellas verrugas infestando ciertos orificios del cuerpo son normales, casuales como los barritos en la frente. Sin embargo, gracias a la Línea, y todo su equipo que se tomó la molestia de capturar los detalles del padecimiento, el televidente sabe con certeza, mientras mastica los últimos trocitos de bistec, que padece hemorroides y puede correr entonces a la farmacia por las pastillitas milagrosas que aliviarán todo síntoma del mal.

La línea de la salud - Imagen pública
La línea de la salud – Imagen pública

Hay, sin embargo, espectadores cuya estable salud y ausente hipocondría les hacen perder el encanto por la Línea; y qué bien que para ellos se crearon también todos aquellos spots informativos donde uno puede enterarse de lo nefasto que resulta ese gramo de grasa que -iluso comensal de la hora de la Línea– creía inofensivo. Es algo terrible, por supuesto, y requiere de atención inmediata. Por ello, con inminente precisión, se informa sobre aquellas píldoras metabólicas que realizan todo el proceso que nuestros cuerpos son incapaces de llevar a cabo. Ojalá, piensa la hermana mayor mientras hace a un lado el plato a medio comer, el Diseñador Supremo nos hubiese hecho con metabolismo, ¡qué desastre tener que tomar comprimidos que hagan el trabajo por nosotros! Desafortunadamente, piensa el hijo menor cuando terminan el postre y la Línea se despide con las últimas enseñanzas del día, esas cremas nada más son para niñas bien, ya me dirán estos señores qué voy a hacer yo cuando tenga una infección vaginal…