Archivo de la categoría: Al borde del abismo

Desde el corazón

Ventana - Imagen pública
Ventana – Imagen pública

por María Mañogil

Todos tenemos un don. Quizás aún no se haya manifestado y no sepamos cual es, pero todos lo tenemos. En algunas personas es bastante evidente y se puede ver o sentir incluso en la oscuridad. En otras pasa desapercibido, pero no para todo el mundo; yo he visto ese don en cada una de las personas que me rodean.

Para algunos es la música, para otros la pintura. Hay quienes tienen el don de saber escuchar, o de ser capaces de sacarte una sonrisa desde lo más hondo de un océano lleno de lágrimas, o de hacerte sentir especial un segundo antes de que todo tu mundo se vaya a venir abajo.

Por suerte, yo conozco a muchas personas así y, aunque ellas no sean conscientes de esto y se lo tomen como algo natural y sin importancia, sin saberlo han hecho de los días que podrían haberse convertido en unos de los más difíciles y tristes de mi vida, un nuevo comienzo, una esperanza y hoy son los protagonistas de lo que estoy escribiendo, partícipes silenciosos de una historia que espero, sea el principio de una historia feliz.

Gracias a su presencia (lejana tal vez para algunos, siempre que la distancia se mida exclusivamente en kilómetros) me he sentido y me siento la persona más afortunada y querida del planeta. Por todo eso y por dejarme compartir con ellas desde el comienzo, lo que aún es invisible para el resto del mundo, me gustaría dedicarles a cada una de ellas un pedacito de esta columna, ya que es la única manera que tengo y que conozco para poder decirles “Gracias”.

Corazón - Imagen pública
Corazón – Imagen pública

Cada uno a su manera, me han dedicado su tiempo, su apoyo y su cariño y deseo que cada quien coja la parte de que le corresponda de cada uno de los sentimientos que quiero expresar aquí, porque les pertenecen.

Ayer lloré escuchando cantar por primera vez a un gran amigo, de cuyas palabras tomo prestado el título de este texto, porque desde el corazón es de donde le salen todas las cosas que hace desde que lo conozco con tres añitos de edad, cuando empezamos juntos las clases de educación infantil.

No sólo lloré de emoción al escuchar su preciosa voz. Es que no era una canción lo que cantaba; era amor. No se me ocurre ninguna otra palabra para definirlo.

Al igual que él, cada una de las personas en las que estoy pensando mientras escribo, han puesto su corazón en mí; al hablarme, al escucharme, al preguntarme y aconsejarme y, sobre todo, al apoyar mi decisión de dejar crecer una vida que se está gestando dentro de mi vientre desde hace unas semanas, siendo ésta, tal vez, el regalo que Papá Noel dejó en mi casa esta Navidad, tan escondido que me pasó desapercibido y tuve que esperar hasta después de que vinieran los reyes magos para darme cuenta de que estaba ahí. Un regalo pequeñito, pero bien envuelto dentro de mí, invisible desde fuera y dejando ya evidencias de su existencia a cada paso que doy día tras día.

Si tuviera que mostrar mi agradecimiento, relatando anécdotas, lágrimas y risas de estos días a cada una de las personas a las que me gustaría nombrar, necesitaría cientos de hojas de papel para hacerlo, ya que escribo en un cuaderno antes de pasarlo al ordenador, así que he decidido incluir aquí a cada una de ellas, porque ellas saben quienes son y de alguna manera forman parte de mi vida y de la vida que crece en mí.

Embarazo - Foto: Guillermo Flores
Embarazo – Foto: Guillermo Flores

Esas personas son mi familia, las que han compartido conmigo la incertidumbre y más tarde la certeza. Mis amigas (mis hermanas), que han sido mi refugio, mi paño de lágrimas y mi consuelo. Mis amigos, que me han escuchado y aconsejado como hermanos y, por supuesto, la persona que, al igual que yo, puso la otra mitad que hizo posible que se cumpliera un sueño.

La vida me dio un regalo y yo lo tomé.

Ahora yo, desde el corazón, lo comparto porque no es mío sólo; es un poquito de cada uno de los que me acompañarán por este nuevo camino por el que yo he decidido avanzar y que estoy segura de que es el correcto y que, a pesar de cualquier dificultad, valdrá la pena.

Lo tengo claro: los sueños se cumplen.

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Pareja de tres

Metiche - Imagen pública
Metiche – Imagen pública

por María Mañogil

Un buen amigo me aconsejó hace unos días que no escribiera, o al menos, que no publicara esta columna por la forma en que podría repercutir en mi vida a nivel personal.  Si no he hecho caso a su consejo, a pesar de que sé que tiene razón, es porque pienso que si lo sigo estaría motivada solamente por el miedo. Así que, el hecho de no publicarla sería lo mismo que darle la razón a lo que, precisamente, voy a escribir en ella y sobre lo que no estoy de acuerdo y eso no sería para nada coherente con mi forma de ser.  Si por expresar aquí mis pensamientos pierdo algo o a alguien, no será por lo que he dicho, sino porque lo que he dicho es la verdad y la verdad molesta y duele a quien no quiere verla, a pesar de tenerla frente a sus ojos. Si yo fui capaz de escuchar lo que piensan otras personas de mí, los demás también deberían ser capaces de leer lo que yo pienso con respecto a su actitud.

Una pareja de tres es el título en español de una película que he visto varias veces y me ha parecido preciosa . Lo he tomado prestado porque si hubiese tenido que elegir cualquier otro título habría recurrido a alguna frase típica de la serie Los Simpson, y en este momento no se me ocurre ninguna.

Hace unos días, una persona me dijo, entre otras muchas cosas, que yo estaba enferma. Por suerte y de momento gozo de muy buena salud (de lo contrario no podría ser donante de sangre). El comentario de dicha persona no se refería precisamente a una enfermedad física, más bien hacía referencia a unas crisis de ansiedad que llevo sufriendo desde hace meses y por las cuales he tenido que acudir al hospital en varias ocasiones. Por lo tanto, y dado que esa persona sabe de sobra que estoy físicamente sana, deduzco que lo que quiso decir es que padezco una enfermedad mental.

Quiero aclarar que la ansiedad no es una enfermedad, sino el síntoma de otras enfermedades como puede ser la depresión, o, en algunos casos, una reacción sintomática posterior a un estado de angustia, provocado por problemas o situaciones puntuales. Mi caso, particularmente, es el segundo.

No me afectó lo más mínimo el comentario. Por el contrario, debo agradecerle a esa persona sus palabras, ya que a raíz de ellas encontré la inspiración necesaria para escribir sobre el tema del que quiero hablar y que no es precisamente de enfermedades, ni físicas ni mentales. Eso mejor que lo escriba un médico, que seguro que se le dará mejor que a mí. Estoy segura de que si algún médico especializado en psiquiatría lee esta columna hasta el final, no será a mí a quien diagnostique una enfermedad mental.

De lo que voy a hablar es de relaciones, que de eso sí que entiendo, imagino que como todo el mundo. Buenas o malas, todos hemos tenido y tenemos relaciones, ya sean de amistad, de pareja, de trabajo, familiares o de lo que sea.

Quizás yo no soy la más indicada para hablar sobre este tema, ya que mis relaciones con los demás no han sido, ni serán nunca, el mejor ejemplo a seguir, pero, al igual que el resto del mundo, tengo todo el derecho a opinar, a decir lo que pienso y sobre todo, lo que veo. Y lo que yo veo lo ha visto mucha más gente, pero tal vez se lo han callado por vergüenza o por educación. Si yo no me lo callo es porque considero que la educación no es sinónimo de hablar correctamente, ya que a mí, hace unos días me faltaron al respeto como mujer y como persona, con tal sutileza que cualquier otra persona no se hubiera dado cuenta de ello debido a la “educación” con la que se me ofendió.

Padres - Imagen pública
Padres – Imagen pública

øLa manipulación involuntaria

Todos y todas hemos manipulado (consciente o inconscientemente) a alguien en algún momento de nuestras vidas. Desde pequeñitos manipulamos a nuestros padres mediante el llanto.

Cuando somos bebés, por ejemplo, para que nos cojan en brazos. Más tarde lo hacemos mediante rabietas para conseguir que nos compren alguna chuchería o para que nos dejen hacer lo que nos dé la gana. Incluso los animales lo hacen. ¿Acaso mi perro no me manipula cuando se queda mirándome fijamente, con esa carita de lástima y los ojos entrecerrados como si se fuese a desmayar de hambre cuando me ve comer?

Al igual que todos manipulamos, también hemos sido manipulados en alguna ocasión. Nos dejamos influenciar por las ideas, los pensamientos o los consejos de otros, y aunque no nos demos cuenta de ello, a algunos más y a otros menos, eso afecta en muchas de las decisiones que tomamos.

Esto no supone ningún problema siempre que lo reconozcamos y aceptemos que es así. El problema llega cuando la persona que está siendo manipulada no se da cuenta de ello y ya sea por debilidad, una baja autoestima, o por un aprendizaje adquirido desde niño, confunda esa manipulación con una muestra de cariño, de protección o de amor incondicional.

No digo que no sea así para la persona que manipula a otra; no todas son conscientes de lo que están haciendo. Quizás, sobre todo cuando se trata de un familiar o un ser muy querido, lo hacen con la mejor intención del mundo, creyendo que están salvando a esa persona de algún tipo de peligro. Eso podría considerarse normal en una relación entre una madre y un hijo, pero hasta cierta edad.

Toda madre (o padre) siempre quiere lo mejor para sus hijos. Eso es algo que nunca pondré en duda, ya que yo también soy madre, pero cuando los hijos crecen, esa relación de sobre-protección se puede convertir en dañina, no sólo para los hijos, también para los padres.

Como ya he dicho, yo no soy el mejor ejemplo porque he pecado de lo contrario. Dar demasiado espacio también es contraproducente, ya que la libertad tiene tendencia a convertirse en libertinaje y más adelante en abuso, si no se ponen las normas adecuadas.

Yo no soy nadie para juzgar, ya que no me gusta que me juzguen a mí. Todos tenemos el derecho a cometer errores, pero por eso mismo, también tenemos la obligación de darnos cuenta de que los estamos cometiendo para poder rectificar, o como mínimo, intentarlo.

øEl aprendizaje

A excepción de los casos que he mencionado antes, que son naturales y comunes a todos, a manipular y a ser manipulado se aprende. Hay gente más susceptible a dejarse guiar por los demás, al igual que hay gente con muchas dotes de liderazgo y les es más fácil convencer a otros de sus propias ideas. No estoy diciendo que convencer sea manipular, pero sí que es cierto que una persona con una autoestima por los suelos será más susceptible a dejarse convencer por otra que posea dotes de mando, aunque sus ideas o sentimientos sean opuestos.

Cada quien nace con su propio carácter y no se puede cambiar por mucho que se intente, pero hay ciertos rasgos que no se heredan, sino que se van adquiriendo dependiendo de la educación que se reciba a lo largo de los años, sobre todo en los primeros años de vida. Hay progenitores que, sin saberlo, educan a sus hijos para no ser sumisos, pero si se exceden en ello, esa insumisión (sic) se puede volver contra ellos mismos y convertirse en rebeldía y esa rebeldía, a veces en agresión, ya sea verbal o física.

Otros, en cambio, los educan para que sean “niños buenos”, obedientes y serviciales. Eso tampoco es “sano”, ya que puede degenerar en un sentimiento de culpa cada vez que el niño no se comporte como sus padres le han enseñado que debe comportarse y a la larga, quizás en la etapa adulta y siempre dependiendo del carácter del niño, éste arrastrará sentimientos de frustración y desesperanza cuando crea que no cumple con las expectativas de sus padres, o incluso, de otras personas.

Tanto el exceso de protección como el exceso de independencia me parecen un error. Es muy difícil encontrar un punto medio entre los dos casos, por no decir imposible, por lo tanto nadie puede juzgar a nadie. Quien diga que su familia o el entorno en el que se desenvuelve es el ideal, o tiene una venda en los ojos o está disimulando delante de los demás para esconder problemas graves de conducta de los que se avergüenza.

Sobreprotección - Imagen pública
Sobreprotección – Imagen pública

øLas relaciones insanas

Yo tengo y he tenido relaciones insanas. ¿Quién no? Si todos somos diferentes no podemos pensar lo mismo, actuar de la misma manera ni comportarnos siempre como se comportarían los demás. Somos únicos y especiales. Para que una relación, tanto de pareja como de amistad o cualquier tipo de relación sea sana, todos deberíamos ser exactamente iguales. Hay un refrán que dice que “en todas las casas se cuecen habas” y eso quiere decir que en cada familia hay problemas, discusiones, malos entendidos, etc. Ni una sola se libra de eso. Quien no sea capaz de aceptar esto como parte de una convivencia deberá vivir solo toda su vida. Es más, deberá no salir a la calle nunca, pues allí también se relacionará con otras personas y estará expuesto a algún roce con cualquiera que se le cruce en el camino.

Para mí, una relación completamente sana no existe. Claro que hay cosas que, como a todo el mundo, no sólo no me parecen sanas , sino que me parecen hasta vergonzosas y humillantes.

Cada quien lo verá de una manera distinta, yo sólo doy mi opinión, que, casualmente, coincide con la de muchas más personas que están a mi alrededor . Tal vez todos estemos equivocados.

øRelación paterno-filial y relación de pareja

Unos padres con sus hijos mantienen una relación que perdurará, (salvo excepciones) toda la vida. Sin embargo, una relación de pareja no se sabe. A pesar de que el lazo que une a una pareja suele ser mucho más débil que el de un padre con su hijo, ésta última no deja de ser también una relación y nadie tiene el derecho a interponerse, ya que la palabra “pareja” significa “dos”, no “tres”. En este caso se llamaría “trío”.

Hay personas que, no sé el porqué, no lo entienden así y se creen que, por hacerles un  favor a sus hijos deben ser ellos quienes decidan si una pareja es adecuada o no. Aunque esto es lo mínimo y en cierta medida, comprensible; quieren ver a sus hijos felices.

Pero hay cosas peores y, como ya he dicho, vergonzosas y humillantes. Por ejemplo, no permitir que la pareja se abrace sin intervenir acercándose a acariciarle el cabello a su hijo o hija como cuando tenía cinco años. O intentar acaparar la atención de su hijito/a todas las horas posibles del día, impidiéndole así poder disponer de una vida privada como se merece cualquier persona (mucho más cuando se trata de un adulto e independientemente de que tenga pareja o no en ese momento).

O lo que es peor, llamar a la pareja de su hijo o hija para pedirle que acaben su relación o hacer de intermediario para romper, porque supuestamente, su hijo o hija se lo ha dicho, actuando como representante de un adulto al que, en este caso, se le está tratando como a un niño, o mejor dicho, como a una persona con deficiencias psíquicas que no es capaz de hablar ni de decidir por sí misma.

Por supuesto que la culpa de esto no la tiene quien manipula, sino quien se deja manipular. Cuando alguien tiene la madurez suficiente para empezar una relación de pareja, debería tenerla también para acabarla del mismo modo: de frente, dando la cara y sin terceras personas hablando en su nombre.

Si en una pareja hay problemas, son dos los que tienen que solucionarlos. El tercero estorba.

Skinner - Imagen pública
Skinner – Imagen pública

øEl síndrome de Seymour Skinner (Los Simpson)

Los hijos tenemos unas obligaciones (legales y morales) con nuestros padres, al igual que las tenemos con nuestros hijos. Creo que la ley no tendría que recordarnos que cuando nuestros padres son ancianos, están incapacitados o enfermos debemos prestarles ayuda, porque, que yo sepa, cuando tenemos un hijo no viene un juez al hospital con el código civil en la mano a leernos nuestras obligaciones. Sin embargo, hay personas que se desentienden e incluso se deshacen de sus padres o abuelos cuando estos ya no les “sirven” y los consideran un estorbo.

En el extremo opuesto están las personas que padecen el “síndrome de Seymour Skinner”. Son las que tienen miedo a perder el cariño de sus padres si no hacen todo lo que les han enseñado que debe hacer un buen hijo. Tienen miedo a que sus padres enfermen o se sientan solos y se culpabilizan cuando eso pasa. No se ven capaces de reclamar su espacio y su derecho a la intimidad porque piensan que no se lo merecen y que para lo único que han nacido es para cuidar y ejercer de acompañantes de sus papás. A los papás eso les viene muy bien porque pueden ejercer a su vez el papel de cuidadores y controladores, que quizás cuando eran jóvenes no pudieron desarrollar debido a su trabajo.

Ni un caso ni el otro están bien. Creo que el primero es una atrocidad, además de un delito que puede y debe ser denunciado por cualquier persona que sea testigo del abuso o abandono al que está siendo sometido el anciano. El segundo caso es un problema que empeorará a medida que pasen los años, a no ser que se tomen medidas al respecto y la persona que padece ese síndrome es la única que puede hacerlo poniendo límites. Aunque es muy complicado, mucho más que cuando se trata de los hijos, ya que estos siempre tenderán a independizarse, no así como los padres, que serán cada vez más dependientes de los hijos.

El único culpable de ser manipulado es el que se deja manipular. A pesar de sentirse inseguro, deprimido, triste o de ser una persona buena, generosa o agradecida, nadie debería anteponer su intimidad, su vida privada o sus sentimientos y decisiones a los deseos o necesidades de otra persona, sea quien sea.

Como he dicho antes, todos hemos manipulado en algún momento, pero hay casos muy extremos en los que la vida de una persona queda anulada por completo y a lo único que se dedica es a vivir la vida de otra. Eso sí lleva a caer en picado en una depresión. Luego es muy fácil echar la culpa de esa depresión al último que ha llegado, que aún siendo la gota que colmó el vaso y asumiendo su parte de responsabilidad, no es la causa de un problema que lleva años estancado y que se remonta a la infancia.

Con esto no quiero decir que haya que dejar de lado a los padres, pero sí que los padres deberían aprender (si sus facultades mentales se lo permiten), a respetar la vida privada de quienes ellos creen, en su ignorancia y excusándose en deseos de protección,“de su exclusiva propiedad”, ya que no les hacen ningún favor. Por el contrario y más pronto que tarde, les perjudican.

También los hijos deben aprender, no a enfrentarse, pero sí a defender su derecho a la intimidad sin sentirse culpables por ello, ya que cuidar a los padres ancianos no significa renunciar a su individualidad. El cordón umbilical se corta a los pocos minutos de nacer, no se lleva colgando toda la vida.

Los hijos se tienen para que vuelen y formen su propia familia, no para mantenerlos atados a nosotros para siempre. Al fin y al cabo nosotros nos moriremos y ellos se quedarán un tiempo más. Dejemos que amen a quien quieran amar y si necesitamos de su compañía siempre la tendremos, incluso la de sus parejas, siempre que sepamos comportarnos y entendamos que la pareja de nuestro hijo no nos va a robar su cariño, por el contrario, nos puede ofrecer también el suyo si lo aceptamos.

El gusano de seda

por María Mañogil

          Desde chiquitita he tenido gusanos de seda. Era la moda y todos los niños teníamos.

      Los guardábamos en una caja de zapatos o algo similar y hacíamos unos agujeros en la

      tapa para que pudiesen respirar, nos encargábamos de ir a buscar las hojas de morera

      para alimentarlos. Observábamos como crecían para posteriormente fabricar su capullo

      de seda (unos rosas, otros amarillos, otros blancos…) desde dentro hacia afuera, en el

      interior del cual se transformaban en mariposas, salían de su capullo, se apareaban y

      ponían los huevos de los cuales nacerían al año siguiente las nuevas larvas de gusano.

          Era una forma para que los niños y niñas nos responsabilizáramos de unos animalitos

      que apenas necesitan cuidados; tan sólo procurarles el alimento y mantener la cajita

      limpia.

          Hasta hace poco, mis hijos y yo tuvimos esta clase de gusanos en casa, pero un año

      empezaron a nacer en febrero (probablemente debido al cambio climático), en vez de en

      primavera como es habitual. El problema es que en febrero, los árboles de morera no

      tienen hojas y las pocas que tienen son muy pequeñas y aún verdes, así que los gusanitos

      morían de hambre apenas nacer. Intenté alimentarlos con lechuga u otras verduras de hoja

      verde, pero no sirvió. Morían igualmente a los pocos días. Lo único que conseguí fue

      añadir unos días a su corta vida, pero no salvarla.

            Nacían a diario decenas de ellos y aún quedaban bastantes huevos que no tardarían en

      abrirse, así que opté por tomar una decisión: Eliminé a los que aún no habían nacido. Sí,

      eliminé a las futuras larvas de gusano. Ya que sus madres, (las mariposas), mueren a los pocos

      días de depositar los huevos, yo era la responsable de ellos y la decisión era mía.

        Las larvas, a pesar de estar vivas dentro del huevo, no sufren, ni pasan hambre, ni frío…

      Viven ajenas totalmente a lo que pasa en el mundo exterior.

        Image

        No he vuelto a tener gusanos de seda nunca más.

          Si esta columna acabara aquí a poca gente le importaría la historia que acabo de contar.

          ¿A quién puede importarle la muerte de unas larvas de gusano?

          Pues he de decir que cada una de esas larvas, dentro de su huevo, es un ser. Y cada ser,

      sea de la especie que sea tiene el mismo derecho a vivir que cualquier otro… Sin embargo

      yo decidí en ese momento que no nacieran. Fuese por el motivo que fuese les negué el

      derecho a la vida.

          Para “defender la vida” hay que entender primero qué es, donde y cuando empieza.

          Desde luego que no empieza en un embrión, ni en un cigoto, ni en el momento de la

      fecundación…La vida empieza antes (mejor dicho, no sabemos cuando empieza. Ya está ahí).

          Los seres unicelulares también están vivos, aunque no seamos conscientes de ello porque

      no los vemos, (a no ser que lo hagamos a través de un microscopio).

      Nuestro organismo está lleno de células, (cada una provista de nuestro propio ADN), entre

      ellas los gametos, o células reproductoras.

      Aunque no sean un ser humano, cada uno de nuestros gametos es la mitad del proyecto

. Cada mes aproximadamente, cada mujer en edad fértil, estamos dejando

      morir a una de esas mitades de proyectos. Por no hablar de los hombres; ellos dejan morir a

      millones casi a diario.

          Si nos guiamos sólo por las leyes de la naturaleza deberíamos saber que nuestro organismo

      está perfectamente diseñado para la reproducción y la naturaleza no nos ha provisto de ningún

      método anticonceptivo eficaz; esos los hemos inventado los humanos. Por lo tanto, hacer

      uso de ellos se podría llamar también crimen, al estar impidiendo que la naturaleza siga su

      curso.

Image

          Si me he decidido a escribir sobre este tema es porque, a pesar de que dije que nunca lo

      haría, últimamente se ha desatado una gran polémica sobre el aborto por un caso de una

      chica a la que el gobierno de su país no permitía que se le practicara un aborto terapéutico,

      sufriendo ésta una grave enfermedad renal y poniendo en peligro su vida en caso de continuar

      con el embarazo. Añadiendo además que el feto carecía de cerebro, se estaba condenando a

      muerte a la madre gratuitamente.

          No tengo nada más que decir sobre el aborto terapéutico. Me parece una atrocidad dejar

      morir a una persona para salvar (en este caso ni eso) a un ser que aún no ha nacido.

          Sobre otros tipos de aborto diré que las leyes antiabortistas no sólo no defienden la vida,

      sinó que suman más muertes, ya que la mujer que quiera abortar lo hará igualmente tanto

      si es legal como si no. Como pasaba hace 40 años en España, las mujeres que se lo puedan  

      permitir (las menos) lo harán en otro país; las que no puedan por motivos económicos lo

      harán ilegalmente en clínicas “chapuceras”, donde las que tengan suerte quedarán estériles

      y las que no la tengan morirán desangradas o por una infección.

          Creo que las leyes restrictivas sobre el aborto sólo se basan en intereses políticos y son

      influenciadas casi siempre por la religión, ya que la iglesia es un grupo bastante amplio cuyo

      voto le conviene mucho al gobierno de la mayoría de países.

          En mi opinión, la decisión de abortar debería ser libre y personal. Una decisión tomada

      exclusivamente por la madre (más bien por la pareja), pero nunca por otras personas y en

      ningún caso por el gobierno.

          Si yo estoy a favor o en contra del aborto lo estaré sobre el mío, nunca sobre el de otra

      mujer. Nunca me atrevería a opinar ni a aconsejar a alguien sobre lo que debe hacer, aunque

      ese alguien fuese el más allegado a mí: Una hija, una hermana…

      Si se diera el caso, tan sólo le diría: “Te apoyaré en lo que decidas, pero debes decidirlo tú”.

          ¿Por qué no dejamos que cada persona decida libremente sobre ese tema y los demás nos

      dedicamos únicamente a intentar que se respeten los derechos de los que ya han nacido y

      luchamos para que tengan una vida digna?

          Hay en el mundo millones de personas que, al nacer, su esperanza de vida no son años, sinó

      días. Si abortar a un embrión, cuya vida es intrauterina y sus posibilidades de sobrevivir

      fuera del útero son prácticamente nulas es un asesinato, ¿cómo le podemos llamar a quienes

      contemplan diariamente como mueren millones de niños y no hacen absolutamente nada

      por evitarlo?

          Otra cosa que me llama mucho la atención y que me sorprende es que la gran mayoría de

      personas que están en contra del aborto y que se hacen llamar a si mismas “Defensores de la

      vida”, sean las mismas personas que entierran a sus familiares fallecidos con todos sus

      órganos intactos. No sé si eso lo hacen por motivos religiosos o sentimentales (aunque

      no sé que clase de sentimentalismo puede haber en dejar que esos órganos se pudran o se

      quemen), cuando con cada uno de ellos se podría salvar una vida.

          Si están defendiendo la vida del “no nato”, ¿qué menos que defender e intentar salvar la de

      otras personas que ya han nacido, que tienen unos recuerdos, una familia, unos seres que los

      quieren…?

          Estas personas no son defensoras de NADA, más que de sus propias ideologías.

      Yo los llamaría “Falsos defensores”.

          Claro que también hay personas que sí defienden la vida realmente y por eso están en

      contra del aborto. A esas personas las respeto, aunque ellas también deberían respetar la

      decisión de los demás.

          Para acabar quiero decir algo a quienes se consideran “Defensores de la vida”:

      Si al leer la primera parte de esta columna, (el pequeño relato sobre los gusanos de seda), 

      no le habéis prestado mucha atención y no os ha importado lo que he dicho por tratarse

      de simples gusanos, vosotros no defendéis la vida, ya que para ello es necesario defender

      cualquier vida, no sólo la de vuestra propia especie.

La fe

Fe - Obra de Luis Bonilla
Fe – Obra de Luis Bonilla

por María Mañogil

Hace muchos años vi una película (no importa el nombre) basada en un libro que había leído unos meses antes. A pesar de que, como suele pasar, la película estaba incompleta comparada con el libro, hubo una conversación en ella entre los dos protagonistas, que no recuerdo haber leído en el libro y que me impactó bastante, no sólo por el tema sobre el que estaban hablando, más bien por el mensaje que me llegó a través de la última palabra que se pronunció en dicha conversación.

Los protagonistas, (una científica y un sacerdote) debatían amigablemente sobre la existencia de Dios. En un momento dado, ella afirmó que, como científica, se veía obligada a creer sólo en aquello que, mediante la ciencia, era capaz de probarse. Él le hizo una
pregunta: “¿Querías a tu padre? “. La científica, cuyo padre había fallecido siendo ella una niña y al que se había sentido siempre muy unida, le respondió, con lágrimas en los ojos y agachando la cabeza, que sí. Entonces el sacerdote le dijo: “Pruébalo”.

Si he querido relatar esto es porque, a pesar de que yo me decanté por estudiar algo relacionado con la rama de ciencias y mi curiosidad me lleva a investigar las razones de todo (o casi todo), también es cierto que no todo se puede probar. Quizás hay cosas que no se van a poder demostrar nunca.

Como digo, siento curiosidad por casi todo. Ese “casi” no incluye, por ejemplo, la existencia de vida en otros planetas, no porque no sienta curiosidad por ello ni porque no me importe; más bien porque me importa. ¿Qué hacemos enviando satélites a Marte y gastando tanto dinero para comprobar si hubo vida o no? ¿Qué estamos buscando? ¿Un planeta en el cual poder vivir cuando nos hayamos terminado de cargar el nuestro? Mejor podíamos destinar ese dinero a intentar conservar las especies que no hemos conseguido aún exterminar… Si hay vida en otro planeta no será desde luego en nuestro sistema solar, por lo tanto no nos podemos comunicar hoy en día con seres que habitan a millones de años/luz de nosotros y que, además, podrían ser desde bacterias hasta dinosaurios. Observemos desde lejos, hasta donde nos llegue la vista y dejemos en paz a quienes no tenemos ningún derecho (en caso de que existan) a molestar.

La interpretación

Yo nunca he hablado, o al menos de una manera directa y en redes sociales o con personas que no conozco, sobre mis creencias religiosas. Si bien es cierto que he dejado caer algunos comentarios que podrían dar una ligera idea de cuales son, también he dejado caer otros, en otras ocasiones, que pueden confundir e incluso llegar a dar una idea contraria de mis creencias a quien me esté escuchando o leyendo. No lo hago a propósito; simplemente, si bien las personas más allegadas a mí saben lo que yo pienso sobre el tema, no es algo que me parezca trascendente en una conversación, ya que a mí me importa bien poco también en qué creen o dejan de creer los demás.

 La creación de Adán, de Miguel Ángel - Detalle
La creación de Adán, de Miguel Ángel – Detalle

Hace unas semanas y aprovechando que empecé a escribir esta columna, me molesté en hacer una prueba: pregunté a algunas personas que apenas me conocen si creían que yo era atea o creyente. Antes de hacer la pregunta, añadí uno de los dos comentarios que elegí para comprobar de qué manera se puede interpretar una misma idea, dependiendo de lo que se diga antes. No me equivoqué. Las personas a las que les dije que yo creía en Dios igual que en el amor me respondieron que yo creía en Dios (claro, todo el mundo sabe que existe el amor). A quienes les dije que creía en Dios igual que en los gnomos soltaron una carcajada y me respondieron que era atea. ¿Quién puede creer en los gnomos? Nadie los ha visto. Al amor tampoco.

Gnomos

Yo no he visto nunca ningún gnomo, por lo tanto no creo en ellos. No sé quien desordena siempre mi armario, sólo sé que por más que lo ordene no sirve de nada; al cabo de dos días soy incapaz de encontrar cualquier pieza de ropa que busque. Se desordena solo porque no creo que sea tampoco ningún duende o ningún espíritu, ya que como nunca he visto ninguno, no creo en ellos.

Tampoco he visto ningún ácaro (sólo en televisión, dibujado en algún libro o en fotografías tomadas a través de un microscopio), pero esos sí que existen. Mi casa está llena de ellos y la vuestra también. Gracias a la tecnología se ha podido probar, aunque antes de que Janssen inventara el microscopio nadie los había visto. Si alguien se los hubiera inventado en el siglo XV, les hubiera puesto un nombre y los hubiera descrito o dibujado para crear una historia, habría sido un libro de fantasía, ciencia ficción o como se le quiera llamar.

Con esto no quiero decir que los gnomos existan, sólo que no todo lo que no somos capaces de ver o de demostrar no existe. Yo no puedo demostrar el amor; puedo estar fingiendo y hacer creer a muchas personas que ese sentimiento que les profeso es real, cuando quizás lo único que me mueva a expresarlo sea algún tipo de interés, pero si les estoy mintiendo no hay forma de que ellas lo sepan. No hay nada que pueda medir o demostrar el amor, tan solo es cuestión de fe.

Todos creemos en algo, por ejemplo en eso: en el amor. Dicen que el ser humano tiene la necesidad de inventarse algo en lo que creer para poder sobrellevar mejor el tener constancia de su propia muerte y de la de sus seres queridos. Quizás los animales también tengan esa necesidad, no lo sabemos con certeza… No importa que necesidad tengamos, si no molesta a nadie satisfagámosla. Cada quien puede creer en lo que le apetezca, mientras no se demuestre lo contrario siempre tendrá razón.

Quien cree en Dios tiene razón, y quien no cree también. Las creencias religiosas de una persona no definen a la persona, es su actitud hacia los demás y hacia uno mismo lo que hacen a alguien ser quien es.

El respeto hacia los demás

En el círculo en el que me relaciono habitualmente hay aproximadamente un 60 % de personas que son creyentes y el otro 40 % no lo son. A veces hablamos de esto y cada uno da su opinión y sus razones, pero nunca nadie ha intentado convencer a los demás. La fe es algo personal. He de decir que no encuentro ninguna diferencia en cuanto a actitudes de solidaridad, respeto y tolerancia entre este grupo de gente, que son mi familia y mis amigos más próximos, con respecto a las creencias de los que no opinan como ellos.

Yo no soportaría que nadie me impusiera lo que debo y no debo creer. Tampoco pregunto a quien acabo de conocer, ya que a mí tampoco me gusta que me pregunten, a no ser que salga el tema en alguna conversación. Preferiría que me preguntaran mi signo del zodiaco, ya que eso daría más pistas sobre mí (siempre que la persona que me pregunte crea en la astrología). Mis creencias religiosas no van a dar ninguna información a nadie de como soy.

Pienso que la necesidad de creer en algo o no creer lo decide cada persona individualmente, a pesar de lo que nos hayan enseñado desde pequeños o de la cultura de cada país. Cuando somos adultos, todos somos libres de decidir (aunque intenten imponernos las ideas de otros) lo que debemos pensar. Otra cosa muy distinta es lo que nos obliguen a hacer, pero a pensar aprendemos nosotros mismos y una de las cosas que no se pueden enseñar, por muchas clases de religión que quieran darnos, es a tener fe en algo. 

Mi texto acaba aquí porque me espera mi hada madrina, quien me arropa cada noche cuando me voy a dormir. Ahora, después de esta frase, pensad en si soy atea o creyente. Penséis lo que penséis, estaréis en lo cierto.

Despertar

Despertar - Imagen pública
Despertar – Imagen pública

por María Mañogil

Se levanta cada mañana aún con el frágil velo de sus sueños nublando sus pupilas… Sueños que quizás no sean sueños, sino el despertar que sucede al largo día de oscura y denigrante realidad.

Se viste mientras hace en vano un intento por oír el trinar de los pájaros, recordando en un instante que el único sonido que escuchará será el mismo de cada mañana: el monótono y molesto ruido de los coches que circulan por la autovía, situada tan sólo
a trescientos metros de su casa. Es entonces cuando asume que ha empezado un día más.

Recorre su camino despacio, un camino tan invisible como las huellas que fue dejando atrás: imperceptibles. Todo lo vivido se borró de un golpe. Ya no hay recuerdos, ni momentos, ni medias sonrisas fingidas aparentando que todo va bien; ya no son necesarias.

Ahora, habiendo no olvidado, más bien aparcado en algún rincón secreto el pasado, la única senda a seguir es la que no es capaz de ver, tan sólo intuir, frente a sus ojos. Una senda que va siguiendo a tientas, ansiando encontrar en algún tramo de ella un poco de luz para dejar de dañarse con cada caída. Sabe que llegará un día en el que se acostumbrará al dolor.

Se sienta al borde del abismo que ella misma creó en su imaginación y que consiguió materializar, buscando quizás un refugio donde poder descansar. Ahora, ese abismo le sirve para dejar caer cada una de las cosas de las que se quiere desprender antes de irse. No hay muchas… Sólo el pesado lastre de la culpa, el que más molesta cargar, el que le impide seguir caminando hacia donde, inevitablemente, su suerte y su propia  inercia la quieran llevar.

Despertar - Imagen pública
Despertar – Imagen pública

Quiere dormir, se siente cansada y comprende que no queda ya mucho tiempo… Atrás quedaron las lágrimas, el miedo y los días de soledad. Ahora vuelve a sumirse lentamente en un largo sueño, en el que sí hay un camino: el único.

Mañana despertará y volverá a retomar sus pasos, como todos los días, porque eso es lo que está escrito que debe hacer, pero ahora toca soñar con lo que lanzó al vacío, con el trinar de los pájaros y con todo lo que le quedará por ver, por escuchar y por sentir. Soñará con cada una de las cosas que ya no tendrá oportunidad de contemplar.

Sabe que un día se dormirá y ya no existirán para ella más mañanas; se desvanecerá en medio de sus sueños. Se habrá ido.