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Rondalles Mallorquines no. 6: La hija y la hijastra del molinero

por Antoni Maria Alcover i Sureda.

Traducción de María Mañogil

Prosigo mi viaje a través de la literatura de Mallorca -la bella isla mediterránea donde nací-, acompañada y guiada por la mano de Jordi d’es Racó. Esta vez con una historia que le contó doña Catalina, de Campanet, y que él decidió inmortalizar en uno de los veinticuatro tomos de los que está compuesta su obra, Aplec de Rondalles Mallorquines. Espero que os guste o que os disguste, especialmente a las Catalinas, a quienes mando un afectuoso saludo.

Es fangar, Campanet - Imagen pública
Es fangar, Campanet – Imagen pública

LA HIJA Y LA HIJASTRA DEL MOLINERO

Esto era y no era un molinero de Sa Pobla que tenía una hija, a la que habían llamado Catalineta, bien graciosa, bonita e ingeniosa. El molinero cayó viudo y se volvió a casar con una viuda que tenía una hija que se llamaba Catalinota, grosera, arisca y cascaciruelas. El molinero le dijo un día a Catalineta:

-¡Catalineta, devuelve la harina a los gigantes de la cueva de Es Fangar!

Es Fangar es una posesión de Sa Pobla hacia Campanet, a pie de montaña. En aquel tiempo, en una cueva de esa posesión habitaba un pelotón de gigantes que vivía de lo que cazaba. Eran unos gigantes muy buena gente que no se metían con nadie mientras no se metiesen con ellos. Ya lo sabían pobleros, campaneteros y bellacos, por eso nadie los incordiaba y los dejaban tranquilos. Llevaban el trigo a aquel molinero, que lo molía y les devolvía la harina, eso sí, después de bien y bien molido. El molinero tenía un recadero y éste solía llevarles la harina a los gigantes de la cueva de Es Fangar, pero justamente ese día el recadero estaba enfermo y enviaron a Catalineta: cargaron el saco sobre el caballo y amarraron a la muchachita encima, le dieron el ronzal, dijeron ¡arre!, y aquel caballo hacia la cueva de Es Fangar. Cuando estuvo frente a la cueva, el corcel se detiene, Catalineta desmonta y entra en la cueva, grita que grita:

-¿Quién hay en la casa de Dios?, ¿quién hay aquí? ¡Salid, que os traigo la harina!

Bien que voceó la chica, pero nadie le respondió. ¿Y qué hace ella? Así como puede descarga el saco, lo mete en la cueva, se percata de que todo está un poco sucio y desordenado; y barre y sacude y avía, y al momento lo deja todo limpio y engalanado. De pronto ¡tac!, llegan los gigantes, reparan en todo cuanto acababa de hacer Catalineta por ahí adentro y quedan tan agradecidos y satisfechos que se reúnen y dice el cabecilla del grupo:

-Se merece esta muchacha que le demos un don; bastante que se lo ha ganado.
-¡Bien pensado! ¡Bien pensado! -dicen todos-. El jefe que diga cuál ha de ser ese don.
-¡Ya lo diré, ya! -dice aquél-. El don ha de ser que, al abrir la boca Catalineta, por cada palabra que salga de ella, le brote una peseta.-¡Aprobado! ¡Aprobado! -aplaudieron todos los gigantes.
-¡Muchas gracias! -dice Catalineta, y ¡zas!, le cayeron de la boca dos pesetas por las dos palabras que acababa de pronunciar.

Catalineta recoge aquellas dos pesetas, se las embolsa, se sube al caballo y ¡hacia el molino! Cuando su padre, su madrastra y su hermanastra se dieron cuenta de que, al decir Catalineta cualquier palabra, de pronto le caía una peseta de la boca, imaginaos cómo se quedaron de pasmados. Su padre estaba contentísimo; en cambio, la madrastra y la hermanastra no lo podían soportar, la envidia les corroía. Catalineta, como era tan buena chica, todas las pesetas que le brotaban de la boca, tantas como palabras decía, se las entregaba a su padre, y su padre que daba saltos de alegría, y la madrastra y la hermanastra que se encrespaban y se las llevaban los demonios., hasta que un día la madrastra le dice al molinero:

-¿Y qué no volvemos a tener grano para moler, de los gigantes de la cueva de Es Fangar?
-Sí que tenemos- contesta el hombre.
-¡Pues ve a molerlo! -suelta la madrastra-, y mi Catalina les llevará la harina.
-¿Y por qué? -dice el molinero- ¿Para ver si regresa de la cueva así como regresó mi Catalineta, que al decir cualquier palabra, le cae de la boca una peseta?
-¡Veo que me entiendes! -asiente la molinera-. ¿Y qué no te gustaría?
-¡De acuerdo, de acuerdo! -responde él- ¡Hala, pues! Hagamos la harina de los gigantes de la cueva de Es Fangar.

Vierten el grano en el molino y al poco tiempo estuvo molido. El molinero maquila, llena el saco, lo asienta sobre el caballo, llama a la hijastra y le dice:

-¡Hala, Catalina, arreando! ¡Veamos si vuelves como la otra Catalina!
-¡Haré todo lo posible! -dice la groserota.

Se sienta a horcajadas sobre el animal y ¡hacia la cueva de Es Fangar! Pronto llega allí, desmonta pegando un bote, se mete dentro de la cueva, grita que grita:

-¡Hala,vosotros de aquí adentro! ¡Salid deprisa que os traigo la harina! ¡Venga, zánganos, salid ya! ¿O queréis que os lo entre yo, el saco? ¡Si no salís lo tiro al suelo y me voy!

En esto, los gigantes vuelven de cazar; y ella, toda inquieta, se pone a sermonearlos sin ningún miramiento ni respeto. Los gigantes descargan el saco y se lo llevan dentro de la tahona, desoyendo a Catalinota, viendo que era tan insolente, desabrida y descarada. ¿Y qué me diréis? Cuando ella vio que los gigantes se largaban sin intención de concederle el don con que habían agraciado a Catalineta, les suelta:

-¡Ueep, so tacaños! ¿Y así me despacháis? ¿Qué me tengo que ir, así como vine?

Los gigantes, al escucharla, se miran entre ellos y dicen:

-¡Oh, qué chica tan estúpida, pedante y maleducada! Ahora querría que le otorgásemos el mismo don que a Catalineta. ¡El premio es para quien se lo gana! ¡Catalineta se lo mereció; ésta no! Para que no regrese así como ha venido, plantémosle una trompa detrás, y que cada vez que abra la boca le haga: ¡brraah! ¡brraah!

-Nada, pues -dice el cabecilla-. Que le salga esa trompa y que al decir cada palabra, le suene ipso facto: ¡brraah! ¡brraah!

A Catalinota, viendo que los gigantes no asomaban, se le acabó la paciencia, se sube de un salto al caballo y ¡hacia el molino!, toda ofendida y enfurruñada. Y lo gracioso fue cuando llegó a su casa, que a la primera palabra que dice la trompa le hace de pronto: ¡brraah! ¡brraah! Y tantas palabras como pronunciaba, venga a hacerle la trompa: ¡brraah! ¡brraah! Imaginaos la rabia que les debió entrar a ella y a su madre, y la risa que debía entrarles a los otros cuando escuchaban aquel barritar de la trompa que llevaba enganchada detrás. Incluso el molinero se reía, y Catalineta se encerraba en su habitación porque no podía aguantar las carcajadas ante tal extraño espectáculo, y no quería que la madrastra la sorprendiera con la risotada en la boca. La molinera estaba hecha una furia al ver a su hija de aquella manera, y lo que la angustiaba más era que, como Catalinota cortejaba, cuando viniera su pretendiente y escuchase el brraah, brraah, que nunca paraba al pronunciar la chica cualquier palabra, él se lo tomaría mal y no volvería a aparecer por la casa. ¿Y qué hace ella? Se va al pretendiente de la niña y le suelta:

-Mira, tú. Mi Catalina ha ido a confesarse y el cura le ha puesto por penitencia que no ha de decir palabra hasta que se case.

El novio, que era un poco memo y no había encontrado a ninguna otra muchacha que lo quisiera, con la esperanza de que Catalinota tendría alguna cosa porque los de aquel molino parecían gente pudiente, se resignó a casarse con aquella arpía. Disponen la cosa y a los ocho días se casan, sin que Catalinota abriese boca hasta que al fin estuvo casada. Pero lo bueno fue al salir de la iglesia, cuando todos les daban la enhorabuena, y ella ¡boca lacrada!, sin hablar ni chistar, por miedo a lo que pasara. El marido, ya un poco molesto, le dice:

-¡Vaya, mujer, a ver si hablas! ¡Que Cristo hablaba y estaba en la cruz! Si el cura te puso por penitencia que no podías abrir boca hasta estar casada, ahora ya lo estás. ¡Así que habla!

La esposa se vio tan presionada que no tuvo más remedio que responder agradeciendo las felicitaciones, ¡pero buena la hizo! La trompa que los gigantes de la cueva de Es Fangar le plantaron detrás, empieza a sonar: ¡brraah! ¡brraah!, por cada palabra que decía la taruga. Aquello fue un escándalo: todo el mundo se echó a reír, y ríe que ríe, y el novio y toda su familia más avergonzados que no sé qué deciros. Y la molinera hecha un demonio, al igual que la novia. Y el molinero todo abochornado y con un miedo horrible a echarse a reír también.

Y la cosa acabó tan mal que la novia se desmayó y se la tuvieron que llevar en una parihuela hasta su casa y encamarla; y el novio dijo que allí había habido un medio engaño y que daba por nulo el casamiento. Devolvió al molino el ajuar de ella y todos los demás bártulos y no quiso saber nunca más nada de Catalinota, quien no supo desprenderse nunca de aquel demonio de trompa que los gigantes de la cueva de Es Fangar le habían plantado detrás, y que no dejaba nunca de hacer ¡brraah! ¡brraah!, al pronunciar la majadera cualquier palabra.

Y pues, ¡no hubiese sido tan grosera, colérica y pedante! ¡Más se merecía! Tomad ejemplo, muchachitas que esto leéis sobre Catalineta y Catalinota, si no queréis salir escaldadas.

Lectura sobre Lecturas: Arte contemporáneo mexicano en el Museo Amparo

Lecturas de un territorio fracturado - Fotografía por Job Melamed
Lecturas de un territorio fracturado – Fotografía por Job Melamed

por José Luis Dávila

De a poco, desde hace años, me fui inmiscuyendo en el arte contemporáneo a modo de espectador y, más tarde, cuando consideré haber adquirido el conocimiento mínimo necesario para pasar a la acción de expresar las razones de mi gusto, empecé a escribir sobre los museos que visitaba, los artistas, las experiencias con la pieza y las personalísimas reflexiones que, aunque redunde, me provocaban las reflexiones de los otros. Y mientras más veía, más quería pensarlo, comentarlo, apropiarlo. Porque, en gran medida, para eso es el arte: entender en uno algo que se genera desde la obra con el fin de cuestionar lo que nos rodea y establecernos desde un punto crítico.

Quizá esa sea la razón que más me atrajo. Mucho más cuando hay arte mexicano que se ocupa de desarrollar ese tipo de cuestionamientos sobre la identidad, la violencia, las convenciones sociales y morales, las creencias religiosas, o incluso del mismo acto creativo. El arte contemporáneo mexicano es una geografía híbrida que debe ser explorada a fondo, meticulosamente, con el interés que merece. Por ello, creo que es un gran logro la nueva muestra Lecturas de un territorio fracturado, la cual expone parte de la colección del Museo Amparo en un esfuerzo por dilucidar los cómos y qués que provienen desde la década de los 90’s y se topan con la actualidad.

Lecturas, curada por Amanda de la Garza y Cecilia Delgado, encuentra su hilo conductor en la concatenación de estilos y crea pasajes que se cuentan a sí mismos dentro de las salas, puentes que se establecen no para conectar tiempos ni lugares, sino ideas que se concretan en la experiencia de aquél que los recorre.

Es, pues, un ensayo hecho exposición, una argumentación sobre las preguntas que el arte arroja en México y posibilita conclusiones latentes, aunque no unívocas, que buscan ser desentrañadas. Una exposición para debatir y comentar, para acercarse al arte contemporáneo mexicano con la curiosidad justa que me recordó los motivos por los cuales me he quedado en esta línea de gusto estético y que, estoy seguro, despertará el gusto de todos los que se acerquen a ella.

El secreto de Gorco: entrevista a Abdiel Degollado

Cada fin de semana se presenta El secreto de Gorco, una puesta en escena de Pasajeros de Caronte en el Foro Escénico El Nicho, una obra de teatro que presenta el conflicto del amor joven. Tuvimos oportunidad de platicar con Abdiel Degollado, director del proyecto.

El secreto de Gorco
El secreto de Gorco

José Luis Dávila: ¿Por qué representar esta obra de Alberto Chimal?

Abdiel Degollado: Yo ya había hecho esta obra antes. Me gusta. La obra ganó un premio de teatro juvenil hace como 10 años. A mí, en particular, me gusta este teatro ligero, que de repente puede venir todo mundo. No todos buscan dramas, algunas personas le huyen. Está pensado en toda la familia, aunque siempre que hemos intentado obras así, como para niños, quienes menos vienen son niños, siempre vienen personas entre 18 y 30 años. Pero la idea es una obra corta, probada, ligera, en esta idea de divertirte; obviamente, tiene su mensaje, moraleja, la idea es poner algo para todos.

JLD: ¿Qué tan complicado fue montarla?

AD: Fue bastante fácil, creo que es la obra que hemos montado más rápido, en aproximadamente diez ensayos. El equipo es muy comprometido, que ya hay algún suplente y esperamos tener todos suplentes. A la primera, me gustó cómo quedó. Creo que cuando una obra está bien escrita es mucho más sencilla ponerla en escena, y esta obra está muy bien escrita. De repente, por cuestiones logísticas, por el espacio, cortamos, porque originalmente Chimal propone como 8 o 10 personajes, entonces, cortamos algunas cosas o las resolvemos de otra manera. Pero, teniendo el texto, que probablemente fue lo más difícil, lo demás se fue dando de manera intuitiva. Algo que podemos presumir, es que como grupo estamos acoplados, nos conocemos bien, y eso facilita las cosas: ya sabemos cómo somos, sabemos cual podría ser el fuerte de cada quién, y entre todos nos apoyamos para que salga.

JLD: ¿Chimal ha venido a ver la obra?

AD: No la ha venido a ver todavía, espero que venga pronto. Nos dio, rápidamente y sin ningún problema el permiso, la única condición que nos puso fue que le mandáramos fotos, ya le cumplimos, le mandamos algunas fotos. Él está invitadísimo. Además, la idea es estar aquí en El Nicho todo julio, en Cuarto Acto en Cholula, y de ahí irnos a Catemaco; queremos moverla en diferentes espacios, tanto en la ciudad de Puebla, en el estado y viajar por la República.

El secreto de Gorco
El secreto de Gorco

JLD: ¿Cómo ha sido programar sido la itinerancia de la obra?

AD: Estamos empezando, esta es nuestra función número seis. Seguramente será complicado, pero es parte de la gestión, hay que buscar apoyos, espacios. Es la segunda obra que llevamos a Cuarto Acto, pero nos ha ido bien. Es no quitar el dedo del renglón. Hacer teatro es difícil en muchos sentidos, pero perseverar tiene sus recompensas, eso está probado.

JLD: ¿Qué tan larga te gustaría que sea la temporada?

AD: Originalmente la pensamos corta, dos meses. Hay quien hace temporadas mucho más cortas. Y digo corta porque estamos acostumbrados a hacer temporadas de 30, mínimo, 50 si se puede. Y a veces muchas más. Esta la pensamos corta porque cambia la dinámica de grupo cuando ya tenemos un espacio donde tenemos que proponer, porque el público busca más cosas. Cuando no eres parte del espacio, sino que pones la obra y hay otras personas, no estás tan comprometido; aquí nos sentimos con ese compromiso de tener diferentes propuestas para los diferentes públicos, en ese sentido, pensamos una temporada corta, al menos en este espacio, al menos por ahora. Seguramente lo dejaremos descansar un tiempo y regresaremos. La idea es más bien presentarla en otros espacios de Puebla.

Rondalles Mallorquines No. 5: Las piernas de los concejales de Porreres

por Antoni Maria Alcover i Sureda

traducción de María Mañogil

Encontré, en mi paseo por la literatura balear, esta rondalla que Jordi des Racó rescató de la voz popular de su época, hace más de un siglo, e inmortalizó en su Aplec de rondalles mallorquines. Me pareció divertida. Y esta vez le tocó a Porreres, un entrañable pueblecito en el centro de Mallorca. Espero que os guste.

Porreres - Imagen pública
Porreres – Imagen pública

LAS PIERNAS DE LOS CONCEJALES DE PORRERES

En aquel tiempo en que los animales hablaban -como las rocas ahora-, hubo un concejal de Porreres que vino a la ciudad un día de fiesta y acudió a la misa en la Catedral.

Estaba todo el ayuntamiento sentado en su banco.  El porrerense se les quedó mirando, y os aseguro que no les quitaba el ojo de encima. Le vino muy de sorpresa que tantos concejales fuesen vestidos de la misma manera. El hombre no podía creer que todos vistiesen igual.

Vuelve a Porreres y se lo cuenta a los otros concejales de allá.

-En serio -decía-, os aseguro que si no fuese por los rostros y por la estatura, no seríais capaces de saber quién es uno y quién es otro. El vestuario es bien bien igual.
-Y debe lucir guapo -decían los otros-, ese arsenal de hombres con la misma indumentaria.
-¡Y tanto que sí- exclamaba él.

Así que resolvieron, nemine discrepante, hacerse todos un mismo traje, igual igual, y ponérselo el primer día que tuviesen que ir a misa. Y así hicieron. En la siguiente festividad que se celebra se presentan en la iglesia todos vestidos igual, sin más diferencias que la cara, la estatura y la talla.. Y ya lo creo que la gente no hacía más que mirarlos: no les quitaban la vista de encima, embelesados.

Comienza la misa. Todos se arrodillan, pero ni alcalde ni concejales se mueven ni se inmutan, sentados en su banco como estatuas. Leen el Evangelio. Todo el mundo se levanta, pero alcalde y concejales, bien alerta a moverse y bien sentados.

Porreres - Imagen pública
Porreres – Imagen pública

-¿Qué será esto? -decía la gente-. ¿Y no se han enterado de que la misa ya ha comenzado? Porque los ojos los tienen bien abiertos.

¡Y vaya si los tenían! Y bien que miraban a todas partes.

Llega el momento del Salmo y todos se arrodillan, todos menos los del ayuntamiento, que no se mueven, sólo meneaban los ojos.

-¿Pero qué demonios le pasa hoy al ayuntamiento? ¿Deben tener calambres por todo el cuerpo, el alcalde y los concejales?

Empezó el cura a leer el último Evangelio, y tampoco se movieron éstos. Todo el mundo se hacía cruces, y todo era un bisbís dentro de la iglesia. Se acabó la misa y la gente empezaba a escampar; y los del ayuntamiento clavados al banco. Aquí ya hubo muchos que no salieron para ver cómo acabaría aquello. El monaguillo, al percatarse, se va a los del ayuntamiento y les dice:

-Y bien, ¿a quién esperáis?
-Esperar, no esperamos a nadie -dice el alcalde-. Pero, hombre de Dios, debes creer y pensar que como nos hemos hecho estos trajes todos iguales, que uno no se distingue del otro, sentados en este banco tenemos las piernas mezcladas, y ahora no sabemos cuáles son de uno y cuáles son de otro. ¿No has notado que no nos hemos levantado en los Evangelios ni nos hemos arrodillado al comenzar el Salmo?
-¡Y tanto que lo he notado!, ¡y todos los demás, que se hacen cruces! ¡Aún así, habéis hecho una buena marranada!
-¿Y qué podíamos hacer nosotros, si no sabíamos distinguir las piernas? Por eso no nos hemos movido, para que no hubiese una desgracia al confundirlas.
-Y bien -dice el monaguillo-, ¿y ahora os tenéis que pudrir en este banco?
-Éste es nuestro quebradero de cabeza -dijeron todos los concejales-. ¿No nos darías una solución tú?

El monaguillo piensa un poco y dice:

-Ahora mismo.

Se va a la sacristía, coge un cordel de cáñamo que guardaba para uno de estos casos, lo dobla seis o siete veces, se lo ata por un cabo a una mano, se presenta frente al banco de los del ayuntamiento y ¡cordelazo va cordelazo viene contra las piernas de los concejales! Los heridos, tan pronto como sentían el vergajazo, gritaban con todas sus fuerzas:

-¡Aaay!
-Éstas son las tuyas -decía el monaguillo-. Y buenos cordelazos a las piernas de los concejales que veía quietas.
Y cada vez que escuchaba ¡ay!, decía:
-Éstas son las tuyas. Cógelas.

Así pues, con un gimoteo, ya no quedó ni una de las piernas de los concejales, delante del banco, porque todos escamparon bien deprisa, sin mirar si se llevaban sus piernas o las de otro. Lo que querían era huir del cordel del monaguillo, que tenía un arrebato del demonio.

-¡Este demonio de hombre! -decían ellos cuando estuvieron fuera-. ¡Esto es un demonio! ¡Nos las habría triturado, las piernas, si no nos hubiésemos dado prisa en escapar! ¡Pero lo que es suyo, dádselo! ¡Desliarnos las piernas, nos las ha desliado, sí!

No os digo nada de las risas que hubo en Porreres de esta anécdota de los concejales, que se acordaron toda la vida de la leccioncita del monaguillo.

¡Menos mal si uno se aprovecha de las lecciones que recibe!

Alicia en escena: Entrevista a Marco Polo Rodríguez

El sábado pasado se estrenó Alicia en el País de las Maravillas, en el foro Interiores de Espacio 1900, una puesta en escena que devuelve al clásico de Carroll interpretado por talleristas que están en la línea teatral bajo el cargo del reconocido actor y director Marco Polo Rodríguez, a quien pudimos entrevistar.

José Luis Dávila: ¿Por qué regresar a Alicia en el país de las maravillas, en específico para un grupo de taller de teatro?

Marco Polo Rodríguez: Me parece que es un texto provocador, y además de que es un clásico, porque a todo mundo nos gusta y es uno de los textos consentidos, resulta un reto para cualquier actor o actriz que intente acercarse al escenario, o a una puesta en escena semiprofesional. Ciertamente hay un trabajo constante, en el escenario hay que estar entrenando todos los días. Las tablas también se logran representando, y creo que en ese sentido es afortunado el montaje. Por otro lado, independientemente de los detalles que todavía trabajaremos, también es estimulante para los actores ir hacia un texto que resulta un desafío, porque, bueno, cero escenografía, nos vamos con vestuario, música, y así; creo que cada uno de ellos está haciendo su mejor esfuerzo.

Marco Polo Rodríguez y José Luis Dávila - Fotografía por Job Melamed
Marco Polo Rodríguez y José Luis Dávila – Fotografía por Job Melamed

JLD: ¿Qué dificultades encontraste para la preparación de la obra?

MPR: En realidad, la mayoría no tiene mucha experiencia o ha sido nula. De la mayoría de los actores y actrices que vimos, hoy es su primera experiencia teatral, y creo que eso es muy importante porque te marca para toda la vida. Aquí el desafío es trabajar con disciplina, con compromiso, como siempre nos lo han enseñado nuestros grandes maestros, con disposición, porque sabemos que teniendo este elemento podemos hacer todo. Están en una búsqueda constante de trabajar, no solamente para el escenario sino para la vida, que es algo que siempre les he tratado de inculcar y mantener a flote.

JLD: Precisamente, en esa cuestión, ¿qué valor tiene para ellos, para su formación, ser parte de este taller?

MPR: Principalmente, romper con nuestros paradigmas, las estructuras que traemos, los vicios que como personas venimos arrastrando desde la familia, desde que nacemos. Y entonces encontrar otra posibilidad de expresión, una manera distinta de pensar, de ver el mundo, y también de cambiar tu propia vida, porque el teatro te transforma, te trastoca desde el interior, y creo que ese trabajo, al final, se ve en la puesta en escena. El desafío es constante, es cotidiano. No se termina nunca. Incluso los actores que tenemos varios años trabajando seguimos sin quitar el dedo del renglón y pensando que la creación es el acto más importante del artista.

JLD: ¿Cuál es el futuro que te gustaría para este taller?

MPR: Llegar un montaje profesional en un tiempo en que resulta crucial, sobre todo en Puebla, mostrar diversidad de propuestas. El reto es llegar con un texto más arriesgado y que implique verdaderamente un trabajo actoral.

Float On

por E. J. Valdés

En mayo de 2012, Modest Mouse se presentó en Cholula, Puebla, como parte de la primera y última edición del Festival 72810. En punto de las ocho de la noche el grueso de los asistentes se aglomeró frente al escenario oeste para esperar a la banda, que salió puntual y abrió su repertorio con “Dashboard”. Hacia la mitad de su intervención tocaron “Float On”. Los primeros acordes de la guitarra arrancaron al público un grito jubiloso, y aquellos que no saltaron bailaron, y quienes no bailaron cuando menos cabecearon. Nadie pudo quedarse quieto, y alrededor de ochocientas voces hicieron eco al coro, extáticas. Entonces, al concluir la canción, ocurrió lo inesperado: la gente comenzó a retirarse. La banda no se detuvo —continuó casi de inmediato con “Bukowski”— pero el público se esfumó, veloz, en pos del escenario este, en donde, cuarenta minutos más tarde, se presentaría Public Enemy (¿quién en su sano juicio deja un concierto de Modest Mouse para esperar a Public Enemy?). A nadie pasó desapercibida la mirada que intercambiaron Isaac Brock y Tom Peloso, extrañados de que dos terceras partes de su audiencia dieran la media vuelta para alejarse. Peor aún: durante el resto de las canciones el público se redujo más y más, y hacia el final de su acto tocaban —no miento— para un máximo de cien personas. Brock lucía molesto, y en cuanto terminaron dejó su guitarra y salió del escenario sin decir una palabra, de modo que fue Peloso quien tuvo que despedirse y agradecer a los pocos que tuvieron el genuino interés de escucharlos.

Horas más tarde, cuando el staff ya había empacado sus cosas, la banda solicitó reunirse con los organizadores del festival, y aunque no fueron los únicos que se quejaron de la baja asistencia, sí fueron los que más se hicieron escuchar (a ello contribuyó la personalidad explosiva de Brock).

Modest Mouse
Modest Mouse

El Festival 72810 se extinguió aquella misma noche, pero para Modest Mouse apenas comenzaba la gira por Latinoamérica. Su siguiente parada fue en San José, Costa Rica, y aunque en esa ocasión no formaron parte de un cartel colectivo, Brock aún no superaba lo acontecido en México y estaba malhumorado e insoportable. Cuando salieron a tocar arrancaron de nuevo con “Dashboard”, como indicaba la lista de canciones, sin embargo, tras interpretar otro par de éxitos, Brock se acercó a Jeremiah Green y le pidió que diera la entrada para “Float On”. Esto extrañó al baterista, pues aún debían repasar otra decena de temas antes, pero el vocal, irritado, les gritó a él y al resto de la banda que cerraran la boca e hicieran como les mandaba. No muy convencido, Green contó con sus baquetas, dio unos golpes a los tambores y Brock se incorporó con los primeros acordes de la canción. El público aulló y los siguientes tres minutos y medio fueron una auténtica locura. Al concluir el último coro una ovación inundó el lugar. La banda prosiguió con “Ocean Breathes Salty”, pero hacia la mitad se percataron de que, tal como ocurriera en México, algunas personas ya se marchaban. De nuevo Brock intercambió una mirada con Peloso; poco a poco los asientos se vaciaban y les restaban, cuando menos, otros cincuenta minutos en el escenario. Los completaron, pero fue evidente que terminaron el concierto con mucha menos gente de la que iniciaron y que Brock no estaba para nada contento con ello. En el camerino, abrió una cerveza que arrojó contra la pared tras sólo un par de tragos. Nadie se atrevió a dirigirle la palabra el resto de la noche.

Volaron a Bogotá. Allí, Brock instigó al desorden cuando ordenó tocar “Float On” entre las primeras canciones de la noche una vez más. Dados los últimos acontecimientos, la banda no estuvo muy de acuerdo pero la voluntad del vocal terminó por imponerse; menos de quince minutos después de comenzar el concierto enfrentaron el mismo escenario de las dos presentaciones previas. Al menos la mitad de los asistentes se marchó, y por supuesto que Brock no se guardó la rabieta. Viajaron después a Lima y Peloso hizo cuanto pudo para convencerlo de que reservaran “Float On” para el final de la velada, moción que el resto de los músicos apoyó. Sus palabras, sin embargo, cayeron en oídos sordos y, para horror de todos, aquella noche Brock quiso tocar “Float On” tan pronto pusieron pie en el escenario. El público se regocijó, por supuesto, pero eso no previno el silencioso éxodo hacia afuera del auditorio minutos después.

Para la banda aquello fue demasiado. Después del concierto encararon a Brock cual tripulación amotinada ante el capitán pero al final de la noche prevaleció su cabeza dura: así terminaran cada presentación ante un montón de asientos vacíos, “Float On” se quedaba al inicio del repertorio. La subsecuente discusión fue larga, acalorada y fútil.

Llegaron a Santiago con la moral hecha polvo. Nadie deseaba hablar con Brock y él, a su vez, no tenía interés en dirigirle la palabra a los demás. Pasaron el día cada quién por su cuenta y durante la prueba de sonido, un par de horas antes del concierto, el aire se respiraba tenso. Hacia la hora del evento, el teatro estaba lleno. Peloso asomó por entre las cortinas y no pudo sino lamentar el hecho de que en cuestión de minutos muchas de esas butacas se desocuparían. Brock no dijo una palabra. Poco después de las nueve salieron al escenario y un estruendoso aplauso los recibió, mismo que cobró intensidad cuando los acordes de “Float On” resonaron por los altavoces. Gritos, aullidos y silbidos los recompensaron, y aunque la lista de canciones indicaba que “Dashboard” era la siguiente, Brock los detuvo a todos antes de que comenzaran con ella.

—“Float On” —ordenó.

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Los músicos se miraron entre sí. ¿Habían escuchado todos lo mismo? ¿De verdad les estaba pidiendo que tocaran “Float On” otra vez?

Peloso se acercó a preguntarle si acaso bromeaba, mas no tardó en convencerse de que no era así: sin consultar a nadie, Brock tocó los acordes de “Float On” y a los demás no les quedó sino sumarse. La confusión también corrió entre el público pero pronto se disipó entre una marejada de éxtasis, pues aquella segunda interpretación fue mucho mejor recibida que la primera. Todos bailaron con mayor ímpetu, saltaron más alto y cantaron más fuerte. Sobre el escenario, nadie salvo Brock daba crédito a ello. El ánimo de la banda mejoró y creció de manera exponencial junto con la euforia del público conforme tocaron “Float On” una tercera, cuarta y quinta ocasión. Para todos fue una noche como ninguna otra: interpretaron el mismo tema durante una hora y media frente a un teatro cada vez más emocionado. Nadie se quejó, nadie se aburrió y nadie dejó su lugar. Incluso, cuando Brock y los demás salieron del escenario la gente pedía a gritos que tocaran “Float On” una vez más, y eso fue justo lo que hicieron.

El inusual concierto de Modest Mouse fue muy comentado en los medios: ninguna banda antes que ellos había enloquecido a dos mil personas con casi cien minutos de la misma canción. En opinión de algunos comentaristas, aquello había sentado un precedente importante para actos considerados one-hit wonders, aunque a decir de otros se trató de un acto deplorable y estrafalario, de una burla a la industria y a quienes pagaron un boleto por entrar a escucharlos. Como fuera, la expectativa por las siguientes fechas de la gira, todas ellas en Brasil y Argentina, fue tal que las entradas restantes se agotaron y el precio de reventa se disparó. Modest Mouse, sin embargo, no repitió la hazaña: “Float On” se interpretó una sola vez por noche para beneplácito de quienes deseaban escuchar todo su repertorio y horror de quienes no. Lo cierto fue que nadie en el público dejó su lugar, y los lamentables escenarios de México, Costa Rica, Lima y Perú no se repitieron. Para los chicos fue como si una maldición se hubiese roto.

Las cosas a veces resultan bien.

Anécdotas

por César Huerta

Tengo en la mente, ya como si fuese una tela bastante delgada y transparente, el recuerdo de Don Pablito.

Hace unos días, fui a cortarme el cabello a la peluquería de siempre. Juanita, la peluquera, estaba tiñéndole el cabello a una señora de, calculo, unos 50 años de edad. Cuando Juanita terminó de embarrar el tinte por todo el cabello, la señora se levantó y fue a sentarse al otro lado del local, a esperar que el efecto de la pintura coloreara sus raíces. Era mi turno. Todo esto pasaba cuando llegó una amiga de la peluquera, y entre estas se hizo la conversación. Yo, aunque metido en mis pensamientos, sintiendo la máquina cortar mi cabello, escuché un nombre familiar: era más una anécdota que una inquietud, pero no pude evitar recordar.

La anécdota giraba en torno a la muerte de Don Pablito y cómo había sido su funeral: la hija de la amiga necesitaba ver el cuerpo para asegurarse de si quien yacía en el ataúd era el conserje al que conocía, pero la madre dudaba (porque creía que un cuerpo sin vida era un golpe demasiado fuerte para una niña). Al final, accedió y la llevó a ver el cuerpo; la hija lo reconoció. No dijo nada. Entonces, se hizo el silencio. No supe si fue el final de la anécdota.

 

 

Recuerdo, vagamente -porque de eso ya hace, más o menos, entre 8 y 12 años- que Don Pablito era uno de los conserjes de la primaria a la que asistía. Siempre fue un hombre mayor y muy delgado, o al menos eso parecía. Todos los días iba vestido igual (aunque a veces no nos diéramos cuenta): con una gorra pichi de color verde bandera, una camisa blanca que le quedaba grande, fajada en un pantalón de pana color café que le quedaba corto y que se sostenía a su cuerpo por un cinturón negro. A todos los niños nos trataba muy bien; era alguien dedicado a su trabajo, aun cuando este sólo fuera recoger basura o asear los sanitarios. También te dejaba pasar a la escuela por el zaguán que estaba en la parte de atrás cuando se te hacia tarde. A mí me dejó pasar dos veces.

Siempre me pareció una buena persona, a pesar de haberlo tratado muy poco. Lo vi durante seis años, y lo curioso es que el único día en el que no lo vi en la escuela (aparte de los fines de semana o días festivos), fue en el día de la graduación de mi generación. Jamás lo volví a ver. Don Pablito se convirtió en una sombra, un fantasma y, con más razón, ahora que me entero de que murió.

Desde la anécdota que trajo del pasado a Don Pablito, no pude evitar pensar en él, inerme, dentro del ataúd, con su gorra, su camisa y su pantalón que lo hacían inconfundible entre todos los niños y niñas de la primaria. La muerte, decía Ingrid Solana, es una manera de asimilar la igualdad: “Estamos cerca de los otros y ¿cuántas veces nos miramos?”. Estuve cerca de Don Pablito cerca de seis años; ¿cuántas veces lo miré?, ¿cuántas veces sólo le saludaba porque sí y no me daba cuenta de que podía haber vestido diferente ese día?

Roland Barthes escribió que “el fantasma (…) es una pequeña novela de bolsillo que uno lleva siempre consigo y que puede abrir en cualquier parte sin que nadie vea nada, en un tren, en un café, esperando una cita”, y, así como el recuerdo de Don Pablito puede ser un fantasma o una novela de bolsillo que duró seis años, con encuentros apenas remarcables, una anécdota puede ser una bofetada para la memoria, puede ser la aparición de un fantasma o anamnesis que te remite, con la intensidad que sólo tiene recordar el pasado, a una historia olvidada.

Tengo su imagen desgastada en la memoria. Es una fotografía, como la que inventó Morel en la isla ficticia que pensó Bioy Casares, en movimiento; pero ésta es borrosa, con colores tenues y mezclados, que recuperé al instante en el que escuché “Don Pablito murió”. Todo gracias a una anécdota, que también sirvió como resortera y me devolvió a los años en la primaria: me lanzó contra el recuerdo; me estrelló contra la imagen de Don Pablito en el ataúd, un ataúd que no existe, porque jamás lo vi, pero que sé, guarda, a lo lejos, la esencia del Don Pablito que abría las puertas de la escuela cuando se me hacía tarde.

El recuerdo también se basa en anécdotas, y las personas que viven en ellas nunca serán olvidadas si es que, como Don Pablito, logran convertirse en fantasmas y se guardan sin un final. Así como el inicio del recuerdo, la anécdota y la muerte son, como escribió José Luis Dávila, un final esencialista.

Rondalles Mallorquines: Especial de Noche de brujas

por Antoni Maria Alcover i Sureda

traducción de María Mañogil

La noche de San Juan, al igual que en muchos otros lugares, se llena en Mallorca de hogueras y rituales, de conjuros y hechizos… No podía excluir del paisaje de mi paseo por la obra de Jordi d’es Racó a las damas de las escobas. Y aquí os dejo un par de historias sobre ellas para que quien lo desee venga a visitar nuestra preciosa isla y compruebe si son leyendas o no.

Feliz noche y feliz aquelarre.

Noche de San Juan
Noche de San Juan

LA CUEVA DE SON CURT D’ALARÓ

Dentro de Son Curt, justo debajo del Castillo de Alaró, hay una cueva no demasiado grande, pero sí bastante profunda. Se llama sa Cova de ses meravelles, la Cueva de las maravillas.

Dicen que en un tiempo, de allí salían las brujas por la noche y se dejaban caer por los alrededores para hacer de las suyas. En una ocasión, un tal Felet, mientras ellas merodeaban por allí, se puso a fisgonear y vio un enorme resplandor y una ciudad sin fin. Se va a Alaró corriendo y se lo cuenta a un par de amigos.

Al día siguiente a la misma hora se van todos juntos: se esconden por ahí al lado para ver salir a todo el brujerío. Al rato salió la cuadrilla, y unas tiraron hacia levante y otras hacia poniente, y otras hacia el Sur y otras hacia el Norte. Entonces aquellos salen de su escondrijo, se acercan a la cueva y observan, y ven el gran resplandor y la ciudad sin fin.

Felet se armó de coraje y se adentró en la cueva hacia aquella ciudad para ver qué era.

Aún no ha dado dos pasos cuando estalla un trueno tan espantoso que hace temblar toda la cueva y la montaña, y todos se dan de bruces contra el suelo.

Se levantaron así como pudieron y no vieron nada en el interior de la cueva más que negrura, tan espesa que la podían trinchar con una espada.

A quien no vieron fue a Felet; ni lo han vuelto a ver más. Caro le salió querer ver de cerca la ciudad de las brujas.

Noche de San Juan
Noche de San Juan

LA CUEVA DE JOANA

¿No habéis estado nunca en la Bona-Nova*? Pues bajando por el barranco del Mal Pas, hacia Bellver2 está sa Cova de na Joana, la Cueva de Joana. Y ahora os diré lo que sucedió una vez, según cuentan.

Dicen que un día, un muchachito chepudo, porque su madre lo había enviado, se fue por los alrededores de esta cueva para recopilar cuatro yescas para el fuego.

Para ver qué era aquella cueva, entra en ella y encuentra a Joana, una bruja, rodeada de una cuadrilla que, formando un corro, bailaban cogidas de las manos, brincando y retozando como cabritos.

Cuando ven a aquel jorobado, se detienen y dicen:

-¡Oh, qué chico más apuesto!¡Ven, bailarás con nosotras!

Y el muchacho, lejos de huir o de avergonzarse, se acerca y se une al corrillo, mano a mano con aquellas brujas, ¡y buenos bailoteos!

-¡Oh, qué bien baila este retaco! -decían todas. Y venga brincos y piruetas.

Y siguiendo el compás, cantaban:

-Lunes, martes, miércoles, tres;
jueves, viernes, sábado, seis.
Lunes, martes, miércoles, tres;
jueves, viernes, sábado, seis.

Y el chico que cantaba como un ruiseñor.  Joana de pronto dice:

-¡Parad un momento! ¿No es verdad que este muchacho es bien plantado y se merece que le hagamos un regalo?
-¡Sí que lo es! ¡Sí que lo es! ¡Sí que lo es! -gritaron todas.
-Pues nada -dice aquella-, le quitaremos la chepa.

Y aún no había acabado de decirlo, cuando ya le había dado manotada, y ya lo creo que se la quitó, a la chepa. El chico se fue todo contento a su casa con un beso de cada bruja y el fajo de leña sobre la cabeza.

¡No os digo nada! Cuando la madre lo vio sin la chepa y tan erguido, se quedó de piedra, y más cuando él le contó todo cuanto había pasado, con pelos y señales.  ¿Qué me diréis? Llegó a oídos de una vecina que tenía uno también, de hijo chepudo, y le dice:

-Ve ahora mismo a la Cueva de Joana, a ver si te quitan este pimpollo que llevas en la espalda.

Se va, y encuentra a las brujas bailando con gran fervor.

-¡Ay, qué jovencito más apuesto! -dijeron al verlo-. ¡Vaya, ven a bailar con nosotras!
-¿Y sabéis si tengo ganas de bailar? -dice él, bastante molesto.
-¡Tanto si tienes como si no! -responden ellas.
-¿Ah sí? -replica él.
-¡Ah sí! -dicen ellas.

Y ya lo tenían cogido cada una por una mano, y hala, buenos brincos, vueltas y más vueltas alrededor de Joana, que daba el compás. Y cantaban:

-Lunes, martes, miércoles, tres;
jueves, viernes, sábado, seis.

El chico las interrumpe:

-Y domingo, siete.
-¡Uei -suelta Joana-, esto no lo hacen los niños, interrumpir a los mayores! ¡Alerta a decir más que nosotras!

Y vuelven todas a lo suyo

-Lunes, martes, miércoles, tres;
jueves, viernes, sábado, seis.

-Y domingo, siete -interrunpe de nuevo el chico, presuroso.
-¡Uei, querido! ¿No te he dicho que los niños no deben interrumpir a las personas mayores y que tengas cuidado con hablar más que nosotras? ¡Que te sirva de advertencia si no quieres llevarte un escarmiento!

Y vuelven todas a hacer el corrillo, y baila que baila y canta que canta:

-Lunes, martes, miércoles, tres;
jueves, viernes, sábado, seis.

-Y domingo, siete -dice el desaborido.
-¡Uei! -le increpa Joana, toda exasperada-. ¡Quien hace tres, burro es! Ya que eres tan tozudo, te llevarás otra, de chepa: una detrás y una delante, y así el equipaje te será más compartido!

¿Y qué me diréis? Le pega zarpazo a la joroba que le habían quitado al otro, que aún estaba en lo alto del vasar, y la plantan en medio del pecho de aquel desgraciado, que regresó a casa montando un escándalo, entre llantos y lamentos, cuando se veía con las dos chepas, una detrás y otra delante.

¡Hala, pues! Así aprendería a no ser desobediente y poco prudente al hablar. Por esto, ¡alerta a conversar nunca de más!

* Santuario a una horita de Palma, desde el cual se ve toda la bahía, el puerto y la ciudad.
** Colina coronada por un castillo del siglo XIV, de los antiguos reyes de Mallorca.

 

Celebraciones y festejos.

por Pablo Montiel

El último día, fin del viaje. Todos siguen dormidos, poco queda de los ánimos nocturnos, sí es que aún queda algo. Pero no, las cosas no suelen permanecer.

Yo estoy en un baño donde apenas hay espacio para alguien. Paredes rosas y frías, momentáneo dolor estomacal. No tengo sueño ni estoy cansado. Anoche no bebí tanto, me distraje hablando con Valeria.

La decadencia misma de esta clase de fiestas reside en el cinismo. Aquí todo vale, fumar o beber lo que sea es lo que se acostumbra, no importa quién tengas enfrente. María René, al inicio de este viaje, vio un porro por primera vez; pienso que es algo positivo, quizá no a primera vista, sin embargo, lo es.

Recuerdo bien la tarde vacía del viernes. Nosotros habíamos llegado alrededor de la una y media, los demás ya estaban ahí. Pasamos por cervezas antes. El calor en Atlixco es más insoportable que de costumbre. Cuando coloqué el six pack de Dos Equis Ambar sobre la mesa de la cocina, lo sentí, el golpe de la marihuana era inminente.

En el camino, Tony nos había contado que compró brownies con marihuana a un tipo de su facultad. Tan sólo unos segundos después sacó de su mochila dicho producto, Max estiró la mano, “está bueno”, dijo después de la primera mordida. La curiosidad me ganó una vez más, tomé un pedazo pequeño de brownie y me lo llevé a la boca, “sabe mucho a pasto, pero está rico”, me rasqué la cabeza.

Los efectos del brownie tardaron un poco en llegar, pero cuando lo hicieron, también tardaron en irse. Todo a mi alrededor se movía a la velocidad normal, pero yo no, yo era muy lento ahora. Supongo que uno de los errores más remarcables fue haber tomado cerveza al llegar a la casa. En un parpadeo me encontré sentado en la piedra pintada de azul que se encontraba a un lado de los camastros que adornaban el jardín, pero algo faltaba. Un fragmento del tiempo había sido suprimido.

Después de algunas horas bebiendo vasos de agua fría, el brownie dejó de hacer efecto. Sin embargo, la intoxicación del cuerpo debía continuar. Abrí una botella de Jack Daniel’s y comencé a beber whiskey en las rocas. Con el vaso en la mano derecha, tomé con la mano izquierda mi celular y le llamé a Valeria. No tengo recuerdos concretos de aquellas conversaciones telefónicas, sólo pedazos de historias sin inicio ni final.

Al abrir los ojos en la cama, el miedo me invadió ya que no hallaba mi teléfono, aún me encontraba un tanto ebrio y no podía moverme muy bien, sin embargo, después de unos segundos lo vi debajo de las sábanas; la tranquilidad regresó. El reloj de la pantalla indicaba que eran las seis de la mañana, hora de ir a trotar, me puse los tenis, un short y salí al jardín.

Había una bonita mesa blanca con sillas en medio del área verde. En ella tres personas estaban sentadas platicando; Erick, Itzel y Majo. “Vamos a trotar un rato”, hice un ademán con la mano invitándolos a acompañarme. Sólo recibí burlas, nadie hizo caso a mi sugerencia, ni yo mismo; en realidad me senté a conversar con ellos. Tanto Erick como Itzel seguían borrachos, aquella fue una conversación agradable.

Itzel se fue en busca de su celular y Erick a dormir, quedamos Majo y yo. La plática no fue muy agradable, ella sólo contestaba de forma cortante cosas que no resultaban interesante en lo más mínimo para mí, sin embargo no tenía sueño y los demás seguían dormidos así que permanecí sentado ‘conversando’ con ella.

Los rayos de luz comenzaron a bañarnos desde que Erick se fue a la cama. Pero el día llegó con el despertar de los demás. Cuando todos nos encontrábamos reunidos decidimos ir por memelas a unas cuantas calles de la casa. Unos instantes más tarde nos encontrábamos en plena comunión: la quesadilla es la hostia y el boing de mango el vino. ¡Oh, anhelados alimentos, no sólo de whiskey vive el hombre!

Al regreso compramos unas cuantas cervezas, el calor se volvía asfixiante. Erick abrió la lata de Victoria con una mano, dio un sorbo y me la pasó. Cuando nos encontramos de nuevo en la casa, todos regresaron a dormir. Yo permanecí sentado con un vaso de Jack en la mano y, al parecer, transcurrieron varias horas.

De pronto, Erick, Tony y Any salieron de la casa para llevar a esta última de regreso a Puebla. La estancia se había vuelto un tanto aburrida debido a la falta de energía por parte de los demás, el aire se sentía pesado y el tiempo parecía no transcurrir. Decidí ir con ellos, me monté en el asiento de copiloto de Erick y arrancamos.

-Está muy tranquilo este pedo ¿no? -señalé el camino y volteé a ver a Erick. Asintió con la cabeza, pisó el acelerador y subió el volumen del estéreo. El camino a casa de Any fue un tanto largo. Me hizo pensar en qué tan lejos me encontraba yo de parecerme a mis amigos, igual los quiero.

Finalmente, después de muchas curvas, llegamos al fraccionamiento donde vivía Any. No recuerdo el nombre ni cómo llegar, dudo regresar alguna vez. Ella bajó del coche seguida por Tony quien la acompañó a su puerta. Erick y yo permanecimos en el vehículo pensando sobre lo que debíamos comprar antes de regresar a Atlixco.

Con Tony en la parte trasera del auto, Erick pisó el acelerador y llegamos rapidamente a Cotsco. Habíamos discutido anteriormente con los que estaban vivos en Atlixco que quizá sería buena idea comprar unas pizzas de dicho lugar, ya que habíamos fumado un poco de marihuana por la mañana y en unas horas tendríamos mucha hambre.

Lo hicimos. Al llegar a Cotsco fuimos al área de comida rápida y pedimos tres pizzas con la membresía de Max. Me sorprendió la falta de atención del cajero que le cobró a Erick, ya que no hay persona más diferente a Max que Erick. Supongo que simplemente le dio lo mismo y sólo nos cobró. Eso suele pasar, la falta de interés es casi un valor social.

Esperamos las pizzas en el estacionamiento del lugar, me sentía alienado por mi extravagante vestimenta, parecía un turista gringo pero estaba cómodo. Mientras estaba lista la comida hablamos de chicas y otros temas trascendentes.

Una vez que estuvimos de regreso en Atlixco comenzó la intoxicación del cuerpo propia de la situación. El whiskey corría por la mesa, vaso tras vaso. Todos comimos, no, corrección, devoramos las pizzas. Después de unas cuantas bromas, comenzaron los juegos de mesa alcoholizados. Me separé un momento del grupo. Aquella noche terminó con la llamada a Valeria.

Por la mañana todo se veía devastado, momentos perdidos regados en el piso. Decadencia, pero, había felicidad y cierta satisfacción en el aire. Me parece que eso anterior es lo único realmente relevante de todo el viaje, la felicidad y pasarla bien.

Rondalles Mallorquines No. 4: De cuando los andragenses acudieron a un mentor de la ciudad en busca de consejo

por Antoni Maria Alcover i Sureda

traducción de María Mañogil

 

Si bien esta rondalla muestra un contenido claramente burlesco -y vivimos en esta época donde incluso parte de la literatura, y en consecuencia de la historia, se considera una grave ofensa por quien la reproduce o divulga, por el mero hecho de reproducirla o divulgarla- no deja de ser literatura y no deja de ser historia. Nuestra literatura y nuestra historia.

He elegido traducir ésta que refleja la típica mofa de la que era objeto la gente humilde rural, por parte de los habitantes de Ciutat de Mallorca: Palma.

Hoy, aún usamos la expresión “de pueblo” como sinónimo de cateto o palurdo; ofensivo o no, son vestigios de nuestra cultura, nos guste o nos disguste.

Me ha parecido divertida esta rondalla y por eso la traduzco, siendo de hecho consciente de que tengo familiares nacidos en Andratx y que me juego la vida con esto.

Dios me coja confesada en la próxima reunión familiar, si llegan a leerla.

Espero que os guste y los pueblerinos no se lo tomen a mal. Si es así, pedidle cuentas a Jordi des Racó o a quienes se la contaron, si como decía él, siguen vivos.

Puesta de sol
Puesta de sol

DE CUANDO LOS ANDRAGENSES ACUDIERON A UN MENTOR DE LA CIUDAD EN BUSCA DE UN CONSEJO.

Los andragenses, en un tiempo, para venir a la ciudad partían por la mañana y regresaban al atardecer, al haber acabado sus quehaceres; y les sucedía, es fácil de ver, que por la mañana tenían el sol delante porque iban hacia levante y en la tarde lo volvían a tener enfrente porque iban hacia poniente. Tan exorbitante llegaron a sentir el resistero del sol que dijeron:

-Sería cuestión de reunirnos todos y ver si encontramos un camino para no tener que ir siempre de cara al sol, que así mismo es bastante pesado.

Se reunieron y convinieron que lo mejor era acudir a un mentor de la ciudad para que les diese un consejo sobre esto. Van al mentor y éste les dice:

-Lo tenéis muy bueno de arreglar. En lugar de salir de Andratx por la mañana, salid por la tarde; y en lugar de regresar de Palma hacia Andratx por la tarde, regresad por la mañana.

-¿Quiere decir que así nos irá bien?- preguntaron los andragenses.

-Me parece que sí- responde el mentor.

-Pues ya puede decirnos qué le hemos de dar por el consejo- dicen ellos.

-Haced las pruebas primero y después ya lo aclararemos- dijo el mentor, costándole bastante no soltar una carcajada.

Así que los andragenses, al día siguiente, al despuntar el alba, ya estaban de camino hacia Andratx. Llegaron sobre las diez, y ya lo creo que el sol no probó de pegarles en la cara, a no ser que se girasen hacia atrás. ¡Ya llegaron bien contentos y animados! Llaman a la gente, cuentan con todo detalle lo que les había pasado con el mentor y lo bien que les había ido al seguir aquel consejo.

-¡En fin- decían ellos-, todo el camino todo el camino, lo hemos tenido a la espalda, al sol, y bien a la espalda! ¡No ha probado nada, de pegarnos en la cara! Vaya, este mentor nos ha dado un consejo de primera. Hay que pagarle bien.

Todo el mundo estuvo conforme y enviaron a los dos mismos que habían ido al mentor a preguntarle qué gratificación quería. Fueron, y el mentor dijo que no quería nada.

-¡Poco a poco!- dijeron los andragenses al saberlo-. Esto no puede quedar así; si este señor no quiere retribución, hay que arreglarlo de una forma u otra.

Pensando, pensando, qué debían llevarle, salieron muchas ideas: unos hablaban de llevarle piñas, y otros, higos. Después de mucho discutir, resolvieron llevarle higos flor.

-¡Llevarle una canasta- dijeron- es una miseria! ¡Lo mejor será llevarle un saco y así habrá para todos los habitantes de la casa!

Dicho y hecho, llenan un saco de higos hasta el borde, lo atan bien atado, lo cargan en un mulo y aquellos dos mismos que fueron a buscar el consejo partieron una tarde hacia la ciudad con la bestia y el saco delante delante. A la mañana siguiente, antes de salir el sol, se presentan en casa del mentor; descargan, tocan y vuelven a tocar, porque no salía nadie a abrir. Por fin sale un criado y dice:

-¿Y ahora qué queréis?
-Traemos este presente para el señor- dicen ellos.
-¿Presente? -dice el criado- ¿Y dónde está?
-Qué pregunta -dicen los andragenses-. ¿Para qué tienes ojos? ¿Qué no lo ves a este saco? ¡Está lleno de higos, recolectados de ayer mismo y escogidos de uno en uno! ¡Vaya, que tendréis higos por más que comáis!

Cuando el criado los escuchó y reparó en que el saco chorreaba jugo que le salía por todas partes, mira a aquellos dos de arriba a abajo y les dice:

-Hermanitos, ¿de dónde sois?
-De Andratx -responden . Nada, ¿dónde va este saco? Dilo y te lo llevamos.
-Poco a poco -dice el criado-. Yo primero he de ver si el señor lo quiere.
-¿Y es que no está despierto aún?
-¡Ni de aquí a dos horas!
-Pues nada -dicen ellos-, ¿sabes qué haremos? Nosotros nos vamos a acabar cuatro tareas que tenemos y tú vacías los higos, y le dices al señor que son los andragenses que se lo envían por aquel consejo que les dio, de agradecidos que le están. Y nosotros ya pasaremos sobre las diez o las once y nos devuelves el saco.

Así lo hicieron; y al saberlo el mentor, le dice al criado:

-Mira, avisa al cocinero y al cochero, y cuando vengan los andragenses a buscar el saco, atadlos dentro del establo al comedero, bajadles los pantalones y alzadles la parte de atrás del faldar, y les tenéis que lanzar a las nalgas todos estos higos que han traído, porque ya no nos pueden servir para nada, tan aplastados como están, y ellos no se merecen nada más por mentecatos y paletos que son.

No os digo nada de cómo se las ingeniaron el criado, el cocinero y el cochero cuando vinieron los dos andragenses a buscar el saco, para meterlos en el establo y acercarlos al comedero. Cuando aquellos dos quisieron darse cuenta, ya estaban atados al comedero y con los pantalones para abajo y el faldar de atrás levantado. Y el criado, el cocinero y el cochero, ¡buenos puñados de higos para aquellas nalgas! Y no escuchaban más que clec clec clec, clec clec clec. Y los que lanzaban, ya se guardaban bien de ponerse a reír; y los que recibían, que no sabían qué tenían que hacer, de avergonzados que estaban de encontrarse en esa situación y del escándalo que se armaría si entraba más gente allá adentro y aquello se divulgaba por la ciudad. Y los criados, ¡buenos montones de higos hacia aquellas nalgas! Y los pobres andragenses que de cuando en cuando decían:

-¡Mira que si en vez de traer higos hubiésemos traído piñas! ¡Pobres nalgas nuestras!… ¡Nos las dejábamos en este establo!

Cuando ya no hubo más higos que tirarles, los desataron y les abrieron las puertas, y aquellos andragenses cogen el portal y de allí hacia Andratx. Para que los de allí no se riesen, dijeron que el mentor había quedado muy contento con el regalo, y que les había dicho que siempre que tuvieran que menester algún consejo, volviesen. Pero ellos se guardaron como de caer, de regresar.