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Lecturas de un territorio fracturado

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Por Iván Betancourt Sumuano

La pobreza es uno de los problemas constantes en muchas comunidades de Latinoamérica. Millones de personas viven en la incertidumbre. Sin empleo, sin dinero, sin alimentos. Para muchos, la solución a sus problemas no está en el país en el que han nacido, sino en los Estados Unidos. El viaje, en tren, es largo y peligroso, pero la esperanza de una vida mejor hace que se atrevan a correr el riesgo.

Es en este contexto se desarrolla la película del director Diego Quemada – Diez, La jaula de oro, estrenada en 2013 y proyectada el pasado sábado 2 de septiembre en el auditorio Arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, del Museo Amparo. La película narra la historia de tres jóvenes guatemaltecos que deciden viajar al norte de América, a bordo del tren más peligroso del mundo: La bestia. En busca de una nueva y mejor vida, estos tres jóvenes luchan por sobrevivir al viaje que cada año realizan miles de latinoamericanos.

Durante el recorrido, los tres protagonistas, Juan, Samuel y Sarah, conocen a Chauk, un joven indígena originario de Chiapas, que a pesar de no saber español realiza este viaje por la misma razón: tener una vida más digna. Poco a poco, y cada vez con menos esperanzas, todos ellos se encuentran con la difícil realidad que todos los días enfrentan los migrantes latinoamericanos: el hambre, la sed, la violencia, el racismo, la policía, la trata de personas y el narcotráfico.

El elenco está conformado por Brandon López (Juan), Rodolfo Domínguez (Chauk), Karen Martínez (Sarah) y Carlos Chajon (Samuel), actores de reciente aparición en las producciones cinematográficas, pero que realizan un trabajo espectacular gracias al conocimiento previo que tenían sobre las problemáticas que aborda el film. El guión es autoría de  Diego Quemada-Díez, Gibrán Portela y Lucía Carreras. Sin duda, lo mejor es la fotografía, realizada por la uruguaya María Secco, ya que en muchas escenas la película prescinde del diálogo y de las actuaciones, para transmitir las emociones y los mensajes a través de las imágenes.

La jaula de oro recibió más de once premios por parte de festivales de todo el mundo, incluyendo el festival de Cannes 2013; los premios Ariel por mejor película, mejor fotografía, mejor actor; el premio São Paulo 2013, los premios Zúrich 2013, entre otros. La proyección de esta película forma parte del ciclo de cine: México Contemporáneo, organizado por el Museo Amparo, dentro del marco de la exposición Lecturas de un territorio fracturado. Este ciclo comenzó desde el pasado sábado 12 de agosto y termina el próximo 7 de octubre.

Los filmes que se han proyectado hasta el momento han sido: Temporada de patos, de Fernando Eimbcke, el documental Cuates de Australia, de Everardo Gonzáles, y La jaula de oro.

La próxima función es este sábado 9 de septiembre. Se proyectará el documental  Bellas de noche, de Marìa José Cuevas. Las siguientes películas serán:  Los insólitos peces gato (2013), El violín (2006), Güeros (2014), y el documental de Natalia Aimada, El velador (2011). Todas ellas, contextualizadas dentro de las problemáticas sociales y con elementos culturales del México Contemporáneo, y una muy buena opción para reflexionarlo.

La entrada es gratuita y la cita es a las 17:00 horas. Los pases de cortesía se consiguen media hora antes de la función y el auditorio tiene un cupo limitado para 94 personas, por  lo que se recomienda puntualidad.

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Remedio infalible

Por E. J. Valdés

Para Salvador Álvarez

Mi segundo libro, Cuentos de un hombre solo, distó de ser exitoso, pero tras su publicación comenzaron a correr ciertos rumores sobre mi persona, y es que algunos de los relatos que escribí fueron tomados demasiado en serio. Así, sin que yo me lo propusiera, me hice de una reputación de individuo lóbrego, infeliz, disfuncional y solitario. Y no es que tales calificativos me fuesen ajenos; sólo que el público infló la cuestión a proporciones absurdas. De hecho, derivado de esta súbita fama se suscitó un evento que la televisión justo devolvió a mi memoria y deseo compartir.

Una tarde en la que fui al supermercado se acercó un hombre y me preguntó si acaso yo era Erasmo Valdés. Un tanto emocionado porque alguien me había reconocido, confirmé mi identidad, a lo que él se dijo encantado de conocerme y quiso saber si podía concederle unos minutos. Puesto que no tenía otra cosa por hacer, se los otorgué y escuché.

El hombre era representante de una empresa llamada Productos Psicosociales y promovía un servicio que, creía, era ideal para mí: “El antídoto a la soledad”. Me explicó: dado que la soledad y la depresión eran males con una penetración cada día mayor en la sociedad, su empresa había diseñado una serie de programas orientados a apoyar a las personas que atravesaban por este tipo de situaciones. Por una módica cantidad —una módica cantidad de cuatro cifras—, podía suscribirme al servicio básico. ¿En qué consistía? Bien, éste me daba derecho a recibir, tres veces a la semana, una llamada en la que un ejecutivo de Productos Psicosociales preguntaría cómo me encontraba y sostendría conmigo una charla de entre cinco y doce minutos. Si así lo deseaba, este ejecutivo podía fingir ser mi amigo o un familiar lejano sin costo adicional. Eso no era todo: si optaba por el siguiente paquete no solamente habría una cuarta llamada, sino que mi interlocutor terminaría cada una de nuestras conversaciones con una de las siguientes frases: “te extraño”, “eres una gran persona” o incluso “te quiero”. Ahora, si acaso podía permitirme una tarifa más elevada, cambiarían al ejecutivo por una chica que se haría pasar por mi novia —incluso yo podía elegir su nombre— y durante noventa minutos a repartir entre siete días me proferiría un afecto de lo más convincente. Debía considerar, no obstante, que cualquier intercambio erótico o semierótico tenía costo adicional. La contratación de este último paquete, me dijo el hombre, tenía una oferta muy atractiva en ese momento: sin que yo tuviera que pagar más, un empleado de Productos Psicosociales acudiría a mi domicilio una vez por semana para darme un abrazo y dedicarme unas palabras de aliento. Por sí solo, ese servicio se cotizaba en más de cinco mil pesos mensuales. Sólo un tonto dejaría pasar semejante oportunidad, subrayó.

Una vez me explicó los métodos de pago y los esquemas de financiamiento que ofrecían, el hombre se sacó del bolsillo un formato que debía llenar para que me otorgaran un mes de prueba del “servicio básico” sin costo, aunque con una tarjeta de crédito de por medio. ¿Me creerían si les dijera que cuando lo rechacé se mostró en sumo desencajado? Y vaya que insistió.

—Pero si usted es un hombre solo y triste. ¡Necesita de nuestros servicios!

Eso último colmó mi paciencia, así que, tras desearle un buen día, fui con mi carrito al área de cajas. Para mi buena fortuna el hombre desistió de seguirme, pues de lo contrario le habría clavado el puño en la regordeta nariz.

¿En qué mente cabe que alguien pagaría por semejante estupidez?

Bien, ojalá no lo hubiese preguntado, pues aquello que vi en la televisión y trajo este desagradable episodio de regreso era justo un comercial del antídoto para la soledad, con todo y testimonios de clientes que se decían mucho más felices consigo mismos tras probarlo…

¡Dios! Son esas cosas las que restan coherencia al mundo.

Che Guevara es una figura vigente y cíclica: entrevista a José Hernández

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Por Carlos Morales Galicia

  1. Se te conoce más por tu trabajo como caricaturista, ¿cómo surge esta novela gráfica?

Desde el comienzo,  Jon Lee Anderson y yo pensamos la historia del personaje desde el punto de vista dramático, más que histórico. Él estaba preocupado porque existiera fidelidad con su investigación, pero entendía que al novelizar debía tener ciertas licencias: inventar diálogos y soluciones narrativas que no son propias de un texto histórico. Afortunadamente, me dio mucha libertad para trabajar. Este es el segundo libro que se publica. Primero fue el libro dos: la historia del Che en Cuba desde que llega a la isla hasta que se va al Congo. Ahora es el libro uno. Cuando Ernesto Guevara, muy joven, sale de Argentina y viaja por Sudamérica. Llega a Guatemala y vive la experiencia con un gobierno que se enfrenta a los Estados Unidos; después sucede el golpe de Estado, se va a México y conoce a Fidel. Entonces fui trabajando esto. Enviaba las páginas a Jon y me hacía una serie de sugerencias y observaciones que yo incorporaba o, bien, lo discutíamos para llegar a un punto de acuerdo.

  1. ¿Cómo es para José Hernández la relación entre texto e imagen?

La primera vez que me enfrenté a hacer una historieta de largo aliento fue en el 2003, con un libro sobre la historia del terremoto del 85, que hice con Fabrizio Mejía. Me costaba trabajo porque estaba mal acostumbrado a la caricatura. Un tipo de dibujo totalmente distinto. Soluciones distintas. La caricatura es un golpe de vista, tiene que ser  muy sintético. Como lector de cómic nunca me ha gustado que me describan lo que estoy viendo ni ver lo que me están describiendo. Eso es lo que tenía claro cuando comenzaba a trabajar la novela gráfica. Esa fue la premisa para decidir qué contar con letras y qué contar  con imágenes. Al ser un género gráfico, le di prioridad a la imagen para que fuera contando cosas. Aprovechando que estudié en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, aunque nunca hice cine propiamente, usé las herramientas que aprendí en la escuela (guión, fotografía, realización) para ir armando historias de la manera más visual posible, pero usando los textos.

  1. Tomando en cuenta que has dedicado gran parte de tu obra al ámbito político, ¿por qué es necesario no olvidar a Ernesto Guevara?

El Che Guevara es una figura vigente y cíclica, en ciertas coyunturas se vuelve a revisar. Se hacen documentales y películas. Pienso en Diarios de motocicleta o las dos cintas con Benicio del Toro. A raíz de su muerte, se convirtió en el símbolo de la rebeldía a nivel mundial. Fue un personaje que participó en una revolución triunfante, en las barbas de los Estados Unidos. Formó parte de un gobierno revolucionario. Teniendo la vida resuelta, decidió renunciar a todo para seguir peleando por las cosas que creía. Una figura consciente de la misión revolucionaria, desde su punto de vista. Esto crea un personaje con los elementos suficientes para convertirse en un símbolo de la rebeldía. Curiosamente se ha tratado, y se ha logrado a veces, darle la vuelta y comercializarlo. Su idealismo, llevado al extremo de morir por él. Su congruencia absoluta, pues era incapaz de exigir a sus hombres algo que no fuera a hacer. Es un personaje difícil de encontrar en estos tiempos, sobre todo con gente de poder. Lo vimos con Fidel Castro al no renunciar a sus privilegios. Se sienten a gusto en el poder y llegan a olvidar por lo que pelearon. En cambio, Che Guevara siempre se sintió a disgusto en el poder. Siguió combatiendo por lo que pensaba, estuviera equivocado o no. Hay muchas cosas que le admiro y otras que no comparto.

  1. Con frecuencia escuchamos que a Che Guevara “hay que superarlo”. ¿Hay un tipo de lector que te gustaría se acercara al libro y al personaje?

No quiero pensar en un perfil específico. Me gustaría que lo leyeran personas de cualquier edad. Ya sea que estén interesados en conocer una parte del siglo XX o, bien, una historia. Si alguien se acerca al libro pensando que va a tener una clase historiográfica, puede decepcionarse. Aquí hay una historia personal de un joven argentino con un deseo de encontrar una razón para dedicar su vida y que no la encuentra. Cómo poco a poco la va descubriendo. Un destino incluso fatal. Es la historia de un personaje que pudo ser cierta o tal vez no. No es un libro de Historia o periodismo. Hay un prejuicio hacia la novela gráfica porque “sólo es para jóvenes”. Creo que es una puerta de entrada para que los lectores conozcan al personaje y quizás, después vayan al libro de Jon Lee Anderson y lo lean. Se dice “hay que superarlo”, pero conocer una historia y personajes como este nunca es algo que se deba superar. Sobre todo en estos momentos donde hay una promoción del individualismo, donde el capitalismo salvaje campea en todo el mundo. En Estados Unidos tenemos a un personaje que representa todo lo contrario al Che. Revisar la historia de un personaje con el idealismo que tenía es importante. Me parece deseable que, tanto idealismo como congruencia, pudiéramos verlos con personajes públicos. Al único que encuentro cercano a la congruencia y la austeridad -que sí tenía el Che– es al ex presidente de Uruguay, José Mujica. Realmente no veo personajes de poder, en todo el mundo, que se le acerquen.

  1. ¿Hay una intención de mostrar un lado que no se conocía de Che Guevara, con todo lo que se ha escrito en torno a él?

Es difícil lograr presentar un Che que no se hubiera conocido antes. El libro de Jon Lee Anderson es el más documentado. Es tan importante que gracias a su investigación se logró encontrar el cuerpo de Guevara en Bolivia. Mi intención fue encontrar el lado literario de la vida de este personaje, no su importancia histórica. Es decir: buscar en las motivaciones más personales. Creo que las razones por las que el Che pasa a la Historia -por como se ve a cincuenta años de su muerte- son independientes a él y de lo que quería.

Cuando Jon escribió el libro, en el noventa y siete, dijo que quería entender por qué un joven de la burguesía argentina, teniendo todo resuelto, decide dejarlo y buscar una razón de vida. Yo también quise irme en esa búsqueda. No sólo aquel joven médico argentino, sino por qué un funcionario que participó en una revolución triunfante, decide renunciar a esposa, hijos, cargos en el gobierno y hasta la nacionalidad cubana adquirida, para seguir peleando por lo que quería. Esto es lo que más llamó mi atención. Si en algún momento rescato algo que se conoce poco, entonces es un logro afortunado. En el libro uno viene la parte de México que nos puede interesar. Saber qué pasó con él cuando estuvo en este país. Creo que es algo que se ha contado poco. No hay una película del Che en México. Es la primera novela que versa sobre esta parte. Revisé novelas gráficas sobre él y generalmente lo platican en dos páginas. Lo considero importante porque aquí fue cuando se decepciona del gobierno guatemalteco, pues esperaba que diera armas al pueblo para enfrentar a los Estados Unidos. Se decepciona tanto de Jacobo Árbenz que cuando llega a México y conoce a Fidel, se da cuenta que no son iguales. Por eso decide irse con él. Es un punto de inflexión para su aventura cubana.

Cuestionamientos sobre la imagen

Por Jennifer Vivar Palmer

Dime
¿Has explorado algunos lugares del mundo?
¿Cómo lo sabes si no experimentaste un recorrido?

 
Dime
¿Has investigado sobre maravillas naturales?
¿Cómo lo sabes si no miraste atentamente?

 
Dime
¿Has visto el agua caer antes de llegar al suelo?
¿Cómo lo sabes si jamás viste su llanto?

 
Dime
¿Has visto una puesta de sol?

Dime
¿Sabes cómo es admirar una imagen?

¡Pues adelante y luego dime!
Quizás así cesen las preguntas.

Tres poemas

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Por Josué Andrés Moz

CARCOMA

Mi abuela no teje sino la culpa en los labios azules de su madre
Ella es un cementerio interminable de noches rencorosas
un paisaje de gaviotas que se desploman sobre la piel de los inviernos
una bahía de palabras cercenadas en la boca de sus nietos.

(De: CORRESPONDENCIAS)

 

CARTA PARA LEER A LA DIESTRA DE CUALQUIER SEBASTIAN MELMOTH

 

Se han tatuado ya

todos los pasos en la espalda del leproso

Hombres y mujeres
establecen su repudio
en el tintineo de las campanas
que apretadas yacen en cada garganta
de quienes quisieron pronunciar el amor

Crecen niños
como piezas de un rebaño bien educado para el desprecio
y son sus corazones alcantarillas nocturnas
labradas por la mano definitiva del silencio

Detrás de la puerta
las lenguas tejen eternas coronas de espinas
que posarán luego dulcemente sobre las cabezas
de los hombres que besan a otros hombres
desde los labios rojos de sus mujeres.

(De: EL EVANGELIO DE LOS TRISTES)

 

DEFINITIVA CARTA AL PADRE

Hemos aprendido a decir tu nombre con otras lenguas
a pronunciar la estatura que esperamos de tu misericordia
e instalar tu rostro en las grietas de nuestras rodillas

Aprendimos a esperar tu abrazo:
colgados de esta cruz podrida por la desesperanza
y acechada por los perros que custodian
los designios del hambre en esta ciudad

Padre devuélvenos las plegarias que depositamos en tu manto

Manda a que el olvido recoja cada uno de nuestros cuerpos
ahora derrotados en el limpio valle de tu ira

Nosotros que solo hemos nacido para la muerte
estamos inconformes con tu silencio
con tu mano oculta detrás de los escombros
con la paciencia que guardas ante tus hijos
que sólo pueden verte desde el ojo de una bala

Bajo estas aguas en que se clavan tus pasos
yacen insepultos los hombres y sus corazones
quebrantados por el ladrido de la pólvora
y abrasados hábilmente por el beso del exilio
pero no les desconozcas querido Padre
porque sus gargantas y sus gritos te pertenecen
porque sus estrellas masticadas y huérfanas de todo cariño
son tuyas

Desde este dolor plantamos un grano de mostaza en tu nombre
como quien planta su tristeza en el centro de una lágrima
cuya humedad no será jamás escuchada por tus oídos

Padre esta noche siento la furia de Caín en mis manos.

(De: EL EVANGELIO DE LOS TRISTES)

 

Josué Andrés Moz (1994). San Salvador, El Salvador. Poeta y gestor cultural. Actual estudiante de la Licenciatura en Letras en la Universidad de El Salvador. Ha publicado en diversas revistas virtuales y en antologías dentro y fuera de su país. Miembro y fundador del Colectivo Cultural Metafilia y del Colectivo de Difusión Cultural Mosaicos.

El libro de los amores ridículos, de Milan Kundera

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Por Raúl Picazo

Un amor se convierte en ridículo cuando lo risible de las situaciones se desbordan como grasa en un cuerpo adiposo. El encuentro entre flujos opuestos, el choque de los cuerpos y la razón de las sospechas hacen que los amores caigan irremediablemente en la ridiculez. Encuentro en estas palabras una introducción simple para El libro de los amores ridículos,  de Milan Kundera, quien nos propone una ilustración cómica sobre el amor, la pasión y sus efectos.

En “Eduard y Dios” encontramos a una mujer desnuda, rezando un padre nuestro de rodillas. Frente a ella un hombre le ordena que no se detenga, que siga rezando mientras él observa, excitado. Esta imagen podría ser omitida de no ser porque la mujer es directora de un colegio comunista, y el comunismo, como se sabe, no admite la religión. “Hemos de recordar (para aquellos a quienes se les escapen las circunstancias históricas del relato) que, si bien a la gente no le estaba prohibido ir a la iglesia, la visita no estaba exenta de cierto peligro”.

“-¡Reza!

Como permanecía en silencio, gritó:

-¡Y en voz alta!

Y en efecto: aquella señora arrodillada, flaca, desnuda, empezó a recitar:

-Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga nosotros tu reino”.

Los relatos, a la par de las experiencias eróticas, contienen reflexiones sobre la naturaleza de las relaciones, sobre la razón, la ética y la moral. Todo esto con personajes que muestran lo importante de la libertad. Sobre todo la inteligencia, que es la base  de toda buena elección.

En “Que los muertos viejos dejen sitio a los muertos jóvenes” se habla de la edad, la confusión que atrapa a hombres y mujeres atados al tiempo, al cuerpo que se deteriora. Un hombre se encuentra con una mujer en el pueblo de su infancia, la mujer regresa a ese sitio y se topa con un hombre con el que tuvo que ver en algún momento de su vida. Él la invita a su departamento, conversan y recuerdan, se hacen de palabras, urden un montón mentiras sobre su pasado mientras una telaraña se va apoderando de sus pasiones.

Los relatos proporcionan tensión intelectual porque se transmiten conocimiento. Porque el amor es ridículo cuando no hay salida y lo único que se tiene es la nada, espacio donde interactúas con el otro; espejo donde encuentras insatisfacción y, de vez en cuando, placer y de risas.

Consejos de Raúl para la eternidad

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Por Roberto Conde

-¡Deja eso, es mío!- dijo Raúl mientras me miraba fijamente a través de sus lentes redondos.

Aquellos lentes los había encontrado en la recámara de sus papás. Son como los un señor que cuelga de la pared del vecino de la silla de ruedas. Dice el vecino que ese señor era una estrella de rock, que lo mataron como dos años antes de que yo naciera. A mí no me gustan sus lentes, ni su pelo todo caído. Mamá asegura que se le llama pelo lacio, pero yo lo tengo chino, como ella. Le pregunté a mi mamá qué era una estrella de rock. Respondió que son personas que hacen una música bonita; a ella le gusta Queen. Me puso un disco de los que guarda debajo de la vitrina. Yo no me acerco mucho a la vitrina, en la parte de arriba hay una cabeza de payaso que me asusta. A veces, cuando mamá sale por la noche, siento que la cabeza se asoma por la puerta; aprieto muy fuerte los ojos, pero creo que la veo en la oscuridad de mis párpados. No me gusta, le pido a mamá que la tire. Ella menciona que es un recuerdo, con ella se acuerda de mi cumpleaños. Cuando la vi sobre el pastel, se me hizo bonita. Pero ya no, siento que al entrar a la casa el payaso siempre está esperándome. Cuando entro, corro muy rápido al cuarto de mamá. Ella duerme y me acerco con cuidado junto a su lado; cuando duerme, yo duermo, y el payaso de queda inmóvil en la vitrina, fuera de mis párpados.

Escuché a Queen, ahora sé qué es una estrella de rock. Yo pensaba que las estrellas sólo estaban en el cielo, y que de vez en cuando una de ellas se cansaba mucho y se dejaba caer. Lo digo porque una vez vi cómo una se caía del cielo, la vi desde la ventana. También pensaba que había una de ellas que estaba bien gorda, como Salomón, el niño al que pasamos a dejar en el transporte antes de mí. Ahora sé que se llama Luna. Yo creo que la estrella roja luego que se ve junto a ella debe tener calor.

-¿Sabías que a las estrellas se les puede matar?- cuestioné a Raúl, mientras él me quitaba mi jouils.

-¿Y cómo se las mata, si yo veo que están muy lejos y ni saltando las agarro?- me preguntó mientras movía mi jouils de un lado a otro.

Le dije que para que se murieran las estrellas tenían que ser de rock. Cuando me preguntó cómo eran las estrellas de rock le dije que ellas usaban lentes como los suyos y que tenían pelo lacio. Menos Queen, que tenía el pelo corto y unos dientotes bien blancos. Las estrellas de rock no están en el cielo, te miran fijamente desde las paredes o desde los discos; y hacen un ruido que te pone a mover el pie, expliqué a Raúl, a la vez que le quitaba mi carrito de las manos. Él se enojó, me dijo que quería el carro, y me prometió que un día me iba a empujar de la azotea. Mamá advierte que no me suba a jugar allá, que puede ser peligroso. Pero a Raúl siempre le gusta jugar en la azotea. Nunca lo veo en otra parte, ni en el parque o en alguno de los patios. Cuando alguien sube a tender la ropa, Raúl siempre se esconde detrás de algún tinaco. Dice que no quiere que lo vean, porque pueden ir a decirles a sus papás que está arriba. A sus papás tampoco les gusta que Raúl juegue en la azotea. Nunca he visto a los papás de Raúl. A lo mejor es alguno de los que luego suben a tender.

La otra vez invité a Víctor a jugar a la azotea. Él no quería, decía que le daba miedo subir hasta arriba por esas escaleras de metal. Las escaleras son como la resbaladilla que está en el parque. Subes y bajas en círculos. Le dije a Víctor que no fuera puto (así me dijo mi papá que se les dice a los miedosos).  Me miró como triste, después se enojó y sentenció que no tenía nada de malo ser puto. Me gritó que hasta Queen era puto. Yo la verdad no creo que Queen le tenga miedo a algo, usa una capa roja y en la foto que me enseñó mi mamá tiene el puño cerrado, como si le fuera a pegar a alguien. Víctor subió lentamente por las escaleras, le costó mucho. Subía un escalón y se detenía, se agarraba bien fuerte del tubo y comenzaba a llorar.

–Pinche putito- le dije desde arriba.

Víctor se portó valiente y por fin pudo subir a la azotea. Cuando estuvimos arriba, llamé a Raúl. Pensé que estaría escondido detrás de uno de los tinacos. Pero Raúl no salió. Le dije a Víctor que Raúl era un niño todo “chele”, de pelo lacio, flaco y que siempre usa la misma playera de Batman. Víctor me preguntó qué era “chele”, entonces me acordé de que mi mamá me había dicho que ya no usara esas palabras, porque sólo se decían en la casa de mi abuela.

–En México se dice güero- respondí a Víctor.

Me preguntó que dónde se les dice chele a los güeros, le dije que en El Salvador. Víctor me miró de forma extraña, yo creo que pensó que le estaba inventando todo. Me dijo que él nunca había visto a ese niño llamado Raúl.

–Al único que he visto con algo de Batman es a ti. También te vi vestido de Robin y de Superman- mencionó Víctor con un gesto socarrón.

Me gusta Batman y los luchadores. Mi mamá me llevó a las luchas. Estuvieron en la esquina del parque. Yo iba emocionado, pensé que vería a Mascarita Sagrada y a Octagón; al Hijo del Santo o a Blue Panter. Pero no apareció ninguno de ellos, salieron el Cometa enmascarado y el Capitán Rodríguez. A ellos nunca los había visto en las luchas que pasan los domingos en la tele, ni en las revistas que de luchadores que mi mamá me compra. Creo que al Capitán Rodríguez ya lo había visto una vez en la esquina de la casa, en “El flamingos”, cuando entré a pedir calaverita a las señores borrachos. Mi mamá me advirtió que jamás volviera a entrar a ese lugar, ni a la pulquería que estaba en la otra esquina. Yo no sabía que se llamaba pulquería, siempre pensé que era un baño. También me prohibió que me volviera a disfrazar. Me dijo que yo no podía volar como Superman, que de no haberme escuchado bien cuando le dije “ahorita vengo, voy a volar” seguramente ya estaría muerto.

Le conté a Víctor que jugaba casi todas las tardes con Raúl en la azotea, yo le prestaba mis juguetes porque Raúl no tenía. Le expliqué que seguramente Raúl era muy pobre. A veces, yo lo dejaba con mis juguetes cuando mi mamá me gritaba para ir a comer. Cuando regresaba, Raúl ya no estaba, pero mis juguetes sí. Raúl era muy bueno, jamás se los llevaba. Víctor me miró con unos ojos muy raros, con los mismos ojos que hizo cuando subía por la escalera.

–Mi mamá dice que tú estás malito, que siempre te ve jugando solo en la azotea. Mejor ya me voy.

Tuve ganas de pegarle a Víctor, pero recordé que mi mamá me dijo que eso estaba mal y que no tenía que volverlo a hacer, sino me castigaría de nuevo. Raúl preguntó: “tu amigo ese, el que se llama Víctor, cree que estás loco ¿verdad?”

– No, piensa que estoy malito- repliqué.

Me contestó que Víctor era muy menso, que no se había dado cuenta de que él se había escondido muy bien. Tan bien que ni yo lo había visto tampoco. Me dijo que se había escondido dentro del tinaco, como el chavo del ocho. Pensé que eso era lo que había pasado. Lo bueno es que hoy sí me va a conocer, para que no ande pensando que estás loco. Porque eso es en verdad lo que él piensa de ti. Además, no sé por qué quieres juntarte con él, ¿apoco ya no te diviertes conmigo?, cuestionó Raúl, a la vez que me quitaba otra vez el carro. Le expliqué que quería que lo conociera para que pudiéramos jugar los tres todas las tardes. Bueno, creo que ya viene. Le dijiste que hoy viniera a conocerme, ¿no? Raúl se quedó inmóvil mirando hacia la escalera. Comencé a escuchar los pasos que subían, muy lento.

–Es re puto- dijo Raúl, mientras me hacía señas para que fuera por Víctor.

Me acerqué a la orilla de la azotea y vi cómo Victor estaba apenas a la mitad de la escalera.

-Apúrate, Víctor. Ya está aquí Raúl. Traje mis jouils para que juguemos.

Víctor subió por fin a la azotea. Comenzó a respirar muy fuerte y me miró enojado. ¿Ya ves? Me engañaste otra vez. Estás solo acá arriba, dijo Víctor, y me dio una patada debajo de la rodilla. Me agaché porque me dolía mucho. Volteé y vi que Raúl ya no estaba. Sólo vi los coches en el suelo. Le dije a Víctor que teníamos que buscarlo, porque de seguro se había escondido dentro del tinado, como el chavo del ocho.

Mi mamá tiene razón, estás loco. Yo mejor me bajo. Se dio la vuelta para regresar a las escaleras. De repente, Raúl salió de atrás de uno de los tinacos y empujó a Víctor. Sólo vi cómo él intentó volar con los brazos. Escuché su grito y después un ruido muy fuerte, como el ruido que escuchas en tu cabeza cuando caes sin poner las manos. Me asomé por la orilla de la azotea y miré a Víctor acostado. La gente se iba juntando a su alrededor. Ahora sé que Víctor no era imaginario.

El cerebro de los libros

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Por María Mañogil

La memoria, esa parte invisible que nos dice quiénes somos, alberga recuerdos que están unidos entre sí. La sola intención de separar los que nos duelen de los que nos hacen sentirnos bien o, en apariencia, felices, los rompe a pedazos y nos convierte automáticamente en quienes no somos, en quienes no fuimos y en quienes nunca seremos. La memoria no se reinicia, no se limpia y no se le pone un disfraz. A pesar de parecerlo, no es nuestra; nosotros somos de ella.

Los libros poseen también memoria, aunque no dispongan de un cerebro como el nuestro; quizás la memoria no sea exclusiva de él y una parte, al igual que el DNA de una célula que se escapa hacia el exterior del núcleo, se esté gestando desde que alguien lo escribe. Los libros tienen conciencia de sí mismos y de sus lectores. Por eso es que no todos van a parar a las manos de cualquiera que tenga acceso a comprarlos y, después de haber sido adquiridos, envejecen y se llenan de polvo en algún rincón hasta que son rescatados o el papel se desgasta provocando su muerte.

No es el tiempo quien hace morir a un libro, pues todo lo que en él hay escrito se puede reproducir muchas veces, transformando en eterno su contenido; tampoco es el olvido, pues cada palabra se queda grabada en algún lugar al ser pronunciada, ya sea a voces o en el más absoluto silencio. Lo único capaz de destruir a un libro es su propia memoria, privada de la libertad de dejarse arrastrar hacia otras mentes. La decisión de quién o quiénes lo van a leer, le toca tomarla al libro desde su percepción del mundo que imagina, con su cerebro de libro, su memoria y sus propios recuerdos.

Si todo esto sobre la memoria que tienen los libros resulta absurdo, habría que recordar que la nuestra es igual de incierta y absurda. A veces somos incapaces de responder a las interrogantes sobre qué hacemos aquí, de dónde venimos y por qué somos humanos y no cualquier otro ser. Tal vez no seamos más que el resultado de lo que otro escribió en unas páginas, mucho antes de que se creara lo que llamamos Universo. Quizás somos un libro que alguien está leyendo ahora, escrito desde los recuerdos de otra persona, de otro Dios o de un microorganismo.

Aquí no hay radicales

 

Por Gabriel Burgos

Viernes por la tarde. Busco una dirección que se niega a aparecer y ruego el evento no sea un show más contra los hombres y el patriarcado. Aquí no hay camotes me hace sospechar que estoy por entrar en una manifestación donde se escucharán las quejas de siempre, los argumentos ya quemados contra el omnipresente patriarcado y la retórica añeja que aplaude una “igualdad” en la cual se busca encumbrar a la mujer y someter al hombre.

Doy por fin con “Restaurantero anarquista”, sede de la primera muestra de videoarte realizado por artistas poblanas. Subo las empinadas escaleras metálicas, doy un vistazo y observo la celeridad de los organizadores por poner todo en orden –acabamos de dar un taller- me dicen a modo de disculpa. Espero paciente, donde no estorbe.

7:30 p.m. El evento apenas comienza. Un retardo que estoy seguro no estaba en los planes de nadie. A pesar del reducido espacio, las diez personas que estamos ahí hacemos ver enorme el lugar; unas breves palabras de presentación y agradecimientos. Un comentario sobre el orden de los videos y empieza el desfile de imágenes.

Crucero, de Sara Minther (pionera poblana en el videoarte), abre la muestra con el triste toque de ser presentado a poco más de 3 semanas de su muerte. Una lenta espiral de imágenes capturadas por una cámara, en un crucero cualquiera, atrapa de inmediato al público, el cual repentinamente se multiplicó abarrotando el lugar. Todos los ojos y oídos son seducidos por lo cotidiano convertido en arte a través de la ruptura con el espacio y dotando de movimiento a lo estático. Al terminar estallaron los primeros (y no últimos) aplausos de la noche.

Retrato familiar continúa la muestra con una danza donde las sombras en segundo plano se funden con las manos del primero, lo femenino y lo masculino se tocan y se equilibran en un baile sensual que concluye con su fusión en las manos de un individuo que decide su propia identidad de género.

Cámara y Autorretrato rompen con el espacio, dejan a sus protagonistas vagar libremente frente a la cámara, mientras la música y el movimiento los envuelven. “Mentiras”, de Lupita Dalessio, es cantada por el protagonista del video quien encuentra en una mesa a su compañero de baile, objeto que cobra vida ante el espectador.

Tres salvajes videos irrumpen en pantalla: Averiar la máquina, Alicia ya no y Autómata. El primero a través de una voz de fondo se rebela ferozmente contra las imposiciones culturales que van con “ser mujer”, mientras dos mujeres se despojan de su piel impuesta a través de los vestidos para enfundarse en su nuevo cuerpo construido íntegramente por ellas; Alicia ya no trabaja con los espacios y las referencias ya conocidas para establecer un descabellado juego del gato y el ratón en el cual la confrontación entre la mujer y su perseguidor no puede encontrar reconciliación alguna. Finalmente, Autómata, explota toda la violencia contenida contra el cuerpo femenino mediante la intervención de una fuerza externa,  pero familiar, que termina por destrozar el cuerpo frente al espectador.

Después de una hora y media se encendieron de nuevo las luces, las artistas habían conmocionado al público ahí presente y por un eterno segundo el silencio cubrió todo hasta que los aplausos nos regresaron al mundo. Contemplamos videos en donde los cuerpos que no pretendían ser perfectos, nos hablaron con voz propia sobre todos los valores culturales que se les han impuesto a través de la ropa, el maquillaje, la maternidad forzada, la sexualidad reprimida y los espacios que les corresponden por obligación.

El diálogo entre las artistas y el público enriquecieron la muestra. “Chispilla”, “Fucsia” y “La china” respondieron a las inquietudes surgidas de la exposición de sus obras. “Chispilla”, con una propuesta inspirada en la obra filosófica de Gilles Deluze, comentó que busca explorar e ir más allá de las interpretaciones, dejar a la obra hablar por sí misma. Por su parte, “Fucsia” narró que en el mito del hilo rojo encontró una fuente de inspiración, la cual se vio enriquecida con el escenario natural y la danza. Finalmente, “La china” dijo que su obra artística surge de su necesidad de crear, porque a final de cuentas “somos performance”, palabras que resumieron un pensamiento común entre las artistas que se presentaron el pasado viernes 13 de mayo. La muestra terminó, los videos pararon, las artistas se despidieron y los asistentes partieron a sus hogares, pero las obras dejaron su eco en los asistentes del evento.

Siempre es satisfactorio ver a un público conectado con el arte y más cuando éste se ofrece a explorar sus significados ocultos: empatizar con el deseo de ir más allá de los estereotipos de género, escuchar las voces que claman con fuerza y pasión su derecho a ser ellas mismas sin someterse al ominoso silencio impuesto y, sobre todo, voces dispuestas a dialogar e incluir a todos aquellos preparados a ceder contra los prejuicios de un título tan provocativo como Aquí no hay camotes.

Los bares, fuente inagotable de historias

José Luis Dávila y Jesús de León - Fotografía de Jessica Tirado
José Luis Dávila y Jesús de León – Fotografía de Jessica Tirado

Redacción Cinco Centros

El pasado viernes 20 de mayo, Jesús de León presentó su más reciente libro Este bar se llama… En compañía de José Luis Dávila, el autor dijo que estos cuentos versan en torno a situaciones protagonizadas por parroquianos, en bares de distintos lugares.

Jesús de León afirmó que los bares forman parte del folclor nacional, ya que muchos de estos suelen ser el representativo de sus ciudades. “La resurrección”, “La búsqueda”, “La cajita de cerillos”, “Mis gordas”, “La nave de los feos”, “Ella lo amaba”, “La sierra madre” o “La última y nos vamos” son sólo algunos de los nombres de los lugares que el autor ha conocido y que forman parte de esta antología.

El escritor norteño explicó que el nombre de un bar es la carta de presentación para invitarte a entrar. Una vez que se encuentra al interior, existe una fuente inagotable de historias, ya que la ebriedad acecha tanto como la belleza, precisó.

Jesús de León - Fotografía de Jessica Tirado
Jesús de León – Fotografía de Jessica Tirado

Jesús de León contó que suele escribir en los bares y es en estos lugares donde también ha presentado Este bar se llama… Sin embargo, agradeció a Libros & Libros el espacio y la oportunidad de compartir su trabajo con los lectores poblanos, pues dijo sentirse contento en la ciudad, ya que ésta tiene una riqueza cultural distinta a la que puede verse en el norte del país.