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Quitarse el colonialismo cultural: entrevista a Rafael Ortega

por Iris Linnet

México es el país de mayor expulsión de migrantes en el mundo. Esto hace evidente la necesidad de hablar de migración en un país donde no sólo se expulsa, también se reciben miles de inmigrantes al año, quienes no tienen como destino final este lugar, sin embargo se han vuelto parte del paisaje. En esta ocasión tuvimos la oportunidad de platicar con Rafael Ortega, coordinador del proyecto Forasteros: de migrantes, refugiados y exiliados, una exposición que alumbra un camino de peligros y tensiones a lo largo de las fronteras.

Iris Linnet: Me pareció muy interesante el formato de la exposición, el problema se expone desde testimonios y desde datos que impactan de inmediato, impactan porque no estamos acostumbrados a hablar de migración aun cuando es parte de nuestra realidad, y saltan de inmediato estas palabras: refugiado, exiliado y migrante, ¿cuál es la diferencia entre ellas?

Rafael Ortega: El principio del proyecto fue: vamos a hablar sobre el tema de la migración y de lo primero que nos dimos cuenta es que existía dentro de nosotros, al interior de la propuesta, pues un desconocimiento muy grande del tema, cuando hay gente que se ha dedicado a él durante muchos años, y creo que una de las cosas más interesantes con las que nos topamos es que existe una definición distinta que habla de un fenómeno, digamos mundial, y había que encontrar una manera de definir ciertas condiciones que pudieran aplicarse en términos de derecho en todos los países del mundo. Entonces eso es lo que nos pareció como más interesante. Y por otro lado está el carácter idiosincrático y de identidad que implican algunos términos, como la palabra forastero, la palabra forastero no es una palabra en español que defina una categoría jurídica o una situación jurídica de una persona, es la manera de referirse a alguien, de hecho es una palabra que ni siquiera es de origen catalán, pero me parece interesante que utilizar estos términos es como ampliar el vocabulario, cuando uno amplía el vocabulario uno aprende mejor a hablar una lengua y entonces en este caso fue como ampliar nuestro vocabulario sobre los términos que se refieren a los desplazados y a la movilidad humana.

Rescate del buque bergamini de la marina militar italiana - Exposicion Museo Amparo
Rescate del buque bergamini de la marina militar italiana – Exposicion Museo Amparo

IL: Mucho se habla de la mirada de Estados Unidos hacia los migrantes, pero ¿cuál es la mirada de México hacia los migrantes?

RO: México es un país profundamente racista, México es un país eminentemente racista para los connacionales, evidentemente lo va a ser para los migrantes. Yo creo que es una condición, esa parte de la idiosincrasia mexicana, los mexicanos vistos entre iguales. Cuando tú estás entre iguales no tienes punto de comparación, cuando aparece alguien que no es igual a ti lo primero que se produce es una situación espejo, es decir, que tú ves al otro diferente, pero en realidad el otro no es diferente, el otro tiene una manera de responder culturalmente a las situaciones distinta a la tuya, no es ni mejor ni es peor, sencillamente lo que Leticia Calderón decía en la conferencia, es que te espejea inmediatamente, si tú tienes un grado mínimo de sensibilidad y de inteligencia te darás cuenta de estás viendo las cosas de la manera incorrecta.

IL: ¿Cómo podemos eliminar el prejuicio racial en torno a los migrantes?

RO: Yo creo que el problema es mucho más profundo y tiene que ver con estructuras de colonialismo, o sea que es un problema estructural. Entonces creo que evidentemente la manera en la que vemos el problema de la migración tiene que ver con una especie de colonialismo cultural del cual tenemos que irnos quitando, ¿cómo? tratando de buscar términos que no se definan de la misma manera en la que comúnmente nos enseñaron a definirlo.

IL: ¿Por qué hablar de migración es relevante en estos momentos?

RO: porque yo creo que no vamos a una situación de más paz, vamos a una situación de más conflicto, creo que desgraciadamente el siglo XXI será un siglo de conflictos muy profundos, muy largos, y vamos por otro lado a una situación de crisis ambiental muy fuerte, donde hay una nueva clasificación que son los desplazados medioambientales, se estima que va haber de aquí al 2050, los números varían, entre 28 millones y 1 billón de personas; un tercio de la población de China que van a ser desplazados por problemas medioambientales, entonces yo creo que una de las únicas soluciones para poder ver y lidiar con estos problemas que se nos avecinan o con los cuales ya estamos viviendo, es con la empatía y a mí me gustaría pensar que tratar el tema de la migración hoy, es quizás como empezar a trabajar sobre un principio de empatía.

Saltando la reja frontera - Exposición Museo Amparo
Saltando la reja frontera – Exposición Museo Amparo

IL: ¿Como mexicanos ¿cómo podemos a empezar a trabajar la empatía hacia los migrantes?

RO: Una amiga de mi pareja dijo un día una frase interesante: las diferencias genéticas que existen entre una población son tan pequeñas que en realidad no habría porqué considerarse diferentes, es un problema, yo creo que hay que entender que en la diferencia está la ganancia, no la pérdida. Por eso creo que es tan importante la empatía, porque una vez que uno reconoce que el otro es diferente uno aprende mucho más, culturalmente, biológicamente, culinariamente, visualmente. Uno es más cuando asume al otro diferente como una suma posible y no como una resta de lo que uno es.

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RONDALLES MALLORQUINES Nº 8: UN CONQUISTADOR.

Me complace traducir de nuevo, para los lectores de Cinco Centros, otra de las rondallas de Jordi des Racó. Espero que os guste.

                                                               por Josep Maria Alcover i Sureda

                                                                                       traducción de María Mañogil

 

Esto era una madre que tenía un hijo, lelo del todo, que se llamaba Pere.

Ya había rebasado los treinta y no había sido capaz nunca de hablarle a ninguna muchacha.

Su madre le llegó a decir:

-¡Tendrías que mirar de ir a cortejar un poco!

-¡Si yo no sé qué tengo que decir!- respondió él.

-¡Mira, -dice la madre al cabo de un par de días- se acabaron las excusas! ¡A cortejar vas a ir sea como sea

-¿Y dónde queréis que vaya?- dice él.

-¡Dios bendito! ¡Ve a María Aina del hilo!

María Aina del hilo era hija de una que, en otro tiempo, fue vecina suya.

-¡Qué le he de decir? -pregunta Pere.

-¡Cómo qué le has de decir! -responde la madre- Le dices: ¿Cómo va?, ¿quieres sentarte?

Pere se va a casa de María Aina un domingo por la tarde y la encuentra en el portal con su madre, que se iban a la iglesia.

-¿Cómo va?- dice el mequetrefe- ¿quieres sentarte?

-¿No lo ves si quiero sentarme o estar de pie?- dice María Aina. Y le dio la espalda, y partieron las dos y se fueron hacia la iglesia. Pere se quedó en medio de la calle como el gato d”en Pelacanyes1 ,

hasta que al fin regresó a su casa.

 -¿Cómo ha ido? -le pregunta la madre.

-Mal -responde él. Y le cuenta el episodio.

-Pues cuando vuelvas,- dice ella- has de decir: ¡Cortejemos, cortejemos!

-Así lo diré, pues.- exclama Pere.

Al cabo de un par de días se va, y justamente a María Aina se le había muerto su padre y se encuentra la casa llena de gente, llorando y haciendo unas caras bien tristes.

Atisba a María Aina sentada en una silla, que tenía los ojos como tomates de tanto llorar.

Se le acerca y le dice:

-¡Cortejemos, cortejemos!

-¡Ah, pedazo de bestía! -exclamó todo el mundo- ¡Y con el muerto de cuerpo presente, y con la pena y trastorno de esta casa, ¿vienes a buscar flirteos? ¡Sacadlo fuera, sacadlo fuera!

Y lo sacaron con cajas destempladas.

El hombre vuelve a su casa y su madre le pregunta:

-¿Cómo te ha ido?

-Mal.- dice él. Y le cuenta el episodio.

La madre, al escucharlo, le dice:

-Pues tendrías que haber dicho: En el cielo lo veremos.

-Ya lo sabré para otra ocasión- respondió.

Al cabo de un mes, vuelve y los encuentra haciendo matanzas y empezaban a descuartizar al cerdo..

-¡Ave María purísima!- grita Pere desde el portal.

-¡Sin mácula concebida!- le contestaron.

El hombre se mira un rato al cerdo y dice:

-En el cielo lo veremos.

-¿Al puerco quieres ver en el cielo, pedazo de asno?- exclama toda exaltada la madre de Maria Aina- Si no tienes más burradas que decir te puedes ir por dónde has venido.

Pere no tuvo más remedio que hacerlo así.

-¿Cómo te ha ido?- le pregunta su madre.

-Mal- respondió él. Y cuenta el episodio.

La madre le reprende: -Tendrías que haber dicho: ¡Muchos y bien grandes!

-Ya lo sabré para otra ocasión- responde él.

Al cabo de otro mes, vuelve.

Encuentra a María Aina que le curaban un bollo que le había salido en el cogote.

-¡Ave María purísima!- dijo, y entró.

-¡Sin mácula concebida!- le respondieron.

-¡Muchos y bien grandes!- anunció mirando el chichón de María Aina.

-¡Uno solo casi me mata!- exclamó ella- ¿y tú pedirás que me vengan muchos y grandes? ¿Bestia, más que bestia! ¿Sal de aquí antes de que te echen!

Pere se tuvo que ir como perro apaleado, con el rabo entre las piernas.

-¿Cómo ha ido?- le pregunta su madre.

-¿Cómo va a ir? Mal. -Y contó el episodio.

La madre, cuando lo escucha, le suelta ésta:

-Pues habrías de haber dicho: Que se seque y no rebrote.

-Lo sabré para otra ocasión.- respondió.

Al cabo de otro mes, vuelve, y encuentra a María Aina sembrando un clavel.

-¡Que se seque y no rebrote!- exclama Pere en cuanto la ve.

-¿Que ya lo volvemos a tener aquí, al alcornoque, soltando memeces y estorbando?- grita ella exasperada- ¡Ale! ¡Fuera, cabezón!

Y Pere no tuvo más remedio que irse.

-¿Cómo ha ido?- preguntó su madre cuando lo vio.

-Muy mal- respondió él. Y le cuenta el episodio.

La madre le suelta:

-Habrías de decir: Tierno por fuera, arraigado por dentro.

-Lo sabré para otra ocasión- murmuró él.

Al cabo de un mes más, vuelve.

Encuentra a María Aina que le sacaban una espina de endrino que se le había clavado, bien clavada, en un pie, y tenía un dolor insufrible.

-¡Tierno por fuera, arraigado por dentro!- gritó Pere en cuanto entró y vio la escena.

Cuando lo escucharon, enfilaron hacia él y le dijeron las mil pestes, le pusieron los carrillos colorados a bofetones y lo acompañaron hasta cerca de su casa con un par de fustas, y con cada golpe le hacían dar una vuelta entera.

Del vapuleo, tuvo que guardar cama ocho días, y se le quitaron del todo las ganas de volver a flirtear, y al pasar al lado de la casa de alguna chica, volteaba y corriendo para su casa.

Gato escaldado, de agua fría teme.

 

Manacor, diciembre de 1889.

1 Modismo utilizado en algunos pueblos de Mallorca en la época, que significa quedarse perplejo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Los cuatro blanquillos

por Víctor Hugo Ávila Velázquez

 

En el comedor principal del señor Raudel estaban sentadas cuatro personas de apariencia menonita, a diferencia de que éstas no estaban amarillas, sino más bien blanquillas.

En torno a la mesa, de izquierda a derecha, se encontraba un señor que bien aparentaba la jovialidad de un hombre de veinte años. A su lado estaba una mujer grotesca con rudísimas muecas, ella, supuso el señor Raudel, era la esposa. Después se encontraba un niño un poco crecido para la edad que aparentaba y a su lado una vieja horrible, suponiéndose que era la suegra para cualquiera de los dos.

Así comenzó la mañana para el señor Raudel, no sabía bien por qué aquellos inquilinos estaban desayunando en su comedor, pero su esposa, gustosa, dejaba los frijoles en la mesa. Ellos no titubearon y con un enorme deseo tomaron ventaja de las tortillas, las llenaron con frijoles, queso fresco y una salsa de molcajete. No esperaron platos ni cubiertos, sólo así y ya. Masticaban con un ruido violento; agarrando su taco con una mano y con la otra usándose como plato. Uno que otro fríjol saltaba, rebotaba en  su mano-plato y caía en la mesa, dudando si finalizaba su movimiento hasta el suelo o acababa cerca de la comida del señor Raudel que expresaba sus pensamientos con una mueca soñolienta. Toda la escena se detuvo y el señor Raudel se despertó estremecido.

– Mariana, despierta, he vuelto a soñar con esos menonitas, despierta, Mariana.

– Sí… no pasa nada Raudel, duérmete otra vez, mañana hablamos.

El señor Raudel al no poder dormir fue hacia su comedor. Lo miró pulcro y regresó a la cama cuando, justo en medio de su cuarto, pasó un ratón con los cachetes llenos de frijoles, y en el camino, había dejado unos cuantos para una segunda vuelta, que ya no era muy probable porque acababa de ser descubierto por el señor Raudel con una mueca soñolienta que se acababa ahora y empezaba el sentimiento de un ansia con un escalofrío.

Algo sobre la comida [1]

Robert Walser

Traducción de Erasmo W. Neumann

 

No hay que pensarlo demasiado antes de comenzar a escribir un bosquejo. Toda suerte de afables ideas podrían desaparecer para nunca vérselas de nuevo. Por otra parte, aconsejo no acobardarse ante los meses, incluso años, de procrastinación, pues hay en la espera algo en sumo formativo y educativo.

Hoy disertaré sobre la comida, que es necesidad y a la vez puede ser placer.

De inicio, una manzana me parece comestible, si bien temo por un diente cuando la muerdo. Prefiero comerla cocida antes que en su estado natural.

Las peras son exquisitas y suculentas. Con las nueces soy cuidadoso, y por ello quiero decir que las pico bien para intensificar su sabor.

El pan es tan nutritivo como delicioso, si se lo modera. A mi parecer, un pedazo de chocolate puede reemplazar una taza de café.

Llega el turno de la carne que, como es natural, por supuesto, resulta maravillosa. El pescado horneado sí que va conmigo. La ternera y el cordero, cada uno por su cuenta, pueden ser bastante apetitosos.

Las remolachas son rojas, las espinacas y la lechuga verdes, al igual que los guisantes, que quizá prefiera por sobre todos los vegetales. Al pollo en salsa puedo recomendarlo como algo tierno.

Sin embargo, el rosbif asado con esmero me revitaliza en grado sumo. Tengo una especial predilección por la col agria con salchicha.

No dudo en declarar al arroz uno de los más agradables alimentos. De ninguna manera considero indispensables a los espárragos; como sea, los aprecio cual manjar y mucho estimo su digestibilidad.

Toda persona sensible elogia con sinceridad un plato de sopa. Con las cerezas y chabacanos hacemos pasteles.

Los alimentos los tomamos ya sea en casa o en un restaurante, y traemos a colación diferencias que no necesariamente son relevantes.

En donde sea que comamos, observamos ciertos preceptos útiles, aprendidos de la experiencia. Por ejemplo, la pizca de cortesía con que nos sentamos a la mesa y que se compone, entre otras cosas, de nuestra satisfacción con la cantidad y calidad de los platillos.

El tratar los alimentos con atención aumenta su valor.

 

[1] Título original: “Etwas übers Essen”. 1932-1933.

Dos poemas de Tomás Sánchez Hidalgo

Por Tomás Sánchez Hidalgo

Sirios

Esquivaron el Final, pero también su propia tierra

(tierra sin raíces,

sin pueblo),

las auroras que los persiguieron,

cieno el color del corazón en octubre.

Transparencia en el sector financiero, claro.

Y hoy no llevan micro,

acaso un pincel.

azul para expresar su pena,

azul después para dar temple al caos,

azul cierre para despejar el cielo de nubes grises.

Admitiendo, para entonces,

un súbito viraje al suelo:

habrán de pintar, también,

niños que jugaban con las llamas.

 

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Apprentices

(A los caballos los matan, ¿no?)

Llueve.

En Chicago hace menos veinte grados.

Es un problema extensible a Nueva Inglaterra.

Llueve.

Sospechamos la existencia de un paisaje lunar,

muy lejos, al sur,

más allá del horizonte

(donde nuestras fincas azules

limitan también con la NASA):

sonidos a las tres de la madrugada,

procedentes de autopistas acaso invisibles,

escenario, hoy,

del traqueteo de cascos de los caballos:

se oye todo, en una alucinación muda,

y, en este western,

surge el milagro de la vida:

aquí, en el sur, también llueve,

y, en paralelo,

percibes igualmente cómo brota, de este suelo azul,

el agua nocturna.

Los caballos beben entonces deprisa,

entre destellos,

en un entorno mágico.

Y ¿llegan a echar de menos? el calor extremo,

y relinchan;

un tiempo después, de nuevo su trote:

han de volver a la luna.

Las lluvias han sido constantes,

durante toda la jornada,

sobre todo por la tarde

(es necesario, en esta frontera,

el uso de cadenas.

Y de un Muro,

¿no?).

Casa de citas

Por Gabriel Burgos

“Disfruta de la vida. Hay mucho tiempo para estar muerto”

Hans Christian Andersen

Con los nervios de punta, por ser mi primera vez en hacer esto, marqué el número y esperé respuesta, cuando pregunté por el nombre de la casa que me dieron, la respuesta fue “aquí no es” seguida del fin de la llamada. Corregí mi error de dedo, marqué y recibí la respuesta deseada: me dieron los nombres de las profesionales disponibles, sus días con horario abierto, su costo por hora y su especialidad; después de considerar las cosas y la distancia de mi trabajo elegí ir el miércoles a las 5.00 pm para liberarme del estrés.

Gracias a google maps ubiqué la casa sin problemas, discreta, bonita, sobria, en una zona segura y junto a un parque, nada que ver con lo que esperaba encontrar. Toqué el timbre y una voz por el interfon me preguntó a quién buscaba, al darle el nombre de la profesional que me esperaba y me dieron acceso. La sala de espera, confortable y tranquila, fue lo que vi al pasar, la recepcionista con una sonrisa me ofreció café y me hizo una charla ligera en lo que bajaba mi cita.

Una mujer joven, sonriente y de rostro amable, me llevó consigo a un cuarto armónico y sereno, justo lo que necesitaba, y su primera pregunta fue ¿cómo te sientes? Después de un largo suspiro, ante lo cual la profesionista sonrió, me solté a decirle todo lo que me pasaba a lo largo de una hora. Al terminar, decidió canalizarme de inmediato con el psiquiatra porque necesitaba saber si era necesario medicarme o no, sobre todo, por los problemas que le conté.

Ese día le confesé a mi nuevo psiquiatra mi deseo de suicidarme y me recetó de inmediato pastillas para bajar mi ansiedad y tratar mi depresión, una vez en mi poder, decidí investigar sobre ellas y descubrí con amarga ironía que tomarme la caja entera más una botella de vino bastaban para suicidarme. Reí ante semejante idea y pensé “tengo el mejor psiquiatra del mundo, o confía mucho en mí o sutilmente consideró como complacer mi deseo.”

Me programaron cita para dentro de dos semanas, recibí mi receta y pagué con la tarjeta de crédito la consulta, al salir de la clínica hice cuentas, y entre la consulta con la terapeuta, el psiquiatra y las drogas bien podría haber pagado la misma hora y media con una scort clase AA con motel y condones incluidos, aunque me temo ellas aún no aceptan pago con tarjeta.

Ghostbusters (2016): El innecesario remake

por Juanito Pereira

Seamos realistas, esta película desde su anuncio estaba destinada al fracaso. Esto no tiene nada que ver con el casting, pudieron haber puesto a cuatro personajes principales totalmente distintos y de cualquier manera esta película no hubiera sido buena. ¿Por qué? Pues porque la película original ha tenido más de 30 años para ganar adeptos – muchos la hemos visto una y otra y otra vez – al igual que todos recordamos a Bill Murray, Dan Aykroyd y compañía, en infinidad de roles que los han convertido en parte de nuestros actores favoritos. Ghostbusters (2016) no es una película buena, pero tampoco puedo decir que sea mala. Dicho esto, la trama de este intento de remake no me terminó de convencer. Es bastante enredado, aburrida a veces, y se traba mucho queriendo utilizar terminología ‘fantasmologica’ con un disque enfoque científico, que en lugar de ser chistoso, resulta bastante tedioso, pues es usado hasta el cansancio.

La primera hora de la película no me resultó aburrida, aunque trata de copiar muchas cosas que la original hizo, esta no termina por dar explicación a preguntas como: ¿De dónde sacan el dinero para sus inventos, para la renta, para pagarle al recepcionista, etc? -Porque he de decirles que en toda la película, sólo atrapan a un maldito fantasma y ni le cobran al dueño del lugar. – ¿¡Material radioactivo para los proton-packs!? -¡Claro, en 2016 debe ser muy fácil conseguir plutonio en la tienda de conveniencia más cercana!-

Ghostbusters (2016) abusa del uso de las Imágenes Generadas por Computadora (CGI siglas en inglés). Termina cayendo en el mismo error cometido por películas tales como Independence Day: Resurgence y Jurassic World. ¿Acaso los cineastas no han entendido que para que una película luzca de lo más lindo, deben de combinar efectos prácticos con CGI? J.J. Abrams nos enseñó en Star Wars episodio VII que la mezcla de ambas es la que da los mejores resultados, y deja satisfecha a la audiencia. Los fantasmas no dan miedo, se ven muy para niños por todos los colores tan burdamente brillantes que utilizaron para crearlos. Es como ver a Electro, de The Amazing Spiderman 2, una y otra y otra vez. Pero al ver que Sony produce este film, no me sorprende en lo más mínimo.

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Ninguno de los personajes resulta ser ampliamente chistoso. Los roles que interpretan las actrices Kate McKinnon y Leslie Jones son los más destacables. Sin embargo, los avances de la película nos entregan las mejores bromas y esto termina por afectar el flujo de la película. Melissa McCarthy no me convence como una actriz de comedia, siempre parece que sobreactúa sus papeles. ¿Quieren ver una película donde es chistosa? Vean St. Vincent, donde aparece al lado de Bill Murray, en esa película su rol no es el de ser una mujer graciosa, sino seria, pero al ser un film bien escrito, el resultado es positivo.

No hay mucho más que pueda decir de Ghostbusters (2016). Es una película innecesaria, con actuaciones muy planas, sobrecargada de efectos especiales, y con cameos de los actores de la película original que resultan ser una desgracia y una vergüenza. Si no tuviera una subscripción mensual al cine que me deja ir a ver cuántas películas yo quiera, creo que no pagaría por haberla visto. Denle tal vez una checada cuando salga en Blu-Ray o formato digital. Mejor vayan a ver Finding Dory, esa sí es una secuela entretenida.

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Pizza de sartén

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Por Eduardo Villaraldo

Estoy afuera del departamento trescientos treinta y tres de una vecindad asentada en una calle de la colonia Chula Vista. Es mi primera entrega del turno y estoy esperando a que abran la puerta, me paguen por la pizza y me den una buena propina. Sí, sobre todo eso; una buena propina es lo que me hace estar aquí, sosteniendo esta masa cocida y ensayando una sonrisa falsa y estúpida que deberé mostrar al cliente en cuanto me abran la puerta. Así que sigo esperando y de repente me entra la curiosidad de saber a qué se dedica el tipo al otro lado de los muros.

Espero una buena propina, una gran propina, pero si es un estudiante o un becario o el director codo de algún supermercado esa propina se estará yendo a la mierda. ¿Qué chingados será?, insisto y abren la puerta y la risita estúpida y falsa se olvida de permanecer donde le dije que lo hiciera y a cambio me ha dejado una tibieza en los ojos que me asquea. Quien ha abierto la puerta es un hombre joven. No pasa los veintidós. Un suéter gris desabrochado y unos calzoncillos Everlast negros es todo lo que tiene puesto. -Ponga ahí la pizza-, dice y me señala una mesa de centro, y mientras obedezco su orden él desliza un poco la puerta corrediza que separa su habitación de la sala y se tira un pedo que no tiene olor pero sí una sonoridad estruendosa. El departamento no tiene nada que ver con lo que yo tenía en mente. Hay muchos libros desordenados en el lugar; este puede ser un maestro. Ojalá sea un maestro, aunque lo veo muy joven, pero si lo es tengo posibilidades de obtener la propina que he pensado.

Aunque también puede ser un tesista, y si lo es, seguramente esa propina quedará en su cartera y no en la mía. Estoy barajando las posibilidades monetarias cuando percibo un bulto que se mueve en la cama, no tardo en darme cuenta que son unas piernas, ¿de hombre o de mujer? Quizá no es ni maestro ni tesista, quizá sólo es un maricón culto, mantenido por otro maricón con un buen salario y que a cambio de dejarse meter y lamer la verga, su amante lo complace en todo lo que pide. Puta madre, cómo tarda, ¿le está pidiendo permiso al dinero o está teniendo una despedida con sus billetes? Desliza en su totalidad la puerta corrediza y veo que se ha desnudado completamente. Trae el pito parado y el dinero en una mano. Hoy no es mi día, pienso al ver que he errado. Las piernas en la cama no son de ningún amante maricón. No, qué va. Son de una mujer, de una mujer de piel morena.

Él la despoja de las sabanas y de un tirón la pone a cuatro patas sobre la cama. Qué mujer tan deseable, me dicen mis huevos que me han empezado a hormiguear y el líquido preseminal que ha quedado embarrado en mi calzón. Antes de meterle el pito se tira otro pedo con las mismas características al anterior. Le da un madrazo en el estómago y luego se la mete toda. Ella ni si quiera se ha tomado la molestia de verme. Me doy cuenta que en las nalgas tiene unas estrías muy ligeras y debajo de las estrías posee una celulitis bellísima. Qué gozo tener una mujer con una celulitis como esa. Le perdono que no se haya molestado en verme. A una mujer con esas estrías, pero sobre todo con esa celulitis, se le perdona cualquier cosa. Las embestidas de su amante son tan burdas que muy seguramente en lugar de placer está sintiendo aversión por aquel imbécil. Apenas se la ha metido unos dos o tres minutos cuando de repente saca la verga con el receptáculo del condón lleno de semen. Estoy seguro: ella está sintiendo asco por aquel idiota. Sin deshacerse del látex camina hacia mí y me da un billete de a doscientos. Busco las monedas que me han dado en la sucursal de la pizzería para darle su cambio y me dice que así está bien. La pizza de sartén cuesta ciento cuarenta. Sesenta pesos es una buena propina, es más de lo que esperaba. Antes de salir del cuarto veo a la mujer, está de pie dándole la espalda a la sala, veo toda su celulitis. Ni siquiera me da curiosidad ver su coño o sus tetas, la celulitis me sacia. Podría masturbarme con una mano y tocar sus nalgas celulíticas con la otra y habitaría el verdadero paraíso.

Doy vuelta y enfilo a la puerta y antes de salir escucho como él empieza abrir la caja de la pizza y como se echa otro estruendoso pedo. Cierro la puerta y caigo en cuenta que la pizza de sartén genera unas flatulencias muy ácidas. Qué mala elección. Palpo mis sesenta pesos de propina y al verificar que siguen en mi pantalón siento repulsión hacia ese tipo. Además de ser un eyaculador precoz ahora tendrá que soportar, también, sus pedos apestosos.

Snoopy el aviador

por E.J. Valdés

Durante más de medio siglo, Peanuts ha sido una de las tiras cómicas más difundidas y queridas del género. La gran mayoría de las compilaciones del vasto trabajo de Charles Schulz describen a los personajes como “los más adorables del mundo”, y hay quien incluso los toman como exponentes de una curiosa filosofía de vida —“happiness is…”—. Snoopy es, por mucho, el más célebre y versátil del elenco, y con el paso del tiempo su creador lo llevó a imaginar una serie de vidas de fantasía, como la de Joe Cool, un popular estudiante universitario, la de un autor de novelas no muy bien recibidas, y también fue, entre otras tantas cosas, el mundialmente famoso practicante de leyes, el mundialmente famoso detective y el también mundialmente famoso portero de hockey. Pero no cabe duda que su encarnación más famosa es aquella que lo muestra pilotando su casa roja con gorra, gafas y hasta bufanda de aviador: el As de la Primera Guerra Mundial.

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Precisamente en este personaje, y en su rivalidad con Manfred von Richthofen, “el Barón Rojo”, se centró la más reciente exposición temporal del Museo Charles M. Schulz en Santa Rosa, California: Snoopy and the Red Baron. Esta muestra de tiras cómicas y toda clase de artículos promocionales del universo Peanuts se inauguró el 24 de octubre de 2015 y concluyó el pasado 24 de abril y sirvió para conmemorar los 50 años de la creación del As aviador de la Primera Guerra Mundial, además de promocionar The Peanuts Movie, que se estrenó en noviembre del año pasado y fue la primera cinta animada por computadora de los famosos personajes de Charles Schulz (y, de hecho, su primer largometraje desde Bon Voyage, Charlie Brown en 1980). No por nada Twentieth Century Fox y Blue Sky Studios, desarrolladores de la película, patrocinaron la exposición.

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A manera de souvenir, les traigo la traducción del texto introductorio tal como lo publicó el sitio oficial del Museo Charles M. Schulz, y que explica de manera muy breve el origen del personaje:

Snoopy se imaginó a sí mismo como un as aviador de la Primera Guerra Mundial por primera vez el 10 de octubre de 1965, de modo que 2015 es el 50 aniversario de esta popular personalidad. Cuando se le preguntó sobre el origen del papel de aviador de Snoopy, Charles Schulz mencionó la afición de su hijo Monte por el armado de modelos plásticos de aviones como su principal inspiración. Dijo haber dibujado un pequeño casco en Snoopy después de ver sus modelos a escala de la Primera Guerra Mundial y “de repente se me ocurrió”. También citó eventos en los 60 que conmemoraban el inicio de la Primera Guerra Mundial y películas como The Dawn Patrol. De inmediato advirtió el potencial del as aviador, y llegó a reconocer: “Supe que tenía una de las mejores cosas que se me habían ocurrido en mucho tiempo”.

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A través de las décadas, Snoopy abrazó cómicamente su papel de piloto de combate para beneplácito de los lectores de Peanuts. Cuando Snoopy se proyectaba surcando las nubes en persecución de su némesis, el infame Barón Rojo, estaba en realidad sentado sobre su casa, la cuál él imaginaba como un auténtico biplano británico conocido como Sopwith Camel (Schulz alguna vez dijo: “¿se les ocurre un nombre más gracioso para un aeroplano?”). Deambulaba por partes de Europa que los aviadores de la Primera Guerra Mundial, efectivamente, atravesaron, haciendo escalas en cafés para beber cerveza de raíz y coquetear con señoritas francesas. Schulz apuntaba a la autenticidad en todo lo que dibujaba, un punto que probó en especial con sus historias del as aviador.

Más allá de las tiras cómicas, Snoopy en su persona del as aviador motivó la manufactura de incontable memorabilia, incluyendo juguetes, juegos, cajas musicales e incluso un kit para hacer cerveza de raíz. Los fans disfrazaban a sus perros con gorras y gafas de piloto, y escuadrones de la Fuerza Aérea adoptaron a Snoopy como un símbolo de su patriotismo.

La más famosa de las personalidades de Snoopy aún trae humor y una gozosa nostalgia a los fans de Peanuts todo alrededor del mundo. “No creo que haya en la memoria reciente un personaje animal que haya realizado todas las distintas cosas que Snoopy ha hecho”, reflexionaba Schulz en una ocasión. “Es un abogado. Es un cirujano. Es el as aviador de la Primera Guerra Mundial”.

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El morador del orinal

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Es un placer para Cinco Centros publicar el cuento inédito, El morador del orinal, ganador de mención honorifica en la categoría de Crónica en el 1 Concurso Nacional de Literatura Fahrenheit 451 celebrado en el Festival de Literatura de Bogotá 2012.

por William Alberto Salazar Castellanos

Los baños públicos son mundos viscosos empapados de los más diversos vahos expelidos por el cuerpo humano; los baños para varones, por ejemplo, no solo huelen a excreciones, apestan también a testosterona: hombres semidesnudos unos junto a otros, miradas esquivas que inquietan, manos que agarran falos y roce de dedos sobre nalgas, logran tensionar el ambiente y dispersan imaginarios sobre nuestra virilidad: diferencias en tamaños, competencia de músculos, despliegue de fuerza y juegos eróticos tras las puertas cerradas. De este escenario oloroso donde el excremento vincula el asco al placer, las gotas de lluvia dorada a eyaculaciones y la desnudez con tentaciones carnales, no por vedadas menos satisfactorias, buscamos escapar pronto; la evacuación de nuestros residuos nos humilla y las abluciones parecen pretender despejar el alma de los desmanes de la carne. Nos sentimos vulnerables. Los baños públicos son lugares de tránsito, nadie vive en ellos. Pero un día de enero, al recordar los sucesos de una tarde de jueves de diciembre pasado, comencé a sospechar que en estos espacios húmedos por las secreciones corporales, habitan seres humanos; caminantes de un microcosmos que esconden entre los cubículos mate algo más que los deseos de la pureza.

Languidecía el mediodía. En ese jueves, iluminado por la alegría de la llegada de un niño en oriente, después del almuerzo mis pies se dirigieron a un baño, ubicado en el segundo nivel, de un centro comercial del barrio Niza. Mientras confirmaba a mi interlocutor al celular la consignación de mi sueldo, orinaba con placer. Me devolví de los orinales a los lavabos, deposité sobre el mesón la novela que traía en mis manos y me dispuse a dejar que el agua corriera entre mis dedos. Un hombre joven, ropa deportiva, maletín terciado, caminó desde los sanitarios, se detuvo en el lavamanos contiguo al mío y fijó su atención en el libro. Me percaté de su curiosidad lectora reflejada en el espejo, cruzamos miradas, intercambiamos un saludo. “leer es un ritual” –me dijo señalando el libro –, y esa frase logró despertar mi interés. Hablamos sobre letras, autores y poesía; le comenté de mi oficio de librero; algunas personas entraron, salieron. De repente extrajo de su morral unos papeles y dijo: “Son poemas míos –los desplegó frente a mi cara invitando a leerlos– y continuó: “A mí me gustan –su tono de voz bajó–, pero no sé.” Me acerqué a ellos y el silencio reinó por mi cerebro desde ese momento y por un buen par de minutos. En mi mente hay momentos de lucidez de las siguientes dos horas: la salida del centro comercial abrazado a otra persona, un corto viaje en taxi y un avanzar por entre malezas con mi cara tapada por una camiseta negra. La presión de una pistola sobre mi estómago que me obligó a desnudarme y tenderme en el piso sobre cientos de ramas que me laceraron e hicieron sangrar. Mis manos atadas. Un cuerpo sentado encima del mío, que con gritos, anunciaba otra serie de vejámenes si no daba con seguridad la clave de las tarjetas del banco. El pánico por una posible violación. El miedo a una muerte degradante y dolorosa. De pronto un ruido de botas se sintió acercarse y, quizá, por la posibilidad de una ronda policial intempestiva mi agresor decidió huir. Los minutos transcurrieron y mis salvadores jamás aparecieron, decidí, entonces, despejada un poco la cabeza, desamarrarme y quitar la venda de mis ojos; divisé mi ropa sobre las ramas de los árboles, me vestí y salí del lugar que ya distinguía como el humedal Córdoba. Avergonzado y derrotado caminé rumbo a mi casa.

b orinal

Las semanas pasaron, todo se olvida. Ya en enero la confianza había retornado a mi vida. Una mañana tratando de escapar a las innumerables gotas que se precipitaban desenfrenadas sobre mi cabeza, busqué resguardo en un supermercado situado a un costado de la Autopista Norte. Mi ropa había absorbido el agua, tirité y sentí las ganas de orinar. De nuevo en un baño público, sumergido en ese placer orgásmico, mi mirada se posó en los letreros escritos que adornaban la pared de mi cubículo metálico. Los leí todos. Me sorprendí de los tantos minutos pasados entretenido en los avisos y la figura de mi atracador decembrino se dibujó en mi mente. ¿Cómo es la vida de un hombre dentro de un baño aguardando por horas a que caiga un incauto, como yo, en su trampa? No tengo respuesta. Siento curiosidad. Resuelvo iniciar, entonces, un recorrido por diferentes baños de la ciudad que me permita imaginar una existencia diaria entre muros que contienen restos de otras vidas. Afuera el gris se paseaba por la sabana estremecida por los susurros del viento. Avancé entre los charcos de inmundicias y paré en diversos puntos de la ciudad: Unicentro, la Zona Rosa, la calle 72, Chapinero y la Primero de Mayo. Visité universidades, cafetines y restaurantes. En algunos baños tuve miedo: unos ojos espiaron a través de la rendija de una puerta mi miembro desgonzado sobre un orinal. En otros, abrí todas las puertas, revisé los avisos, escudriñé a la gente; me senté por minutos en los retretes, dejé escapar el agua y devuelta a los orinales. Algunos hombres no denotaban sorpresa de verme ingresar a cada uno de los cuartos de baños y uno, incluso, me persiguió por varios pasillos luego de salir. Me le escabullí. Comprobé, que sin importar estrato o barrio, en todos aparecen los letreros dejados en puertas, marcos, cerámicas y hasta el techo: ideas sobre política, guerra, filosofía, religión y futbol; pero sobre todo abundan los de temática sexual: maneras, tamaños, poses y aberraciones. ¡Y el olor! El vaho putrefacto se filtra por entre los pisos relucientes y el amoniaco aromatizado que trata de eliminarlo lo persigue a uno más allá de la puerta de salida. ¡El hedor serpentea por todas partes! Ningún hueco es virgen a la fetidez, a los gemidos, a los ruidos, a los lamentos. Visualicé a mi agresor entrar sonriente y buscar entablar conversaciones con desconocidos que caminan de lado, rehúsan mirar, sellan sus labios: tratan de no oler o sentir; seres que tres o cinco minutos después de ingresar, corren a encontrar sus vidas habituales lejos de un lugar donde reinan los desperdicios y otras intenciones de nuestros cuerpos, mientras él queda confinado a seguir en este mundo de orines estancados en pequeñas cantidades en las esquinas, y sofocado por la pestilencia de tantos jirones de excrementos secos y gotas de líquido seminal esparcidos en trozos de papel higiénico.

Emprendo el regreso a casa. Sobre el firmamento la belleza se despierta: aparece la luz del sol, las estelas plomizas ceden su paso al blanco algodón. Hombres, mujeres, pasan a mi lado ensimismados en sus celulares, no me miran – ¿Por qué habrían de hacerlo? – Soy otro más en un cruce de vías. Lejos de la pestilencia del baño compruebo que afuera también se está solo. No se habla con desconocidos en las calles, ellos también pueden herir. Sigo, avanzo. Dentro de esta realidad fría de una ciudad que solloza de continuo un hombre eligió – ¿Por gusto? ¿Por necesidad? ¿Mala suerte? –vivir, convivir, entre orinales y retretes; bajo esa niebla de moho que todo lo corroe conversé con él. Sus frases denotaban estudio, discusión y cortesía: el arte de la conversación. Sus acciones reflejaron el cinismo, la frialdad, la violencia. ¿Cuál es la verdadera cara de este pequeño monstruo que ha parido la capital? Nunca lo sabré. El manto nocturno comienza a cubrir la ciudad. Bogotá está tocada de hechizo: entre los cientos de millones que corren buscando ese refugio limpio llamado hogar, un hombre habita entre techos de nubes turbias donde brotan lágrimas, orín y mierda: ¡ el morador del orinal!