Salida de sol

Rondalles Mallorquines No. 4: De cuando los andragenses acudieron a un mentor de la ciudad en busca de consejo

por Antoni Maria Alcover i Sureda

traducción de María Mañogil

 

Si bien esta rondalla muestra un contenido claramente burlesco -y vivimos en esta época donde incluso parte de la literatura, y en consecuencia de la historia, se considera una grave ofensa por quien la reproduce o divulga, por el mero hecho de reproducirla o divulgarla- no deja de ser literatura y no deja de ser historia. Nuestra literatura y nuestra historia.

He elegido traducir ésta que refleja la típica mofa de la que era objeto la gente humilde rural, por parte de los habitantes de Ciutat de Mallorca: Palma.

Hoy, aún usamos la expresión “de pueblo” como sinónimo de cateto o palurdo; ofensivo o no, son vestigios de nuestra cultura, nos guste o nos disguste.

Me ha parecido divertida esta rondalla y por eso la traduzco, siendo de hecho consciente de que tengo familiares nacidos en Andratx y que me juego la vida con esto.

Dios me coja confesada en la próxima reunión familiar, si llegan a leerla.

Espero que os guste y los pueblerinos no se lo tomen a mal. Si es así, pedidle cuentas a Jordi des Racó o a quienes se la contaron, si como decía él, siguen vivos.

Puesta de sol
Puesta de sol

DE CUANDO LOS ANDRAGENSES ACUDIERON A UN MENTOR DE LA CIUDAD EN BUSCA DE UN CONSEJO.

Los andragenses, en un tiempo, para venir a la ciudad partían por la mañana y regresaban al atardecer, al haber acabado sus quehaceres; y les sucedía, es fácil de ver, que por la mañana tenían el sol delante porque iban hacia levante y en la tarde lo volvían a tener enfrente porque iban hacia poniente. Tan exorbitante llegaron a sentir el resistero del sol que dijeron:

-Sería cuestión de reunirnos todos y ver si encontramos un camino para no tener que ir siempre de cara al sol, que así mismo es bastante pesado.

Se reunieron y convinieron que lo mejor era acudir a un mentor de la ciudad para que les diese un consejo sobre esto. Van al mentor y éste les dice:

-Lo tenéis muy bueno de arreglar. En lugar de salir de Andratx por la mañana, salid por la tarde; y en lugar de regresar de Palma hacia Andratx por la tarde, regresad por la mañana.

-¿Quiere decir que así nos irá bien?- preguntaron los andragenses.

-Me parece que sí- responde el mentor.

-Pues ya puede decirnos qué le hemos de dar por el consejo- dicen ellos.

-Haced las pruebas primero y después ya lo aclararemos- dijo el mentor, costándole bastante no soltar una carcajada.

Así que los andragenses, al día siguiente, al despuntar el alba, ya estaban de camino hacia Andratx. Llegaron sobre las diez, y ya lo creo que el sol no probó de pegarles en la cara, a no ser que se girasen hacia atrás. ¡Ya llegaron bien contentos y animados! Llaman a la gente, cuentan con todo detalle lo que les había pasado con el mentor y lo bien que les había ido al seguir aquel consejo.

-¡En fin- decían ellos-, todo el camino todo el camino, lo hemos tenido a la espalda, al sol, y bien a la espalda! ¡No ha probado nada, de pegarnos en la cara! Vaya, este mentor nos ha dado un consejo de primera. Hay que pagarle bien.

Todo el mundo estuvo conforme y enviaron a los dos mismos que habían ido al mentor a preguntarle qué gratificación quería. Fueron, y el mentor dijo que no quería nada.

-¡Poco a poco!- dijeron los andragenses al saberlo-. Esto no puede quedar así; si este señor no quiere retribución, hay que arreglarlo de una forma u otra.

Pensando, pensando, qué debían llevarle, salieron muchas ideas: unos hablaban de llevarle piñas, y otros, higos. Después de mucho discutir, resolvieron llevarle higos flor.

-¡Llevarle una canasta- dijeron- es una miseria! ¡Lo mejor será llevarle un saco y así habrá para todos los habitantes de la casa!

Dicho y hecho, llenan un saco de higos hasta el borde, lo atan bien atado, lo cargan en un mulo y aquellos dos mismos que fueron a buscar el consejo partieron una tarde hacia la ciudad con la bestia y el saco delante delante. A la mañana siguiente, antes de salir el sol, se presentan en casa del mentor; descargan, tocan y vuelven a tocar, porque no salía nadie a abrir. Por fin sale un criado y dice:

-¿Y ahora qué queréis?
-Traemos este presente para el señor- dicen ellos.
-¿Presente? -dice el criado- ¿Y dónde está?
-Qué pregunta -dicen los andragenses-. ¿Para qué tienes ojos? ¿Qué no lo ves a este saco? ¡Está lleno de higos, recolectados de ayer mismo y escogidos de uno en uno! ¡Vaya, que tendréis higos por más que comáis!

Cuando el criado los escuchó y reparó en que el saco chorreaba jugo que le salía por todas partes, mira a aquellos dos de arriba a abajo y les dice:

-Hermanitos, ¿de dónde sois?
-De Andratx -responden . Nada, ¿dónde va este saco? Dilo y te lo llevamos.
-Poco a poco -dice el criado-. Yo primero he de ver si el señor lo quiere.
-¿Y es que no está despierto aún?
-¡Ni de aquí a dos horas!
-Pues nada -dicen ellos-, ¿sabes qué haremos? Nosotros nos vamos a acabar cuatro tareas que tenemos y tú vacías los higos, y le dices al señor que son los andragenses que se lo envían por aquel consejo que les dio, de agradecidos que le están. Y nosotros ya pasaremos sobre las diez o las once y nos devuelves el saco.

Así lo hicieron; y al saberlo el mentor, le dice al criado:

-Mira, avisa al cocinero y al cochero, y cuando vengan los andragenses a buscar el saco, atadlos dentro del establo al comedero, bajadles los pantalones y alzadles la parte de atrás del faldar, y les tenéis que lanzar a las nalgas todos estos higos que han traído, porque ya no nos pueden servir para nada, tan aplastados como están, y ellos no se merecen nada más por mentecatos y paletos que son.

No os digo nada de cómo se las ingeniaron el criado, el cocinero y el cochero cuando vinieron los dos andragenses a buscar el saco, para meterlos en el establo y acercarlos al comedero. Cuando aquellos dos quisieron darse cuenta, ya estaban atados al comedero y con los pantalones para abajo y el faldar de atrás levantado. Y el criado, el cocinero y el cochero, ¡buenos puñados de higos para aquellas nalgas! Y no escuchaban más que clec clec clec, clec clec clec. Y los que lanzaban, ya se guardaban bien de ponerse a reír; y los que recibían, que no sabían qué tenían que hacer, de avergonzados que estaban de encontrarse en esa situación y del escándalo que se armaría si entraba más gente allá adentro y aquello se divulgaba por la ciudad. Y los criados, ¡buenos montones de higos hacia aquellas nalgas! Y los pobres andragenses que de cuando en cuando decían:

-¡Mira que si en vez de traer higos hubiésemos traído piñas! ¡Pobres nalgas nuestras!… ¡Nos las dejábamos en este establo!

Cuando ya no hubo más higos que tirarles, los desataron y les abrieron las puertas, y aquellos andragenses cogen el portal y de allí hacia Andratx. Para que los de allí no se riesen, dijeron que el mentor había quedado muy contento con el regalo, y que les había dicho que siempre que tuvieran que menester algún consejo, volviesen. Pero ellos se guardaron como de caer, de regresar.

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