Duendes

por Walter Aquino

—F: ¿Ya te has despertado con el temor de haberte orinado en la cama?
—R: No.
—F: Tampoco podes dormir, verdad.
—R: No, me duele horriblemente la cabeza.
—F: Creí que me había orinado y me desperté, luego me pasó algo muy extraño.
—R: Ajam…
—F: Tenía miedo de levantarme de la cama e ir al baño, porque pensaba que algún duende podía estar escondido bajo la cama o andar por allí en la oscuridad.
—R: No jodas Fabriccio, deja de chingar mejor.
—F: Sí, no sé por qué pienso tantas pendejadas, voy a ir al baño.
—R: Mira si me conseguís de un solo una pastilla.
—F: Vaya, solo de esta tengo, Panadol.
—R: Pasáme mi botella con agua, si no te da miedo que algún duende te salga de mi bolsón.
—F: Jajaja… vaya, aquí esta.
—R: Qué sed… tene, gracias.
—F: No dejo de pensar en que me quedé afuera esta noche sin avisar a nadie en mi casa, mis papás siempre se preocupan demasiado. Mi mamá sobretodo, siempre sueña que me han matado o que me he caído en un barranco. Soy un desconsiderado, ¿vos que pensas?
—R: No quiero pensar en nada
—F: Desde la vez que me caí de ebrio en la entrada de mi colonia y llegue todo empapado ha quedado traumada.
—R: ¡Ya calláte!
—F: Está bien, está bien, pero no me pegues.
—R: Más que ya me hiciste pensar. Que mierda con vos que no podes simplemente disfrutar un momento.
—F: ¿En que te hice pensar?
—R: Vos crees que sos al único que joden por lo que hace. No tengo dinero para seguir pintando, nunca termino la tesis y mi papá todos los días me puya para que consiga trabajo.
—F: Sí, estamos hechos mierda.
-R: Demasiado.
—F: Sólo causamos problemas. Quisiera agarrar mis cosas e irme a la mierda, obviamente llevarte conmigo y arreglárnoslas para sobrevivir en otra parte.
—R: Si no logramos hacer nada aquí, menos lo vamos hacer en otra parte.
—F: Necesitamos empleo para dejar de depender de nuestras familias.
—R: Ujumm… para abandonarlo en unas semanas y volver a lo mismo.
—F: Tenemos que hacerle huevos, ya estamos viejos y el arte no nos va a dar de hartar.
—R: ¡Ya, por la gran puta, vos sí que hablas!
—F: Es lo que pasa cuando fumamos weed. Me pongo a pensar sólo en los problemas y me deprimo demasiado.
—R: Te gusta conmiserarte, es todo.
—F: Es que no estamos avanzando en nada.
—R: ¡¿Y para que putas andas conmigo pues?!
—F: Sinceramente, siento que con vos puedo hablar, no en este momento, claro, pero la mayoría del tiempo, podemos hablar de las cosas sencillas y siempre nos pienso ya viejos, quizás en nuestra propia cama y no en la de un motel, como esta, platicando, cosas como que ya vino el recibo de la luz o de que uno a veces pierde el pensamiento racional y cree en fuerzas o energías…
—R: En duendes…
—F: Jejeje… si, cosas como esas… ¿Qué estás haciendo?
—R: Ando buscando la pipa, la había dejado debajo de la almohada.
—F: ¿ Y de plano queres fumar ahorita?
—R: ¡Puta! ahora que ya me despertaste y no me dejas dormir…
—F: Vaya, voy a tratar de dormirme pues.
—R: Ya la encontré
(Un rato despues)
—R: Fabri…
—F: ¿Qué?
—R: Despertate
—F: Ya me estaba durmiendo, ¿Qué pasa?
—R: Acaríciame.
—F: No, ahorita no tengo nada de ganas, ya lo hicimos tres veces.
—R: Yo quiero.
—F: A la put… vaya pues, si logras que se pare esta mierda.
—R: ¡aaaahh! ¡aaaahh!
—F: ¡aaaahh! ¡aaaahh!
—F: No se me para bien, estoy muy intoxicado, con los dedos te voy hacer.
—R: ¡Mas rápido, haceme acabar!
—F: ¿Ya?
—R: Si, ya, ya, está bien.
—F: ¿Y ahora que te pasa?
—R: Que a veces siento que ya no queres hacerlo conmigo.
—F: Vos no jodas, ya lo hicimos tres veces, casi cuatro.
—R: Sí, pero no me refiero a eso.
—F: Es que a veces pienso en demasiadas cosas y no logro concentrarme.
—R: ¡Puta! ya deja de torturarte.
—F: Es que, es que, pienso en todo, en mi familia, en la U, en nosotros. Y si no me atribulan mis propios pensamientos, lo hacen mis acciones, la gente, los sonidos de los autos en la calle por la madrugada, los cerros, los recuerdos de mi infancia, los pocos que conservo, la vejez de mis parientes y el éxito desde la óptica de la sociedad. Y te juro que quisiera que nada de eso me importara.
—R: Son muchas cosas que pensar, yo quisiera ayudarte, pero calmáte, deja de llorar, no llores, que haces que me sienta peor de lo que ya me siento.
—F: Sí, sí, está bien. Quizás vos logras dominar o disimular mejor tus emociones, siempre he admirado eso de vos.
—R: Es que yo trato de concentrarme en el momento y vos analizas todo demasiado.
—F: Jajaja… te quedó grabada esa frase, verdad.
—R: Sí, y ahora más que nunca entiendo por qué te la dijeron.
—F: Hasta escribí algo sobre eso.
—R: Ya lo leí.
—F: ¿Qué te pareció?
—R: ¿Queres que te lo lea ahorita?
—F: Por favor.
—R: Pasáme el cel pues, pero despues tratemos de dormir.
—F: Vaya:

Primera cita
Primera cita

Fue un sábado en la tarde frente al reloj de Metrocentro. Llevaba semanas tan solo viendo desde lejos a Anai, sin atreverme a hablarle. En especial cuando hablaba de derecho mercantil. Hasta que hacia unos días que por facebook le había enviado una solicitud de amistad y comenzamos a platicar. Era gracioso, sólo saludarnos en el aula y luego pasar horas hablando en el trabajo y por las noches, siempre por facebook.

Ese día saldríamos juntos por primera vez, maldición. Íbamos a ir a un restaurante de comida vegetariana, comida vegana, todavía me da risa al recordarlo.

Allí llegaba ella, con un vestido verde y unos botines cafés, sus cabellos sueltos y montados sus lentes, que dijo se los habían recetado desde los seis años. Unas piernas geniales, de esas por las que sólo algunos amantes deliramos.

Platicar con ella en persona fue un fracaso. Comencé con mi discursito de que toda conducta masculina de amistad hacia las mujeres responde a un estimulo sexual (troleándome yo solo). Luego con los temas del prestigio, el estatus y el individualismo como horizontes deseables en la sociedad contemporánea. Lo estaba estropeando todo y no me importaba.

Luego, se me ocurrió casi arrastrarla a tomarse un café conmigo. No recuerdo muy bien qué discursito me eche en el Míster Donut, pero creo que seguía hablando de las intenciones ocultas de todo el que se acerca a hablarle a uno, y no es que precisamente sean malas intenciones, sino que dos personas se conocen y al principio todos somos superficiales. No nos anunciamos tal y como somos, ni revelamos todo lo que anhelamos. Y entonces me soltó esta frase: “Tu problema es que lo analizas demasiado todo”. Al principio la frase me callo como una amenaza que se recibe con gran terror. Me quede tartamudeando. Y luego me quede callado.

Con el tiempo llegue a comprender que aquella joven mujer, de anteojos y cabellos sueltos, definió en pocas palabras precisamente quien soy, una persona que piensa demasiado, hasta la tortura y la depresión que suscita el pensarlo todo al mismo tiempo.

Abordamos una ruta que se dirigía a Soyapango, yo iba a bajarme en el centro, no había un asiento solo por completo, ella se sentó adelante junto a un anciano y yo detrás de ella junto a una señora, casi no habíamos cruzado palabra desde aquel comentario. Solo yo había tomado café, porque ella tampoco tomaba café. Supongo que son cosas que no importan tanto por facebook. Pero aunque fuese una chica vegana que no toma café y compartiera los valores de la sociedad psicópata, a mi me gustaba, me gustaban sus piernas largas y bronceadas, su discurso de estudiante de derecho, esos cabellos sueltos sobre su espalda y hasta el bozo sobre su boca delgada. Detrás de ella, en el bus, pensaba en hacer la última ridiculez. Saqué mi libreta y escribí en la esquina de una pagina “ha sido genial, comprendo si no me queres volver a salir conmigo” (la frase perfecta para terminar de arruinarlo todo), arranqué el papelito y se lo puse en las manos justo un poco antes de mi parada, vi que lo leyera y comencé a caminar hacia la salida. Cuando volví a verla, me miró con una cara de completo extrañamiento. Me baje del autobús y lamente todo lo que había hecho.

Me dejé de acercar a la U por algún tiempo, que se hicieron dos semanas, tres semanas, hasta que deje de ir por completo a estudiar. Un poco por vergüenza de encontrármela de nuevo. Un poco porque sólo iba a la Universidad para poder verla a ella.

He reconocido por estas y otras experiencias que soy incompatible con la realidad en la que vivo, y esta es la menor de las muestras de lo profundamente inadaptado que soy, porque después de esto, hice y sigo haciendo todo lo posible por ser un fracasado. Simplemente gente como yo no debió haber nacido.

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