El libro de los amores ridículos, de Milan Kundera

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Por Raúl Picazo

Un amor se convierte en ridículo cuando lo risible de las situaciones se desbordan como grasa en un cuerpo adiposo. El encuentro entre flujos opuestos, el choque de los cuerpos y la razón de las sospechas hacen que los amores caigan irremediablemente en la ridiculez. Encuentro en estas palabras una introducción simple para El libro de los amores ridículos,  de Milan Kundera, quien nos propone una ilustración cómica sobre el amor, la pasión y sus efectos.

En “Eduard y Dios” encontramos a una mujer desnuda, rezando un padre nuestro de rodillas. Frente a ella un hombre le ordena que no se detenga, que siga rezando mientras él observa, excitado. Esta imagen podría ser omitida de no ser porque la mujer es directora de un colegio comunista, y el comunismo, como se sabe, no admite la religión. “Hemos de recordar (para aquellos a quienes se les escapen las circunstancias históricas del relato) que, si bien a la gente no le estaba prohibido ir a la iglesia, la visita no estaba exenta de cierto peligro”.

“-¡Reza!

Como permanecía en silencio, gritó:

-¡Y en voz alta!

Y en efecto: aquella señora arrodillada, flaca, desnuda, empezó a recitar:

-Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga nosotros tu reino”.

Los relatos, a la par de las experiencias eróticas, contienen reflexiones sobre la naturaleza de las relaciones, sobre la razón, la ética y la moral. Todo esto con personajes que muestran lo importante de la libertad. Sobre todo la inteligencia, que es la base  de toda buena elección.

En “Que los muertos viejos dejen sitio a los muertos jóvenes” se habla de la edad, la confusión que atrapa a hombres y mujeres atados al tiempo, al cuerpo que se deteriora. Un hombre se encuentra con una mujer en el pueblo de su infancia, la mujer regresa a ese sitio y se topa con un hombre con el que tuvo que ver en algún momento de su vida. Él la invita a su departamento, conversan y recuerdan, se hacen de palabras, urden un montón mentiras sobre su pasado mientras una telaraña se va apoderando de sus pasiones.

Los relatos proporcionan tensión intelectual porque se transmiten conocimiento. Porque el amor es ridículo cuando no hay salida y lo único que se tiene es la nada, espacio donde interactúas con el otro; espejo donde encuentras insatisfacción y, de vez en cuando, placer y de risas.

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