Atrapado en Chicago

Por E. J. Valdés

Mientras vacacionaba por el norte de los Estados Unidos desvié mi ruta para visitar Chicago, ciudad que deseaba conocer porque fue allí donde Al Capone reinó durante la prohibición, también se grabaron dos películas que siempre me han fascinado: The Blues Brothers en 1980 y Ferris Bueller’s Day Off en 1986.

Dediqué dos días a pasear por sitios que me resultaban interesantes, como el lugar en donde el Chicago Outfit llevó a cabo la Masacre del Día de San Valentín (antes un garaje y ahora un asilo), el South Shore Cultural Center (el recinto que la Blues Brothers Band cimbrara hacia el final de la película) y las calles del centro por las que Jake y Elwood huyeran de la policía, los Good Ol’ Boys y los nazis de Illinois. Estuve en Wrigley Field, en Sears Tower y en el Chicago Art Institute, en donde Ferris, Sloane y Cameron pasaron su día de pinta y, por supuesto, comí en Chez Quis, el restaurante al que los tres se colaron tras usurpar la identidad de Abe Froman, el Rey de la salchicha en Chicago.

Había cubierto el itinerario y me quedaba la tarde libre. Consideré visitar el centro comercial de Water Tower Placeantes tras volver al hotel, pero al salir del restaurante el maître d’ me detuvo para preguntar si todo estuvo bien con el servicio y mis alimentos. Respondí que sí y él quiso saber si acaso yo era otro de esos turistas que visitaban el lugar por haberlo visto en la película de John Hughes y si ya había estado en otras locaciones de la grabación.

 —Claro que sí.

—¿También en Glenbrook High?

—¿Glenbrook High?

 —Es la escuela de la película…

—Vaya. No, y no sabía que se pudiera visitar.

—Es otro paradero frecuente de los fans de Ferris Bueller.

—Le agradezco la información, por desgracia, parto de Chicago mañana temprano.

 — ¿Y eso qué tiene que ver? La escuela está abierta hasta las nueve, señor, y el traslado toma unos noventa minutos.

Me dijo que tenía tiempo para ir de visita. Debía caminar hacia Michigan Avenue y subir al autobús de la línea azul hasta Union Station. Allí, tomaría el tren de la ruta Milwaukee District, en dirección norte. Una vez en la estación de Northbrook,  tendría que caminar unas cuadras hasta la escuela.

 — Créame que si Ferris Bueller lo trajo a la ciudad no puede marcharse sin estar allí.

La ruta no se escuchaba sencilla, pero no sabía si volvería alguna vez a Chicago;  lo mejor era aprovechar la oportunidad de conocer aquel lugar. Pedí al hombre me repitiera las indicaciones y emprendí la marcha. Aunque cogí el autobús equivocado y fui a parar a la terminal de Greyhound, tras caminar las calles que me separaban de Union Station, el resto fue pan comido. Una vez fuera de la estación Northbrook, anduve por Shermer Street en dirección al sur y no tardé en divisar la bahía en donde Ferris y Cameron aparcaran el Ferrari para aguardar a Sloane.

Sonreí emocionado. Pese a que caía la tarde, aún habían bastantes chicos por allí. Le pregunté a uno si sabía cuál era el aula que utilizaron para filmar la película y, sin mostrar gran interés, me indicó que siguiera por el corredor hasta el fondo y doblara a la izquierda. El hombre del restaurante no mintió: todo se veía justo como en la pantalla, al grado que imaginé que en cualquier momento me toparía con el decano Rooney o con su apática secretaria. Incluso en uno de los casilleros pude observar la leyenda que llamaba a salvar a Ferris de su terrible enfermedad; un grafiti de tres décadas de antigüedad. La mayor sorpresa de todo el viaje a Chicago me la llevé cuando di con el famoso salón de clases y, sigiloso, empujé la puerta para entrar; frente a la pizarra se encontraba Ben Stein, con menos cabello pero con los mismos anteojos; el mismo traje gris y su expresión de desencanto. Y, tal como hiciera en ella, repetía una y otra vez:

 — ¡Bueller! ¡Bueller! ¡Bueller!

 Quedé tan impactado que me froté los ojos para cerciorarme que mi mala vista no me gastara una broma, pero no era el caso: allí estaba él. Mi presencia parecía no importarle, pues continuó llamando el mismo nombre:

 — ¡Bueller! ¡Bueller! ¡Bueller!

 Me acerqué y pasé mi mano un par de veces frente a sus anticuados lentes, sin que parpadeara siquiera.

 — ¡Bueller! ¡Bueller! ¡Bueller!

  ¿Qué diantres era aquello? ¿Se trataba de un actor que revivía la legendaria escena de vez en cuando para deleite de los curiosos? ¿Era en realidad Ben Stein, atrapado en su personaje de hace treinta años? No, era imposible: en algún momento tenía que alimentarse o ir al baño. Miré el pantalón con una mancha húmeda en la entrepierna. Tragué saliva. De repente aquel escenario se me antojaba más perturbador que cualquier otra cosa, así que opté por salir mientras Stein repetía el apellido de Ferris como un mantra. De vuelta en el corredor, vi pasar a un muchacho y llamé su atención. Se retiró los audífonos para escuchar mi pregunta:

 —¿Cuánto tiempo lleva así?

 El chico se encogió de hombros, se llevó los audífonos de vuelta a las orejas y siguió su camino. Supuse que yo debía hacer lo mismo, pues el traslado de regreso al centro era largo, así que me fui de la preparatoria de Glenbrook sin siquiera tomar una fotografía y con la lúgubre letanía de Ben Stein aún en la cabeza. De hecho, no me la pude despegar hasta que, más tarde, me bebí un capuchino bien caliente en el lobby del hotel donde me hospedaba. Al subir a la habitación una duda me atosigaba: ¿cómo terminó el hombre allí, estancado en una escena? Preferí encender el televisor y distraerme antes que buscar una respuesta.

 Por la mañana tomé mis cosas y abordé un taxi rumbo a la estación Van Buren pues, como lo dijera Ferris, el viaje había terminado y era momento de ir a casa.

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