El cerebro de los libros

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Por María Mañogil

La memoria, esa parte invisible que nos dice quiénes somos, alberga recuerdos que están unidos entre sí. La sola intención de separar los que nos duelen de los que nos hacen sentirnos bien o, en apariencia, felices, los rompe a pedazos y nos convierte automáticamente en quienes no somos, en quienes no fuimos y en quienes nunca seremos. La memoria no se reinicia, no se limpia y no se le pone un disfraz. A pesar de parecerlo, no es nuestra; nosotros somos de ella.

Los libros poseen también memoria, aunque no dispongan de un cerebro como el nuestro; quizás la memoria no sea exclusiva de él y una parte, al igual que el DNA de una célula que se escapa hacia el exterior del núcleo, se esté gestando desde que alguien lo escribe. Los libros tienen conciencia de sí mismos y de sus lectores. Por eso es que no todos van a parar a las manos de cualquiera que tenga acceso a comprarlos y, después de haber sido adquiridos, envejecen y se llenan de polvo en algún rincón hasta que son rescatados o el papel se desgasta provocando su muerte.

No es el tiempo quien hace morir a un libro, pues todo lo que en él hay escrito se puede reproducir muchas veces, transformando en eterno su contenido; tampoco es el olvido, pues cada palabra se queda grabada en algún lugar al ser pronunciada, ya sea a voces o en el más absoluto silencio. Lo único capaz de destruir a un libro es su propia memoria, privada de la libertad de dejarse arrastrar hacia otras mentes. La decisión de quién o quiénes lo van a leer, le toca tomarla al libro desde su percepción del mundo que imagina, con su cerebro de libro, su memoria y sus propios recuerdos.

Si todo esto sobre la memoria que tienen los libros resulta absurdo, habría que recordar que la nuestra es igual de incierta y absurda. A veces somos incapaces de responder a las interrogantes sobre qué hacemos aquí, de dónde venimos y por qué somos humanos y no cualquier otro ser. Tal vez no seamos más que el resultado de lo que otro escribió en unas páginas, mucho antes de que se creara lo que llamamos Universo. Quizás somos un libro que alguien está leyendo ahora, escrito desde los recuerdos de otra persona, de otro Dios o de un microorganismo.

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Un pensamiento en “El cerebro de los libros”

  1. Hola Mari, ayer por la tarde me acordé de ti, resulta que al salir del trabajo fuimos a tomar un café e increíblemente en la tele de la cafetería salió Mallorca, algo del turismo, enseguida me vino a la cabeza tu imagen, luego por la noche me acordé que solías escribir aquí y me decidí a leerte, pues bien, tu mensaje, o eso pienso yo, en este escrito va sobre la memoria que no buscas, la que llega sin darte cuenta, puede ser una casualidad o como suele decir nuestra Virgi… es el destino. Me ha encantado tu artículo, un beso niña, te quiero.
    Lola Haro.–

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