Pizza de sartén

pizza de sartén 3

Por Eduardo Villaraldo

Estoy afuera del departamento trescientos treinta y tres de una vecindad asentada en una calle de la colonia Chula Vista. Es mi primera entrega del turno y estoy esperando a que abran la puerta, me paguen por la pizza y me den una buena propina. Sí, sobre todo eso; una buena propina es lo que me hace estar aquí, sosteniendo esta masa cocida y ensayando una sonrisa falsa y estúpida que deberé mostrar al cliente en cuanto me abran la puerta. Así que sigo esperando y de repente me entra la curiosidad de saber a qué se dedica el tipo al otro lado de los muros.

Espero una buena propina, una gran propina, pero si es un estudiante o un becario o el director codo de algún supermercado esa propina se estará yendo a la mierda. ¿Qué chingados será?, insisto y abren la puerta y la risita estúpida y falsa se olvida de permanecer donde le dije que lo hiciera y a cambio me ha dejado una tibieza en los ojos que me asquea. Quien ha abierto la puerta es un hombre joven. No pasa los veintidós. Un suéter gris desabrochado y unos calzoncillos Everlast negros es todo lo que tiene puesto. -Ponga ahí la pizza-, dice y me señala una mesa de centro, y mientras obedezco su orden él desliza un poco la puerta corrediza que separa su habitación de la sala y se tira un pedo que no tiene olor pero sí una sonoridad estruendosa. El departamento no tiene nada que ver con lo que yo tenía en mente. Hay muchos libros desordenados en el lugar; este puede ser un maestro. Ojalá sea un maestro, aunque lo veo muy joven, pero si lo es tengo posibilidades de obtener la propina que he pensado.

Aunque también puede ser un tesista, y si lo es, seguramente esa propina quedará en su cartera y no en la mía. Estoy barajando las posibilidades monetarias cuando percibo un bulto que se mueve en la cama, no tardo en darme cuenta que son unas piernas, ¿de hombre o de mujer? Quizá no es ni maestro ni tesista, quizá sólo es un maricón culto, mantenido por otro maricón con un buen salario y que a cambio de dejarse meter y lamer la verga, su amante lo complace en todo lo que pide. Puta madre, cómo tarda, ¿le está pidiendo permiso al dinero o está teniendo una despedida con sus billetes? Desliza en su totalidad la puerta corrediza y veo que se ha desnudado completamente. Trae el pito parado y el dinero en una mano. Hoy no es mi día, pienso al ver que he errado. Las piernas en la cama no son de ningún amante maricón. No, qué va. Son de una mujer, de una mujer de piel morena.

Él la despoja de las sabanas y de un tirón la pone a cuatro patas sobre la cama. Qué mujer tan deseable, me dicen mis huevos que me han empezado a hormiguear y el líquido preseminal que ha quedado embarrado en mi calzón. Antes de meterle el pito se tira otro pedo con las mismas características al anterior. Le da un madrazo en el estómago y luego se la mete toda. Ella ni si quiera se ha tomado la molestia de verme. Me doy cuenta que en las nalgas tiene unas estrías muy ligeras y debajo de las estrías posee una celulitis bellísima. Qué gozo tener una mujer con una celulitis como esa. Le perdono que no se haya molestado en verme. A una mujer con esas estrías, pero sobre todo con esa celulitis, se le perdona cualquier cosa. Las embestidas de su amante son tan burdas que muy seguramente en lugar de placer está sintiendo aversión por aquel imbécil. Apenas se la ha metido unos dos o tres minutos cuando de repente saca la verga con el receptáculo del condón lleno de semen. Estoy seguro: ella está sintiendo asco por aquel idiota. Sin deshacerse del látex camina hacia mí y me da un billete de a doscientos. Busco las monedas que me han dado en la sucursal de la pizzería para darle su cambio y me dice que así está bien. La pizza de sartén cuesta ciento cuarenta. Sesenta pesos es una buena propina, es más de lo que esperaba. Antes de salir del cuarto veo a la mujer, está de pie dándole la espalda a la sala, veo toda su celulitis. Ni siquiera me da curiosidad ver su coño o sus tetas, la celulitis me sacia. Podría masturbarme con una mano y tocar sus nalgas celulíticas con la otra y habitaría el verdadero paraíso.

Doy vuelta y enfilo a la puerta y antes de salir escucho como él empieza abrir la caja de la pizza y como se echa otro estruendoso pedo. Cierro la puerta y caigo en cuenta que la pizza de sartén genera unas flatulencias muy ácidas. Qué mala elección. Palpo mis sesenta pesos de propina y al verificar que siguen en mi pantalón siento repulsión hacia ese tipo. Además de ser un eyaculador precoz ahora tendrá que soportar, también, sus pedos apestosos.

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