Aquí no hay radicales

 

Por Gabriel Burgos

Viernes por la tarde. Busco una dirección que se niega a aparecer y ruego el evento no sea un show más contra los hombres y el patriarcado. Aquí no hay camotes me hace sospechar que estoy por entrar en una manifestación donde se escucharán las quejas de siempre, los argumentos ya quemados contra el omnipresente patriarcado y la retórica añeja que aplaude una “igualdad” en la cual se busca encumbrar a la mujer y someter al hombre.

Doy por fin con “Restaurantero anarquista”, sede de la primera muestra de videoarte realizado por artistas poblanas. Subo las empinadas escaleras metálicas, doy un vistazo y observo la celeridad de los organizadores por poner todo en orden –acabamos de dar un taller- me dicen a modo de disculpa. Espero paciente, donde no estorbe.

7:30 p.m. El evento apenas comienza. Un retardo que estoy seguro no estaba en los planes de nadie. A pesar del reducido espacio, las diez personas que estamos ahí hacemos ver enorme el lugar; unas breves palabras de presentación y agradecimientos. Un comentario sobre el orden de los videos y empieza el desfile de imágenes.

Crucero, de Sara Minther (pionera poblana en el videoarte), abre la muestra con el triste toque de ser presentado a poco más de 3 semanas de su muerte. Una lenta espiral de imágenes capturadas por una cámara, en un crucero cualquiera, atrapa de inmediato al público, el cual repentinamente se multiplicó abarrotando el lugar. Todos los ojos y oídos son seducidos por lo cotidiano convertido en arte a través de la ruptura con el espacio y dotando de movimiento a lo estático. Al terminar estallaron los primeros (y no últimos) aplausos de la noche.

Retrato familiar continúa la muestra con una danza donde las sombras en segundo plano se funden con las manos del primero, lo femenino y lo masculino se tocan y se equilibran en un baile sensual que concluye con su fusión en las manos de un individuo que decide su propia identidad de género.

Cámara y Autorretrato rompen con el espacio, dejan a sus protagonistas vagar libremente frente a la cámara, mientras la música y el movimiento los envuelven. “Mentiras”, de Lupita Dalessio, es cantada por el protagonista del video quien encuentra en una mesa a su compañero de baile, objeto que cobra vida ante el espectador.

Tres salvajes videos irrumpen en pantalla: Averiar la máquina, Alicia ya no y Autómata. El primero a través de una voz de fondo se rebela ferozmente contra las imposiciones culturales que van con “ser mujer”, mientras dos mujeres se despojan de su piel impuesta a través de los vestidos para enfundarse en su nuevo cuerpo construido íntegramente por ellas; Alicia ya no trabaja con los espacios y las referencias ya conocidas para establecer un descabellado juego del gato y el ratón en el cual la confrontación entre la mujer y su perseguidor no puede encontrar reconciliación alguna. Finalmente, Autómata, explota toda la violencia contenida contra el cuerpo femenino mediante la intervención de una fuerza externa,  pero familiar, que termina por destrozar el cuerpo frente al espectador.

Después de una hora y media se encendieron de nuevo las luces, las artistas habían conmocionado al público ahí presente y por un eterno segundo el silencio cubrió todo hasta que los aplausos nos regresaron al mundo. Contemplamos videos en donde los cuerpos que no pretendían ser perfectos, nos hablaron con voz propia sobre todos los valores culturales que se les han impuesto a través de la ropa, el maquillaje, la maternidad forzada, la sexualidad reprimida y los espacios que les corresponden por obligación.

El diálogo entre las artistas y el público enriquecieron la muestra. “Chispilla”, “Fucsia” y “La china” respondieron a las inquietudes surgidas de la exposición de sus obras. “Chispilla”, con una propuesta inspirada en la obra filosófica de Gilles Deluze, comentó que busca explorar e ir más allá de las interpretaciones, dejar a la obra hablar por sí misma. Por su parte, “Fucsia” narró que en el mito del hilo rojo encontró una fuente de inspiración, la cual se vio enriquecida con el escenario natural y la danza. Finalmente, “La china” dijo que su obra artística surge de su necesidad de crear, porque a final de cuentas “somos performance”, palabras que resumieron un pensamiento común entre las artistas que se presentaron el pasado viernes 13 de mayo. La muestra terminó, los videos pararon, las artistas se despidieron y los asistentes partieron a sus hogares, pero las obras dejaron su eco en los asistentes del evento.

Siempre es satisfactorio ver a un público conectado con el arte y más cuando éste se ofrece a explorar sus significados ocultos: empatizar con el deseo de ir más allá de los estereotipos de género, escuchar las voces que claman con fuerza y pasión su derecho a ser ellas mismas sin someterse al ominoso silencio impuesto y, sobre todo, voces dispuestas a dialogar e incluir a todos aquellos preparados a ceder contra los prejuicios de un título tan provocativo como Aquí no hay camotes.

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