CUESTIÓN DE PESO

Por María Mañogil

Cuando le conocí en persona sabía que era gordo. Ya me lo había dicho y había mandado algunas fotos tras haber hablado con él durante más de un mes, todas las noches, no menos de una hora en cada una de ellas.

En realidad, sospeché que me estaba mintiendo en lo que en un principio pareció que coincidíamos al asegurarme que él no se centraba en el físico como en algo demasiado importante para sentirse atraído por alguien. Y esa sospecha siguió creciendo a medida que repetía lo gordo que era, más aún que en las fotos que yo había visto. Objeciones que ignoré una y otra vez porque restaban tiempo a lo que era en verdad interesante de nuestras conversaciones nocturnas.

No soporto que la gordura de un hombre sea el tema principal a tratar cuando lo estoy conociendo y me pregunto cómo le sentaría a él que yo le hablara continuamente del tamaño de mis senos en vez de hacerlo sobre los libros que me gustan o la música que escucho. Entiendo que en este caso a algún hombre le pueda agradar esa información y el recordarle continuamente si los tengo grandes o pequeños, pero yo me sentiría incómoda si la conversación no tuviera nada que ver con eso y yo la sacara a relucir a cada momento. Supongo que cualquier hombre para el que yo fuera sólo una amiga a la que acaba de conocer, se sentiría igualmente incómodo.

No fue la insistencia con su gordura la que yo decidí ignorar por parecerme de lo más pesada, sino su insistencia solamente. Quiero decir que si hubiese sido delgado me habría molestado igual escucharle hablar tanto de cómo era su cuerpo cuando yo no le pedí en ningún momento que me lo mostrara haciéndome un plano, ni que me diera sus medidas ni que me lo explicara con todo detalle.

Soy una persona curiosa a la que le gusta descubrir, por partes, al hombre que por alguna razón empieza a gustarle y no soporto que se me adelante contándome cómo es de fofa su barriga, sin saber si eso es algo que a mí me desagrade, porque puede ser que no. Creo que para eso llevamos ropa y aunque yo siempre he pensado que lo ideal sería prescindir de ella y ahorrarnos el trabajo, debe servir además de para abrigarnos, para imaginar lo que hay debajo hasta que nos la quitan o se la quitamos a otro.

Esa peculiaridad suya de explicarme cada noche lo gordo que era, me hizo dudar un poco sobre si conocerle personalmente o no. Y esa duda fue la que provocó que pasara mucho más tiempo hasta que yo acepté salir con él por primera vez.

No todo en él era una obsesión desmesurada con su cuerpo; aparte de eso tenía una personalidad que cautivaba, no solo a mí, también a todo el que se le cruzaba.

Si dijera que era un hombre seguro de sí mismo en todos los demás aspectos de su vida, parecería, tal como hacía él, que estoy justificando el que fuera demasiado gordo con alguna otra virtud que compense el hecho de no ser delgado, y eso sería como darle la razón; reconociendo que, efectivamente, estar gordo es un defecto que se debe compensar. Por ejemplo: esforzándose en ser más simpático, más listo o tener más don de gente, que alguien que luce una figura modelada en un gimnasio, porque a ese sí se le permite ser tonto y antipático.

Por eso no hablaré de todas las cosas buenas que vi en él y que me enamoraron. Prefiero hacerlo sobre lo único que me desilusionó y me hizo venirme abajo. Era esa inseguridad suya con su propio cuerpo lo que me hacía dudar. Empecé a preguntarme qué habría pasado si la gorda hubiese sido yo. Si como él decía, no se fijaba en el físico de los demás, ¿por qué al suyo le daba tanta importancia?

Su gordura siguió siendo su tema favorito y que utilizaba como arma de doble filo, o así lo sentía yo. En parte para intentar sacar de mí a la madre protectora que le animaría a hacer una dieta y en parte para culparme cuando se lo proponía. Tratando entonces de convencerme sin éxito de que era yo quien no le aceptaba por ser gordo.

El sexo con él fue un fracaso, por no decir una mierda. Llegó a contagiarme de sus miedos e inseguridades y me cohibí porque después de medio mes de preliminares, conseguí a duras penas convencerle de que me excitaba verle desnudo. Porque, claro, cómo va a excitarse ninguna mujer viendo su cuerpo tan gordo. Eso le oí decir con una media sonrisa, que más se parecía a la de un niño reclamando atención que a la del hombre inteligente y nada superficial que creí haber conocido.

Cuando di por terminada la relación les contó a sus amigos que yo le había dejado, cómo no, por gordo. Él siempre en su línea. Pero se le olvidó decir lo que yo dejé escrito antes de irme: lo bonito de un cuerpo no es su forma ni su tamaño, sino las manos que lo acarician, los ojos que lo desnudan y la boca que lo recorre, porque también forman parte de él, si se deja. Lo feo es impedir que eso suceda y  la única grasa que lo puede hacer horrible es la que se forma en el corazón, en ese simbólico que no está regado de arterias.

No sé si lo entendió y ya no me importa.

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