Un viaje

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Por Carlos Morales Galicia

Si tuviera que hablar de una persona que es completamente opuesta a mí, sin duda, sería de mi amigo Alberto. Si existiera una lista de cualidades en las que aparezcan amabilidad, sensibilidad, generosidad y honestidad, y nos pidieran que señaláramos cuáles poseemos, él podría colocar una palomita junto a todas.

Hace unas semanas me llamó para invitarme al Vive Latino. Alberto había comprado un par de boletos para asistir con su novia, pero en el transcurso entre diciembre y abril, terminaron. En 2012 fuimos juntos. Si hay algo importante dentro de esta amistad es la música.

– Voy por Natalia Lafourcade y Bunbury, dijo.

Yo había escuchado los discos más recientes de ambos y parecía que la pasaríamos bastante bien, además habría cerveza gratis durante el trayecto. Alberto es una persona que bebe poco y son contadas las ocasiones en que lo he visto ebrio. Lo anterior ha sido algo raro entre nosotros, pues cuando se trata de alcohol, nunca me mido y es él quien termina trayéndome a casa.

El autobús partiría hacia el DF a las nueve de la mañana. Alberto es un virtuoso de la puntualidad y yo, fiel a mi costumbre, llegué cuando la caravana estaba a punto de salir. Por fortuna, no fui el único y eso amainó un poco su molestia. El responsable de la empresa Quanax, nos entregó nuestros gafetes, cilindros y tazas. En la primera parada del viaje, comenzaron a servir cerveza y él dijo que prefería esperar hasta llegar al estacionamiento del Foro Sol y beber antes de ingresar. Por mi parte, hice caso omiso a sus advertencias sobre romper el ayuno con alcohol y empecé a tomar.

– Tú eres vegetariano y la cebada es nutritiva, sentencié.

Ya en el estacionamiento del Foro, Alberto bebió su primera cerveza y estoy seguro que yo llevaba al menos cuatro refiles. Mi amigo dijo que el disco de Natalia Lafourcade le servía como una especie de medicina. Que lo escuchaba todos los días y que le había servido para superar la ruptura con su novia. Pensé que era una cursilería sublime, pero me abstuve de comentarlo. Si bien no soy lo que llaman una buena persona, tampoco iba a arruinarle lo que parecía significar demasiado. Además, creo que pocas veces lo había visto tan seguro de sí mismo cuando miré su reflejo en la cubierta metálica del autobús.

Ingresamos al estadio a las dos de la tarde para ver el documental de Bunbury: El camino más largo. Como a mí no me gusta tanto, le dije que iría a dar una vuelta por el festival en lo que terminaba la proyección.

Para esa hora ya me moría de hambre y lo primero que compré fue una hamburguesa doble con papas. Después caminé alrededor de los locales de mercancía y vi un puesto de máscaras, así que no me resistí a comprar una. De esta manera pude jugarle una broma a Alberto y pasearme tres o cuatro veces cerca de él mientras contemplé su cara de desesperación al no verme llegar.

– Te pasas de agradable, refunfuñó.

A pesar de que siempre molesto a Alberto, el tipo tiene un cierto tipo de agallas de las que carezco. Dejó el cigarro y la carne. Puede llorar y conmoverse ante cosas por las que yo necesitaría al menos cuatro o cinco mezcales. Descree de quienes piensan que las vidas de los animales no son equiparables con las vidas humanas. Escucha atentamente, a pesar de no estar de acuerdo con otras personas. Piensa mucho antes de enunciar palabras.

Nos enfilamos hacia el escenario Indio para ver a Todos tus muertos. No esperaba mucho, pero debo decir a pesar de los años, siguen siendo una banda con una gran presencia en el escenario y conectaron muy bien con los pocos que nos animamos a verlos. Más tarde, Two Door Cinema Club, la única banda que sí me emocionaba ver, mató de aburrimiento a Alberto y antes de que terminara su presentación, nos movimos hacia el escenario Tecate para ver a Natalia Lafourcade. Él es una persona que pone mucho énfasis en las letras, mientras que yo prefiero la música.

A favor de Natalia Lafourcade debo decir que ha madurado en varios aspectos. Aún recuerdo lo mal que le fue cuando iniciaba su carrera y se presentó en el festival. Pero en esta ocasión, el recibimiento de la gente sacó lo mejor de ella y sus músicos. Las lágrimas de mi amigo no se hicieron esperar cuando tocaron “Hasta la raíz” y “Lo que construimos”. Alberto afirmó que pocas veces había contemplado un atardecer así en el DF. Lo único que pude hacer en ese momento fue guardar silencio.

Terminando la presentación de Natalia, nos fuimos a ver a Bunbury. No cabía ni un alfiler y aunque el tipo puede ser detestable en varias de sus acciones y palabras, tiene muchos seguidores. Alberto y yo nos emocionamos cuando escuchamos las canciones de Héroes del Silencio, pues recordamos el primer concierto al que fuimos juntos. El cierre con “La chispa adecuada”, no fue como en aquella ocasión, pero le dio un toque de nostalgia al recital.

Después fuimos a ver a Plastilina Mosh quienes, sin tener un disco en casi diez años, fueron capaces de poner a cantar a todos los que abarrotaron el escenario Tecate. Cerramos la noche escuchando algunas canciones de Los Auténticos Decadentes y bailamos un poco, aprovechando que él ya estaba medio entonado.

Caminamos hacia el autobús y llegar a nuestros lugares, se quedó dormido. Pocas veces recuerdo haberlo visto así, pero tras la catarsis, había un dejo de paz en su rostro. Dejé la máscara en la mochila y bajé a buscar un poco de comida. Al volver, contemplé su cabeza recostada en el vidrio. Mientras volvíamos a Puebla, pensé que después de todos estos años siendo amigos, hay un sentimiento oscuro que guardo hacia él: la envidia. Envidio profundamente su honestidad. Creo que hay mucha de ésta en las personas que buscan reponerse de los episodios amargos. A veces pienso que me gustaría ser más como él. ¿Y si no pudiera? Entonces, quizá necesite bastantes años de esta amistad. Aprender a escuchar la voz interior. Olvidar la rigidez o el miedo al ridículo. Si algún día lo consigo, puede que también me instale en el lugar privilegiado de los sinceros y logre dejar a un lado las máscaras; prescindir de los ejemplos.

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