Fat Camp

Por Daniella Blejer

Amaranta tenía una capacidad extraordinaria para atraer a los hombres. Su piel blanca olía a vainilla, su risa resonaba a kilómetros de distancia. Su pelo, una mata enorme de rizos colorados, la cubría hasta la cintura. Hordas de muchachos enloquecidos por el olor de su cuerpo y el sonsonete de su risa se acercaban a ella con la esperanza de obtener una cita. Amaranta era gorda. Muy gorda. Cuando más voluminosa y rebelde se puso; sus padres, que ya no sabían qué hacer con sus feromonas, la enviaron a una clínica para adelgazar en Estados Unidos, como si bajar de peso implicara la disminución de su cachondería.

El Fat Camp se encontraba en un bosque escondido entre las Rocky Mountains. En contraste con la belleza del paisaje, sus reglas simulaban las de las academias militares. A su llegada, los campistas eran sometidos a una revisión meticulosa; cualquier comida descubierta, fuera chatarra o no, era decomisada. Los campistas tenían prohibido salir de las instalaciones, recibir visitas o paquetes. Solo Amaranta, que para el amor siempre tenía ganas, consigue novio en un lugar así.

El programa de ejercicio iniciaba a las seis de la mañana con una silenciosa sesión de Taichí-kung seguida por una larga caminata en el bosque. Los campistas subían las lomas con dificultad, entre la densa respiración se alcanzaba escuchar el ocasional paso de las liebres y el canto de los mirlos. Se vieron por primera vez en aquel bosque; él caminaba con torpeza, como lo hacen los obesos. Amaranta miró los ojos azul-violeta de Kevin y notó que se relamía los labios al verla. Se fijó en los brazos regordetes, la protuberante panza, el ancho trasero; sonrió.

Después de la caminata, se daban un implacable baño de agua fría, la temperatura baja favorecía la circulación y la quema de calorías. Ella aún temblaba del frío en la cafetería cuando notó que la miraba. Comió el pescado a la plancha, las verduras hervidas y el pedazo de tofu que no sabía a nada. Se miraron de reojo durante el trabajo; en Fat Camp los obesos sembraban la tierra porque la cercanía con ella los alejaba de los pensamientos desbordados. Por las noches, los internos se reunían a escuchar música de relajación y a jugar dominó en un salón donde servían té de jazmín y galletas de arroz. Fue ahí donde Kevin y Amaranta tuvieron su primera conversación y ella lo sedujo con su olor a vainilla.

Durante una de las caminatas, se tomaron de la mano alejándose del grupo para internarse en el silencio del bosque. Al llegar a un claro se volcaron con torpeza uno sobre el otro. Comenzaron a besarse, los rizos salvajes de Amaranta envolvieron sus caras. Se quitaron la ropa para explorar la espesura de sus cuerpos, rodaron por el pasto alternando la carga de los pesos. Kevin sumergió la cabeza entre los pechos de Amaranta, pensó que podría pasar el resto de sus días inmerso en aquella suavidad. Con los roces y los tactos la sangre les volvió a circular y dejaron de sentir el aire frío de la montaña.

A la mitad del programa de adelgazamiento, aun pasados de peso, Amaranta y Kevin se fugaron del camp al poblado más cercano de la Cordillera Wind River. El primer día pasearon por los lugares turísticos del aburrido pueblo de Wyoming y comieron, bajo los efectos de la pasada abstinencia, las hamburguesas más jugosas del mundo. Las papas fritas parecían derretirse en su boca. De postre cada quien comió un brownie de chocolate con helado. Más tarde se fueron al cuarto del hotel donde se encamaron desde temprano.

Se quedaron dormidos hasta la tarde del siguiente día. Al despertar retomaron la pasión y volvieron a dormir toda la noche. Por la mañana ordenaron al cuarto costillas barbecue y cervezas. Ya borrachos cogieron por horas; los alaridos de placer de Amaranta molestaron a los huéspedes al grado que el personal de piso en turno tuvo que tocar la puerta para solicitar que bajaran el volumen. Amaranta abrió desnuda; el empleado, mudo ante las lechosas curvas ensuciadas de salsa barbecue se retiró asustado. Los amantes se carcajearon hasta quedar dormidos.

Despertaron al día siguiente de noche y con hambre, consideraron la posibilidad de salir pero estaban tan exhaustos que decidieron ordenar pizza y cervezas al cuarto. Esta vez copularon al ritmo furioso de un rap que pasaba por el canal de videos.

La orgía continuó in crescendo, al quinto día los oficiales del Fat Camp llegaron por Kevin y Amaranta al cuarto del hotel. Tocaron y tocaron pero nadie contestó, forzaron la cerradura para abrir la puerta. Adentro encontraron platos con restos de comida, pilas de botellas de cerveza, ropa tirada en el suelo, la televisión prendida, sábanas y cojines desperdigados. Al abrir la puerta del baño encontraron a Kevin sentado en un rincón, desnudo, con los ojos perturbados; abrió los labios para hablar pero no logró emitir ningún sonido. Los oficiales del Fat Camp declararon que el aliento de Kevin tenía un peculiar aroma, parecido al de la vainilla.

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