La muerte en Venecia, de Thomas Mann

Por María Florencia Viglianco

En términos de Bataille, desarrollados en su obra El erotismo, el humano es un ser discontinuo que anhela la continuidad perdida. La búsqueda de la continuidad es inherente al hombre. El erotismo, y la vida, son un movimiento entre la norma y su transgresión, que no la suprime sino que la reafirma. En este sentido, en La muerte en Venecia, se presenta a Aschenbach atraído por un niño, Tadzio, que se transforma en su objeto del deseo. Aún así, Aschenbach nunca transgredirá la prohibición que supone esa atracción.

Lo que diferencia al humano de los demás seres es la conciencia de esa discontinuidad. Sólo el hombre sabe que va a morir. Y que morirá solo. Como lo expresa Bataille “somos seres discontinuos, individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible; pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida” (19, 2010).

El erotismo, como deseo de fusión con el otro, es un deseo de continuidad, el deseo experimentado por Aschenbach de abandonar el ser aislado que es. En él, la aparición del impulso erótico hacia Tadzio puede ser controlado pero no puede suprimirlo. En este punto, el propio Aschenbach se impone la prohibición para poner en orden el surgimiento de los impulsos embriagadores, dionisíacos que lo invaden como así también la fascinación por el estado de continuidad.

Aschenbach se siente atraído y fascinado por las facciones y el cuerpo de Tadzio, pero a su vez él mismo, en raptos de conciencia, se impone la prohibición. En varios pasajes, percibimos cómo Aschenbach contempla encantado la belleza de Tadzio, pero nuevamente se reafirman las prohibiciones.

La intensidad del deseo que experimenta Aschenbach no logra llevarlo nunca a la transgresión sino a fortalecer lo prohibido, lo cual le produce una sensación de desazón:

Tenía que luchar contra una serie de vértigos que sólo en parte eran de origen físico y se presentaban acompañados por una creciente sensación de angustia, de absurdo irremediable y sin salida, que él mismo no sabía bien si referir al mundo exterior o a su propia existencia (118, 2006).

Aschenbach experimenta las consecuencias de la epidemia, pero en su interior crece la angustia por no poder poseer al objeto de su deseo. Retomamos las palabras de Bataille: “entre un ser y otro hay un abismo, hay una discontinuidad” (17, 2010). Ese abismo es el que se sitúa entre Aschenbach y Tadzio, no hay comunicación y ese abismo se hace más profundo. “Ese abismo es, en cierto sentido, la muerte”, como señala Bataille (17, 2010).

Aschenbach es consciente de la prohibición que recae sobre sus más fervientes deseos por el joven Tadzio. Por lo tanto, nunca lleva a cabo la transgresión. Es así como la prohibición y el deseo van aumentando su intensidad, a su vez, ese deseo se acrecienta como modo de alcanzar la muerte que tiene el sentido de la continuidad del ser. Tal como lo afirma Bataille:

La posesión del ser amado no significa la muerte, antes al contrario; pero la muerte se encuentra en la búsqueda de esa posesión. Si el amante no puede poseer al ser amado […] con frecuencia preferiría matarlo a perderlo. En otros casos desea su propia muerte (25, 2010).

Así, en consonancia con esta descripción que realiza el teórico francés, es pertinente ejemplificarla con un pasaje ilustrativo de La muerte en Venecia:

Aschenbach sentía, pues, un oscuro regocijo por lo que bajo el manto paliatorio de las autoridades estaba sucediendo en las callejas de Venecia, por ese perverso secreto de la ciudad que se fundía con el suyo propio, el más íntimo […] nada angustiaba más al enamorado que la posibilidad de que Tadzio se marchara, y no sin temor se daba cuenta de que, si esto ocurría, el no sabría ya cómo seguir viviendo (91).

Aschenbach experimenta la prohibición impuesta por su propia comprensión, y, de esta manera, logra evitar la transgresión. Como veremos en el final de La muerte en Venecia, cuando Tadzio estaba por partir, la prohibición sin transgresión da como resultado la muerte. En el siguiente fragmento transcurren los momentos finales de vida de Aschenbach,  mientras contempla por última vez a su amor secreto:

Tuvo la impresión de que el pálido y adorable psicagogo le sonreía a lo lejos, de que le hacía señas; como si, separando su mano de la cadera, le señalase un camino y lo empezara a guiar, etéreo, hacia una inmensidad cargada de promesas (121, 2006).

Bibliografía:

Bataille, Georges. El erotismo. Buenos Aires: Tusquets Editores, 2010.

Mann, Thomas. La muerte en Venecia. Buenos Aires: Edhasa, 2006.

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