Soy poeta que camina. Canto I

por Banju Petrikov

Canto I

Soy poeta que camina
que pasa a través de los miles de rostros,
atemporal perverso polimorfo

Soy la sustancia espesa que te asfixia
para abrirte la garganta y se adueña de tu voz

“Para qué escribe uno si no es para juntar sus pedazos”
Para qué escribo yo si no es para coleccionar los fragmentos de mí,                                                                                                                   en todos ustedes.
Realidad; gran mural de pequeñas esquirlas,
esquirlas de estruendos, resonancias, ecos.

Vibramos al encontrar nuestra palabra en otro,
el otro quien simula una realidad completa
única
íntegra
total.

La niñabonita de ojos y cabello verde
falsea un ente completo, abarcador.
sólo existe su vestido rojo con blanco
su pierna cruzada
sus muslos frescos.

Meto mi mano en su falda,
la promesa de la lozanía es pila de ceniza
me acaricia mientras se desmorona y acaba por difuminarse en la                                                                                                                                               calle.
Su esquirla, sin embargo, queda,
se une al mosaico,
resuena con otra:

Me pediste esperar
querías hablar conmigo,
que ibas rápido al baño y regresabas.
Entraste al salón, te quitaste el suéter escolar,
fuiste la baño a dos cosas:
a humedecer tus labios y poner tu brasier dentro de la mochila.
Fue halagador, incontenible la sonrisa de emoción y nervios,
lo había estando buscando, lo habías notado

Un juego en solitario
una caricia suave al corregirte
una sonrisa sincera, una mirada un poco más larga;
todo esto material para escribirlo llegando a casa
o detonar sensaciones en pláticas sosas,
ruptura lasciva, nunca parte de la realidad.

El día que decidí seguirte el juego fue un lunes,
el fin de semana había salido con Roberto
estábamos en un día de campo y nos besamos hasta hincharnos los labios
Sentí el deseo, el miedo, la sangre
Sentí su verga embarrándose en mi muslo
y cómo todo lo destruían sus dientes,
sus torpes dientes chocando una y otra y otra vez contra los míos.

Cuando intentaba poner tu rostro al cuerpo que besaba
eran sus manos que bajaban inseguras hacia mis nalgas,
las que me interrumpían.
Su tacto cobarde que pensaba que al hacer eso se acabaría su faje.

Hubiera dejado que se llevara mi virginidad,
era guapo, mayor, de bachillerato,
pero sin los huevos para tomarme ahí cuando yo se lo permitía.

Era lunes, y llevabas falda,
subiste los pies al guarda libros del asiento,
separaste las rodillas
presumiste tus muslos lisos, tus interiores blancos,
tuve que enterrar las uñas en el escritorio para no zambullir mi cara ahí.

Nos la pasábamos cogiendo y viendo caricaturas
eran tantas nuestras ganas de coger que hasta la fecha no puedo ver
Cartoon Network sin apretar un poco las piernas y recordar aquella vez cuando
sentada sobre tu boca
sentía tu lengua y labios chupar mi clítoris
se me torcían los pies y los enterraba en tu torso.
Apretaba entre mis rodillas tu cráneo y me invadía
la urgencia de morder mi cara, mi labio, mi mano, mi lengua.

Tu mano que me tomaba lujuriosa
encajaba sus dedos en mi nalga
hasta que uno se deslizó dentro de mi ano.

Después; sólo el hormigueo en mi cara
la inevitable orina en la tuya.

Caí de espaldas,
y me fui quedando dormida mientras un sabor ferroso
me iba llenando la boca la
garganta, la
nariz.

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