El arameo en sus labios, de Abdelmumin Aya

por Lo Hiancia Pez

Se cita a Jesucristo en los Evangelios (Jn 12, 47): “No he venido para juzgar al mundo sino para salvar al mundo”; salvar “lo que estaba perdido” (Mt 18, 11). La conclusión es lógica: hay que resguardaral mundo, de preferencia en un lugar santo, inmejorable si ese sitio es Dios. ¿Y cuál es el lugar de Dios? ¿Qué decimos si mentamos a Dios?

Los Evangelios que conocemos por tradición fueron traducidos del latín, que a su vez fueron convertidos del griego antiguo, entonces la lengua dominante. Los traductores originales no parece que fueran hablantes nativos ni experimentados del griego —de hecho, los pueblos semitas, entre ellos los judíos con quienes se crió Jesús, hablaban arameo— y debieron ser semitas quienes deseaban propagar las enseñanzas cristianas.

El arameo forma las palabras con base morfológica trilítera, raíces gramaticales que emparientan cada vocablo con una red conceptual que los enriquece: cuando alguien pronuncia una palabra evoca una multitud de significados, el suyo compuesto de asociaciones ideológicas determinadas por su forma. De ahí la complejidad extrema de una posible traducción, fallida siempre en alguna medida.

Por ejemplo, Abdelmumin Aya, para explicar el arameo țeshboḥtā—traducible como ‘glorificación’— comienza por afirmar que se trata de la realización de la shūḇḥā, cuya raíz SH–B–H tiene las acepciones de ‘honrar, alabar, dar gloria’; sin embargo, aclara en una nota respecto de la comprensión contemporánea de estos conceptos, en el contexto del estudio del Corán: “No nos resulta significativa la traducción del término subbhâncomo «alabanza»; ante todo, porque en árabe con lo primero que se relaciona el término de la trilítera S–B–H es con «nadar» (sabaha) […] Las montañas, por poner un caso que aparece en el Corán, muestran la plenitud de su ser de montaña para no hundirse en la inexistencia, sin que tenga otro modo de hacerlo que este subbhâna Allâh. Nos inclinaríamos por traducir en este contexto el verbo árabe sabbaha por «fluir en Allâh» mucho más que por el simplificado «alabar»”.

Así, una traducción más cercana a su original en arameo de los versículos citados al inicio de esta reseña, sería ésta: “No he venido para juzgar al mundo sino para dar vida al mundo”. Dar vida, exclusivamente, a “lo que estaba muerto”. Agrega Aya: “En realidad, la salvación que promete Jesús al que escucha la Palabra de Dios es la Vida… o la vida; con minúsculas o con mayúsculas, ya que Jesús no diferenciaba la Vida en Dios de lo que conocemos en nuestro lenguaje coloquial como vida: o se vive o no se vive, y si se vive es porque se vive en Dios”.

Nacido español, Vicente Haya es conocido como niponólogo, experto en haikus y traductor de poesía japonesa. Convertido musulmán, tomó el nombre con que firma sus estudios sobre islamología, entre ellos El secreto de Muhammad: la experiencia chamánica del profeta del Islâm, El Islâm no es lo que crees e Islâm sin Dios. Doctor en filosofía por la Universidad de Sevilla donde coordina el Master de Religiones de las Tres Culturas,y profesor por cuatro años en la Universidad Islámica Averroes de Córdoba, es especialista en diálogo interreligioso e intercultural. (“Todo verdadero diálogo tiene más de esfuerzo —de ӱihad, en el sentido literal— que de gozo y consuelo; pero los frutos son siempre exuberantes.”)

El arameo en sus labios es un paso más en el afán de Aya por impulsar el concilio entre musulmanes y cristianos; según el erudito, los primeros deben “aceptar la veracidad de las palabras de Jesús que no aparecen en el Corán”, mientras los segundos han de esforzarse por abandonar los conceptos desvirtuados por no provenir de sus originales en arameo; lo que por supuesto, se vislumbra imposible en ambos mundos. En especial, los cristianos deberían lidiar con el derrumbe de nociones vitales en su formación convencional: “En arameo no existe la palabra salvación, ni salvar, ni salvador.” Ni muchos otros términos que aparecen en el Nuevo Testamento que circula.

En su ӱihad, Abdelmumin Aya acude a la Pshīṭtā, la versión aramea de la Biblia completa desde los años 615–616, todavía usada en nuestros días por las Iglesias cristianas orientales de rito siríaco. En El arameo en sus labios traduce y comenta un puñado de palabras (entre ellas Dios, misericordia, mundo, bendición, amor), un libro que se antoja demasiado breve (acaso más que el subtítulo: Saborear los cuatro evangelios en la lengua de Jesús),donde hallará el incrédulo las semillas de una sabiduría antigua que poco tendría que ver con lo sobrenatural si los creyentes no se la arrogaran para una mística que, por lo visto comúnmente —volteemos un poco a la historia y al presente— se desvirtúa hasta el delirio. Cualquier lector atento disfruta una exposición filológica inteligente y placentera.

 Abdelmumin Aya, El arameo en sus labios, Fragmenta Editorial, 144

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