Fortuna, de William Kentridge - Fotografía por Victoria Sandoval

Esencia de la creación: Fortuna, de William Kentridge, en el Museo Amparo

Fortuna, de William Kentridge - Fotografía por Victoria Sandoval
Fortuna, de William Kentridge – Fotografía por Victoria Sandoval

por José Luis Dávila

Los museos son espacio de espacios. Todo aquél que ha experimentado un museo, el mismo museo, más de una vez, lo sabe. El museo es un lugar que adquiere significado a través del uso del espacio, y esto influye decisivamente en la recepción que tendrán los espectadores de las piezas que se presenten dentro de él. En todo caso, el museo es un marco para la obra, un marco moldeable, dúctil; sin embargo, no hay muchos que lo sepan moldear, y menos con resultados como el de la muestra Fortuna, de William Kentridge, en el Museo Amparo.

Desde hace quince años William Kentridge ha cobrado fuerza como uno de los artistas más influyentes a nivel mundial, sobre todo porque su trabajo es una propuesta constante, pese a que parte de una reflexión marcadamente política y social, logrando obras polisémicas de gran valor. Con Fortuna, Kentridge nos da a conocer su visión sobre cómo la creatividad se encuentra siempre en movimiento, siempre cambiante, siempre viva y pasional, pero dirigida, pensada y coherente. Para él, el arte se construye con la simbiosis de lo planeado y lo fortuito, porque precisamente en ello reside la fuerza de la percepción: cualquier obra de arte es planeada pero en el camino, las circunstancias en las que se desarrolla su producción afectan al resultado final. Todas las piezas que componen Fortuna son proceso y producto en sí mismas, muestran paso a paso su esencia sin tener que explicitarla, basta con pararse un poco a pensar en ellas, observarlas con atención, para conocerlas; conocerlas y no entenderlas, pues el entendimiento les arrebataría fragmentos de sí, sobre todo en cuanto a la capacidad de ser sentidas e interpretadas.

Asimismo, Fortuna está íntimamente ligada al trabajo curatorial de Lilian Tone, quien se ha encargado tan bien de ella, que desde la entrada podemos sentir que hacemos un recorrido por el proceso mismo del cual estamos hablando. El espacio del Museo Amparo ha sido adaptado en muchas ocasiones para recibir exposiciones de esta magnitud, pero pocas veces podemos ver un trabajo impecable como el de Tone. Al tiempo que las piezas de Kentridge son motivo para quedarse horas ante ellas, el espacio usado narrativamente compone el lugar adecuado para ir de un lado a otro sin perder detalles y siempre encontrando nuevas miradas en cada visita que se haga. Esto último es importante; Fortuna es una de esas exposiciones que en su disposición y contenido pueden ocupar días para ser contempladas a conciencia, todo depende de lo que uno esté buscando como espectador.

Con todo esto, la exposición, podemos decir, es una reconfiguración en proceso, no porque esté incompleta, sino porque ella misma se observa desde el pensamiento estético de William Kentridge, donde toda pieza está evolucionando para llegar a una forma final en el aspecto material pero nunca de forma simbólica o reflexiva. Fortuna es imperdible para descubrir el arte en su misma materia: la creación constante, creación que se impone en todos los aspectos que la rodean.

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