Referéndum en Grecia - Imagen pública

Cómo votaría en el referéndum griego

Manifestación por referéndum - Imagen pública
Manifestación por referéndum – Imagen pública

por Joseph Stiglitz

(publicado en The Guardian el 29 de junio de 2015)*

El creciente aumento de disputas y acritudes dentro de Europa pueden parecerle a los extraños el inevitable resultado del amargo juego final entre Grecia y sus acreedores. De hecho, los líderes europeos finalmente están comenzando a revelar la verdadera naturaleza de la disputa actual de la deuda, y la respuesta no es nada agradable: tiene mucho más que ver con poder y democracia que con dinero y economía.

Por supuesto, las políticas financieras que yacen tras el programa que “la troika” (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional) endilgó a Grecia hace cinco años han sido espantosas, resultando en un declive del 25% del PIB. No puedo pensar en ninguna crisis que haya sido tan deliberada y tenido consecuencias tan catastróficas; por ejemplo, la tasa de desempleo juvenil en Grecia es ahora de más del 60%.

Es alarmante que la troika haya rechazado aceptar responsabilidad por nada de esto o admitir qué tan malos han sido sus pronósticos y modelos. Pero lo que es aún más sorprendente, es que los líderes de Europa ni siquiera han aprendido. La troika aún demanda que Grecia alcance un superávit primario de su presupuesto (excluyendo el pago de intereses) de 3.5% de su PIB para 2018.

Economistas de todo el mundo han declarado ese objetivo como punitivo, porque aspirar a ello resultará de manera inevitable en una recesión aún más profunda. Por supuesto, incluso si la deuda griega se reestructura más allá de lo imaginable, el país permanecerá en crisis si los votantes se encomiendan al objetivo de la troika en el referéndum a llevarse a cabo este fin de semana.

En términos de transformar un gran déficit primario en un superávit, pocos países han logrado algo como lo que los griegos han conseguido en los últimos cinco años. Y, aunque el costo en términos de sufrimiento humano ha sido extremadamente alto, las recientes propuestas del gobierno heleno recorrieron un largo camino para satisfacer las demandas de sus acreedores.

Debemos ser claros: En realidad, casi nada de la gran cantidad de dinero prestada a Grecia ha parado ahí. Ha servido para pagarle a acreedores del sector privado, incluyendo bancos alemanes y franceses. Grecia no ha obtenido más que una miseria, pero ha pagado un precio alto para preservar los sistemas bancarios de estos países. El FMI y los otros acreedores “oficiales” no necesitan el dinero que demandan. Bajo un esquema usual de negocio, lo más probable es que el dinero recibido sólo serviría para prestárselo otra vez a Grecia.

Pero, otra vez, no es acerca del dinero. Es acerca de utilizar “vencimientos” para forzar a Grecia a doblegarse, y a aceptar lo inaceptable –no solamente medidas de austeridad, sino otras políticas punitivas y regresivas.

Alexis Tsipras - Imagen pública
Alexis Tsipras – Imagen pública

Pero, ¿por qué Europa haría esto? ¿Por qué los líderes de la Unión Europea están en contra del referéndum e incluso se niegan a extender por sólo unos días el vencimiento del 30 de junio para el siguiente pago de Grecia al FMI? ¿No se supone que todo en Europa es acerca de la democracia?

En enero, los ciudadanos griegos votaron por un gobierno comprometido con poner fin a la austeridad. Si el gobierno estuviese limitándose simplemente a cumplir con sus promesas de campaña, ya habría rechazado la propuesta. Pero quiso darle a los griegos la oportunidad de involucrarse en esta cuestión, tan crítica para el bienestar futuro de su país.

Esa preocupación por la legitimidad popular es incompatible con la política de la eurozona, la cual nunca fue un proyecto muy democrático. La mayoría de los gobiernos de sus miembros no buscaron el beneplácito de su pueblo para abdicar su soberanía monetaria en favor del BCE. Cuando el de Suecia lo hizo, los suecos dijeron no. Comprendieron que el desempleo se elevaría si la política monetaria del país fuese establecida por un banco central que se enfocase únicamente en la inflación (y que tampoco habría atención suficiente a la estabilidad financiera). La economía sufriría, porque el modelo económico que subyace a la eurozona está basado en relaciones de poder y trabajadores en desventaja.

Y de manera bastante certera, lo que estamos viendo ahora, 16 años después de que la eurozona institucionalizó esas relaciones, es la antítesis de la democracia: muchos líderes europeos quieren ver el fin del gobierno de izquierda del primer ministro Alexis Tsipras. Después de todo, es extremadamente inconveniente tener en Grecia a un gobierno que está tan opuesto al tipo de políticas que han hecho tanto por el incremento de la desigualdad en muchos países avanzados, y que está tan comprometido con obstruir el desenfrenado poder de la riqueza. Parecen creer que pueden, eventualmente, derrocar al gobierno griego amedrentándolo para que acepte un acuerdo que contraviene su mandato.

Referéndum en Grecia - Imagen pública
Referéndum en Grecia – Imagen pública

Es difícil aconsejar a los griegos sobre cómo votar el 5 de julio. Ninguna alternativa –aceptación o rechazo de los términos de la troika– será fácil, y ambas conllevan grandes riesgos. Votar “sí” significaría prácticamente crisis sin fin. Quizás un país mermado –uno que ha vendido todos sus activos y cuya brillante población juvenil ha emigrado– podría finalmente obtener el perdón de su deuda; quizás, habiéndose encogido en una economía de ingreso medio, Grecia podría finalmente obtener ayuda del Banco Mundial. Todo esto podría pasar en la siguiente década, o quizás en la década después de ésta.

En contraste, votar “no” supondría al menos la posibilidad de que Grecia, con su sólida tradición democrática, podría aferrarse a su destino con sus propias manos. Los griegos podrían ganar la oportunidad de moldear un futuro que, aunque quizás no tan próspero como el pasado, sea mucho más esperanzador que la excesiva tortura del presente.

Yo sé cómo votaría.

Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel en economía, es profesor universitario en la Universidad de Columbia.

Link al artículo original en inglés.

*Traducción de Alejandro Vázquez

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