Fin

Playa - Imagen Pública
Playa – Imagen Pública

Por María Mañogil

Estuve en la playa, me senté sobre la fría arena y recorrí con mis manos toda la superficie que fui capaz de alcanzar sin tener que arrastrar mi cuerpo por aquella capa suave y amarillenta que me quemaba hace seis meses; ahora se había convertido en una lápida semi rígida hecha de minúsculos cristales húmedos y cuna mortal de cualquier atrevido que osara dormir sobre ella, al caer la noche.

La brisa que se movía alrededor de ella ni siquiera fue capaz de levantar uno de aquellos cristales, al menos en el lugar que yo elegí y adopté como mi hogar por unas horas. No se atrevió.

A lo lejos vi a un perro correr mientras su amigo humano le lanzaba una pelota que se dirigía hacia mí, pero que segundos antes de llegar a rozarme se detuvo como si un simple objeto tuviera la capacidad de pensamiento para temer a una mujer que mas que jugando con la arena estaba muriendo sobre ella. Quizás el objeto no me temía, sólo intentó respetar mi soledad en medio de aquel paisaje, como sacado del dibujo de un calendario representando al mes de enero en una ciudad de costa.

Cuando la pelota se detuvo a menos de un metro de mis pies, el perro que corría tras ella también lo hizo. El movimiento de su cola y la expresión de su mirada me aseguró que su actitud era amigable y aunque por un instante se relamió y giró  la cabeza buscando a su amigo, en un gesto de desconfianza, cuando tendí mi mano hacia a él para que la olisqueara se acercó de inmediato a saludarme y dejó que lo acariciara. Su amigo, desde lejos, lo llamó con un silbido y antes de recoger la pelota y salir corriendo hacia él, se quedó unos segundos mirándome y entendí que sus palabras, si hubiera podido pronunciarlas, habrían sido algo parecido a : lo siento, debo irme.

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Pasé por mi cara la mano con la que acaricié la suya para que su olor impregnara la parte de mí que quedó vacía mientras lo vi alejarse y a continuación tomé con ella un puñado de arena y lo dejé caer sobre mis piernas. Sólo entonces me percaté de que estaban desnudas, al sentir el frío punzante de los pequeños cristales clavándose en mis rodillas. Repetí la operación tres o cuatro veces, hasta que mis pies quedaron enterrados y dejé de sentirlos helados.

Después me tumbé boca arriba y mientras contemplaba un cielo azul grisáceo seguí jugando con la arena, acariciándola, arrastrándola y derramándola sobre mis piernas. No sé en que momento me quedé dormida porque no recuerdo haber notado esa sensación tan agradable de cuando estoy en la cama y llega el momento en que la conciencia y el submundo de los sueños se mezclan y el mayor deseo que tengo es que ese momento no se acabe nunca. Es ese estado en el que no estoy ni dormida ni despierta, sino todo lo contrario. Es ese instante que dura tan poco, pero por el que pasan tantas imágenes a la vez que no puedo distinguir si son reales, imaginarias o simples fotografías tomadas desde un ángulo que no pertenece a este mundo, al menos al mundo que conocemos y desde el cual dibujamos, escribimos o  aprendemos.

Entiendo que en la mayoría de técnicas de estudio aconsejen estudiar por la noche, justo antes de dormir y no por la mañana antes del examen. No sé mucho sobre las fases del sueño, pero estoy segura que es en esa precisamente donde se esconden las respuestas a todas las preguntas del universo.

Deseé con todas mis fuerzas que me venciera el sueño para poder hacer ese breve viaje allí mismo, en aquella playa, y que aunque sólo fuese por un instante y las olvidara segundos después, encontrara las respuestas que necesitaba sobre todo lo que había vivido en el último año, en mi infancia o en la mitad de lo que se supone debería durar mi vida. Pero ese deseo no se cumplió porque seguí despierta, jugando con la arena que se humedecía cada vez más.

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Me levanté de repente cuando las primeras gotas de lluvia me golpearon los párpados y busqué al perro con su pelota en un intento idiota de que volviera corriendo hacia mí para dejar que lo acariciara de nuevo, pero allí ya no había nadie. Estaba sola en aquella playa.

Era primeros de enero. ¿Qué clase de loco puede tumbarse sobre la arena de una playa en un día nublado pretendiendo dormir sin morirse de frío?

Volví a arrastrar mis manos por el suelo de mi improvisado lecho y las llené de aquella especie de barro e intenté volcarlo de nuevo sobre mis piernas, pero sólo conseguí mancharlas de un hilo de pasta de color negruzco y el resto que quedó pegado entre mis dedos lo deslicé por mi pelo, alborotándolo. Sólo entonces me di cuenta de que seguía intacto, que no se había movido con el viento, que no lo noté sobre mis ojos ni sobre mi boca a pesar de que lo llevaba suelto. Que había permanecido quieto todo el tiempo antes de que empezara a llover, no así como los demás días del año en que la más ligera brisa hace que mi cabello se convierta en una máscara que tengo que ir apartando para poder mostrar mi rostro ante los demás.

Ese día nada se movió a mi alrededor. Nada se atrevió a tocarme porque yo ya no existía para nadie. Quizás ni siquiera el humano que pasó por allí me vio.

Cuando minutos más tarde dejó de llover, la único que sentí mojado fueron mis pies; el resto de mi cuerpo y también mi vestido, arromangado hasta la cintura, permanecía seco. Incluso en mi pelo no quedaban restos de esa especie de barro. Excepto en el pequeño espacio que dormitaba húmedo debajo de mí, en el resto de la playa la arena seguía estando seca, con ese color amarillento y brillante, más propio de los meses de verano que de primeros de enero.

Me agaché para tocarla y sentí cada uno de los millones de los microscópicos cristales que la formaban.

La dejé caer, esta vez sobre el suelo y comencé a caminar. Sólo entonces pude ver unas huellas de perro que se volvían pequeñas a lo lejos cuando miraba hacia atrás. Las mías no estaban.

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