Cincuenta sombras a la basura

E. L. James - Imagen Pública
E. L. James – Imagen Pública

Por E. J. Valdés

Fifty Shades of Grey no es un libro malo… es un libro malísimo. No exagero cuando digo que es una de las peores porquerías que he leído en la vida, y que cuando llegué a la última página sentí que había perdido toda la dignidad que podía poseer como lector pero, cual cordero que quita el pecado del mundo, me di a la tarea de recorrer sus horripilantes páginas para que ustedes, y todos los internautas que lleguen a esta reseña no tengan que hacerlo nunca.

La novela fue concebida alrededor del año 2010 por Erika Leonard James, una señora cuarentona que trabajaba en una emisora de televisión regional de Inglaterra y quien, sin experiencia alguna en el ámbito literario (pienso que también sin ser lectora asidua), se dio a la tarea de escribir una ficción derivada de la trilogía Twilight, de Stephenie Meyer. Los personajes principales: Bella Swan y Edward Cullen eran una tímida estudiante de literatura y un joven y acaudalado magnate, respectivamente. Quienes emprendían un romance igual de superficial y anticlimático que en los libros originales, con el “valor agregado” de que esta encarnación de Edward tenía una ridícula fijación por el BDSM.

Una vez que Leonard completó su historia la dividió en tres partes (de manera muy aleatoria, presumo, dado el final de la primera novela) y cambió las identidades de los personajes por Anastasia Steele y Christian Grey, por aquello de los derechos de autor. Esta trilogía cuasi-improvisada comenzó a difundirse en 2011 a través de un portal para escritores amateur de Australia que permitía a sus usuarios comprar los textos en formato electrónico o impreso bajo pedido. Y estas novelas tan bobas y mal escritas tuvieron tal éxito que en 2012 Vintage Books, del Reino Unido, compra los derechos e imprime millones de libros que se venden por todo el mundo en ocho idiomas distintos.

50 sombras de Grey - Imagen pública
50 sombras de Grey – Imagen pública

Esto me resulta más inexplicable que sorprendente, pues lo primero que salta al momento de leerlos es la pobreza de su prosa, saturada de descripciones tan exageradas como innecesarias, metáforas absurdas como que el sexo “es como bailar merengue con movimientos de salsa” o comparar un orgasmo con el ciclo de una lavadora (en serio), pasajes de relleno, diálogos que no van a ninguna parte y tal cantidad de huecos e inconsistencias que uno se pregunta si el texto de verdad pasó por un corrector de estilo (y si así fue, merece el infierno).

Lo segundo que se percibe al leer esto es que la autora quiso hacer una copia al carbón de Twilight; la chica insegura que se enamora de un hombre ridículamente perfecto que, casual e inexplicablemente, corresponde sus afectos al mismo tiempo que le advierte se aleje de él pues oculta una obscura y peligrosa realidad. Lo único que le falta a Anastasia Steele para ser Bella Swan es llamarse Bella Swan, y uno se pregunta constantemente en qué momento se nos revelará que Christian Grey es un vampiro que brilla a la luz del sol. No exagero. Pero eso no es todo: así como Bella y Edward tienen a su manzana de la discordia étnicamente distinta (Jacob, el hombre-lobo nativo americano), Anastasia y Christian tienen a José Rodríguez, un moreno y musculoso fotógrafo mexicano que habla como si estuviera cortando fruta en el campo tejano:

—“Ay, Dios mío, Ana, I’m so sorry”.

Y yo, que también leí Twilight para la salvación de todos los lectores, les puedo decir una cosa: este libro es exponencialmente más absurdo y literariamente hueco que aquél que lo inspiró. Todo lo que se dice sobre su contenido explícito y “erótico” no son sino exageraciones de señoras y chicas de secundaria que nunca han tenido novio; los encuentros sexuales apenas rayan en el porno barato, y las situaciones que llevan a ellos son tan sosas y burdas que hacen ver a Moteles de la Roma, vol. 3 como La Lista de Schindler.

50 sombras de Grey - Imagen pública
50 sombras de Grey – Imagen pública

El problema número uno de la novela es Anastasia Steele y el número dos Christian Grey; ella se siente fea y ordinaria pese a describirse tan atractiva que todos los hombres del libro andan tras de ella, incluyendo al hermano de su jefe que estudia en Princeton (pues en este mundo todos son pudientes y exitosos); él, a sus veintisiete años, es el dueño único de un emporio billonario donde trabajan solamente afroditas y adonis; ella no acepta regalos porque la hacen sentir “barata” y por eso considera la laptop y los libros de colección que le envía Christian “préstamos indefinidos”; él tiene una “habitación roja del dolor” con cadenas y parafernalia bondage en un apartamento al que su madre entra libremente; ella encuentra muy normal —casi heroico— amanecer en la cama de un hombre que la sacó ebria de un bar a donde la siguió rastreando su celular; él advierte a la chica que quiere conquistar que él no hace el amor, que él “coge, y duro”; ella es una chica de veintitrés años que no sabe que existen los sueños eróticos y que la noche que pierde su virginidad se comporta como una (disque) diosa del sexo; él es el “dominante” en una relación masoquista pero hace todo lo que Anastasia le dice, al grado de estar a su merced; ella, en pleno siglo XXI, se comunica con él por correo electrónico pese a tener el número de su celular; él exige que ella firme un contrato de confidencialidad sobre la naturaleza de la relación donde le especifica qué vestir y qué comer… Podría seguir contando todo lo que está mal con este libro durante páginas, pero estoy seguro que tienen cosas mejores que hacer.

En serio, no lean esta basura ni vean la película que, según he sabido, es igual de mala y trae una banda sonora que hace llorar al niño Dios. Créanme cuando les digo que con gusto quemaría la copia que me obsequiaron del libro de no ser porque la contaminación generada abriría un nuevo agujero en la capa de ozono. Eso sí: si algún día me topo a la autora le escupiré en la cara sin titubear, y habrán de darme los premios Nobel de literatura y de la paz por ello. Simultáneamente.

Postdata del horror: En 2012, E.L. James ganó los premios de ficción popular y libro del año en los National Book Awards del Reino Unido. También en 2012 Publishers Weekly la nombró autora del año. Hemos fracasado como especie.

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2 comentarios en “Cincuenta sombras a la basura”

  1. En primer lugar: un libro no se escribe para agradar a todo ser humano. Para gustos los colores, yo he leído toda la trilogía y he visto la película y me parece que es una historia que podría pasar perfectamente en la vida real, porque la relación amo/sumisa existe de verdad y es una elección sexual válida igual que las demás.
    Yo también podría decir que si me encuentro con el autor de esta columna le escupiría en la cara, pero no lo hago porque sería una falta de respeto.
    Esta mujer ha hecho el libro porque le gusta escribir, igual que a ti.
    No puedes ir por ahí diciendo lo que la gente tiene o no que leer
    La gente leerá lo que le guste y si no le gusta no lo leerá.

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