Carta - Imagen Pública

A ti

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por María Mañogil

Gracias por haberte quedado conmigo y no haber salido espantado como hicieron los demás.

Gracias por no haber sentido miedo al escuchar la palabra prohibida, esa a la que todos temen porque creen, en su ignorancia, que se van a contagiar, que su sonido puede envolverlos en ella, en lo que ella invoca. Porque ella es una diosa vestida de blanco, bella como una flor blanca envenenada.

Ellos lloran en silencio porque creen que sus lágrimas pueden limpiarlo todo, como el suero que limpia los restos de sangre adheridos a la piel, como el fuego que convierte en humo y aparenta eliminar todo lo que se niegan a ver.

Y barren las cenizas mientras van lentamente inhalando el aire, ahora mezclado con lo que quieren apartar de sus vidas: el miedo.

Ahora piensan que no existe porque ya no lo ven; está dentro de cada ser que habita el mundo en el que ellos morirán igual que nosotros morimos ayer.

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No les culpo. Ellos creen que si no escuchan vivirán eternamente.

Gracias por haber respirado de cerca, por haber tragado de mi aliento las palabras, por no haberlas expulsado, por no haberlas quemado, por no haber salido huyendo.

Por permanecer a mi lado con los ojos abiertos, contemplando mi silencio mientras no pude hablar, por haber comprendido mi miedo y por haberme hecho sentir el tuyo.

Gracias por no haber enmudecido y por haber tenido el valor de preguntar lo que nadie más quiso saber, por temor a escuchar, por no hacerme hablar, por no lastimarme.

A ti, que entendiste que la verdad sólo duele cuando se calla.

A ti, que sabes quien eres porque nadie más que tú pudo ser.

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A ti te agradezco que me ayudaras a rasgar el velo de la diosa, blanco, inmaculado, para sumergirlo en la sangre envenenada que nadie más se atrevió a tocar.

Ellos quemaron todo y extendieron su mano para ayudarme, desde lejos, con los ojos cerrados.

Tu mano fue la única que sentí sobre la mía manchada de sangre, mientras el resto del mundo se iba alejando, mientras yo escuchaba su llanto.

A ellos nunca los he culpado; son débiles.

A ti, te amo.

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