Amado Nervo - Imagen pública

Damiana y El mago

Amado Nervo - Imagen pública
Amado Nervo – Imagen pública

por Marcos Solache

IX- Damiana se casa

La colección de “Los Jardines Interiores”, incluye una serie, entre segmento premonitorio autobiográfico, y narración poética sobre un amor ficticio mal logrado, llamada “Damiana”.

Lo cierto es que los poemas que giran alrededor de esta figura femenina, son un viaje completo en la experiencia del amar, con el sentido positivo de sobreponerse a la culminación mal lograda.

Sobre la vida personal, y más precisamente, amorosa, de Amado Nervo; sabemos que para estos años, me refiero a la publicación de “Los Jardines Interiores”, en 1905,  estaba apenas comenzando el idilio junto Ana Cecilia.

Curioso es, que esta serie parece una premonición a lo que viviría con Margarita, la hija de Dailliez.

Escribo lo anterior, tratando de prever el acto de solvente locura, que Amado Nervoen años posteriores, después de la repentina muerte de Ana, le proponga a Margarita, cumplidos apenas sus 18 años, que contraigan matrimonio.

Fue Margarita, presagio en Damiana; no lo podemos precisar justamente, quizá simplemente esto es parte de la imaginación y creación del poeta.

Al final de este triste paso, como muchos otros, seguramente, la sangre cumplió los cuidados que le brindó la familia Nervo a la hija de Larguillier, y termina por contraer nupcias con un sobrino del Nayarita.

Hube que haber escrito todo lo anterior, porque en lo personal encuentro en “Damiana”, una narración directa, leal y sincera, de este acontecimiento en la vida futura de Amado.

El noveno poema, intitulado: “Damiana se casa”, está dividido en dos secciones.

La primera la conforman las tres estrofas iniciales, y la segunda las últimas dos.

 

La primera sección, muy claramente, enmarca una serie de tres aparejos en la boda, aún no consumada: el ramo, la iluminación en el altar, y la bendición nupcial.

Las tres son cambiadas por el autor, por moneda de dolor.

 

El ramo no será esa flor, predilecta por muchos poetas, el azahar; sino los amargos pensares y desdichas.

 

            Con mis amargos pensares

            y con mis desdichas todas

            haré tu ramo de bodas,

            (…)

 

La iluminación que abrillantará los semblantes en los novios, no será del fuego que sostiene la parafina; sino los ojos velados y angustiosos.

 

            (…), serán dos mustias

            antorchas para tu altar.

            (…)

 

Si esto no fuera poco, para el momento cúspide de la unión, que es la bendición, el presbítero echará mano del agua bendita, que no será simple compuesto aguado; sino el llanto de la cuita que sin tregua brota en el poeta.

 

            (…)

            tu frente pura ungirá

            como con agua bendita.

            (…)

Toda la primera parte, comprendida en las primeras tres estrofas, se anticipa en tiempo, a la consumación de la boda; por lo tanto, y como se espera, la segunda parte se lleva acabo en tiempo, unos minutos antes de que Dios bendiga esta unión.

 

La segunda sección cuenta con dos estrofas, acomodadas a modo de diálogo, bien respetados los tiempos de intervención alternados de cada uno.

 

La primera estrofa de esta segunda parte, abre con la voz de Damiana, tratando de detener la serie de reproches en pena del poeta.

 

            (…)

            -Señor, no penes tu ceño

            me duele como un reproche.

            (…)

 

Ante esto, súbitamente, la voz del bardo, cambia la temática de la conversación, y exclama por el aspecto de la novia.

 

La respuesta con la que termina esta estrofa, es interesante porque parece que deja el espacio para creer. que la novia ha vivido una noche cautiva del amor.

 

            (…)

            -Es que pasé mala noche:

            el amor me quita el sueño.

            (…)

 

 Un amor que se insinúa subliminal hacia el poeta.

 

 

La última estrofa de esta segunda parte, continúa y termina con el encuentro conversacional entre la Damiana y el poeta.

 

Interesante es que los dos primeros versos estén espaciados a modo vertical, conformando una conversación frontal.

 

            (…)

            -¡Y te vas!…

                                   -Me voy, es tarde,

            (…)

 

 

Lo que prosigue esta última estrofa, es la despedida completa de Damiana, excusada en que el templo arde a la espera de su llegada.

A esto no podían faltar los buenos, pero quizás hipócritas deseos de ambos; tal vez más evidente el mal sentimiento por parte del poeta.

 

            (…). ¡Tu mal mitiga,

            señor, y Dios te bendiga!

            (…)

 

A lo que el poeta responde.

 

            (…)

            -Damiana, que Dios te guarde…

 

 

Atrasando un poco en perspectiva temporal, este poema, cabe decirse que el poeta estuvo desesperado en letra, por el amor de Damiana.

 

Y adelantando la perspectiva, se debe decir, que después de esta despedida, se sabe que ella lo busca arrepentida, rogando de vuelta su interés.

 

A lo que el poeta, orgulloso y soberbio, como no dudo, haya sido la personalidad de Nervo, se niega rotunda y felizmente, porque ha hallado algo mucho más grande, abolir su ego, y encontrarse plenamente.

Amado Nervo - Imagen pública
Amado Nervo – Imagen pública

I-El Mago

Para terminar estos breves comentarios sobre algunos poemas de la obra “Los Jardines Interiores”, escribiré acerca de uno que conforma la tercia con la que finaliza el poemario.

 

 Esta última sección del libro orbita con un mensaje diverso: “El Mago, El Retorno y Condenación del Libro”.

 

Estos tres últimos poemas no son seriados, ni aluden a la temática de la médula que conforma “Los Jardines Interiores”.

 

Aunque podría decir que el tema general de éstos, es la poesía; su presencia, continuidad y futuro en el mundo humano.

 

 

En el preciso caso de “El Mago”; este ser mágico, camaleónico, omnipresente en todo lugar que el poeta considera poético, sea como forma o simple presencia, que aparece con fuerza y belleza, no puede ser otro más que el Verso.

 

Presencia enigmática que guiará toda la composición, y no será, sino hasta el final, que revele su identidad.

 

 

Sobre la división de este poema, podemos decir que está conformado por dos partes; la primera, la más sustancial y diversa, se cimienta en las tres estrofas iniciales, que se encadenan a los dos primeros versos de la cuarta estrofa.

 

De manera súbita, aunque sin un quiebre significativo, la segunda parte la conforman los últimos dos versos de la cuarta estrofa.

 

 

La primera parte, con un estilo egocéntrico muy bien subrayado, enumera diversas presentaciones.

Para ser exactos, son siete apariciones que lapidan con un sonoro “Yo”.

La primera estrofa de esta primera parte, es muy sólida y física, al enmarcarse entre mamíferos y aves.

            Yo marcho,

            y un tropel de corceles piafadores

            (…)

                                               Yo vuelo,

            y me sigue un enjambre de cóndores

            (…)

 

Dos detalles aquí: la primera, y muy interesante, es el desfasamiento que da a la segunda parte, trasladando a margen contrapuesto el segundo “Yo”.

La segunda, es la sensación mutante que provoca la palabra enjambre unida a cóndores; vocablo en su primera acepción relacionado con las abejas, aunque en su segunda, a cualquier conjunto de animales o personas.

 

Estos detalles, como es de esperarse en un poeta entrado en la mitad de su treintena, nos muestran directamente el cuidado y precisión que coloca en cada palabra y espacio.

 

 

La segunda estrofa de esta primera parte, vuelve la presencia del protagonista más suave, y convierte al Verso en viento que toca en la frondosa selva y florestal.

 

            (…)

            Yo canto,

            (…)

            y es arpa inmensa el florestal.

                                   Yo nado,

            y una lírica tropa de sirenas

            va tras mí por el mar alborotado.

            (…)

 

Como leemos, repite la estructura de la primera estrofa, y la remata, alejando más al Verso de una identidad terrenal, colocándolo en un plano netamente mitológico.

 

 

La tercera estrofa de esta primera parte, conserva la estructura de las anteriores, y como es de esperarse, suaviza, a punto de éter y espíritu divino, al Verso.

 

            (…)

            Yo río,

            y de risas se puebla el éter vago,

            (…)

                                   Yo suspiro,

            y la aurora riza suspirando al lago;

            (…)

 

Interesante la segunda imagen, que se encadena al último verso de esta estrofa, y coloca un escenario, entre romántico y solemne, al ver temblar en suaves ondas, la superficie del lago al amanecer.

 

 

Aunque ya escribí que esta tercera estrofa conserva la estructura de las anteriores, esto desde el siguiente punto de vista: seis versos, con rima consonante, aunque muy específicamente, no conservada en el par del primer y tercer verso de cada una.

Es importante comentar que esta estrofa se distingue, no por la estructura externa, sino por el interior, al sustraer el alargamiento de la segunda parte, y complementar con un determinismo portentoso divino, a lo más.

 

            (…)

            yo miro, y amanece cuando miro.

            (…)

 

La idea del amanecer en la poesía, es un recurso muy usado en la poética de cualquier nación, y en esta serie, específicamente en “Condenación del Libro”, también empleada con este determinismo.

 

 

La última estrofa, en sus dos primeros versos,que conforma unión con la primera sección, contiene un resumen, a manera repetitiva, de las acciones del protagonista, que antes de revelar su enigmática y mágica identidad, agrega un acompañante:

 

            (…), y me acompaña el Universo

            como una vibración: (…)

 

Importante al Verso, adjuntarle el escenario infinito, aunque por lo expresado en sus acciones, en el planeta Tierra parece una escala microcósmica.

 

 

Decidí dividir este poema en dos partes, porque ciertamente, todo lo anterior es un preludio para la súbita presentación del protagonista, en el penúltimo verso.

 

            (…): Yo soy el Verso,

            ¡y te busco, y me adoras, y eres mío!

 

 Si la presencia del sustento creador en la poesía, no es suficiente para dividir el poema en dos secciones, lo es la voz externa del último verso, propia del poeta, hasta ahora desaparecida, reclamando su trabajo y posesión.

 

Trabajo que se revela como macro y mico, cambiante y riguroso, alto y bajo vibrante.

 

 

                                   TODO

                                   verso

                                   bella poesía.

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