Ramón López Velarde - Imagen Pública

Rondando los Jardines Interiores

Ramón López Velarde - Imagen Pública
Ramón López Velarde – Imagen Pública

por Marcos Solanche

Rondós Vagos: III- Pasas por el abismo de mis tristezas.

 Después de “Místicas”; afianzado hacia una ideología mucho más personal, en el sentido espiritual, y pasados siete años: Amado Nervo publica “Los Jardines Interiores”. Una compilación sustantiva de poemas en su médula, y orbitada por tres secciones menores. La primera sección es una serie llamada “Rondós Vagos”. Interesante es saber, que lo que nos espera en ella, de acuerdo a su definición, son composiciones, sino musicales, sí sonoras, algunas alcanzando la voz armónica. Se debe de decir que lo que distingue al rondó, es la repetición. Por tanto, en este corto poema de tres estrofas, y como se espera, la repetición se dará con el verso del título.

            Pasas por los abismos de mis tristezas.

La composición tiene dos presencias principales. Una dirigida en la otra, por lo que parece que la principal ha desaparecido, ya que únicamente nos deja con la estela de su paso. Sin duda es hacia la mujer, y quizá sea dedicado a la hija de Ana Cecilia Luisa Dailliez Larguillier: Margarita. Esta pista se sustenta con el inicio de la segunda estrofa.

 

            (…)

            Ya tramonta mi vida; la tuya empiezas;

            (…)

 

Retomando el tema de las presencias principales, la mujer es encubierta por un rayo de luna sobre los mares. Esta descripción es inherente al verso del título, por lo tanto también forma parte de la estructura repetitiva del rondó.

 

 

La primera estrofa deja muy en claro que el paso de este rayo de luna, muy al compás con la noche, aminora la pesadez.

 

            (…)

            ungiendo lo infinito de mis pesares

            con el nardo y la mina de tus ternezas.

            (…)

 

La segunda estrofa, como ya se prevé con el primer verso comentado, está desfasada del propósito anterior, y más bien acompasa la presencia continua en el tiempo. El símil del abismo de las tristezas con los mares, es muy interesante al ver suavizado ese imperioso poder constante del oleaje, con la sutileza de la luz de la luna.

 

La tercera estrofa, y como es costumbre en el poeta Nayarita, cierra con la esperanza bien dicha.

 

            (…)

            No más en la tersura de mis cantares

            dejará el desencanto sus asperezas;

            (…)

 

            Porque Dios, puso en el cielo un luminar nocturno que con sus rayos, penetra y unge, el abismo de todas las tristezas.

XI- Increpación

 

Increpación forma parte de la médula de “Los Jardines Interiores”. Esta sección se convierte en un rondar por las composiciones internas del poeta; y qué si no, sus tristezas. Aunque el poeta escribe en el filo del dolor, no será lo que se avecina en carne, en siete años más tarde. La muerte de Ana Cecilia en el año de 1912, será el enfrentamiento más doloroso del Mexicano.

 

 

El poema cuenta con tres estrofas marcadas, que aunque son claras en rima consonante aabb, por su extensión rozan con la prosa lírica. En años más tarde, la composición libre será quien dicte la obra final poética de Nervo. La estrofa la podemos dividir en tres secciones:

 

La primera, es un reto hacia aquél que haya abrevado su alma en mayores tristezas que las del mismo poeta. La segunda, una lista de posibles contendientes a su dolor: Job, Jeremías, Cristo, Daniel. La tercera, Dios. Sobre esta división, habrá que decir cómo se hila la presencia de Dios.

 

 En el final de la segunda sección de la primera estrofa, tenemos:

 

            (…)

            un astro, el astro de una ideal teoría:

            (…)

 

Sin duda, esta brillante seducción en la mente de todos estos personajes, lista a la que tácitamente se une Nervo, es tatuada en la frente con el beso de Dios.

 

            (…)

            Dios abrió en vuestro cielo la brecha reluciente

            de una ilusión…

            (…)

 

Sobresaliente el sentido abstracto de la brillantez del ósculo divino, como factor determinante para hundir el ánimo humano; muy a la corriente de los poetas malditos, pero también al hecho destacado de sentirse único, como aquellos profetas mencionados. La segunda estrofa, parte esencial descriptiva, tiene dos divisiones y un quiebre, que se distingue en el mazo vertical.

 

La primera parte, sucinta a dos versos, es un dictamen fatal sobra la ausencia de brillantez en su alma.

 

            (…)

            jamás, ¡jamás!, titilan los oros de una estrella;

            (…)

 

La segunda parte, retomando a los personajes mencionados, y sobre el más célebre de ellos, alude como símbolo de su alma: la higuera. Específicamente la relatada en el Evangelio según San Marcos, XI: 12-14, 20-25. La tercera parte, que he decidido llamar quiebre, dentro de la segunda estrofa, es porque se adentra en la función de aquel árbol que sin fronda, no presta ni sombra. Importante que sobre estas ramas desnudas, no queda más que el uso de su madera como soporte suicida. Reluce en esta sección, como idea general, la del Judas, cualquier traidor.

 

            (…)

            ¡de algún ideal tránsfuga que me besó con dolo

            y que, por fin, se ahorca desamparado y solo!

            (…)

 

En esta sección, el tránsfuga no puede ser otro, sino Dios, quien fue el que penetró con un beso, el ideal doloroso. La tercera estrofa retoma el reto de la primera, y con un cuestionamiento vivo, el auditorio universal se queda mudo. Esta estrofa está dividida en dos partes, aunque no por eso podemos olvidar el último verso desfasado por un espacio. La primera parte es una paráfrasis de la primera sección en la estrofa inicial. La segunda parte es el vacío de no encontrar par, abrevado en las mayores tristezas.

 

Para finalizar esta estrofa, resalta el apunte completamente desfasado de margen y cambiando súbitamente el ritmo.

 

            (…)

            La eternidad es muda y el enigma cobarde…

            (…)

 

 

Todo este reclamo al infinito termina, con una voz perdida hacia la Hermana, quizá simbolizada en la poesía.

 

            (…)

            Hermana, tengo frío: el frío de la tarde.

 

Llama la atención este final, que no parece un apunte alienado al ritmo ni temática del poema. Dentro de él, lo interesante es meditar sobre la imagen del frío de la tarde; especialmente porque es una hora de transición entre el calor y su ausencia, no decantado a uno de ellos, al menos que se viva una estadía específicamente helada. Como bien lo puede ser su triste alma.

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