La suave patria, manuscrito - Imagen pública

La suave patria (Parte II)

López Velarde - Imagen pública
López Velarde – Imagen pública

por Marcos Solache

Para 1921, la situación de identidad nacional era de lo más confusa.

La Patria estaba devastada, desacomodada, los grandes terratenientes habían perdido grandes porciones de tierra, la clase marginada seguía siendo la explotada; mas dentro de todos estos cambios y regularidades, se asomaba la clase media baja, para dirigir al país.

Hacían falta ideas, un gran artista o pensador que diera la fórmula para la nueva Patria; que redondeara el pasado azteca, la época colonial, la turba antiporfirista, y las demandas revolucionarias.

Que pusiera todo el pasado ideológico demandado, y le diera una nueva veleta.

Una guía íntima.

 Esa es la propuesta de “La Suave Patria”; un concepto de nueva Nación, unida e interior.

Amar los paisajes, la flora, la fauna, todo la cornucopia generosa y variada que ofrece esta tierra; pero ahora desde adentro.

Un enfoque directamente espiritual.

En esta ocasión, y como su función lo amérita, López Velarde hace una pausa a la enumeración gráfica escénica del país, transportándonos en un breve y general recorrido, a la caída de Tenochtitlán.

Utiliza el ejemplo más representativo, el último tlatoani, el águila que desciende: Cuauhtémoc.

Esta sección se conforma de cuatro estrofas.

Abre con un dístico que introduce enalteciendo y justificando al antepasado, por eso abuelo, pero joven por haber sido asesinado a corta edad.

Comenzando la segunda estrofa, desde mi punto de vista, eyectan de orden los adverbios del primer verso; prescindibles quizá.

Continúa con el encuentro entre el blanco y el indígena; esta vez enalteciendo el nopal sobre el rosal.

            (…)

            a tu nopal inclinase el rosal;

            (…)

Lo que prosigue en esta segunda estrofa, es una imagen extraña, al insinuar que a la muerte del guerrero mexica, serán llenadas sus cenizas con responsos victoriales.

Cabe decir que el responso es un canto católico fúnebre, y la precisión de los intelectuales en el uso del latinismo victorial.

Como Octavio Paz lo anticipaba; López Velarde nunca fue un mexicano comprometido ni importado en nuestro pasado prehispánico, al grado, como ahora lo vemos, de insinuar una ceremonia católica fúnebre para la última gran imagen de Texcoco.

La tercera estrofa es un desliz para poder introducir la imagen de la moneda en la última.

Sobre esta difícil parte, que funciona como coyuntura hacia el final del Intermedio, vemos engendrarse en el borrador, un dístico anterior, alusivo a Cortés y al México castellanizado con j.

Creo que sale bien logrado el poeta, al eliminar lo anterior, y salvar en la línea la continuidad hacia la última estrofa.

Quizá vale comentar la comparación con los dirigentes-dioses romanos, en donde el Joven abuelo, sale altivo y gallardo, desnudo y bravo.

            (…)

            tu cabeza desnuda se nos queda,

            hemisféricamente de moneda.

            (…)

Cierto es que el perfil del héroe mexica, ha estado en diversas monedas, en distintas épocas.

Pero esto no es lo que interesa al poeta, sino la moneda espiritual en que se ha fraguado el dolor que sufrió agonizando.

López Velarde - Imagen pública
López Velarde – Imagen pública

Ahora bien, no es el dolor físico que le provoca reducir sus plantas a cenizas, sino como bien lo intuye el Jerezano, son los anómalos detalles que rodearon la caída.

                                   (…): la piragua

            prisionera, el azoro de tus crías

            el sollozar de tus mitologías,

            la Malinche, los ídolos a nado,

            (…)

Imágenes que directamente enmarcan el derredor devastado de la antigua Tenochtitlán, sitiada en noventa días.

Todo lo anterior terminó con la esperanza del mandatario azteca, pero López Velarde quiso darle una estocada más profunda, y por encima de todo, enaltece al amor y aquellas relaciones simbióticas que vitalizan, o en su ausencia, asesinan.

            (…), haberte desatado

            del pecho curvo de la emperatriz

            como del pecho de una codorniz.

Para Velarde, y el derecho poético con el que cuentan todos, fue la separación de Ichcaxóchitl, lo que mató a Cuauhtémoc.

 

Segundo Acto

Se cuenta que Jorge Luis Borges sabía de memoria “La Suave Patria”.

No es de sorprender, es un gran poema.

Quizá como en ningún otro, vemos el ideario de Velarde fijo, sabiendo premeditadamente el propósito de la composición completa.

Aquí no hay una exposición de sentimientos personales, sí internos, sí de incumbencia por ser la Patria el tema primoroso en cuestión, pero no de aquellos que desgarraron su vida entera.

Toda la madurez poética, estilística y estructural de López Velarde, está perfectamente sintetizada en esta obra.

El Segundo Acto, como es de esperarse, continúa las escenas encaminadas desde el Primero.

Las primeras tres estrofas enmarcan muy claramente acontecimientos de provincia.

La segunda por ejemplo, se dedica a la vestimenta del mujerío; con la blusa corrida hasta la oreja, y la falda bajada hasta el huesito.

Imágenes por demás hechas, a la mujer católica, piadosa y moral.

Subrayo el paralelismo de la falda hasta el huesito, con el poema ya comentado “El Sueño de la Inocencia”.

Así entonces, Ramón toma recuerdos de Jerez, para comenzar la última parte de su obra magna.

Como en la tercera estrofa; en donde muy colorida, y aunque parezca solemne escena, nos transporta a la madrugada de la mejicana, que muy apurada, con el tápalo lleno de dobleces, lleva el estreno que se pondrá en la mañana.

Antes de continuar de la provincia a la Capital, quiero comentar los símbolos interesantísimos que aparecen en la primera estrofa:

            (…)

            tus hijas atraviesan como hadas,

            o destilando un invisible alcohol,

            vestidas con las redes de tu sol,

            cruzan como botellas alambradas.

            (…)

La imagen es hermosa, si comenzamos a poblarla desde las botellas alambradas, refractando los rayos del sol, con el leve olor a alcohol; todo eso compuesto sobre un tono mágico, al magnificar los envases como seres místicos: hadas.

La suave patria, manuscrito - Imagen pública
La suave patria, manuscrito – Imagen pública

Después de insinuar la pobreza de la Patria, quien vive al día, esperando el milagro de la lotería, esta vez igualada con la suerte de la sota moza; situación por más contemporánea en cualquier época; Ramón cambia abruptamente el escenario, y quiere raptar a la Nación, desde la Capital.

Antes de pasar por el mercado y ver a la vendedora de chía, en la cuaresma opaca, y subirse al garañón con matraca entre los tiros de policía, comentaré el dístico previo.

            (…)

            Te dará, frente al hombre y al obús,

            un higo San Felipe de Jesús.

            (…)

Leemos como enlaza la imagen del Palacio Nacional, al menester del patrono de la Ciudad de México, quien se cuenta, el día de su muerte, una higuera seca, reverdeció y dio frutos.

Ya con la Patria en ancas, desde las entrañas que no niegan asilo, el poeta comenta, a son del oficio, el análogo de todos los bardos mexicanos, con los cadáveres hechos poma, de los cuales no olvidamos sus cantos de ave; a quienes la juventud llora y la Suave Patria oculta.

Dentro de las muy peculiares cosas por las que se distingue este Segundo Acto, es porque es un sube y baja de emociones; después de la pensativa estrofa que acabo de comentar, entona la diversidad climática de México.

            (…)

            Si me ahogo en tus julios, a mí baja

            (…)

            frescura de rebozo y de tinaja,

            y si tirito, dejas que me arrope

            en tu respiración azul de incienso

            y en tus carnosos labios de rompope.

            (…)

Termina la encrucijada de imágenes, con un canto alto, que no podía ser de otras, sino de su grande tormento y pasión: las mujeres.

            (…), con bravío pecho

            empitonando la camisa, han hecho

            la lujuria y el ritmo de las horas.       

            (…)

Ciertamente es una imagen de prostitución, muy al estilo decoroso y temeroso del poeta, que nos deja saber que esa alegría y tristeza que viven estas duras mujeres, también forma parte del Himno no escrito de nuestro País.

Toda esta escenografía, termina con la petición más sincera hacia la Patria:

            (…)

            sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;

            (…)

Recordar o vivir una época de oro, es pedir la permanencia; aunque lo interesante de esta petición no es la solución en un tiempo, sino el redondeó de una historia cambiante, conservando todos los rasgos tradicionales, desde los indígenas, hasta los más modernos.

            (…)

            Sé igual y fiel;

            (…)

El mensaje principal está muy claro, pero López Velarde no nos iba permitir cerrar “La Suave Patria” sin tener una cara de duda.

Así, y como es de esperarse a través de varios ejemplos que he dado, el final de este poema es de los más herméticos, al punto de tener varias suposiciones, inclusive me atrevo a decir, todas vanas.

            (…); y un trono

            a la intemperie, cual una sonaja:

            ¡la carreta alegórica de paja!

Comentarios de peso sobre estos versos, tenemos por ejemplo el de José Emilio Pacheco quien afirma que la carreta alegórica de paja es la inexistente en el pasaje de Ruth.

Otros, como el del compilador de esta obra, José Luis Martínez, respaldado en la amistad del pintor Saturnino Herrán con el poeta, lo relaciona al tríptico del Bosco, “El Carro de Heno”.

Ciertamente más cercano a la escena por ser carreta que aunque se nombra de heno, por el color dorado, asimila a la paja.

Otros puntos en común, son el trono que representa la alta carreta a la intemperie, con una extraña escena de seres cantando, bajo la mirada de Cristo.

Parece más acertado, aunque ciertamente, en lo personal me parece abrupto creerlo del todo.

En el borrador tenemos la pista de que en el Primer Acto, específicamente en la séptima estrofa, escribe entre paréntesis “la carreta de paja”.

A esto lo envuelve una escena de mortaja, el trono, y el aire libre.

Vemos ya gran parte del final, desde antes de que se concibiera la mitad del poema.

En lo personal encuentro esta escena alegórica, muy propia del artista, indescifrable para los demás, y por esta cualidad, adaptable para todos.

Esa es la magia de la poesía, un escenario propio y diferente para cada par de oídos y par de corazones que la miren.

 

Bibliografía:

 

López Velarde, Ramón.  (1994). Obras, compilado por José Luis Martínez.  Serie de Literatura Moderna, Pensamiento y Acción. Fondo de Cultura Económica, México.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s