Ramón López Velarde - Imagen Pública

El son del corazón

Ramón López Velarde - Imagen Pública
Ramón López Velarde – Imagen Pública

por Marcos Solache

Para conmemorar los diez años del fallecimiento de López Velarde, y con importante motivo de incluir “La Suave Patria” en un poemario; aparece “El Son del Corazón”. Titulo que se da, precisamente, por el primer poema de dicha colección. Recordar que los contenidos en esta última compilación, son de la postrera época de la vida delbardo; es decir de 1919 -1921. Cada poeta, confirma su bautismo lírico de distinta y muy peculiar manera. Para mí, “El son del corazón” es el fruto del sacramento poético en Velarde. No su definición de poeta, como lo expresa en “El Mendigo”, sino lo que la poesía, elemento alquimista, transmutó en su interior. La poesía en él es una música íntima que no cesa. Aunque afecta con dolor moral, se reviste de oro, y cubre al hombre.

Para criticar a Velarde, siempre será importante tener en cuenta su buena formación católica. Nunca negada por él, siempre presente, y siempre también, área contradictoria y belicosa. Sobretodo por utilizarla como medio eliminatorio para alcanzar la paz que conviene demostrar en el texto de “El Minutero”, “Fresnos y Álamos”. Así tenemos en la primer estrofa, la conjunción de la virtud teologal caridad, con el amor. Las virtudes teologales son las cualidades que debe practicar un buen católico, para salvarse. Dichas sean: fe, esperanza y caridad.

En algunas traducciones en español e inglés, de la 1er Carta a los Corintios, (13:13), se traduce al pie, que la máxima cualidad o virtud humana, es el amor. Tomada entonces, como un sinónimo en la economía católica, el amor es caridad. Palabras difíciles de igualar en cualquier otro plano; sea por eso que el poeta propone la unión de ambas en un beso de equidad y paz. En cuanto a la estructura cabe mencionar que todas las estrofas se componen de tres versos, de metro regular y rima consonante. Agregar que esta conformación, a la que llamaré tríptico, fue una importante constante en su poesía. De manera natural, todos los poetas somos hermanos.

Pasan las centurias, bajo distintas épocas y elementos sociales, cualquier auténtico debe considerar en el otro, las mismas pausas, quejas y furias.

(…)
Mis hermanos de todas las centurias
reconocen en mí su pausa igual,
sus mismas quejas y sus propias furias.
(…)

Así todos somos lo mismo, pero con diferentes palabras.

Y cada uno es, lo que dicta su elemento principal.

En el caso de Velarde:

(…)
Soy la fronda parlante en que se mece
el pecho germinal del bardo druida
con la selva por diosa y por querida.

Soy la alberca lumínica en que nada,
como perla debajo de un lente,
debajo de las linfas, Sherezada.
(…)

Remarcar que en la primera estrofa, los términos “bardo druida”, si bien no son contradictorios, tampoco son tales como para poder encadenarlos. Importante en el anterior, el elemento frondoso, germinal y selvático, que al final del poema redondeará. En cuanto a la segunda estrofa de esta sección, remarcar a Sherezada como elemento árabe ya comentados en su poesía. Quizá también agregar lo sobresaliente de los elementos lumínicos y acuosos, que soportan el verdor arriba mencionado. Penúltima su definición confesando que su cristianismofue guiado por la bienaventuranza de la Virgen. Enunciado que se puede resumir en la aceptación de la voluntad del Señor como su esclava. Última su definición con otra de sus admiraciones: el baile. Esta vez aludiendo al tango. No olvida su dualidad, y atruenan en la Creación, sus cortejos paganos y nazarenos. Todo esto concluye y forma la melodía del son; que no podría terminar sin un grito, un diapasón alto, una exclamación de confesión.

(…)
¡Oh Psiquis, oh mi alma: suena a son
moderno, a son de selva, a son de orgía
y a son mariano, el son del corazón!

Diversos elementos que tamborilean en su corazón, y crean ese peculiar son, aquella voz que buscó y palabreó en poesía. La ascensión y la asunción. Velarde nunca se casó. Incluso me aventuro a decir que nunca tuvo una relación amorosa duradera. Esta impotencia hacia la posible captura de la mujer amada, siempre se le escapó al poeta. Y como bien lo comenta Ali Chumacero: esto hizo la poesía de Velarde. Si no pudo capturar a la mujer pasional, sí, y con mucha diligencia, dedicó sus últimas cartas, aquella jovencita llamada Margarita González. Nombrada siempre por él como: “ mi sobrinita”. Esta relación fue confirmada por el hermano de Ramón, quien decía que cuando la joven mujer estaba de paso por la capital, todos los Domingos, el poeta la invitaba a la alameda o al cine.

Una relación cándida, amorosa y tierna, como aquella que posiblemente hubiera nacido hacia una hija de López Velarde. Se sabe a bien que el poema que sucede al aquí en cuestión, “Si soltera agonizas”, estuvo dedicado anónimamente a ella. Yo puedo suponer, no solamente por la colocación de “La ascensión y la asunción”, que los editores bien intuyeron que este también es un poema inspirado en ella. Quizá hay elementos que pueden sacar de conclusión la dedicación mencionada, pero me parece que el trasfondo que muestra indirectamente, está fincado en esta joven mujer laguense. A estas alturas, cualquier profanación católica no sorprende.

(…)
enlazado mi cuerpo con el suyo,
suben al cielo como dos custodias…
(…)

Como anotación significativa, cabe decirse, que aquí utiliza la palabra custodia con la acepción católica, de aquél instrumento que mantiene el cuerpo de Cristo. Por lo general, esta pieza es de las más lujosas, suntuosas y sagradas dentro de una iglesia. En México es nombrado comúnmente como el Santísimo. Sospechado el tono religioso y profano desde el título, comprobamos que él es la ascensión y ella la asunción. Esto solamente para ordenar el espacio que él ocupa como Cristo y ella como Virgen.

(…)
¡ser, por virtud ajena y virtud propia,
a un tiempo la Ascensión y la Asunción!
(…)

Realmente es muy fácil, como poco ético y original, usar toda la verbalia católica y bíblica para determinar una experiencia poética amorosa. Tiene la ventaja siempre, de que el profanar una religión atraerá a los lectores morbosos. Ejemplos como Saramago y Rushdie, bastan para comprobar el éxito de este sucio estilo. Quizá lo de Velarde no fue hecho para hacer un poema famoso. Situación que como sabemos, no alcanzó, al menos no con la serie de poemas profanos que tiene.

Tal vez, y como sostengo, fue para vaciar su fundamento católico, y así poder, realmente escribir. Para poder vaciarse completamente, convertir su mente en un espacio sin prejuicios, la tierra de su poesía yerta, desolada, y prácticamente infructífera; pasó toda su vida. Encuentro un registro de 1907, con el poema “Eucaristía”, sobre el uso del más importante sacramento en la Iglesia Católica. Siempre usado por Ramón como unión de él con la hostia-mujer, el cuerpo redentor deseado. Eucaristía: La ascensión y la asunción:

(…) (…)
implorando le des a mis pesares Su corazón (…)
la comunión de tu cariño yerto. traslada, en una música estelar, (…) el Sacramento de la Eucaristía.
te resistes hostia ingrata (…)
(…)

Así vemos como desde los 19 años, y durante los siguientes 14, sembró el ideal de la mujer como cuerpo de Cristo. Alcanzándola en labios, por medio del santo sacramento de la Eucaristía. En su tiempo Velarde fue criticado por la repetición temática de sus poemas. La gran mayoría hablan de la mujer, su relación y deseos hacia ellas. En fin, la mujer es su centro, como lo es la hostia en la custodia, o el Cristo en el catolicismo. Más claro no se puede hablar sobre la importancia de ellas en la vida de Velarde. Desde mi punto de vista, es muy pobre el criticar al poeta por el repetido uso del elemento de la mujer en sus poemas. Incluso lo veo como un comentario mercantil y de poco valor hacia la vereda que es la poesía. Porque la poesía no es un ejercicio literario, es un expresión interna, sea mil veces repetida, será mil veces auténtica. Así, no queda más claro que la mujer en la vida de Ramón, fue la guía, la estabilizadora, la escucha, la animadora. Aquella que dio a la decadencia de su existencia, una perspectiva de ascensión. Fue todo. Ella ángel guardián.

(…)
¡Gracias Señor, por el inmenso don
que transfigura en vuelo la caída,
juntando, en la miseria de la vida,
a un tiempo la Ascensión y la Asunción!

El sueño de los guantes negros. En el último instante de su vida, Ramón perdió el aire. Murió de asfixia debido a la fuerte neumonía y pleuresía que padeció. A pesar de la dura enfermedad que lo llevaría a la tumba, siempre mantuvo ilusiones. En el último año de su vida, con la Revolución consumada, y aunque en una de las peores etapas económicas de su paso, continuó las preparaciones para viajar lo más prontamente a Europa. Lo extraño de estas ilusiones, es que se volvió un hombre extremadamente solitario. A partir de 1920, cuentan sus más intimas amistades; que perdieron casi la pista total del poeta. Algunos pueden decir que se hundió en el espejismo del modernismo. En lo personal creo que le sucedió como a todas las almas hipersensibles; le consumió el profundo sentimiento del sinsentido existencial. Aunque “El sueño de los guantes negros”, es un poema inacabado; vale la pena dejar esos tres huecos ilegibles, e incluirlo en este comentario.

Para mí, éste es el último poema de Velarde, no sólo por la fecha estimada y los tonos de ultratumba, misterio y sueño; sino porque nos encontramos ante un trabajo pendiente, un borrador que muestra como corría su pluma en el taller de creación. Si habremos de buscar la última tinta del sufrido Velarde, no la hallaremos en la cuidada “Suave Patria”, sino aquí, en las manos de la mujer de los guantes negros. Un poema de nueve estrofas. Ciertamente de una extensión mayor, a lo que es generalmente común en el Zacatecano.

Debo decir que hasta la séptima estrofa, aunque esta ya padezca un espacio en blanco, y una decisión pendiente entre dos versos en punto y coma, que parecen una elección eliminatoria a uno; mantiene mucha solidez y guía. No así con las dos últimas estrofas, que parecen apenas esbozos de continuación. Sobre todo la última, con huecos en prácticamente cada verso, y claramente un final faltante que abroche el poema completo. La utilización de dos trípticos y dos dísticos en las primeras seis estrofas, establecen un pacto equitativo de regulación en el poema.

Aunque parezca una narración fantástica por la secuencia de hechos emplazados en un sueño; vale la pena adjudicarle la categoría de poema por el trabajo armónico realizado, sobretodo en las ya mencionadas primeras estrofas. El poema da la sensación de haberse escrito en la vigilia del amanecer. Pero lo más probable es que Ramón nunca haya soñado algo así. Al menos no del todo completo. El sueño inicia en el fondo del más bien muerto de los mares muertos. Lloviznaban gotas de silencio, donde solamente se distinguía la llamada a misa, en el misterio de una capilla oceánica, a lo lejos. Al llamado acude, y aparece Fuensanta:

(…)
De súbito me sales al encuentro,
resucitada y con tus guantes negros.
(…)

La fijación de los guantes negros, traspasa el poema, y no solamente se anida en el título, sino que en el poeta genera expresiones inauditas.

(…)
y nuestras cuatro manos se reunieron
en medio de tu pecho y mi pecho,
como si fueran los cuatro cimientos de los universos.

La figura de Josefa de los Ríos, ahora es espiritual, o al menos un enigma corporal.

¿Conservas tu carne en cada hueso?
El enigma del amor se veló entero
en la prudencia de tus guantes negros.
(…)

Todo lo que hubiéramos deseado saber, no solamente de aquel amor, sino realmente del amor, fue velado y silenciado por la prudencia de aquellas católicas y santas manos. En una sección de la siguiente estrofa, refuerza la idea de que la mujer aludida es Fuensanta:

(…)
y el traje, el traje aquel, con que tu cuerpo
fue sepultado en el valle de Méjico;
(…)

Para terminar, con otra velación y fugacidad, las manos culminan enlazadas en éxtasis, experimentando en un circuito eterno, la vida apocalíptica. Extinción y resurrección. El poeta amanece, y la cola del cometa deja su polvo estelar en la lengua de la que nunca sabremos últimas palabras, pero sí última intención hacia la vida.

(…)
gusté cual rosa […]

El sueño de la inocencia. Es abiertamente comentado que la infancia es una época que marca definitivamente la vida de cualquier humano. Por mencionar entre lo sobresaliente, sabemos que el cerebro conduce su mayor índice de crecimiento en estos primeros años. No es de sorprender entonces, la suma importancia de esta explosión vital en nuestro desarrollo. Para Ramón, el niño de clase acomodada en el pueblo, su imagen infantil es total y primordial hasta los últimos días de su vida. Guardar el traje pulcro de la liturgia cenital de los Domingos, o la prudencia de permanecer como un lindo monigote en las pláticas adultas en el atrio; son sin duda, eso que en “El sueño de la inocencia”, llama conservar su venero de luz. Si lo anterior es verdadero, podemos catalogar este poema como una confesión fallida a su proceso poético. Esto porque es, seguramente, el poema que mantiene el mayor respeto y admiración por su principio Católico. Aquí no hay esbozos de profanación, antes bien un dejo muy claro de humillación ante la patrona del pueblo, cabizbaja y benévola. Por la acomodación que tiene en la colección de “El son del corazón”, cualquiera se puede ver tentado a unirlo inexorablemente al tiempo de “El sueño de los guantes negros”.

Hay puntos muy claros que pueden apoyar lo anterior; lo único que personalmente no hilo como sucesivo tal, es la estructura monolítica de las dos últimas estrofas contenidas en él. En cuanto a esto, será difícil aceptar categóricamente que “El sueño de la inocencia” es de sus últimos años. A decir verdad, la evolución poética de Velarde, no es muy clara del todo; un ejemplo que debo desahogar es “Pureza”, contenido en un álbum autográfico de José Villalobos Franco, y fechado el día 27 de Noviembre de 1906.

En las colecciones de López Velarde este se incluye como parte de sus primeras poesías, pero en lo personal, lo considero una pieza de madurez tal, como para al menos agregarle 15 años de procesamiento. Todo esto será continuación del enigma Velardeano. “El sueño de la inocencia” abre con un tríptico que nos coloca entre la bruma idílica, quizá muy cerca de la capilla del pueblo.

(…), y que Nuestra Señora
me miraba llorar y anegar su Santuario.
(…)

Llama la atención, como en ningún otro, el uso de adjetivos exagerados en la acción de su llanto. Hace algunos años se catalogó este estilo como realismo mágico, y como exponente más representativo de esta tendencia narrativa, a Gabriel García Márquez. Esto por cuestiones meramente distintivas hacia el importante escritor Latinoamericano, aunque dicho por él, el relato mágico le pertenece a la sorpresa humana, siempre exagerada. Como ejemplo, los relatos antiguos del descubrimiento de América, hechos por los frailes jesuitas y franciscanos principalmente. Así Ramón inunda su pueblo:

(…)
Tanto lloré, que al fin mi llanto rodó afuera
e hizo crecer las calles como en un temporal;
(…)

Como mencioné, la segunda y tercera estrofa de este poema, tienen más de siete versos, distinguiéndolas notablemente del inicio corto y súbito de la primera estrofa. Estas dos estrofas terminan con el mismo verso, aunque diferenciando el último por el énfasis dado de los signos de exclamación. El inicio de la tercera estrofa, parece que aparta la experiencia onírica a un estado final; entre sueño y vigilia.

(…)
Casi no he despertado de aquella maravilla
que enlazara mis Últimos óleos con mi Bautismo;
(…)

Un punto muy fuerte para pensar que este poema es de sus últimos años, es el cierre que pretende expresar de su vida entera.

(…)
un día quise ser feliz por el candor,
otro día, buscando mariposas de sangre,
(…)

De aquellas lejanas y celestes utopías, aquellas hinchazones rojas voluptuosas, serán todas falsas cubiertas, al revestirse el cuerpo de polvo; ya que en el corazón no quedará más que la conciencia de que aún guarda su inocencia.

(…), sé que mi corazón,
(…)
guarda aún su inocencia, su venero de luz:
¡el lago de las lágrimas y el río del respeto!

A pesar de esa larga búsqueda, que le haya hecho imaginar cualquier delicia sangrante; Ramón siempre supo que no sería más que aquel mozo de aquel pueblito de Zacatecas: puro, inocente y católico.

Bibliografía:

Ramón López Velarde, compilado por José Luis Martínez. (1994). Obras. México: Fondo de Cultura Económica. Serie de Literatura Moderna, Pensamiento y Acción.

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