Viaje - Imagen pública

Viaje

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Viaje – Imagen pública

por José Luis Dávila

¿A qué se le debe llamar un viaje? ¿Cuál es la distancia que se debe recorrer para que ir de un punto a otro, para que un trayecto cualquiera, se convierta en un viaje? Poco a poco he estado notando que tal palabra se usa para designar a los recorridos que se hacen a largas distancias –más largas que las distancias que se suelen atravesar en un día normal–, y que tienen una finalidad específica, misma que contienen cierto grado de relevancia para quien lo hace: un viaje de negocios, de estudio, de vacaciones, etc.

O alguna vez han escuchado algo como “hoy viajé a la tienda”, “viajé al centro comercial para comprar un vestido”. Para esas cosas, por lo general, se usa el verbo ir.

Me gustaría pensar que las personas entienden que viajar es un acto más profundo, pero por lo que sé, sólo lo distinguen, precisamente, por el objetivo del recorrido y por el tramo que se hace, por el tiempo que se toma uno en llegar. Sin embargo, puedo tomar un vuelo hasta Italia, por decir un lugar lejano, y no sentir que he viajado.

Viajar va más allá de la espacialización de la jornada que se usa para transitar, esto es, no está inscrito el verbo en la suma del tiempo y los lugares por los que se pasa. El viaje está en nosotros. Viajar es disfrutar, pero no únicamente del trayecto, sino de lo que se observa, de lo que se piensa, de lo que se siente al estar en movimiento y dirigiéndose a cualquier lugar. Porque de otro modo, esto sería un paseo, y pasear, para mí al menos, es un acto de introspección que necesariamente debe hacerse solo. Cuando “pasear” se le llama a caminar acompañado por algún lugar, eso no es dar un paseo, sino “estar con”, y al contrario, el viaje siempre se hace acompañado, incluso cuando se va solo.

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La diferencia radica en que durante el paseo se piensa en uno a través de lo externo, mientras que en el viaje es justamente sobre lo externo sobre lo que se va reflexionando. No nada más sobre lo que se ve como un objeto, sino sobre cómo ese objeto llega a estar ahí, frente a nosotros por el tiempo que tardamos en seguir el camino, y cómo por unos instantes, nos ha acompañado. Aún más, cuando se comparte un viaje, se habla de lo que se ve, y con cada palabra que se entabla, uno va creando una reflexión propia sobre la forma en que la relación con ese otro que se está va desenvolviéndose por medio de lo dicho sobre todo lo demás que los rodea.

Yo viajo mucho. Voy de un punto a otro con el afán de pensar en lo que veo; en esta semana que ha pasado, mucho más me ha ocurrido que se me convierte en viaje un recorrido en autobús, el trecho que hay de mi casa a la tienda, las compras por el supermercado. Todo ha sido susceptible de ser viaje. Así he reafirmado que para viajar sólo hay que abrir los sentidos y dejar fluir la empatía con el entorno, no importando otra cosa que saber que lo que está fuera de nosotros nos puede ayudar a entendernos un poco al tiempo que se le entiende a eso mismo; una forma de la reciprocidad en que el conocimiento de uno se da al conocer al otro, si lo quieren poner de ese modo, o un poco más como yo lo veo: entender que todo lo que nos rodea también es parte de lo que somos.

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