13 Calacas y dos muertos - Fotografía por Jessica Tirado

La muerte viva: sobre 13 calacas y dos muertos

13 Calacas y dos muertos - Fotografía por Jessica Tirado
13 Calacas y dos muertos – Fotografía por Jessica Tirado

por Emanuel Bravo Gutiérrez

No existe mayor certeza en la vida que la de la muerte. Al final de nuestros caminos, al final de nuestros días encontramos ese callado reposo, ese sueño prolongado que languidece nuestra carne, silencia nuestra alegría y nuestro sufrimiento, nos devuelve al polvo de donde una vez salimos. Blancos huesos que parecen columnas de ceniza, barrotes pálidos de un alma que ha huido a una eternidad ignota.

Pero mientras respiremos, mientras nuestros corazones aún palpiten sólo nos queda imaginar las moradas de la muerte. Este es el caso de Malasmuerte, alias El Paquito, alias Francisco Javier Galván Olivares, y Muerto, alias Zaratustra, alias Juan José Lueza Ruiz. De este modo, su exposición, 13 Calacas y dos muertos, nos presenta una nueva lectura a este tema tan recurrente en el arte.

Malasmuerte, Zaratustra y Carlos Landini - Fotografía por Jessica Tirado
Malasmuerte, Zaratustra y Carlos Landini – Fotografía por Jessica Tirado

Entramos a la sala y el ambiente nos traslada a las profundidades de un universo lúgubre, de un mundo vedado para los vivos; atravesamos sus puertas de mármol funerario. El blanco y el negro, protagonistas indiscutibles, guían nuestra vista por obras gráficas y arte-objetos; la dualidad vida-muerte llega de forma inevitable a nuestra mente.

Cada obra es una experimentación, cada obra es una invocación, un acto adivinatorio, una ritual secreto, un conjuro, una burla, una oda, un homenaje, un hallazgo accidental y una búsqueda continua por representar la muerte en todas sus facetas, desde el punto de vista biológico, hasta como un placer exclusivo de los mortales, un placer vedado a los dioses, a los ángeles y quizá también a los vampiros.

13 Calacas y dos muertos - Fotografía por Jessica Tirado
13 Calacas y dos muertos – Fotografía por Jessica Tirado

Nos topamos con obras que nos hacen recordar las vastas soledades y los macabros personajes de Zdzislaw Beksinski, contemplamos una maravillosa reinterpretación de la Mona Lisa, de Da Vinci, e Hijo del Hombre, de Magritte. La escultura El señor de las moscas se encuentra a la mitad de la sala: un armatoste de madera e hilo, habitado por cráneos, huesos, hechizos grabados en distintas lenguas, símbolos mágicos y complicados patrones ancestrales. Un torso negro habitado por una mariposa nocturna, cubierto por poemas en tinta escarlata, la muerte en las profundidades del mar, esqueletos de peces, un cráneo con largos tentáculos trata de capturarnos…

Pero no todo es amenaza continua ni miedo reverente; si algo caracteriza a la concepción de la muerte desde el punto de vista mexicano, es la vitalidad. En pocos países la muerte está tan llena de vida. La obra de estos artistas hace palpitar los huesos, incluso en los rostros monocromos reconocemos los colores que habitaron sus días, reconocemos las emociones congeladas y los gestos petrificados de la existencia, porque, al final, no hay certeza más firme en la muerte que la de la vida.

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La exposición se encuentra en la calle 17 sur 3105 colonia Volcanes y permanecerá hasta el 31 de julio.

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