Micromegas, de Pablo Vargas Lugo - Fotografía por Jessica Tirado Camacho

Espacios de sentido: Entrevista a Cuauhtémoc Medina

Micromegas, de Pablo Vargas Lugo - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Micromegas, de Pablo Vargas Lugo – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

José Luis Dávila: Para empezar, me parece fundamental el trabajo curatorial para esta exposición de Pablo Vargas Lugo, pero ¿qué cómo lo consideras tú?

Cuauhtémoc Medina: No sabría responder eso porque es una especie de hecho dado que la práctica contemporánea está acompañada de la práctica de la curaduría, entonces ya no es tan fácil pensar qué sería no tener eso. Sí te quiero decir que fue una experiencia muy interesante trabajar con Pablo porque, digamos, de los artistas de mi generación, en México, es probablemente el artista más misterioso, un artista que siempre me ha dado un enorme apasionamiento pero que al mismo tiempo yo sabía que era difícil encontrar cómo establecer el argumento o el código, por eso mismo le tenía muchas ganas. En parte porque, bueno, admito que mi trabajo en una versión más amplia tiene que ver con un cierto interés por el arte de intervención social o por un arte de alegorización del conflicto social y él está completamente lejos de esto; pero lo que hubo fue una muy larga conversación con una serie de momentos de cambio en donde tomamos distintas direcciones y nos tomamos, prácticamente de los tres años que trabajamos en esto, un buen año y medio donde no queríamos llegar a conclusiones, sino simplemente veíamos obra, planteábamos ideas, intercambiamos lectura: fue particularmente emotivo como experiencia, una experiencia más de intercambio intelectual que de productividad.

Micromegas, de Pablo Vargas Lugo - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Micromegas, de Pablo Vargas Lugo – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

JLD: Respecto a eso, ¿cómo fue adaptar el espacio a la obra? Porque siento que la obra no se adaptó a los espacios de museo, sino que las salas están usadas a favor de las piezas.

CM: Te voy a decir, abiertamente, yo no puedo describir esta exposición como un producto visual mío. Es un producto de los dos. Cada sala la hicimos juntos, la pensamos juntos. Revisamos varias opciones, incluso tuvimos que cambiar enteramente la narrativa en algún momento porque hubo un cambio de dirección física del recorrido que forzó un cambio de decisiones arquitectónicas; y no muy atrás, hace apenas cuatro, cinco meses. Y sí, hay tres cosas que son muy evidentes; una es que este museo, si tiene alguna riqueza, en términos de su experiencia, es que es uno de los museos con salas más idiosincráticas que existe, o sea, cada sala tiene dimensiones, sensaciones y comportamientos muy distintos, y una de las tareas que teníamos era tratar de aprovechar eso; en lugar de batallar contra la idea de que de pronto tenías una sala larguísima de prácticamente veinte metros por cuatro, lo cual en principio parece una sala bastante falta de calidades, pues lo que hicimos fue tratar de pensar cómo presentar la obra del modo más efectivo para esa clase de espacios. Entonces, creo que es muy importante siempre hacer ver que el trabajo curatorial está hecho en acompañamiento, que no se hace una relación de un especialista que toma unas cosas y las dispone cuando hay un artista vivo. El curador es un agente, no es un autor, y yo estuve acompañando el trabajo de Pablo todo este tiempo, y me siento muy satisfecho de esto. Y sé que, por ejemplo, la presentación en el Tamayo, aunque argumentalmente debe ser coherente y básicamente la misma, en términos de experiencia va a ser muy distinta. Es un espacio con un carácter totalmente distinto, donde las salas están totalmente conectadas y abiertas. Aquí hay salas que producen un recorrido lineal que tratamos de aprovechar lo más posible, además hay una ausencia de relación con el exterior, sistemáticamente y de pronto apertura hacia el patio. Es una profesión rara; yo que resignadamente sé que soy un curador, sé que hay cosas que vienen enteramente nada más de tratar de pensar algo particular. La parte que encuentro más fácil de transmitir a los demás es que se trata de un pensamiento de lo particular, no es una aplicación de reglas, y eso tiene una cierta importancia como política de conocimiento, que significa pensar lo particular.

Micromegas, de Pablo Vargas Lugo - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Micromegas, de Pablo Vargas Lugo – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

JLD: ¿Cómo es tu relación con la narrativa de la obra de Pablo en contraposición a otras en las que has estado, como en la de Margolles, por ejemplo?

CM: Lo que pasa es que lo de Teresa era una intervención; había un proyecto concreto, la obra se hizo para ese proyecto, había una argumentación que estaba encaminando a la artista, y una parte del trabajo curatorial ahí fue político, fue sobrevivir una crisis política. Nuevamente, lo interesante, y lo peculiar, de la función curatorial es que es algo que se tiene que adaptar a circunstancias, entonces tiene totalmente otra temperatura. Aquí teníamos una institución que estaba feliz de tener esta muestra, que estaba muy interesada en utilizar la exposición para entender sus espacios nuevos. Una de las cosas que tuvimos aquí fue la complicación y el privilegio de trabajar con espacios que estaban siendo construidos mientras trabajábamos, y que a pesar de que hubo una exposición de objetos previos a nosotros, nosotros somos la primera curaduría realmente hecha sobre el espacio. Entonces, espero, estamos contribuyendo a formar el entendimiento de cómo usar este espacio como espacio de exhibición, cosa que el público no tiene necesariamente por qué saber eso, pero cuando uno llega a un lugar de exposición es frecuente que se apoye en aquellos que han estado trabajando durante muchas décadas en ese espacio para entenderlo, porque hay peculiaridades de la cosa, hay paredes ciertas paredes que piden algunas cosas distintas que otras, y esto no tiene nada de místico ni de animístico, es nada más que la relación de presentación de las obras y la arquitectura, es una relación que no es técnica, que es sensible. La disposición de las obras está negociando una organización hibrida del proyecto, que va a estar respetada en cualquiera de las sedes, de una serie de salas temáticas, cruzadas por una serie de proyectos cambiantes –cada sede cambia los proyectos– y, para serte muy preciso en eso, es un modelo, una alternativa respecto a qué hacer con una panorámica individual que no podría nombrar de manera clara o competente; no es una retrospectiva, para empezar, la relación con tiempo y producción de obra no es algo que estamos destacando en absoluto, es una especie de dispositivo analítico y emocional respecto a este trabajo.

Micromegas, de Pablo Vargas Lugo - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Micromegas, de Pablo Vargas Lugo – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

JLD: Ya centrados en la obra de Pablo que se muestra aquí, ¿cuál crees la característica más peculiar que tiene?

CM: Creo que la exposición está tratando de mostrar el trabajo de Pablo como un trabajo que está trayendo a colación conocimientos, formas, campos sensibles, que están divididos en nuestra experiencia, en la política, en la ciencia, en la historia natural, en la relación que tenemos con otras especies, en la mitología de los viajes espaciales, en el campo general de la representación. En un eje que está preguntando, de cierta manera, cómo trabaja un artista creando una relación al mismo tiempo enigmática y que provee conocimiento. El trabajo de la exposición busca componer este campo, donde hay una constante comparación de ámbitos de conocimiento y de campos de producción de representación, donde hay una experiencia de intención de escala –y de alguna manera eso tiene que ver con la noción de Micromegas–, pero en un argumento que está enfatizando la idea del hombre de arte como un operador, poniendo al descubierto y cuestionando estas intersecciones entre epistemologías, entre especies, entre mitos. Esa práctica es el campo de Pablo. Yo espero que la exposición que sea una especie de borrador, igual que el texto que acompaña al libro, de lo que pudiera ser una contribución crítica a la obra de Pablo Vargas Lugo en el sentido que la tradición crítica nos señala, que es la tarea de tratar de establecer un campo público de discusión sobre un campo artístico, y de ayudar a elaborar más allá de la obra. Como en muchos otros casos, sucede que el título es una conclusión del proyecto, es un primer resumen de ese argumento, y es interesante traer tanto la figura de la novela de Voltaire como el propio chiste del nombre de Micromegas, como este espacio de incertidumbre de escala que se abre una vez que entra en una especie de juego con la alteridad, con una alteridad expandida, intercultural, interespecies, interdisciplinaria e intergaláctica.

Micromegas, de Pablo Vargas Lugo - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Micromegas, de Pablo Vargas Lugo – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

JLD: Dentro de la misma obra de Voltaire, Micromegas se contrapone a su Cándido, que parecerían estar en polos diferentes.

CM: Es otro polo. Quizá son los dos cuentos filosóficos más importantes del siglo XVIII, aparte de Los viajes de Gulliver, con el que tienen una cierta relación. Mientras que el Cándido es una parodia de Leibniz, Micromegas es más una comedia entorno a la ofuscación de pretensión y de grandilocuencia de la nueva ciencia, es un intento de poner en su lugar a los humanos, hacerles sentir que su dominio intelectual del mundo, su capacidad de medir y representar no es la posesión de todos los mundos, es una manera de poner en su lugar a la vanidad de los modernos. Entonces, las dos novelillas ilustradas tienen este acompañamiento de humor desmitificador pero creo que ejercen dos operaciones esencialmente distintas: mientras que el Cándido, fundamentalmente, es un prototipo del personaje de la literatura moderna cuya comicidad depende de su carácter sistemático, de Sade a Kafka, al Morel de Bioy Casares, en donde la obcecación con un cierto procedimiento es lo que construye un mundo pesadillesco y divertido. El lugar de Micromegas es introducir el problema de una perspectiva que desmonta la seguridad del nuevo argumento antropocéntrico; hay que pensar que el mundo filosófico de la ilustración venía de la revolución copernicana y del descubrimiento del heliocentrismo, y está en persecución de lo que eventualmente Kant quiso hacer: la revolución copernicana del mundo intelectual, desantropoformizar a la filosofía, y a todo el conocimiento, y a la propia política. En ese sentido, el Micromegas es un poco como las paradojas de colonización a lo Montesquieu. El que aparezca como una contradicción de la noción de unicidad del mundo, de la racionalidad universal. Yo creo que es un elemento que introdujimos muy tarde en la exposición pero encajó perfectamente. Además, fue otra de estas cosas que intercambiamos, porque, para serte muy honesto, una parte muy importante del privilegio de curar exposiciones es que uno se mete en una especie de seminario de dos personas durante cierto tiempo donde hay lecturas que corren de un lado a otro. Yo encontré la ponencia, el paper original, donde Sagan, su mujer, y un par de asociados proponen la placa del Pioneer 10, que Pablo no había visto, y él, a su vez, me pasó un par de textos que yo no había visto sobre mimetismo, y yo al mismo tiempo le pasé el texto de Voltaire; entonces, produces un espacio donde construyes un sentido.

Micromegas, de Pablo Vargas Lugo - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Micromegas, de Pablo Vargas Lugo – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

JLD: En toda esta construcción de la modernidad que hablas, ¿qué tan moderna es la obra de Pablo?

CM: Yo sé que estamos muy aburridos del término “posmoderno”, pero sí tiene que haber alguna especie de horizonte posterior a las seguridades de las narrativas modernas, y la idea del dominio de la tecnología y de la historia, que prevalecieron en el siglo XIX y XX. La obra de Pablo encaja, yo creo, mucho menos con otras obras artísticas que con un cierto, no le quiero llamar espíritu porque más bien es un fantasma de época, con el espanto de época, con la desconfianza que nos produce cada vez más nuestro lugar en el universo, con la imposibilidad de proyectar las conclusiones sobre estas sociedad concreta como si fueran conclusiones universales, con la inestabilidad que la diversidad, tanto cultural como biológica, tiene que producir en nuestros modos de pensar y de vivir. En ese sentido, creo que la obra de Pablo no es moderna, sino que está apuntando hacia modos de pensar que en todo caso tendrían que abrirse en oposición a la época moderna. Por ejemplo, encontramos totalmente problemática peligrosa insustancial: la estructuración de naciones y nacionalidades modernas, pero al mismo tiempo vemos que esta ha capturado, movilizado, secuestrado, instrumentado, algo que parece mucho más perdurable, que es el campo de ostentación de especie y grupo. Una pieza como el Mariposario y la Nueva Vexilología, de Vargas Lugo, parece indicar este problema. No podemos partir de la noción ilustrada moderna de acabar con las naciones porque tenemos en algún lado este lugar en el que un campo de producción visual muy importante es la de la constitución de identificación de grupo a través de alguna clase de dispositivo de orden formal-visual. Hay maneras de pensar ciertas obras indicando problemas mucho más serios que la construcción de una obra de arte como tal.

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