Estatua del Cid - Imagen Pública

El Cid en Babel

Estatua del Cid - Imagen Pública
Estatua del Cid – Imagen Pública

por Marcos Solache

Las lenguas están implacablemente fundidas en las sociedades; aunque como es sabido, no hay una sociedad universal, por lo tanto no hay una lengua universal, pero sí ambición humana que desee imponerla.

El latín fue el idioma erudito, y el único formal con el escribían los Reyes y Papas. Con esto queda muy claro, que en aquella época, cualquier otro intento escrito, sería vano, plebeyo y de tal impulcritud, que ningún entendido lo aceptaría.

Conocido es que los cambios son difíciles de aceptar, las transiciones requieren enormes lapsos de tiempo para afianzar la singularidad de algo innovador.

Así debemos de imaginar a los campesinos del siglo IX, haciendo mofa de los dictados omnipotentes del Rey de Castilla, resonando en la misma clase social en el Reino de Navarra o de Aragón.

Se estaba gestando una lucha imperiosa de lenguas, tomando la viveza del todos los días, las pasiones de expresar los problemas con el arado o el ganado.

Estaba pariendo la sociedad, una lengua baja, propia, no de los estudiosos, ni mucho menos de los nobles. Una lengua que tomaba prestado algún influjo del latín, pero sobre todo que iba germinándose en la imaginación del pueblo.

Los juglares fueron los conciliadores verbales de esta pujanza efervescente. De pueblo en pueblo, iban contando las grandes hazañas, las notificaciones importantes, historias inventadas; todo lo prudente y jactancioso que debía saber la masa.

Así fue avanzando y retrocediendo el castellano, dicho sea de paso, que alcanza formalidad hasta que la clase noble, ve en esta ingesta popular, un designo útil para comenzar la dura independencia patriarcal del latín y sus poderosos representantes.

Aunque hay vestigios anteriores y muy puntuales de esta revolución, no es hasta que Ruy Díaz de Vivar, toma su lanza, escudo, espolea a Babieca, y baja de la Torre de Babel.

Trae una tirada de versos, no importa si cuentan sus más importantes hazañas, no importa si Per Abbat fue el amanuense medieval a quien debemos la primera transcripción, ni mucho menos importa si fue el moro jurista Abu-l-Walid al Waqqashi quien se lanzó a importunar al Reino y crear una historia para el pueblo.

Realmente no importa mucho lo anterior, lo que importa es que El Cid, Nuestro Cid, Mío Cid, se impone como el primer intento formal, por hacer crecer una lengua, nuestra lengua.

Estatua del Cid - Imagen Pública
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El Cid y la lira

Un poema, un cantar, una tirada de versos sin pausas modernas, sólo aquella mayúscula inicial en cada nueva estrofa.

Esto me recuerda que el pensamiento humano no es un hilo, sino un telar que se teje por partes separadas. Empezando por la estructura y composición, el Cantar no intenta innovar, sino mantener la tradición francesa, incluso sin preocuparse demasiado, como la moda lo exigía, por la rima y el metro.

Así podemos decir que el Cantar, aunque dividido en tres cantos, dicho sea de esta división una influencia moderna de algunas pausas visibles a las que responde la historia, no tiene más que versos variables, en los que se distingue, en muchos de ellos, la formación de hemistiquios, sea esto en la mayoría de los casos por refuerzos significativos o pares de sinónimos.

Diría entonces, que es una estructura, en términos generales, plana, formal, que si bien tiene cambios abruptos, estos se suavizan con las divisiones modernas del Canto; sin olvidar que la formación primaria responde a la intención principal de la épica, que es resaltar, por medio de la determinada extensión del verso, a partir de la repetición, la heroicidad y valentía de sus personajes.

En la lingüística, podemos decir, que aunque no hay lengua afianzada, ni mucho menos determinante, es interesante el encontrar los vestigios de la evolución, como por ejemplo, los cambios propios del “ai” donde posteriormente hay una “e”, así como señales clásicas, como la “f” por la “h”, o las sibilantes.

Así también hay que mencionar el influjo de arabismos, esto por puntualizar geográficamente la historia del Cid en la costa Suroeste Ibérica; sin dejar los ya mencionados cultismos y los destellos de los futuros pilares, ahora neologismos.

De manera enfática creo que valdría la pena repetir la importancia, más lingüística que estructural, del Cantar; esto porque se percibe el instinto, la duda, los cambios, pero sobre todo se saborea la súbita independencia de una lengua.

Estatua del Cid - Imagen Pública
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El Cid, el toro, la cruz, y el profeta

Si bien, de buenas fuentes se sabe que los dos primeros cantares, están fidedignamente basados en acontecimientos puntuales reales; valdrá la pena remarcar los adosados modos a los personajes, y algunos hechos precisos, completamente ficticios.

Tales son algunos, como la construcción psicológica del Cid, la existencia como mano derecha del caballero Minaya Álvar Fañéz, o aquél pasaje en que Martín Antolínez juega una treta a los judíos con arcas llenas de arena.

Sean así varias cosas más; aunque debe de subrayarse que no hay otra forma para construir a un hombre leyenda, sino es entre la realidad y la ficción.

Rodrigo Díaz de Vivar, es una imagen que representa la lucha y el éxito, por alcanzar la mayor honra y bienestar, encumbrándose en la clase noble española.

Es el símbolo de un infanzón para algunos, para otros de media cuna, pero siempre con el espacio abierto para poder ganar tantos bienes, mientras la Gracia de Jesucristo y la fidelidad al Rey, lo permitan.

Un hombre en la letra de palabra, valentía, coraje, templanza, sabiduría, respeto, patriotismo. Una serie de valores que por los siglos venideros, el Español tendrá como ideal personalidad a seguir.

Esa enjundia de torero, la misericordia de católico, el respeto por el moro importante, pero la lucha a muerte con el pagano corriente, lo convierten en un ser prudentísimo, equilibrado, sin que alguna pasión lo perturbe en su accionar. Con tantas cualidades, cualquier nación lo querría tener como modelo a imitar. Es un héroe fantástico.

Porque dicha sea la verdad, no existió ese Cid. Rodrigo Díaz fue ciertamente un hombre ambiciosos, pero con todas las cualidades de un soldado; avaro, violento, belicoso. Un hombre que fue no más que el reflejo de la guerra, los anhelos mundanos; atropellando a cualquiera a mañas descaradas, y para ser un líder de la violenta masa, apasionado y fervoroso por cualquier placer.

Esto sin duda lo convierte en un completo imprudente desequilibrado. El Cid es un fiasco. En el siglo XIX, unos seiscientos años después de la muerte de Rodrigo Díaz de Vivar, el Rey Felipe II intentó por medio de don Diego Hurtado de Mendoza, canonizar al héroe1.

San Rodrigo Díaz diría el mausoleo del convento de San Pedro de Cardeña. Quizá más ad hoc a como fue la vida literaria del hombre, que si no pidió que fuera fantaseada su vida, alguien le hizo el favor de inmortalizarlo como una bella mentira.

Estatua del Cid - Imagen Pública
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El Cid y Babieca

Cualquier ser humano idealiza su vida. Sueña con ser recordado de alguna honrosa manera, tener en presente tantos bienes, que solamente se preocupe por encontrar quien los mire; legar un buen apellido y dejar un hito de vida en las generaciones venideras.

Una vida ideal en el pensamiento e imaginación. En la mayoría de los casos, la vida termina siendo una coladera en la que vemos como llegan los años, y la paciencia y esperanza se van.

Para una vida frustrada y la muerte, no hay remedio; pero sí lo hay para cambiar el completo curso de nuestro recuerdo. La literatura es entonces, la bola de cerilla que no permite escuchar a bien, si lo que nos cuentan, es verdad o mentira. Escribimos, o hacemos que escriban, otra versión de la historia de nuestra vida, esta sí ideal y valerosa.

El Cid se continúo y continúa escribiendo. La historia no terminó cuando sus hijas son señoras de Navarra y Aragón, y se emparientan con los Reyes de España.

La historia hoy continúa en partes arraigadas en cada Español; es el espíritu del caballero quien guía en los momentos cruciales, en los instantes en los que se requiere sosiego y determinación.

El Cid está en cada precisa palabra para salir avante de cualquier adversidad. El Cid es hoy y siempre, el valor de cualquier hombre.

No basta mencionar su importancia lingüística, ética, ni literaria. El Cid y su Cantar se irán rehaciendo con los años, hasta que el castellano desaparezca; y aún ahí, en el supuesto rincón olvidado, de entre las telarañas y los polvos acumulados, resonará Babieca de nuevo, relucirán la Tizona y la Colada, todo para hacer más heroica, la victoria de siempre, del siempre eterno, Mío Cid Ruy Díaz de Vivar.

 

1. Jack Weiner. (2001). El Poema de Mío Cid. El patriarca Rodrigo Díaz de Vivar transmite sus genes. España: Edition Reichenberg.

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