Campanas al atardecer - Isaak Ilich Levitán

Iván Bunin: Sujodol

por Emanuel Bravo Gutiérrez

Cuando pensamos en los autores más preminentes de la literatura rusa, de forma inevitable, recordamos los nombres de Feodor Dostoievski, León Tolstoi, Nikolai Gogol, Alexander Pushkin, Vladimir Nabokov o Antón Chejov, si somos un poco más aficionados a las letras eslavas vendrán también a nuestra mente los nombres de Iván Turgueniev,  Boris Pasternak, Maximo Gorki, Mijaíl Lermontov, Anna Ajmátova y Alexander Solchenitzin, pero rara vez el nombre de Iván Bunin.

Nos encontramos a finales del siglo XIX, un joven talentoso y uno de los últimos escritores aristócratas comienza a publicar una serie de poemas y relatos, su estilo es fresco y renueva la visión de la vida rural rusa que parecía haberse estancado con Los relatos del cazador de Turgueniev. Iván Bunin le dará el último respiro a la literatura realista decimonónica, la cual se encontrará en vías de extinción con el realismo socialista instaurado por Maximo Gorki. Debido a su condición de aristócrata en 1920 se exiliará de Rusia para trasladarse en un barco de Odessa hacia Estambul. Continuará una vida en París donde los críticos se maravillarán por sus narraciones con un fuerte sabor popular. En 1933 la Academia sueca le concederá el premio Nobel de literatura, será el primer autor ruso que tendrá este premio, sin embargo, su nombre permanece en las sombras, eclipsado por las varias cumbres que esta literatura posee. Podemos intuir y suponer varias razones para este desconocimiento, su rechazo a las ideas socialistas imperantes en su país de origen, un excesivo refinamiento en el estilo, el hecho mismo de escribir literatura realista en una ciudad que alucinaba con los versos surrealistas de André Breton, de las novelas de la generación maldita y la obra de tantos artistas experimentales que hizo que el proyecto literario de Bunin se percibiera como anacrónico.

Retrato de Iván Bunin - Leonard Turzhansky
Retrato de Iván Bunin – Leonard Turzhansky

Rara vez se prestó atención a la obra de un autor tan importante como Iván Bunin, pero será a raíz de la caída de la Unión Soviética cuando la crítica literaria comenzó a valorar su obra. Sujodol publicada en 1911 es una de las novelas más importantes de este escritor, y después de esta larga introducción, puedo comenzar a hablarles de ella. 

Sujodol es el nombre de una aldea perdida en las estepas rusas, una aldea apresada en un espacio infinito, un mar verde donde naufragan dachas señoriales e isbas de mujiks, el tiempo parece detenerse y encadenar la vida de los pobladores. El mismo inicio de la novela nos transmite una añoranza rural: “Nunca pudimos comprender el cariño de Natalia a la aldea de Sujodol”. El mundo rural de Bunin se diferencia del de Turgueniev o el de Tolstoi por una razón: no es idealista. Sujodol no es una oda a la vida pastoril, la aldea de Sujodol es un mundo oscuro, descarnado, lleno de sombras y sobre todo, asfixiante. Iván Bunin vivió en sus primeros años en una de estas aldeas, conoció de cerca el trato que tenían los amos con sus siervos que no distaba mucho de los tiempos de la Edad Media. 

El lago - Konstantin Yakovlevich Kryzhitsky
El lago – Konstantin Yakovlevich Kryzhitsky

La novela relata la historia de una familia durante tres  generaciones en este entorno cerrado del cual nadie puede escapar. El hilo conductor de todas las historias es Natalia, una sierva liberada que vive muy de cerca el destino de sus amos. Amores secretos, misteriosos asesinatos, traiciones, castigos, matrimonios arreglados, maldiciones, añejas locuras y fugaces alegrías conviven en esta novela que destella por su vivacidad y su dinamismo. Solemos pensar que una gran novela rusa siempre debe poseer un tamaño exorbitante, no así la de Iván Bunin, que apenas logra superar las cien páginas y que sirve de maravilloso aliciente para leer más del escritor.

El medio para conseguir este efecto es la renuncia a la linealidad, la novela se compone de varios recuerdos referidos por los parientes más jóvenes de la familia a través de varias analepsis, el orden se descompone y adquiere más la apariencia de un mosaico de eventos. La nostalgia y el recuerdo dan el tono general de la obra y nos regala fragmentos llenos de un lirismo decimonónico que nos hace recordar la obra de Chejov o de Turgueniev:

“Como una florecilla bermeja nacida en jardines de leyenda, era su amor. A la soledad  de la estepa, a aquella soledad aún más sagrada que la soledad de Sujodol, llevó su amor consigo, para en el silencio, en el aislamiento, vencer sus dulces y ardientes torturas y luego sepultarlo para siempre, hasta su muerte, en las profundidades de su alma de aldeana de Sujodol”

Esta expresión propia del alma rusa nos proporciona el medio para emparentarlo con la gran literatura de su país de origen. Sujodol es esta aldea a la cual nadie puede renunciar, un lugar lleno de supersticiones, de una magia profundamente eslava y que parece prefigurar las sagas familiares de William Faulkner en Yoknapatawpha y de forma más cercana la Comala fantasmal de Juan Rulfo y el Macondo de Gabriel García Márquez.

Campanas al atardecer - Isaak Ilich Levitán
Campanas al atardecer – Isaak Ilich Levitán

Iván Bunin rescata un mundo que dejaría de existir tan solo unos años después con el estallido de la Revolución rusa, un mundo que originó también los cuartetos de cuerda de Alexander Borodin y la pintura de varios paisajistas. Su obra desprende el aroma de los campos de heno y los ecos de la balalaika.

 

Bibliografía

Bunin, Iván (1992). Sujodol. Editorial Gallimard-Promesa. México.

Pinturas (por orden de aparición).

Turzhansky, Leonard. Retrato de Iván Bunin

Yakovlevich Kryzhitsky Konstantin. El lago

Ilich Levitán Isaak. Campanas al atardecer

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