Liliana Amezcua - Fotografía por Jessica Tirado Camacho

El arte es una casa: sobre una tarde con Liliana Amezcua

Liliana Amezcua - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Liliana Amezcua – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

por José Luis Dávila

No se puede vivir del arte. Es un hecho que al menos en México ser artista está ligado a la lucha constante para poder mostrar al público lo que se hace, e incluso cuando se logra algo así, los juicios mediante los que se valoran las piezas resultan las más de las ocasiones cortados por influencias de lo moderno, de lo hype, de lo bonito y actual (como si la actualidad del arte no residiera en la perspectiva desde la que se ve y se piensa). Ya no hablemos de vender, ni siquiera de itinerancia de la obra en otros espacios de otros estados, ni de otros países. Que el apoyo presupuestal no basta, que las becas se otorgan por nepotismo, que abundan las ideas y no hay suficientes espacios. Las razones por las cuales la producción artística se ve afectada son demasiadas, pero hay que decirlo, no son nuevas, existen desde años, siglos, atrás. Todos los artistas lo saben, está en el contrato consigo mismos que deberán encarar este tipo de cosas tan frustrantes. Y sin embargo, sin embargo, se sigue decidiendo hacer arte, porque si bien no se puede vivir del arte, se puede vivir en él.

Taller de Liliana Amezcua - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Taller de Liliana Amezcua – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

Liliana Amezcua ha hecho esa elección en la que el arte se convierte precisamente en parte de su vida. El arte es su casa, su hogar. Se desenvuelve en él, dentro de los márgenes del cuadro, en las páginas de las libretas que convierte en registros de su experiencia. El taller de Liliana es uno lleno, rebosante de colores, de afiches colgados en la pared, de tazas con tijeras y pinceles. Cuando se entra en ese estudio, salta la creatividad, se respira el polvo de las cosas viejas que guarda con cariño; son recuerdos de su padre y su abuelo. Pero más que recuerdos, quizá sean ideas trasvasadas, sensibilidades que la atan a esas memorias materiales donde la presencia de esos dos hombres no se borra. Asimismo, la presencia de Liliana, tan fuerte, tan enérgica, invade a su obra y va mucho más allá, porque a la vez la obra invade el espacio del museo para convertirlo en otra extensión de ella misma.

Taller de Liliana Amezcua - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Taller de Liliana Amezcua – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

Pero no sólo es en el arte donde Liliana demuestra su talento, sino que también en algo que muchos considerarían diametralmente opuesto: la química. Tiene a su cargo La Mireya, esa perfumería que su abuelo abrió allá por 1923 y que gracias a ella sigue funcionando luego de tres generaciones. Aunque no aprendió formalmente el oficio, su capacidad de observación le ayudó mucho a continuar esta tradición, a saber mezclar de forma adecuada las sustancias, justo como mezcla las imágenes necesarias, ni más ni menos, en sus collages. Es, pues, una alquimista completa, transforma la materia concreta y la espiritual, una a través de las reacciones entre los elementos químicos y la otra en la conjunción de los elementos que representan su vida para exponerlos a otros que se sientan identificados.

Taller de Liliana Amezcua - Fotografía por Jessica Tirado Camacho
Taller de Liliana Amezcua – Fotografía por Jessica Tirado Camacho

También en su taller hay un par de carpetas con todos los diplomas, los reconocimientos, eso que a muchos les gusta portar como joyería intelectual, pero ella no, ella prefiere tener todos esos papeles a la sombra, y así ser más honesta con su trabajo, más abierta a incluirse en el mundo y poder retomar de ahí uno de los elementos fundacionales de sus piezas: la realidad social individual, una realidad cercana que cualquiera puede reflejarse al menos un poco en ella.

Liliana Amezcua, se podría decir mucho más sobre ella. Pero mejor que su obra sea la que hable, porque ver uno de sus cuadros es estar un poco en su casa y conversar con ella mientras se fuma un cigarro.

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