Defensores de los animales - El Santo Nerd

Por supuesto, pero tal vez…

Defensores de los animales - El Santo Nerd
Defensores de los animales – El Santo Nerd

por José Luis Dávila

No tenía más de cinco años cuando vi en el Relicario la primera corrida de toros de mi vida. Sinceramente, no entendí ni un carajo, pero hubo dos momentos cruciales: uno, cuando salió el hombre vestido en traje de luces, dueño de la plaza, y todos aplaudimos. Mi abuelo se veía emocionado, así que me emocioné por solidaridad, pero más por el asombro de nunca antes haber sentido esa especie de comunión total. Había algo más que en ese momento salía de mi alcance pero con el tiempo pude aprehender. Era maravilloso ver cómo el tipo en el ruedo se enfrentaba a una bestia enorme, una bestia que medía bien sus ataques y arremetía con toda la fuerza, y aún así, la elegancia del hombre era superior. Era una batalla plena, a muerte, como es todos los días en cada uno de nosotros la lucha entre las emociones y la racionalidad. La segunda cosa es que el toro encontró el modo de saltar las vallas y llegó hasta las primeras gradas; hubo espanto general, pero como niño uno no se da cuenta del peligro real de las cosas, y esperaba que el toro llegara hasta mi lugar para poder acariciarlo.

Por la misma época, era asiduo a las funciones de circo. Me encantaba escuchar al auto feo y casi hecho polvo perifoneando horarios y precios. Brincaba de la emoción al ver instalarse la carpa, pues uno que otro circo se asentaba cerca de mi casa, y quería ser parte de todos los que se encargaban de crear ese universo. Podía acercarme a animales que veía en las películas, animales que creí nunca poder conocer por los miles de kilómetros entre ellos y yo. Era espectacular verlos actuando en la pista, acompañados de los payasos, de los trapecistas, de las edecanes. Y los magos. Y los vendedores de lamparitas. Y ese olor a fertilizante. Cada función a la que he asistido ha sido una experiencia llena de color y dinamismo que deja en el corazón una incisión de nostalgia. El circo tradicional, ese al que casi todos alguna vez fuimos, para mí es una pintura viva.

Ahora, cada que leo un pronunciamiento contra estas dos expresiones culturales, siento que los argumentos expuestos al respecto son completamente vacuos. Los defensores de los animales tienen un buen punto, la crueldad y el maltrato contra cualquier especie están mal, y concuerdo, por supuesto que está mal, tienen razón, es despreciable, es abominable, es un mal que nos ha dado la consciencia ambiental el de saber que pese a ser la pretendida cima de la cadena evolutiva no tenemos derecho a tratar a otras especies como se nos venga en gana. Yo apoyo todo eso, sin duda, pero no puedo pensar tan cerradamente como la mayoría de los defensores de animales. No puedo evitar la criticidad e imparcialidad que emana del condicionante al “por supuesto” de las líneas anteriores, este condicional es un “pero tal vez” en donde reside la vacuidad de los argumentos.

Ringling Bros. - Imagen pública
Ringling Bros. – Imagen pública

Tal vez no todos los circos maltratan a los animales, es decir, uno de ellos, el Ringling Bros, hasta será indemnizado por los ataques sufridos al respecto durante catorce años. Esto quiere decir que tal vez la gente del circo está siendo afectada gravemente en su trabajo por denuncias no probadas y que incluso puede que sean falsas. Tal vez las mismas protestas en contra del circo generan bajas en la venta de entradas, lo que se traduce en las malas condiciones que viven no sólo los animales, sino que quizá a los mismos artistas y trabajadores de la empresa. Tal vez lo que se necesita es una buena regulación de las actividades y no la censura de ellas.

Por su parte, tal vez las corridas de toros no son lo que parecen. Tal vez es porque la mayoría de los defensores de animales no se interesan por conocer las reglas de las corridas y todo el universo que conlleva. Tal vez haya que pensar en el mercado de la carne de los toros de lidia, porque pese a la dureza de la misma, hay quienes disfrutan de comerla. Tal vez haya que reflexionar el contexto entero desde el cual las corridas son vistas, no como una barbarie sino como un rito ancestral. Un espectáculo en el que se pone a prueba al hombre frente a lo salvaje. Una forma de decantar la adrenalina. Tal vez es un método de para sacrificar al animal, como se sacrifican miles y miles en los rastros de todo el mundo a diario, pero con estilo y elegancia para ambos: el carnicero tratando de ejercer la profesión con arte, el animal teniendo derecho de defenderse y ganar su vida. 

Toros - Imagen pública
Toros – Imagen pública

A final de cuentas, el más grande “tal vez” que afecta a ambas cosas es que quienes se oponen a los circos o a las corridas están ayudando a matar una parte importante de la cultura. Habrá quienes se escuden en decir que los espectáculos circenses modernos se centran en las habilidades del actor circense, en lo que éste es capaz de realizar con su cuerpo y en relación a diversos aparatos, que por demás es loable y de gran valor. Pero eso no es el circo tradicional, el circo que está centrado en entretener por medio del exotismo, que está hecho para maravillar por medio de la ilusión. Y para aquellos que digan que las corridas de toros son brutales, bueno, todos los elementos estéticos y simbólicos implicados, imposibles de explicar a detalle en un espacio reducido, deberían ser puestos a consideración.

Tal vez quienes creen ser los más racionales al estar contra estas formas culturales, sean quienes están en el error. Sólo tal vez.

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