La peste negra-Imagen Pública

Ruda, rudísima de cinco estrellas, siete suelas y gran turismo

La peste negra-Imagen Pública
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por Carolina Vargas

Hace algunas semanas confesé que la lucha libre es uno de mis pecados kitsch más arraigados; específicamente el #5 en una lista de 10.

Tuve la oportunidad de asistir a un encuentro luchísitico…bastante mediocre, nos quedaron a deber a todos los amantes del Pancracio. Me cuesta mucho trabajo entender el por qué me gusta tanto, siendo honestos tanto el espectáculo como su afición reúnen muchas de las cosas que detesto.

Para empezar desde el momento en el que piso la arena sé que sacaré lo peor de mí, gritaré con un vocabulario que haría enrojecer a cualquier marinero de Alvarado, beberé cerveza, eructaré, en pocas palabras perderé el estilo mientras veo a un par de mastodontes rompiéndose el alma. No me justificaré diciendo que quizá es una reminiscencia al coliseo romano y que tal vez en mi ADN quedó guardado el gen maligno que disfruta mientras ve como los cristianos son devorados –en este caso- por otros cristianos.

Mr. Niebla-Imagen Pública
Mr. Niebla-Imagen Pública

Entonces, aclarado que es un espectáculo vulgar, en el más amplio y democrático de los sentidos, que convoca a una infinidad de fanáticos ávidos de sangre, sudor y putazos.  Y aunque la mayoría nos jactamos de repudiar la violencia, la disfrutamos bajo la más descarada de las hipocresías. Quizá es el resultado de vivir bajo normas de urbanidad que no comprendemos, el ritmo tan acelerado en el que nos movemos, el estrés, la frustración o la gilipollez de la gente, muchas veces no nos atrevemos a explotar y reprimimos las ganas de estallar y sacar al energúmeno que llevamos dentro y es por eso que ver a dos monos romperse la madre es absolutamente liberador.

Así que ahí estaba yo, perdiendo el estilo, gritando pendejadas, materializando todos mis demonios en las caras de los luchadores, disfrutaba cada golpe, llave y patada, los lances sobre el adversario, las mentadas de madre, todo eso de lo soy incapaz de hacer muchísimas veces con infinidad de personas. Será por eso que compartir la tribuna con machos controladores, nacos irredentos, zorras de microbús y afanadoras calenturientas no me importa siempre y cuando pueda liberar mi espíritu beligerante.

Pese a todo lo anterior es una experiencia que siempre me nutre, me recuerda mi infancia, los domingos por las mañanas en los que veía las peleas, las idas a la arena y en fechas más recientes la mejor época de mí vida cuando en medio de la porra ruda gritaba improperios con la más ágil de las lenguas.  Desde niña me gustaban los personajes, los colores y el teatro que armaban los luchadores en el ring, las películas de Santo y Blue Demon contra –insertar cualquier palabra o frase- el eterno misterio del hombre que oculta su identidad bajo un el cobijo de una máscara. Legiones de héroes anónimos y no lo digo en el sentido romántico, héroes por dedicarse a lo que aman y defender su vocación por encima de todo, por darnos interminables horas de espectáculo y entretenimiento que, en efecto no es apto o del gusto de todos, pero quienes disfrutamos la catarsis que nos proporciona, agradecemos infinitamente su entrega.

La peste negra-Imagen Pública
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Terminaron los encuentros que anunciaba el cartel y el resultado final fue agridulce, nosotros los rudos ganamos solo una batalla, la final. Negro Casas, Felino y Mr. Niebla conservaron su cinturón en una pelea que más que eso parecía un after de antro gay, por la cantidad de besos que se dieron entre ellos, aun así la tarde fue memorable. Me fui de ahí con una sonrisa en los labios, una carga menos a cuestas y una actitud renovada, los elementos necesarios para no saltar encima del primer imbécil que se quiera pasar de listo y lo saque a uno de sus casillas. Y sí, soy ruda porque en un deporte tan violento no puedes pretender ser “el chico bueno y blandengue” es mi desdoblamiento ya que en mi día a día trato de mantener un bajo perfil.

Espero muy pronto repetir la experiencia, llevar mi garganta clara y afinada para que al calor de una buena pelea gritar con fruición al bando técnico: “Tu mamá pendejo…tú mamá”.

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