Regalos - Imagen pública

El ramo de rosas

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Regalos – Imagen pública

por María Mañogil

El día de la madre, uno de esos días a los que se les puso nombre para homenajear o agradecer algo a alguien, como  tantos otros días con nombres inventados que no tienen nada más de especiales que la intención de que parezcan así (entre otras cosas con el fin de  fomentar el consumismo); en el fondo todos sabemos que lo especial nunca es una fecha en un calendario, aunque nos empeñamos en escribir o pronunciar las palabras adecuadas para adornarla o en buscar un regalo que exprese en un sólo día el amor que, en ocasiones, pasa desapercibido los otros 365, en los que no hablamos si no se nos pregunta o porque creemos que no tenemos nada que decir. No sé porqué habría que decirle a una madre cuánto se la quiere, si ya lo sabe… Todo se da por hecho, así que levantarse una mañana temprano para ir a comprar un regalo que quizás no sea el adecuado o que tenga la misma utilidad que los de años anteriores también debería carecer de significado si tenemos en cuenta la cantidad de personas que pasan todos los días por delante de la casa donde vive la mujer que las trajo al mundo, que las cuidó y las educó hasta convertirlas en las personas adultas e independientes que son ahora y no son capaces de perder unos minutos de su ajetreada vida para, como mínimo, darle un beso.

Como digo, todo en el mundo se da por hecho, pero de repente llega un día en el que nos transformamos y corremos ansiosos a comprar el regalo perfecto para agasajar a alguien o  para decirle: “Hola, hoy me he acordado de ti”.

Yo pasé varios días pensando en un regalo para mi madre. Después de salir del trabajo entraba en unos grandes almacenes y, sin haber encontrado aún nada en ninguna otra tienda que me pareciera apropiado para un día tan especial, empecé a plantearme la posibilidad de comprarlo allí para que ella lo pudiera recoger en otro establecimiento de la misma cadena que se encuentra en su ciudad (en nuestra ciudad) y de esa forma ahorrarme el esfuerzo que supone tener que enviarlo a través de una oficina de correos. Durante todos esos días que malgasté pensando en eso y buscando desesperadamente un regalo que nunca encontré, no la llamé por teléfono en ningún momento, no le pregunté cómo estaba ni le envié un beso, ni le dije que la quiero.

¿De verdad estaba buscando un regalo para mi madre? Yo ya lo dudo. Quizás ese regalo era para mí, para aliviar mi conciencia de la pesada carga a la que debo estar sometiéndola por no poder regalarle a mi madre lo único que creo que le gustaría recibir de mí. Y sé muy bien lo que es  porque yo también soy madre.

Me parecen irónicos los carteles en los escaparates de las tiendas, las flores y las tarjetas pregonando que ya llega el día esperado en que estamos obligados a “demostrar”… Hasta los anuncios en televisión me recuerdan como si fuera una burla, que yo no voy a estar ese día donde me gustaría estar, que no estoy desde hace un mes y que, probablemente no estaré en los meses siguientes. No es el día de la madre el que me importa, son todos lo demás. Es cada minuto en que mi mente deja que agonicen los recuerdos de todos los años a su lado, del olor de sus ropas cuando me abrazaba, del sonido de la radio en la cocina de nuestra casa, de su voz leyéndome un cuento por las noches cuando estaba enferma, mientras sus labios rozaban mi frente para comprobar que ya no tenía fiebre…

Regalos - Imagen pública
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No sé qué regalo podría hacerle a mi madre ni qué sentido tendría hacerlo en un día en que se me está presionando a comprar algo que no quiero porque si no lo hago no demostraré lo buena hija que soy y en el que estoy obligada a gritarle  al mundo cuánto la quiero. ¿De verdad le importa al mundo si yo quiero a mi madre? El mundo era ajeno a todos mis recuerdos hasta que yo los he escrito aquí.

Un regalo nunca dejará de ser simbólico tanto para quien lo da como para quien lo recibe (o eso creo yo) y el único regalo que puede serlo de verdad es el que se hace desde la improvisación, desde un momento concreto que no vaya unido a una fecha preestablecida, como puede ser un cumpleaños o cualquier otro día. Un regalo se da cuando se quiere dar y desde luego que no tiene porqué comprarse.

Yo no encuentro mejor regalo para una madre que poder estar con sus hijos.

Regalos - Imagen pública
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Si tuviera que definir “ser madre”, no sabría hacerlo. Un día alguien me dijo que el hecho de preguntarme si soy una buena madre ya demuestra que lo soy, pero nunca llegué a creerme esas palabras y un día me sorprendí al descubrir que hacía ya mucho tiempo que había dejado de preguntármelo porque entendí que al hacerme esa pregunta estaba torturándome del mismo modo que cuando me pregunto si alguna vez fui una buena hija, o si al menos, lo intenté.

Hoy ya no me pregunto nada, tan solo trato de abrigarme en los recuerdos que, aunque a veces borrosos, son los únicos que me alivian mientras me distraigo pensando en qué título ponerle a lo que estoy escribiendo. Mañana me despertaré y volveré a escuchar los anuncios en televisión, volveré a salir a la calle y admiraré los preciosos ramos de rosas, expuestos en los escaparates de las floristerías junto con alguna tarjeta de felicitación dedicada a las madres. Yo, como todos los días, pasaré de largo y pensaré en cuánto me gustaría poder abrazar a la mía y sentir un abrazo de mis hijos. Un día de estos compraré un billete de avión y lo haré.

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