J. M. Coetzee-Imagen Pública

El maestro de Petersburgo

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por Emanuel Bravo Gutiérrez

Escribir sobre Dostoievski es escribir sobre el  autor  ruso que logró su fama gracias a los trazos que delinean el alma torturada del hombre, sus demonios, sus pesares y sufrimientos. Leer su obra es acercarse al borde de un profundo abismo que todo lo sumerge en las tinieblas. Muchos autores han escrito en torno a sus letras, entre los principales tenemos a Zweig, Guide y Steiner. Dentro de los autores contemporáneos encontramos la figura del premio nobel  J.M. Coetzee.

En su novela El maestro de Petersburgo hallamos uno de los homenajes más lúcidos a la obra de Dostoievski, así, podemos afirmar dos aspectos: si no has leído alguna novela del autor ruso quizá no sea la obra para ti o al menos la encontrarás un tanto confusa, y sí, es una novela para los seguidores de Dostoievski y en segundo término de Coetzee, ya que el nobel silencia su estilo para dar paso a la voz de uno de sus más grandes maestros.

La obra inicia un octubre de 1869 en la ciudad de San Petersburgo. El escritor vuelve a su ciudad para investigar sobre la muerte de su hijastro: Pavel Isaev. El hecho, cabe recalcar, no es histórico, pero le da el pretexto a Coetzee para retratar la sociedad de la Rusia zarista, para hacer de Dostoievski un personaje de las novelas de Dostoievski. A partir de esto, podemos entender muchos de los mecanismos de la novela: un inicio oscuro, lento, acompasado, largas meditaciones que tienen como fin ilustrar el sufrimiento de un padre, entender la complejidad de la muerte, párrafos hermosos llenos de un dolor místico:

“Estás junto al pozo, el viento te alborota el cabello, no un alma, sino un cuerpo rarificado, elevado a su primera, segunda, tercera, cuarta, quinta esencia, mirándome con los ojos de cristal, sonriendo con labios dorados.

J. M. Coetzee-Imagen Pública
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Siempre vuelvo a mirar. Quedo absorto para siempre en tu mirada. Un campo de puntos de cristal que bailan y parpadean, y yo soy uno de ellos. Las estrellas del cielo, las hogueras que les responden desde las llanuras”

El maestro de Petersburgo es una novela policiaca, en sus búsquedas interminables, en sus diálogos con oficiales de policía y estudiantes vislumbramos al mejor Dostoievski, homenaje claro a Crimen y Castigo, nombrado un par de veces dentro de la obra. Pero también tenemos a los anarquistas tema de  Los demonios, leemos las descripciones de ese otro San Petersburgo, la ciudad hecha a partir de los despojos del régimen zarista, la ciudad construida sobre los huesos de los más miserables y desamparados. Leer esta novela es volver a leer Los hermanos Karamazov, Humillados y ofendidos, El idiota y en general, se nos presenta como una gran síntesis de la novela dostoievskana.

El aporte de Coetzee es darnos un Dostoievski menos grandioso, menos endemoniado pero más humano, más digerible. Poco a poco entendemos  su anhelo hacia la luz, un anhelo lleno de incomprensión y miedo, la luz provoca miedo a aquellos que sólo han conocido las sombras. Pavel, la luz de Dostoievski se ha apagado y su extinción tiene el sabor del silencio de Dios.

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A pesar de todos estos homenajes, también encontramos un tema que es recurrente en la obra del nobel: la tragedia que provoca el contacto con el poder. En sus novelas como Desgracia o Esperando a los bárbaros, tenemos protagonistas incapaces de oponerse al poder, se pinta su caída con los colores más sombríos. También está presente en El maestro de Petersburgo, Dostoievski, su hijastro Pavel, Nechaev, etc. son víctimas de algo más grande que ellos y sólo lo alcanzan a dimensionar cuando su tragedia es próxima. La opresión tortura sus frágiles almas, sus almas endemoniadas y llenas de aprehensión, almas distantes  que son incapaces de comprenderse, sumidas en una lobreguez perpetua.  

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