Bloqueo - Imagen pública

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Bloqueo – Imagen pública

por Andrea Rivas

Déjeme empezar, querido lector, ofreciéndole mis más sinceras disculpas por el abismo que hallará en el sitio donde debería encontrar mi columna esta semana. Y no crea que no pensé en usted, que jueves tras jueves me lee y con su pupila hace vida de mis letras, no crea que no me abruma sobremanera dejarle únicamente la somera explicación, justificación del porqué de la ausencia que acongoja a este espacio.

Disponía yo, como cada martes, el espacio preciso: noche, silencio, vainilla, taza caliente, ventana abierta; sin embargo no es fácil, permítame afirmar, iniciar la escritura cuando no se poseen ideas claras. Fue, posiblemente, el calor enajenante que me obligó a acercarme demasiado a la ventana, el que provocó la fuga de mis ideas porque para cuando dispuse mis manos a la primera letra, éstas se negaron rotundamente a cumplir su tarea. Y así empezó la odisea.

Buscando encontrarme con la calma, tomé un poco de agua y dejé que mi mente viajara en la oscuridad. Lo único que encontró fue una somnolencia terrible que me dejó en el más cruel letargo. Desesperada, acudí a la conversación cotidiana, al hola como estás que en tantas ocasiones ha traído el descontrol y la vida. Así fue como me encontré con J, quien, amabilísimo como siempre ha sido, no dudó un instante en ofrecerme su ayuda. Sin embargo cómo, me dije, cómo podría un externo dotarme de las ideas, las palabras que hace un momento habitaban mi mente y eran parte de mi configuración y capacidad letrística y de pronto, ¡puff! idas. Enojada, le expresé mi indignación y de inmediato me ofreció calmar la furia con el más oportuno aliciente que se le puede dar a uno cuando se encuentra fastidiado. Sonriente acepté su propuesta y le envié la lista.

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Cómo es que J entendió de manera tan literal la somnolienta guasa, es un misterio para mí. Lo único que tengo seguro es que minutos después de nuestra conversación, ya se encontraba frente a la casa del primero en la lista, preparado para arder. Afortunadamente, tuve el tino para llamarlo justo en el momento en que cruzaba la acera y confundido, me aseguró que para él no representaba el menor problema. Necesitas tener la mente limpia para escribir, me dijo, puedo eliminar a los inoportunos. Luego de agradecerle infinitamente, le prometí comunicarle cuando fuese necesario llevar a cabo la tarea y le pedí que, mientras tanto, no hubiese heridos.

La noche estaba ya muy avanzada y mi página seguía en blanco. Yo pasaba de pensar en la fortuna que había tenido al detener a J y lo cansado que sería bajar a preparar otro té, además de todos los riesgos que implican las cocinas oscuras durante la madrugada. Pocas cosas son tan terroríficas como la idea de una solitaria estufa con todos sus utensilios en los mueblecillos contiguos y una luna plateada filtrándose por la ventana del patio trasero.

Para nadie será una sorpresa leer del mal humor que me causó el hambre mezclada con el calor y el reciente casi homicidio. Luego de registrar cada uno de mis cajones en busca de ideas que barrieran lejos mi ogresco genio, porque debe saber, lector siempre apreciado, que en ningún momento dejé de pensar en lo que habría de escribirle, me encontré con un vacío absoluto. Los objetos estaban dispuestos con tal absurdo que sería imposible hallar algo que no fuesen las ganas de tirarse a un acantilado a esperar que el próximo ciclón le diese coherencia a aquello.

Vacié cada uno de los cajones y repisas, tomé una gran bolsa de basura y deposité todos los utensilios del escritorio en el suelo: esperar al ciclón tomaría muchísimo más tiempo del que disponía para recobrar el orden necesario. Justo en el momento en que abría la primera carpeta a clasificar, sonó el teléfono con una estrépito muy poco indicado para aquellas lamentables horas. La voz sonó lejana y animada. Sólo a A se le ocurriría querer charlar a las tantas de la madrugada sin más motivo que charlar. Con una terrible imitación de mi más alegre voz, conversé un par de minutos para finalmente, terminar fastidiando a mi interlocutor con la más triste historia de mi vida pasada. Colgamos con el amargo sabor de las palabras fallidas.

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La tristeza le fue sumada al desorden, los cajones regados, el estómago vacío, las manos polvosas, el casihomocidio, y mis ideas revoloteando fuera de la ventana, burlonas. Miré el reloj: amanecía. Con toda la exasperación colgándome de los dedos, me di cuenta del penoso estado de mi esmalte de uñas. Suspirando me prometí conseguir un algodón bañado de químicos de olores endemoniados para mejorar la condición de mis manos en cuanto terminase la columna. Si tan solo hubiese escrito algo ya…

Mi alma, desesperada y fatal, anocheció de golpe. Faltaban solo 10 minutos para la hora de entrega. Y aquí estamos, queridísimo lector, sin palabras para esta semana y con la inmensa pena de haber dejado este espacio que es de sus ojos, vacío. Quiero decirle, sin embargo, que en cuanto esta disculpa sea enviada, tomaré cada uno de los objetos torpes y lo refundiré para siempre en el interior de la bolsa negra, llamaré a J y le pediré que cumpla con la lista, pintaré mis uñas de un color más apropiado, reiniciaré el ritual del incienso y la taza caliente y no habrá entonces, estoy segura, factor alguno que entorpezca el proceso de las palabras. Sin embargo, sería, quizá, más apropiado, empezar por salir a buscar la idea que perdí al inicio de esta misma tarde cuando me disponía yo, como cada martes, en el espacio preciso…

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