Violinista - Imagen pública

El violinista

Violin - Imagen pública
Violín – Imagen pública

por María Mañogil

Parecía una de esas mañanas como cualquier otra, una de tantas de las que llevaba allí, en una ciudad que no era la mía, aunque en verdad no existe nada que yo considere mío. El simple hecho de haber nacido en un determinado lugar no convierte a ese lugar en propiedad de nadie… No me sentiría menos extranjera en ninguna parte del planeta en la que no haya nacido ni en la que no haya vivido nunca que en mi propia casa porque tampoco me siento parte de nada. Sólo soy alguien y al igual que el resto del mundo, alguien de paso.

El sentido de la propiedad nunca fue conmigo y de ahí debe nacer el desapego que parezco demostrar o que los demás creen haber visto en muchas de las cosas que hago (o que no hago). Yo entendí hace ya demasiado tiempo que todo cuanto creemos poseer no va a dejar de ser efímero por más que nos aferremos a ello y por mucho que hayamos pagado por obtenerlo. No me creo en posesión ni de la ropa que visto, ni tan siquiera del aire que respiro, ya que en cualquier momento dejaré de respirar.

Esa mañana me perdí para seguir religiosamente con el ritual de todas las otras mañanas anteriores y me quedé mirando las dos salidas de la estación de metro sin saber cuál de ellas debía tomar, mientras una procesión de personas desfilaba delante de mí, al son de la música de violín que se oye siempre y que quién sabe de dónde procede. Al fin y al cabo, esa música sólo forma parte del sonido que, junto con las voces de la gente, acompaña al escenario en el cual se desarrolla la función matutina del metro. Una función en la que todo el que pasa por allí participa.

Metro - Imagen pública
Metro – Imagen pública

Yo no actué esa mañana porque me perdí y gracias a eso tuve tiempo de ponerme el disfraz de mí misma, que es con el que me siento más cómoda y el perderme no fue más que un atajo que tomé en mi camino (al menos así lo sentí), porque decir “perdí el tiempo” no sería correcto para definir “ponerle cara” a una música que, de cualquier otro modo, hubiera permanecido en las sombras, oculta o desdibujada en medio de las demás sombras que a mí me resultan inertes, aún cuando no dejan de zarandearse de un lado a otro. Porque sí, la música tiene cara (yo la vi) y ni siquiera nos molestamos en mirarla. ¡Qué pena! Nos perdemos parte de su belleza por no querer perder tiempo, como si el tiempo fuese lo más valioso del mundo.

El tiempo no es nada comparado con lo que nos perdemos por no mirar.

Yo nunca he considerado haber perdido mi tiempo, más bien lo he aprovechado para hacer otras cosas que no son las habituales, pero que no por eso dejan de ser importantes, como asomarme a la ventana desde un noveno piso y observar a las personas que hay en la calle, imaginando sobre qué están conversando entre ellas, o como sentarme en el bordillo de una acera y observar a una hormiga cargando un trozo de pan dos veces más grande que su propio cuerpo. ¿Acaso es eso perder el tiempo y no lo es trabajar todos los días, incluidos domingos, festivos y vacaciones para poder ahorrar una cantidad de dinero que no vamos a poder gastar nunca porque no tenemos ni un día libre? Yo conozco algunas personas que lo hacen y me parecen patéticas cuando me dicen que pierdo mi tiempo porque algunos domingos me gusta dormir hasta la una del mediodía. Cada quien decide qué hacer con su tiempo, pero aunque me encanta observar el trabajo que hacen las hormigas, no quisiera parecerme a ellas, ni a las personas que se creen hormigas.

Metro - Imagen pública
Metro – Imagen pública

Observar también es dedicar el tiempo a aprender o desaprender un poco de los demás, sean humanos o no y fijarse en lo que nos rodea en vez de dejar que todo pase desapercibido me parece una buena forma de empezar a hacerlo.

“Mirar” y “escuchar” forman parte de eso que llamamos “perder el tiempo” cuando no hacemos lo que está escrito en ese misterioso e imaginario libro que damos por hecho que nos dice (como si lo hubiese escrito el más sabio de todos los sabios) lo que debemos hacer. Cuando no hacemos caso a ese maravilloso libro creemos que somos un desastre y nos sentimos mal porque no somos lo que los demás esperan que seamos, porque no aprovechamos nuestro tiempo en hacer cosas productivas y nos involucramos demasiado en algo tan insignificante como puede ser saber lo que hacen las hormigas en la calle o contemplar el vuelo de una mosca. Tan insignificante es cómo podríamos sentirnos si nos diéramos cuenta de que tampoco somos capaces de mirar a los ojos de quienes se cruzan en nuestro camino todos los días, por lo que no resulta tan raro que no sepamos buscar el origen de un sonido, de una serie de notas, de una melodía que suena de fondo o que nos acompaña a lo largo de nuestro paso por la vida.

Que pequeñitos somos al lado de las hormigas, comunicándose entre ellas para explicar el lugar exacto donde han encontrado comida, colaborando unas con las otras mientras los humanos necesitamos millones de palabras (escritas o habladas) para entendernos y ni aún así somos capaces de entender a los que hablan nuestro mismo idioma, ni mucho menos de mirar a la persona que pasa por nuestro lado, o de sonreírle.

Sí, en definitiva me gusta ocupar mi tiempo en mirar, en escuchar lo que a nadie parece importarle y en buscar algo donde, aparentemente, no hay nada.

Violinista - Imagen pública
Violinista – Imagen pública

Yo no busqué nada esa mañana; lo encontré mientras estaba perdida. Encontré la cara de la música que sonaba y me quedé viéndola porque me pareció injusto sólo escucharla. Me acerqué a ella, le miré a los ojos y le hablé ¿por qué nadie más lo hizo?, ¿por qué nadie más se detuvo frente a ella, le sonrió y le preguntó por el tema que estaba tocando con su violín? Quizás a nadie más que a mí le importó en ese momento una cara en una estación de metro. Al fin y al cabo no son muchas las personas que por las mañanas dedican un minuto a mirar otra cara que no sea la suya frente al espejo mientras se peinan. Será que yo no me peiné esa mañana y el primer rostro que observé con detenimiento ese día fue el de aquel hombre sentado en una silla plegable, tocando su violín, regalando a cada uno de los que pasábamos por su lado un poco de su tiempo, el mismo tiempo que pasa para todos, pero que mientras para unos es precioso, otros se encargan de hacerlo precioso para el resto del mundo. Y el mundo sigue caminando sin percatarse de nada, envuelto en prisas y volviéndose mudo a cada paso, ciego dos pasos más allá del espejo y sordo al traspasar la puerta de cada estación, donde ya el sonido de violines, acordeones, guitarras o demás instrumentos musicales que se esconden debajo de las aceras de la ciudad, deja de existir.

Yo me perdí esa mañana y volveré a perderme todas las demás mañanas en las que pase por allí, por esa zona oscura donde la música tiene rostro, donde la música te escucha y te contesta siempre que decidas tener tiempo para quedarte de pie frente a ella, sonreírle y darle las gracias por su compañía. Después de todo, yo no conseguí ver a nadie más en el metro; como el resto de los que viajan en él por las mañanas, me quedo sola nada más entrar en el vagón, aunque esté rodeada de gente y lo único que de verdad escucho es el sonido de fondo que me acompaña durante todo el viaje: el roce de un arco sobre las cuerdas de un violín.

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