Mis diez canciones favoritas

por José Luis Dávila

The Crystal Ship, de The Doors

El desapego a la realidad, la ansiedad por la pérdida, el dolor de las partidas, todo en una lluvia de palabras y notas que entierran a las sensaciones. La voz de Morrison, el teclado de Manzarek. Eran los 60’s trascendiendo en una canción. Krieger y Densmore en el fondo, sosteniendo la pieza. Como un vals por la finitud, sobre la marea de las emociones.

Sorted for E’s and whiz, de Pulp

¿Quién no ha cometido excesos? Las personas suelen ser descuidadas, impulsivas e inconscientes al menos una vez en la vida. Y luego avanzan, luego se cuestionan por qué actuaban así. Esta canción es sobre perderse en la inestabilidad, en el frenesí de una salida por la noche, con amigos, a consumir cualquier cosa que se tenga a la mano, porque cuando llegue la mañana habrá desaparecido la juventud. Habrá desaparecido la música que alentaba, las conversaciones sinceras, el brillo incierto del futuro se convertirá en la realidad pesada del presente. Pero mientras eso pasa, queda seguir girando entre todo lo demás.

N.I.B., de Black Sabbath

Un clásico, eso. ¿Habrá algo más para decir? Es pasión hecha música. Es muerte y vida dibujadas sobre el pentagrama. Imposible no emocionarse desde el inicio. Imposible no gritar “Oh,yeah”. Imposible no sentir.

Sway, de Dean Martin

Una canción de otra época, de un tiempo en que la idea del amor no estaba encarcelada por la aspiración a la vida marital feliz, sino que obedecía a sí misma, al amor por el amor, como el arte por el arte. Para resumir, un tiempo en que el tiempo del amor era la duración de una pieza musical bailada por dos, esos dos que estaban siendo realmente uno en el otro mientras a su alrededor la pista seguía girando a causa de los pasos que daban todos los demás. La profunda voz de Dean Martin narrando el amor como un encuentro fortuito, elegante, significativo, y no como una búsqueda patética, desesperada, frustrante.

Ocean breathes salty, de Modest Mouse

That is that and this is this, eso dice el coro de esta canción, aprender a aplicarlo es complicado pero no imposible, es como decir “acá lo que se queda, y acá lo que se va”, echar al cesto de la basura lo que deba ser echado y guardar lo que vale la pena; pero saber hacerlo, saber elegir es siempre un reto.

When the levee breaks, por Led Zeppelin

La original, esa con Joe McCoy y Memphis Minnie, fue escrita en 1929, dos años después de que se hubiera desbordado el Misisipi y cientos de familias quedaran bajo el agua. Esta de la que quiero hablar, grabada en 1971 por Zeppelin, es otra y es la misma. Así pasa con los covers, al menos con los buenos covers. Existe en sus notas el eco de la primera pero va más allá, se explora a sí misma, se interpreta distinto no sólo por el cambio de época o la instrumentación. Hay algo que la cambia, la hace dejar de ser un homenaje a las víctimas de una tragedia para convertirla en un viaje por dentro de sí mismo, como si lo que se desbordara en esa cadencia hipnótica que logran fuera el río emocional que todos llevamos dentro, inundando quienes somos de quienes verdaderamente somos.

Start a war, de The National

Como una canción de cuna, un arrullo luego de la pesadez del día, la voz de Matt Berninger declarando la guerra a las ilusiones perdidas, bombardeándolas hasta convertirlas en ruinas sobre las cuales poder reconstruirse uno mismo. Las expectativas, ciegas y sordas por el estruendo de las detonaciones, se quedan inertes ante la inmensidad de los pequeños versos y las aún más pequeñas notas. Una canción hecha para entender que a veces la guerra con el otro es también la guerra contra sí.

Ready to start, de Arcade Fire

Desde el inicio de su carrera, Arcade Fire ha sido una banda humana. Su cúspide es esta: Ready to start sube y baja de ritmo, lleva de la mano al escucha, lo deja plantearse un juego de sombras que es imposible ganar. Si el mundo te aplasta, qué más da, empiezas de nuevo, pase lo que pase, perder no es el fin sino el inicio de otra cosa, porque uno tampoco es un santo para creer que se merece siempre llegar a buen fin en cada intento que haga. Todo está abierto porque las posibilidades son infinitas, por eso la canción termina como termina, abierta en una exclamación: now, I’m ready, aunque no se sepa todavía para qué y, de cualquier modo, qué importa saberlo.

Under the bridge, de Red Hot Chili Peppers

Esta es una forma de cuestionarse la soledad, su falta o su exceso. Todos hemos sentido eso, el aire golpearnos mientras caminamos por las calles de nuestra ciudad, la ciudad que sea pero que podamos llamarla “nuestra”, como si toda la vida hubiéramos estado conectados a ella por intravenosa, como si nos llenara con un suero para combatir la necesidad de decirnos ante otros, de decirnos con otros. Todos tenemos un lugar preferido para estar en esa ciudad que es nuestra, donde no hay soledad aunque estemos solos.

Nothing from nothing, de Billy Preston

Billy Preston, maldito y genial, y espectacular, y todos-los-adjetivos-que-sean-necesarios, Billy Preston. Son menos de tres minutos en los que él inunda de funk las bocinas. Quizá sea exagerar, pero Nothing from nothing debería ser considerada como el himno de los 70’s. Es potente, es divertida, es profunda y superficial, se disfruta por igual en una pista de baile o sentado en un sillón. Devela, para mí, una de las grandes verdades de la vida: algo es algo.

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