OBJETOS DE COLECCIÓN-IMAGEN PÚBLICA

Pertenencias

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por Deysi Sánchez

Muchas personas tienen la manía de guardar todo lo que les recuerda un suceso importante, sea agradable o no.  He conocido gente que guarda servilletas o papelitos con mensajes o notas, recuerdos de toda clase de eventos como bautizos, primeras comuniones y bodas. Y también he conocido personas que se aferran a prendas de alguien que ha salido de su vida.

Alguna vez conocí a una amiga que se aferró a un reloj descompuesto que había pertenecido a su madre muerta. El reloj enorme desencajaba con su mano delgada y fina; cada vez que alguien le preguntaba la hora reía y contestaba con un “no sé”, y eso porque el reloj pasado de moda estaba descompuesto desde hacía algunos años.

Pero el caso más curioso que he conocido fue el de una mujer que se aferró a un suéter azul de rombos que perteneció a su padre. Él se lo había prestado un día en que llegó empapada a visitarlo, como lo hacía la mayoría de los miércoles en tres años de preparatoria. Ellos tenían una relación diferente a la que tienen la mayoría de los padres con sus hijas.

Cuando se conocieron ella tenía tres años y un apellido diferente al de él, entonces con ayuda de su madre no dejaron de frecuentarse hasta que ella fue adolescente, para volverse a dejar de ver por tres años, las diferencias entre ellos sobrepasaban el amor que se tenían. Cuando ella cumplió los dieciséis años alguien arregló una cita entre los dos y sin reproches y preguntas volvieron a tener esa extraña relación de padre-hija una vez por semana.

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Él era un hombre mayor, siempre con el paso cansado y el cabello cano, ella no puede recordarlo joven, porque si bien fue su padre por la edad pudo haber sido su abuelo, era desobligado, ebrio, jugador y parrandero, en su vida nunca hizo nada de provecho, nunca asumió una responsabilidad. Sin embargo siempre tenía la palabra correcta y el mejor sazón para hacerla sentir mejor, su mayor cualidad era la que tenía en la cocina, fue un magnífico cocinero.

Ella creció y a pesar de que nunca le dio una satisfacción lo suficiente gratificante, algo que tal vez heredó de él, la quería. Era la más chica de sus hijos, a la única que tenía cerca, al final una sola vez al mes.

Las cosas nunca salen como uno las espera. Una noche mientras ella se duchaba recibió una llamada para comunicarle que el padre que nunca la fue, ya no podría nunca volver a intentarlo ser, él se había muerto. A partir de ese entonces ella tomó sus recuerdos y los envolvió en el suéter azul de rombos.

La veo cada noche frente al espejo probándose ese suéter imaginándose que él vive en ella, que le dejo más que el parecido físico, los ojos grandes, el cabello ondulado y el gusto por la bohemia y el alcohol. Algunas noches ella recuerda todo lo que pudieron ser y nunca fueron, seca sus lágrimas y promete verle en otro plano celestial, porque a pesar de su falso ateísmo cree que lo verá, no una vez más, sino una vida más, esa que le llaman vida eterna.

Me gusta verla con sus suéter de rombos, me gusta verla hacer los ademanes que lo caracterizaban, porque cada quién guarda una pertenencia que de alguna forma le sirve para reconfortarse, y así como conozco personas que coleccionan cartas, conocí a la chica que guarda un suéter azul.

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