Magia - Imagen pública

Abracadabras y razones

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por Andrea Rivas

Cuando era una niña pensaba que la gente sentía muy poco: para “los adultos”, todo tenía razones. Como infante, cuando uno pregunta -o quizá debería hacer esta aseveración de manera subjetiva-: como niña, cuando preguntaba los miles porqués de la vida, esperaba respuestas que me dejasen tan sorprendida como el fenómeno que hubiese ocasionado la pregunta: esperaba magia.

Desde pequeña fui acercada a la literatura por mi mamá. A los 8 años detesté a los jóvenes por su imbecilidad al amar con El Ruiseñor y la rosa, a los 11 años esperé mi carta de Hogwarts hasta que me di cuenta de que en el libro no se mencionaba a estudiantes mexicanos; seguro que, como en todo, México no podía ser partícipe de esa clase de educación. No me cuestioné nunca si los ruiseñores en verdad darían su sangre por el amor de un estudiante enamorado o si Hogwarts existiese en algún sitio.

Las historias eran reales y cito por millonésima vez a Dumbledore: “Claro que está pasando dentro de tu cabeza Harry, pero ¿por qué iba a significar eso que no es real?”. Sin embargo, con el tiempo empecé a estudiar literatura, sus estructuras, las construcciones de los personajes, y no conforme con esto, las formas del mundo.

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Tristemente, la mayoría de mis preguntas, tienen respuesta y es una respuesta sin Abrabacadbra ni misterios que lleven a más preguntas. Hechos, bah. De todas las preguntas, la única respuesta que me parece mágica, responde a ¿de dónde rayos venimos? Somos polvo de estrella… y es una respuesta -¡qué bueno!- inconclusa que nos deja con ese maravillamiento de más cuestiones. Pero por todos lados veo teorías y a veces incluso ser polvo de estrella es desolador cuando soy tan estrella como los imbéciles que nos gobiernan, por ejemplo.

Es, quizá, dentro de este universo de respuestas, que todo me empezó a parecer terriblemente frío y sin sentido. El sentido de las cosas ya no estaba en ese desconocimiento de los hechos, en ese misterio que envolvía las acciones más cotidianas y que dejaba al sentir fluir sin juicios.

Entre tazas de café, conversaciones cibernéticas, peleas internas y clases seminocturas, me encontré agobiada preguntándome cómo rayos se mide el arte. No esperaba ya una respuesta mágica sino un indicio real, ¿lo que escribo es poesía, aquella pintura que me hizo estremecer es arte..?, y sin embargo la respuesta me halló mirando por la ventana y recordando mis primeros acercamientos a las letras, a las artes. Qué frustración la de entonces, qué enojo al escuchar a los adultos dando nueve millones de razones para los colores que envolvían al mundo en un mural, o las palabras que describían imágenes maravillosas y que no necesitaban todos esos análisis minuciosos… El arte entonces me parecía sensación: si me hacía sentir, era arte, sino, una farsa. Así de tajante, así como soy.

¿Qué pasó con todos los estudios culturales que empezaron a parecerme indispensables a la hora de mirar una película para poder validar que este sentimiento se vale o este no, porque en realidad, todo es una farsa..?

Somos todos una farsa, ¿necesitaba, en serio, todos esos estudios de estética para convencerme de que esa sensación de revoltijo de tripas en la panza al ver el Guernica eran justificadas -o en un caso aún más terrible- injustificadas? ¿Necesitaba tener una serie enormísima de razones para decir que, en efecto, el terror de Edgar Allan Poe es magnánimamente escabroso? Porque nadie me enseñó a sentir enloquecidamente el, tan hipstermente calcado en fotografías sepia y tazas de café, Capítulo 7 de Rayuela.

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Y que no se me malentienda -como pasa en el 99% de mis conversaciones cotidianas-: no estoy diciendo que mandemos al diantre los estudios y nos dediquemos a llorar y reír y maravillarnos. No. Todo menos dejar de estudiar. Pero sí esto: no creo que la poesía se encuentre midiendo sílabas y acentos ni que el arte de un cuadro se verifique estudiando noventa mil culturas y estéticas y colores, ni que un músico sea artista si es complejísimo. Creo que mucho de esto es sentir, es saber que, más allá de ritmos y rimas y fórmulas y perspectivas y filtros fotográficos y frases rimbombantes, el arte es magia y la magia, me perdonarán ustedes, no debe tener respuesta.

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