CONDENADO-IMAGEN PÚBLICA

Un par de ojos

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por Emanuel Bravo Gutiérrez

-Esta tarde hace demasiado calor, usted ya parece demasiado incómodo para oír una y otra vez lo que le tengo que contar. Un día, basta un día para que el mundo se caiga en pedazos, cuando tenemos suerte, sólo una mañana.

“Esa mañana necesitaba buscar un motivo para levantarme de la cama, había tenido una semana lo bastante mala como para no tener ganas de soportar un nuevo día, vi el hueco que había dejado la cama donde dormía mi esposa; ella ya se había levantado. Siempre he creído que hay algo muy noble en el sufrimiento, el mártir que padece por una idea superior a su ser, ¿pero yo?, creo que el hombre, en general, no posee un objetivo. Trabaja ocho horas en un diminuto cubículo elaborando presupuestos y se le va la vida ahí, debí escoger una profesión más interesante, quería ser escritor,  pero no fue. De cualquier modo, no soy una persona de grandes opiniones.

“Salí de mi casa, había bastante tráfico, estaba muy nervioso y un poco desesperado, ya se lo he dicho antes. No había dormido  lo suficiente. En verdad necesitaba ese aumento. Soy tímido y no suelo envalentonarme para tomar esas decisiones. Si usted fuera un jefe directivo, ¿encontraría placer en humillar a sus empleados?, ¡no me conteste! Si dijera que no, sabría que ha sido una respuesta hipócrita y en caso contrario revelaría una condición imprescindible del ser humano, ¡todos lo hacemos!, ¡lo he leído antes!

“¿Ha sentido alguna vez ese nerviosismo que se desboca en un frío húmedo en la piel? Parece como si de pronto te transformaras en un ser líquido, como si las moléculas de tu ser adquirieran la sutileza del mercurio. Así  me sentí cuando confronté a mi jefe. Soy una persona bastante reservada y siempre trato de evadir cualquier circunstancia que requiera una confrontación. Pero en estos casos es inevitable y lo digo como prueba de lo que pasó después. Fue un acto imprescindible pero también imprevisto, un accidente del cual no tenía pleno dominio. Pero como decía, tenía que hablar con mi jefe, su oficina estaba en el cuarto piso, esa parte del edificio era especialmente calurosa, pienso que quizá sea porque los rayos del sol entran directamente por las ventanas en la mañana, no hay casi nadie ahí, es demasiado silencioso, los ruidos del mundo son lejanos, como voces de un universo distante. Quizá por ello mi jefe lo eligió para poner ahí su oficina.  Si se lo describiera  tendría que recurrir a los tópicos claros que hay sobre este tema, aunque siempre hay tiempo para modelar fisionomías: gordo y de una papada ancha y rosada. Esa mañana hacía tanto calor, como ahora. Y he trabajado ahí durante cinco años, ¿tiene idea?, ¡y aún no recordaba mi nombre! Tuve ganas de matarlo. Cuando entré a su oficina, logré vislumbrar ese brillo de desconocimiento que tienen los perros cuando no reconocen a sus amos. Sus ojos, sus ojos mostraban esa alarma amenazante y siempre a la defensiva. Le planteé lo que quería y ¡me despidió!  Es un hijo de puta.

“Eran las nueve de la mañana, al menos tenía el día libre. Soy una persona tranquila, puedo jactarme de dominar mis emociones. De esta manera, cuando mi jefe me despidió  ni siquiera me inmuté, soporté el golpe, incluso me contuve cuando sentí ganas de azotar la puerta. Su cuello… que diga, mi cuello se alzó un poco, mantuve la vista en alto y miré con la misma mirada que suelen tener las estatuas de un parque, inmutables. No soy frío, sólo que… Salí y todos me miraban en silencio. Que quede constancia de mi temple.

“Soy una persona… soy una persona tranquila. Tengo los hábitos bien marcados, no por disciplina como muchos piensan, sino por desidia, adquirir otras requiere un esfuerzo adicional. Siempre llego a las dos a mi casa, mi mujer lo sabía muy bien, almuerzo y tardo cuarenta minutos y en ocasiones cuando hay sobremesa puedo tardar hasta una hora. Después de tener una rutina tan bien diseñada uno puede prescindir del reloj, los pasos son los segunderos y los pensamientos pueden ser minuteros de un día bien planificado. No suelo retrasarme en nada, sí, mi madre me enseñó que lo imprevisto es señal de un destino desordenado, propio más de bohemios y de gente adicta a la desgracia. No he hablado mucho de ella ¿verdad?, quizá no sea tan importante en este punto. 

“Eran las nueve de la mañana, quise ir a la florería, pero recordé que la abrían a las diez.  Realicé mi recorrido acostumbrado como si nada hubiera pasado, incluso prendí la radio, hay una estación dedicada a la música clásica ¿sabe?, en ocasiones lo que uno necesita es alejarse de los demás, olvidarse de que existe el mundo  y concentrarse en la belleza  del puro sonido, en mi recorrido oí la “Sonata a Kreutzer”. Guardo un arma en mi guantera,  ¿se lo he comentado?,  nunca la he sacado de ahí, creo que mi mujer sabía que la tenía, no lo sé con seguridad. Mi padre hacía lo mismo. Pero nunca la usó, él también era inflexible con el orden, un arma es un sustento de la tranquilidad, incluso de la realidad misma. Pude haber hecho uso de ella y ¡no lo hice! Soy una persona tranquila, hacer uso de la violencia implica una alteración innecesaria. Siempre se puede soportar un poco más. Nunca he justificado la violencia.  No, soy una persona tranquila.

“No encontré a mi mujer  en la cocina, aunque debo argumentar que desconozco sus hábitos, por un momento pensé que había salido. Tenía ganas de dormir, estaba tan cansado, bien pude dormirme en uno de los sillones de la sala, pero no fue así, tenía suficientes fuerzas y subí la escaleras.

“¿Se ha preguntado alguna vez cómo la vida nos va llenando de pesos innecesarios? Algo así leí en Milan Kundera, nos sofocan poco a poco, nos destrozan la espalda. Tardé en subir, lo confieso, ya no soy tan joven. Abrí la puerta y  la realidad se detuvo, tuve esa impresión, era como observar un cuadro de mal gusto; mi mujer estaba con su amante. Me gustaría haber sabido que expresión tuve en el momento en el que los descubrí, no había un espejo en frente de mí. Sin embargo, sí había un espejo; los reflejaba a ellos. Me dirigí a mi librero, tomé un volumen de las tragedias completas de Sófocles, del closet  tomé un traje nuevo, incluso consideré cambiarme los zapatos, hice un gesto de inclinarme para buscarlos pero creí que era excesivo. No  dije nada, francamente no hay mucho que decir cuando ves este tipo de escenas. ¿Qué podía hacer? Soy una persona tranquila, todo un caballero. No solté ni un bufido, de espaldas le dije a mi esposa: “lava las sábanas para cuando yo regrese”, estaban rojas.

“¿Tenía intenciones de volver?, me han dicho que siempre sucede, siempre volvemos. En ese momento bajé las escaleras, fui a la cocina, me preparé un croissant con queso philadelphia y mermelada. En serio, estaba muy tranquilo, no me sentía mal por lo que vi. No quise manejar, mis manos estaban manchadas, rojas, no quería ensuciar el volante y no tenía ganas de lavarme las manos.

“Salí a la parada de autobús, quería ir a un cuarto de hotel, pero después consideré ir a la biblioteca pública, ya había leído el ciclo de Edipo, tenía tiempo libre y quería terminar mi libro.

 “Me quedé sentado esperando un buen rato, vi que se acercaba el autobús, estaba a punto de subir cuando un joven de  tropezó conmigo, no debí haberlo visto, quizá había llegado corriendo y no quería perder el autobús, pero derramó su café en mi traje y lo más importante, sobre mi libro. Era suficiente, lo tomé por el cuello y azoté su cabeza contra el autobús, tomé uno de los bolígrafos del bolsillo de mi saco y le arranqué los ojos, sobra decir que no tenía dominio de mí mismo y estaría mintiendo si dijera que no lo disfruté, tenía unos ojos hermosos como aguamarinas, quizá nos satisface destruir la belleza cuando es inaccesible a nosotros o quizá no leí bien a  Palahniuk. Mi mente debió haberlo previsto, tal vez por eso halló placer en clavar una y otra vez como endemoniado mi bolígrafo en sus ojos, no puedo explicar cómo lo hice o de dónde obtuve esa fuerza,  simplemente sucedió, puedo recordarlo todo, incluso  las caras de las personas que me vieron en el momento, debió haberlos visto, fue como cuando la gente va al zoológico y ven como la serpiente se come al pequeño ratón, sé que una parte de ellos lo esperaba, sabían que iba a suceder, pero el hecho al final los repugna, los asquea pero los satisface, todos somos iguales, todos somos monstruos en potencia. Los gritos del joven me ensordecieron y mi traje caliente oliendo a capuchino de vainilla ¿qué chico toma eso? Es una bebida de niñas. Y al final me arrestaron, no opuse resistencia- el hombre alzó las manos y soltó un suspiro satisfecho –Ese es el motivo por el cual estoy aquí

El silencio se adueñó de la pequeña sala donde una ventana iluminaba el rostro cansado de un psiquiatra demasiado viejo para escuchar estos asuntos, puso su libreta en la mesa y dijo de forma cortante y un tanto complaciente.

-No señor Bravo, usted está aquí por haber estrangulado a su jefe y por dispararle a su mujer.

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